Cuando aún no conocíamos el miedo

Hay veranos que uno recuerda por un amor de juventud, o por un viaje inolvidable. El mío, el de 1997, lo recuerdo por el pie mirando en dirección contraria y un calcetín que, por suerte, sobrevivió.

Tenía dieciocho años, esa edad en la que todavía no has aprendido a distinguir entre el valor y la inconsciencia. Cualquier plan era bueno si prometía aventura, y si era un poco disparatado, mejor. Así acabé en un campo de trabajo en Estrasburgo, restaurando el Château d'Ottrott junto a Luis y Javi. A saber qué extraños caprichos del destino me llevaron a conocer a semejantes personajes.

Luis era un bala perdida con apellido de abogados, el típico que parecía haber nacido para meterse en líos y salir de ellos sonriendo. Su francés era inexistente, pero eso jamás le impidió intentar conquistar a cualquier chica que respirara; la comunicación verbal era un detalle sin demasiada importancia para él. Javi, en cambio, era más callado, más taimado, siempre parecía saber algo que los demás ignorábamos. Cuando hablaba solía tener razón, por eso casi nunca le hacíamos caso.

Los tres formábamos aquella expedición hacia el norte de Francia. Después de casi veinticuatro horas enlazando trenes llegamos por fin a Estrasburgo. Europa todavía no tenía moneda única y todo se pagaba en francos, así que nos pasábamos el día haciendo divisiones mentales para averiguar si un bocadillo costaba mucho o poco. Nunca acertábamos.

Habíamos estado antes en campos de trabajo en España, donde uno colaboraba unas horas y el resto del tiempo disfrutaba. En Francia no. Allí se trabajaba de verdad: tres horas por la mañana y tres por la tarde cargando piedras, subiéndolas con una polea hasta lo alto del castillo para que Max, el albañil, las colocara, preparando mortero, desbrozando laderas con herramientas manuales, y vuelta a empezar. Lo mejor de todo es que además habíamos pagado por hacerlo. No deja de sorprenderme lo que uno acepta encantado con dieciocho años.

Las noches, eso sí, compensaban cualquier esfuerzo. Cuando el trabajo terminaba aparecían las botellas de vino, las conversaciones interminables y el pequeño cementerio del pueblo. Suena raro, pero era el lugar más tranquilo del mundo: entre lápidas antiguas, bajo un cielo limpio y el silencio de un pueblo de Alsacia, aprendimos bastante, sobre la vida, sobre el amor y sobre cómo entenderse con gente que hablaba idiomas completamente distintos al tuyo. Allí conocí a Annelis, una chica belga con la que conecté especialmente bien.

El último día organizaron una excursión para visitar otros castillos de la zona. Los senderos atravesaban bosques húmedos y espesos, de esos en los que la luz parece filtrarse con permiso de los árboles. En algún momento perdimos el camino. El sendero correcto aparecía unos metros más abajo, al otro lado de un pequeño terraplén, y bajar no parecía complicado.

Dejé pasar primero a Annelis. No vaya a ser que resbale y me la lleve por delante, pensé. Resbalé yo, exactamente un segundo después. Conseguí recuperar el equilibrio agarrándome a la rama de un árbol, y hasta ahí, buena reacción. Lo que la diosa Fortuna había decidido omitir es que en esa rama había un avispero. En cuestión de segundos dejé de ser Ramón y me convertí en una nube de avispas.

No recuerdo bien cómo bajé aquel terraplén. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado abajo, mirando mi pie derecho. Los dedos apuntaban claramente hacia atrás.

—Esto está mal.

Diagnóstico médico bastante preciso, la verdad. Con toda la delicadeza del mundo coloqué el pie en su sitio, y en cuanto lo solté volvió a doblarse. Detrás de mí, la voz tranquilizadora de Luis:

—Eso es que se te ha dislocado.

—Sí... los cojones —contesté, con una serenidad que todavía hoy me sorprende.

Mientras unos corrían hasta la Maison Forestière a pedir ayuda, el resto emprendimos el regreso: Matthew el galés, Taka el japonés, Luis y Javi turnándose para cargarme, a veces a la sillita de la reina, a veces a corderetas, según lo que permitiera el camino. Aquel grupo de chavales de medio mundo, que apenas unas semanas antes eran desconocidos, terminó siendo mi improvisado equipo de rescate.

Cuando por fin nos acercábamos a la pista principal vi un camión de bomberos desplegando la escalera y pensé que era para mí. Nunca un vehículo rojo me había parecido tan bonito. También había llegado una ambulancia, y los sanitarios me subieron rápido; uno de ellos sacó unas tijeras para cortar el calcetín. Ahí apareció mi mayor preocupación del momento:

—¡No jodas! Que está nuevo, ya me lo quito yo.

Las risas se oyeron incluso antes de cerrar las puertas de la ambulancia.

Han pasado casi treinta años. El tobillo soldó, las picaduras desaparecieron, el castillo sigue en pie. El calcetín, en cambio, sigue siendo motivo de burla cada vez que quedo con Luis y Javi. Y bien mirado, una buena historia y unos amigos que no te dejan olvidarla no está nada mal como final para aquella aventura.

Día cero

 —Me invitarás a tu casa. Me apetece mucho oírte tocar el piano.

A Ramón se le iluminó la cara.

—Claro que sí.

La respuesta salió antes de que el cerebro pudiera intervenir. Apenas un segundo después llegó la parte racional.

—Pero avísame antes... para recoger la casa.

La realidad era que la casa estaba exactamente como vive alguien que no espera visitas: una taza olvidada en el escritorio, una camiseta sobre una silla que ya había adquirido categoría de perchero oficial y ese caos organizado que solo entiende quien lo ha creado. No era precisamente el escenario ideal si pretendía causar una buena impresión.

Como venía siendo costumbre entre nosotros, los planes no se archivaban en el cajón del "algún día". Se ejecutaban.

—¿Este sábado?

—Este sábado.

Eso le gustaba a Ramón. No había espacio para las eternas negociaciones de agenda ni para los "ya veremos". Con ella las cosas sucedían. Era como ir marcando casillas de una lista de tareas antes de que diera tiempo a que acumularan polvo.

La semana, sin embargo, decidió jugar en contra. Los días pasaron con la velocidad habitual del calendario y con la lentitud insoportable de quien espera algo con ilusión.

El sábado, a las siete en punto, llegó un mensaje.

"Estoy buscando la calle."

Ramón frunció el ceño.

—¿Cómo que buscando la calle? Si hace dos semanas pasamos justo por debajo de mi casa...

Nunca encontró una explicación convincente. Quizá los nervios también desorientan.

Cuando llamó al timbre, le abrió intentando aparentar una tranquilidad que no sentía. Después llegó el obligado house tour.

En una casa pequeña el recorrido es sencillo: te colocas en el centro del salón, giras sobre ti mismo trescientos sesenta grados y dices:

—Pues... esto es todo.

Ella se rió. Objetivo cumplido.

Ramón se sentó al piano. No había preparado nada especial. La vida no siempre da tiempo para ensayar las escenas importantes. Así que recurrió a ese repertorio que los músicos llaman "fondo de armario": canciones que los dedos conocen incluso cuando la cabeza está demasiado ocupada para pensar. Aún así los dedos de Ramón parecían haber olvidado todo lo que sabían.

Mientras tocaba, ella se acercó para mirar las teclas.

Demasiado cerca.

A veces un roce accidental dura apenas un instante. Otras veces se queda suspendido mucho más tiempo del que marca el reloj. Un hombro. Un brazo. Ese espacio mínimo donde nadie sabe si apartarse o permanecer exactamente donde está.

Y, curiosamente, dejó de importarle si rozaba alguna nota o la fallaba deliberadamente.

Ramón improvisó una cena rápida. Hablaron de música, de viajes, de familias, de los miedos que uno solo cuenta cuando siente que al otro realmente le interesa escucharlos. De esos temas que aparecen sin haberlos invitado y que convierten una conversación cualquiera en una de esas que recuerdas mucho tiempo después.

La noche estaba demasiado agradable para terminarla entre cuatro paredes, así que subieron a la terraza.

Las estrellas se veían mucho mejor que desde la ciudad. Vivir en un pueblo tiene esas pequeñas recompensas. No era un cielo perfecto, pero sí uno de esos en los que todavía merece la pena levantar la vista.

Y allí se quedaron un buen rato. Hablando. Callando. Acercándose un poco más cada vez, hasta que la distancia dejó de existir.

Lo que vino después pertenece a esos momentos que uno prefiere guardar para sí. No porque sean un secreto, sino porque las mejores historias no siempre necesitan contarse con todo detalle.

Recuerdo, eso sí, un instante muy concreto.

Ella estaba abrazada a Ramón. Sentía su respiración muy cerca cuando, sin pensarlo demasiado, Ramón lanzó una de esas preguntas que solo se le ocurren a él.

—Entonces... ¿qué fecha cogemos?

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué dices?

—La fecha. Para el inicio de la relación. Habrá que saber cuándo celebramos el primer aniversario, ¿no?

Se hizo un silencio.

Ramón pensó que acababa de decir la mayor tontería de mi vida.

Entonces Ramón notó que respiraba de una forma distinta.

—¿Estás llorando?

Respondió con un "sí" casi en un susurro.

Pasaron unos segundos antes de que encontrara las palabras.

—Es que... siempre era yo quien buscaba una fecha para celebrar los aniversarios. Siempre me respondían que daba igual. Que las fechas no importaban.

Ramón no supo qué contestar.

Porque, de repente, entendió que aquella conversación no iba de calendarios.

Iba de sentirse elegida.

De descubrir que alguien quería recordar el día en que empezó todo.

Aquel fue un punto para Ramón.

No por haber dicho algo especialmente brillante. De hecho, estaba convencido de que había sido una ocurrencia improvisada.

Fue un punto porque, sin saberlo, acababa de darle importancia a algo que para ella llevaba demasiado tiempo sin tenerla.

Y a veces el amor no consiste en hacer grandes gestos.

A veces consiste simplemente en elegir una fecha... y decidir que nunca se te va a olvidar.

El banco que no era el nuestro

España ya estaba en semifinales y, para no perder la costumbre, habíamos quedado para no ver el partido. Había algo deliciosamente absurdo en aquello: mientras medio país miraba una pantalla, nosotros volvíamos a buscar un banco.

El mismo parque. La misma intención. Aquel banco oscuro donde, unos días antes, el tiempo había decidido detenerse.

Por el camino me dijiste que habías estado leyendo mis nuevas entradas del blog. Que te habían gustado. Yo sonreí con esa mezcla de orgullo y pudor con la que uno enseña una parte de sí mismo. Entonces te confesé que había escrito otra, pero que aún no me había atrevido a publicarla.

—Quiero leerla ahora mismo.

Estábamos ya en el restaurante. Yo negué con la cabeza.

—Después de cenar.

No sé si era por alargar el momento o porque necesitaba reunir el valor suficiente para dejarte entrar en esas palabras.

Cuando volvimos al parque descubrimos que nuestro banco estaba ocupado. Todavía quedaba algo de luz; habíamos llegado demasiado pronto para que la noche nos lo devolviera. Buscamos otro banco cualquiera. Al fin y al cabo, comprendimos que no eran los bancos los que guardaban los recuerdos, sino las personas que se sentaban en ellos.

Nada más acomodarnos te entregué el móvil.

Empezaste a leer en voz alta.

Con cada párrafo ibas descubriendo que aquellas líneas escondían una admiración mucho más grande de la que imaginabas. Poco a poco las palabras empezaron a pesarte en la garganta. Tu voz se rompía aquí y allá, como quien intenta seguir caminando mientras el corazón le tira suavemente de la manga.

Tus ojos brillaban.

Y entonces llegó ese instante maravilloso en el que un texto deja de pertenecer al que lo escribió y pasa a vivir en quien lo lee.

Terminaste de leer. Levantaste la vista hacia mí con los ojos todavía humedecidos y, tras unos segundos de silencio, dijiste:

—No sé qué pretendías con esto... pero lo has conseguido.

No hizo falta preguntar el qué.

Aquellas palabras valían más que cualquier explicación.

Y entonces, casi riendo entre la emoción, añadiste:

—Joder... qué bonito es esto.

Creo que no existe crítica literaria mejor que esa.

Después guardaste silencio unos segundos.

—Ahora soy yo la que tengo que hablar contigo.

Noté cómo el suelo desaparecía un instante bajo mis pies.

Me hablaste de tu vida. De ese momento complicado en el que algunas puertas todavía necesitan cerrarse antes de intentar abrir otras. Me dijiste que querías ser cauta, que no querías crear expectativas para después hacerme daño.

Y comprendí que aquello no era una despedida. Era un acto de honestidad.

No había promesas imposibles ni frases aprendidas. Solo alguien intentando hacer las cosas bien.

—No tienes que preocuparte por mí. Aquí estaré para ti.

Entonces nos abrazamos.

Dicen que un abrazo de ocho segundos cambia algo por dentro. El nuestro duró bastante más de un minuto. No llevaba prisa. Era de esos abrazos en los que el tiempo deja de medirse con relojes y empieza a medirse con respiraciones compartidas.

Cuando por fin nos separamos, el silencio se sentó un rato con nosotros. No era un silencio incómodo; era de esos que aparecen cuando las palabras ya han hecho todo el trabajo y solo queda dejar que el corazón las ordene.

Y quizá fue entonces cuando me di cuenta de algo.

Antes, nuestras manos se rozaban por accidente. Un gesto casual. Una coincidencia.

Ahora ya no.

Ahora buscabas mi brazo con la naturalidad con la que una enredadera encuentra el tronco al que abrazarse. Tus dedos se quedaban allí, sin pedir permiso, como si hubieran descubierto un lugar donde descansar. Había una ternura nueva en aquel contacto: no sujetabas mi mano para no caer, sino para recordar que, por un instante, no hacía falta sostener el mundo entero. Bastaba con sostenernos un poco el uno al otro.

Entre preguntas, respuestas y alguna sonrisa que no necesitaba traducción, dejamos que la noche siguiera escribiendo por nosotros.

Y entonces ocurrió.

El cielo estalló de repente.

Rojo. Dorado. Azul.

Durante unos segundos los fuegos artificiales iluminaron el parque entero.

España acababa de ganar y se había clasificado para la final. Seguramente toda la ciudad estaba celebrándolo.

Pero nosotros preferimos creer otra cosa.

Preferimos pensar que, por una vez, el universo había decidido sincronizarse con dos personas sentadas en un banco cualquiera.

Y que aquellos fuegos artificiales no celebraban un partido de fútbol.

Celebraban el milagro, siempre improbable, de encontrarse.

Reunión en el Olimpo

Durante demasiado tiempo Ramón había vivido convencido de que ciertas historias les ocurrían a otros.

No era una decisión amarga. Ni siquiera triste.

Simplemente había aprendido a caminar solo. A no esperar mensajes que le aceleraran el pulso. A no imaginar futuros compartidos. A mirar la belleza desde lejos, como quien contempla una montaña sabiendo que nunca la va a escalar.

Y entonces apareció ella. Lo realmente extraño no era que Ramón empezara a mirarla de otra manera. Lo desconcertante era descubrir que ella también le estaba mirando a él.

Desde ese momento su cabeza se convirtió en una fábrica de preguntas.

¿Qué ha visto en mí?

¿En qué instante decidió que merecía la pena conocerme?

¿Cuándo pasó de ser una conversación casual a pensar: "espera... este tipo tiene algo"?

Porque Ramón, siendo sinceros, la había colocado desde el primer día en una categoría reservada para las personas inalcanzables.

Era una de esas mujeres que parecen haber salido de un error estadístico. Inteligente. Divertida. Con esa mezcla tan rara de belleza y naturalidad que consigue alterar la gravedad de una habitación cuando entra.

Había algo en su manera de moverse, de hablar, de sonreír... ese algo imposible de definir que hace que el mundo parezca detenerse un segundo. Y precisamente por eso Ramón nunca pensó que una mujer así pudiera fijarse en él.

Una diosa del Olimpo. Y los humanos no solemos  pedir audiencia con los dioses.

Así que, cuando uno de ellos baja a sentarse contigo, compartiendo una cerveza y una conversación, el cerebro entra en modo avería.

Empieza a buscar explicaciones donde probablemente solo haya curiosidad.

Repasa cada conversación intentando descubrir el momento exacto en el que todo cambió. Como si existiera una frase mágica. Un gesto. Una mirada. Algo.

Ramón, que siempre encontraba respuestas para casi todo, esta vez no tenía ninguna. Solo sabía una cosa.

Que llevaba demasiado tiempo sin sentir esa absurda necesidad de elegir cada palabra antes de enviarla. De releer un mensaje cinco veces. De preguntarse si aquel emoji sobraba. De sonreír al recordar una conversación mientras fregaba los platos. Vivía instalado en una contradicción deliciosa.

Quería ser él mismo. Y, al mismo tiempo, quería ser la mejor versión de sí mismo.

No para fingir. Sino porque, de repente, había aparecido alguien que hacía que mereciera la pena intentarlo.

Quizá esa sea la verdadera magia. No cuando alguien consigue que te enamores de él. Sino cuando, sin darse cuenta, consigue que vuelvas a gustarte un poco más a ti mismo.

Porque, al final, la pregunta nunca fue qué había visto ella en Ramón.

La pregunta era cuándo iba a empezar Ramón a ver en sí mismo lo mismo que ella había visto desde el principio.

"Estos cabrones ¿no serán como su hijo?", espetó mi padre mientras miraba el reloj delante de la ventana de su dormitorio. 

Se refería a los padres y a los hermanos de mi cuñado, a quienes habíamos quedado en recoger para llevarlos hasta Alcarrás. De todos era sabido que mi cuñado jamás había destacado por su puntualidad; más bien al contrario. Era el ser más tardón del mundo. Mi padre daba por hecho que la genética no iba a romper la tradición.

Era domingo por la mañana y era el día elegido para la celebración gozosa del bautizo de Elisa, mi sobrina. Tras una hora escasa de viaje llegamos al lugar donde vive mi hermana. Y, después de cuatro patatas fritas y un vermú improvisado, fuimos a la iglesia.

Nada más entrar, un hedor a gasoil me llenó de júbilo. El templo estaba abarrotado de niños que se preparaban para hacer la Primera Comunión. Aquello parecía más la antesala de un concierto infantil que una parroquia.

Los niños salieron de estampida de la iglesia como los toros cuando se abre la puerta de toriles.

Aquella misa no era la típica de cura viejo y sermón soporífero. Aquella misa la ofició el mismísimo Jesucristo, que había bajado en carne mortal para lavar del pecado con las aguas del Jordán a mi sobrina.

Jesucristo Superstar, a su lado, era un simple aficionado. Lucía un pelo largo y una barba limpia, aunque ligeramente desaliñada. El alba le caía hasta los pies, sujetada tímidamente por un cíngulo deshilachado. Un micrófono, al más puro estilo Madonna, nacía en su oreja y terminaba delante de la boca.

Pero lo mejor no era el aspecto. Lo mejor era la actitud.

Aquel hombre no caminaba: flotaba. No hablaba: interpretaba. Saludaba a los feligreses como si llevara veinte años presentando un programa de televisión los domingos por la mañana. A los niños les chocaba la mano, a los mayores les sonreía con esa mezcla de complicidad y misericordia que solo dominan los curas modernos y los comerciales de seguros.

Cuando llegó el momento del bautizo, cogió a Elisa con una naturalidad pasmosa. Mi sobrina, que hasta entonces había permanecido tranquila, decidió que aquel señor con barba era el momento perfecto para demostrar la potencia de sus pulmones. El llanto retumbó por toda la iglesia mientras el falso Mesías sonreía sin perder el personaje.

—Es normal —dijo con voz pausada—. El Espíritu también se manifiesta así.

Yo sospeché que el Espíritu, en realidad, llevaba un pañal hasta arriba.

Llegó el instante culminante. El sacerdote hundió la mano en la pila bautismal y dejó caer tres generosos chorros de agua sobre la cabeza de Elisa. Ella respondió como cualquier ser humano con dignidad: llorando todavía más fuerte. Los asistentes sonrieron con esa expresión universal de quien no sabe si enternecerse o agradecer que el espectáculo no le esté ocurriendo a su hijo.

En menos de cinco minutos todo había terminado. Dos mil años de tradición cristiana condensados en un par de cucharadas de agua, una firma en un libro parroquial y una colección de fotografías donde todos fingíamos saber exactamente hacia dónde mirar.

Al salir de la iglesia, mi padre respiró aliviado.

—Bueno, por lo menos estos sí que han llegado puntuales.

No hablaba del cura.

Hablaba de los padres y los hermanos de mi cuñado.

Al parecer, la impuntualidad había saltado una generación.

Matemáticas de una noche en vela

Las noches de insomnio tenían una curiosa costumbre: convertir la cabeza de Ramón en un laboratorio de ideas absurdas. Mientras el resto del mundo dormía, él fabricaba teorías que, a la luz del día, difícilmente superarían una inspección técnica.

Aquella noche le asaltó una pregunta aparentemente sencilla.

¿Qué sería del ser humano si no necesitara dormir?

¿Seríamos más felices o simplemente encontraríamos nuevas formas de perder el tiempo?

Quizá las jornadas laborales dejarían de medirse en ocho horas. Tal vez trabajaríamos un día y dos tercios del tirón y disfrutaríamos del resto de la semana para vivir. Viajar, leer, aprender idiomas, enamorarse... o, siendo sinceros, acabar viendo vídeos absurdos en el móvil hasta las cuatro de la madrugada, aunque ya no existiera la madrugada como excusa.

Ramón sonrió ante la idea. Luego recordó su nómina.

Con el sueldo que tenía, disponer de cinco días libres solo serviría para contemplar escaparates con más calma. Así que, pensándolo bien, casi prefería seguir cambiando tiempo por dinero en cómodas cuotas de ocho horas diarias.

Qué triste era descubrir que incluso las mejores fantasías acababan haciendo cuentas a final de mes.

¿Cómo ha quedado el partido?

Las personas tenemos una curiosa obsesión por poner nombre a las cosas antes de que pasen.

Necesitamos saber si aquello es amistad, compañerismo, interés, un café, una cena o una cita. Como si el nombre pudiera cambiar la experiencia.

Cuando alguien dice: "Tenemos que quedar", mi cerebro empieza a calcular probabilidades. Si la conversación ha sido agradable, quizá un café. Si además hemos compartido coche durante tres días, igual una cena... algún día. Sin prisa. La estadística juega a mi favor.

Eso pensaba yo.

Hasta que apareció una mujer roba olivas dispuesta a destrozar mi modelo matemático.

La conversación fue sencilla.

Primero llegó la propuesta de salir más. Después una invitación a comer o cenar.

Y, casi sin respirar, una aclaración: "Pero que sepas que no sería una cita".

Me llamó la atención. No porque me decepcionara. Al contrario. Me fascinó el orden de los factores.

Primero se construye el puente y, antes de cruzarlo, alguien coloca un cartel explicando que aquello no es un puente.

Supongo que todos hacemos eso alguna vez. Nos apresuramos a definir las cosas porque creemos que así serán más fáciles de gestionar.

Yo, con mi espontaneidad habitual, decidí ser sincero: "no me habría importado que lo fuese".  El comportamiento habitual del universo hubiera sido un prudente compás de espera. El tiempo necesario para que las palabras reposaran.

Pero el universo, cuando quiere reírse de uno, tiene un sentido del humor excelente.

Dos horas después ya había una mesa reservada para la noche siguiente.

No sé si era una cita. Tampoco sé si no lo era.

Lo único que sé es que mi teoría sobre las no citas ha durado exactamente dos horas. Hay hipótesis científicas que han sobrevivido siglos. La mía ni siquiera llegó a la hora de la merienda.

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