El aire huele a rastrojo quemado y a sudor rancio mezclado con ginebra barata. Ramón aprieta los dientes tras el cristal del dormitorio mientras, allá abajo, una res de cuernos afilados astilla un barrote de pino antes de que cuatro iluminados, inflados de carajillos y falsa valentía, le hagan un recorte torpe entre vítores. Para Ramón es una atrocidad contra el buen gusto, una salvajada de pueblo cobijada bajo la excusa de venerar al Santo Cristo dos veces al año.
El pueblo ya no es lo que era. O quizás sí, y ese es el problema. Ni la oleada de forasteros urbanitas —entre los que él mismo se incluye, a su pesar— ha logrado refinar la plaza. Ramón mantiene la distancia; habla lo justo con los vecinos y aún siente que se relaciona demasiado. Le irrita el tufo a colectividad, la insistencia con la que intentan imponerle sus dogmas de barra de bar, esa sociabilidad forzada.Pero lo peor llega con el descanso del sol. Extraña las orquestas de antaño, esos músicos de verdad que articulaban la noche con metales y ritmo. Ahora solo queda un escenario deslucido coronado por un pintamonas al que llaman DJ, saltando detrás de una mesa de mezclas mientras cobra un dineral por darle al play. A Ramón le corroe la envidia: sabe que él tendría diez veces más criterio para sostener la noche, sin necesidad de torturar al personal con graves distorsionados.
Son las tres de la madrugada. El bombo de la disco móvil retumba en su pecho y hace temblar la carpintería de la ventana.
Por fin se decide. Baja, cruza el patio y se cuela entre las sombras hasta el remolque. La manguera está ahí, negra y gruesa. Saca el alicate del bolsillo de la sudadera. Justo antes de cerrar las mandíbulas sobre el cable, oye una respiración a su espalda. Se gira. No hay nadie. Solo el remolque, metálico y mudo.
Vuelve a la manguera cuando un topetazo sacude la puerta del remolque desde dentro. Ramón lo entiende: es el toro de la suelta ensogada de la mañana. Guarda el alicate y saca la cizalla. Corta el candado con torpeza, como si él mismo dudara de lo que está haciendo.
Como si fuera una epifanía, el DJ pincha algo que suena a pasodoble torero. Es la señal.
Ramón abre la puerta del remolque y el toro sale disparado hacia la carpa donde se concentra el tumulto.
Los primeros gritos quedan camuflados debajo de una versión reguetonera de Paquito Chocolatero. La justicia divina parece querer que sea precisamente el concejal de festejos, el hombre que tanto había apostado por los festejos taurinos mientras defenestraba otras áreas de cultura, quien reciba la primera embestida.
El miura lo alcanza de lleno y lo levanta un par de metros por los aires.
Durante un instante, el concejal queda suspendido sobre la multitud. Después cae de punta cabeza contra el suelo.
Y, justo entonces, la música se detiene.
Silencio.
Ramón cierra los ojos.
Por fin.
No hay comentarios
Publicar un comentario