Misión para la patrulla canina (II)

Al salir del restaurante, volvimos al coche aparcado a pleno sol. Aquello era directamente un horno sobre ruedas. Ramón arrancó, puso el aire acondicionado al máximo confiando en que el habitáculo se enfriara pronto y, a los dos minutos, ya estábamos de viaje otra vez.

El paisaje era ya otro: habíamos pasado del desierto monegrino a la vega del río Duero. Tanta vegetación abrumaba a aquellos dos turistas de secano. Los kilómetros se consumían entre carreteras en obras y tramos sueltos de autovía. Entre conversaciones tan absurdas como profundas, Ramón y Mariano jugaban a puntuar los nombres de los pueblos por los que pasaban, basándose solo en su sonoridad.

—Hortezuela... —un seis, respondían a coro.

—Bayubas de Abajo... —un cuatro, y eso que el «de Abajo» le había subido un punto la nota.

—Tajueco... ¡un ocho!

Y así pasaron gran parte del camino. Los nervios de Mariano, en cambio, iban en aumento conforme se acercaban al destino. Por más que Ramón intentaba distraerlo con cualquier tontería, Mariano estaba como un miura a punto de salir de toriles.

A última hora de la tarde, cuando el sol empezaba a teñir de dorado los adobes de la plaza mayor del pueblo, aparcaron. Habían llegado. La plaza era el típico recinto castellano: silenciosa, sobria, con una fuente en el centro y el eco lejano de unas cigüeñas. Mariano se peinó en el retrovisor, intentó alisarse las arrugas de la camiseta y respiró hondo. Ramón, satisfecho por haber superado el trance del trayecto, espetó:

—Otro éxito para la Patrulla Canina.

Aunque Ramón no la conocía de nada, distinguió enseguida a la pretendida de Mariano entre la gente. Cómo no, Ramón y Mariano volvían a desentonar y a arruinar la media de edad de este tipo de eventos. El público natural de estos conciertos es siempre el mismo: las abuelas del pueblo y, si por ventura alguna no ha enviudado todavía, se lleva al consorte al lado para rellenar bulto.

Ramón le dio un empujón a Mariano:

—Vamos, salúdala.

Ramón se quedó observando la escena a una distancia prudencial. Ella estaba distraída dando palique a las vecinas más entregadas del público mientras Mariano se acercaba a paso lento y temeroso. De pronto, la chica levantó la vista y entró en cortocircuito. Se le quedó cara de póquer y le preguntó, nerviosa:

—¿Qué haces aquí?

Mariano, encogido y mil veces más nervioso que ella, no consiguió decir ninguna de las ingeniosas respuestas que había ensayado durante todo el trayecto.

—Ya ves... —alcanzó a musitar en voz queda.

Tras la actuación, los invitaron a quedarse a una observación astronómica, amenizada por un saxofonista, que tendría lugar más tarde. Parecía el momento ideal para Mariano, así que aceptaron encantados.

Antes de que Mariano pudiera desplegar todo el encanto que llevaba preparando durante tres horas de autovía y dos de comarcales, la chica se giró y les presentó al cuarto integrante de la reunión:

—Mirad, él es Ramón. Ha venido desde Badajoz solo para verme tocar hoy.

Mariano y Ramón se quedaron congelados. Había un Otro Ramón.

El recién llegado era un tipo sonriente y relajado, con un peinado sospechosamente perfecto y cara de no haber sufrido jamás un ataque de agorafobia en mitad de la nada, ni de haber comido con el miedo de que le sirvieran gato por liebre. Ramón, el conductor, miró a Mariano. Mariano miró a Ramón, y este se limitó a encogerse de hombros. Era una posibilidad que, en el fondo, habían contemplado. Ahora solo tocaba poner la mejor de las sonrisas y seguir picando piedra.

Al final, la noche astronómica dio paso a la despedida y al viaje de vuelta.

Ese trayecto de vuelta se hizo eterno. Ramón sabía que lo del Otro Ramón era una posibilidad que ambos habían contemplado sobre el papel, pero él seguía agarrándose a la esperanza de que el destino le tuviera reservado un guion mejor.

Mariano era el ser más analítico y ortogonal que Ramón había conocido, alguien capaz de despiezar la realidad en esquemas perfectos. Pero bajo esa coraza cartesiana se escondía una sensibilidad enorme, una fragilidad que no sabía procesar este tipo de desengaños hacia dentro: cuando los números de la vida no le cuadraban, Mariano quedaba desarmado.

Mariano no lo estaba pasando nada bien, y sus niveles de ansiedad estaban muy por encima de lo que a Ramón le hubiera gustado presenciar. Nadie decía una palabra dentro del coche; solo la música de la radio lograba amortiguar, un poco, la tensión del camino de vuelta.

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