Eutanasia

Por las rendijas de la puerta se ve luz en el pasillo. Ruidos de puertas que se cierran y carros arriba y abajo irrumpen en el silencio de la noche hospitalaria. Parece que sólo yo estoy despierto en la habitación. Por los ronquidos parece que estoy en la guarida de unos osos polares. En la cama de al lado duerme el Sr. N. Un venerable y diabético anciano que no sé que le pasa, tampoco me importa. Es discreto y educado.

En la cama del fondo yace Julián. Ha ingresado esta mañana y ya lo conoce toda la planta del hospital, por lo menos de oídas. Por lo visto ha resbalado en el bar de su pueblo, Romanos, y se ha roto la cadera. Unas pesas y un juego de poleas sobre una estructura acoplada a su cama le mantienen todo en su sitio. iban a operarlo de urgencia cuando ha llegado pero su gusto por el morapio mañanero lo ha impedido. Parece un poco botijas. Se ha pasado toda la mañana gritando y quejándose. Al final le han dado una pastillica "para el dolor" y se ha quedado frito. Toda la tarde durmiendo. Ahora son la 1 de la mañana y todavía no ha despertado.

Justo enfrente sentada en una silla, con la cabeza descolgada, duerme su señora esposa. Cándida. Ya me he aprendido su nombre. Imposible de olvidar, Julián se ha encargado de grabármelo a fuego en mis oídos. La mujer es sorda y le huelen los pies de una forma nauseabunda. Es un olor ácido y penetrante mezclado con un toque de bayeta húmeda. También ronca. Se ha pasado el día allí sentada. Sin hacer nada. Una hora tras otra contemplando al carnuz de su marido.

Algo perturba mi sueño. Deben ser las tres de la mañana. "¡Cándida, que me meo!"- Son los gritos de Julián. Por fin ha despertado de su analgésico letargo. En la penumbra de la habitación contemplo como intenta incorporase. El juego de poleas y pesas atadas a sus piernas se lo impide. - "¡Cándida!" - Insiste Julián. Como una marmota la sorda de su señora ni se inmuta. -"Cándida... ¡Que me meo!"  - Grita sin éxito ajeno al descanso de los demás. 

El Sr. N se da la vuelta en la cama se echa la almohada por encima y  refunfuña - ¡Ya se callará! - Ni una bomba atómica iba a despertar a la señora. Decido pulsar el botón y llamar a la enfermera. 

Como un elefante en una cacharrería entra una enfermera en la habitación.

- ¿Qué pasa pues? - Exclama hacía mi, mientras enciende todas las luces. 
- ¡Qué me meo! - Insiste Julian. 
- Eso es lo que pasa! - Digo resignado.

Doña cándida seguía roncando. 

- Julián si llevas pañal... Para esto no hace falta que llames a nadie. 
- ¿Qué llevó que....? - Dice Julián mientras intenta quitárselo sin éxito. Su mentalidad cartesiana le impedía llevar pañal y mucho menos mearse encima.

Vaya al final no sé como ha acabado la contienda me he debido quedar dormido por agotamiento. El pasillo es un continuo trajín. Ruidos arriba y abajo aquí no hay quien duerma del tirón. 

4:25 de la madrugada. Aun no me ha dado tiempo a darme la vuelta en la cama cuando sin previo aviso vuelve el espectáculo. 
- ¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay! ¡Qué me pasa dios mio que me duele mucho! - Otra vez Julian. 

No lo tenía por un hombre religioso. Seguramente temeroso y asustado de su situación esté invocando a los dioses y santos que otrora se acordaba de ellos con otras intenciones. No espero a la segunda vuelta y le doy al botón para que venga la enfermera. 

- ¿Otra vez tú?, nos vas a dejar dormir... - Le increpa la enfermera....
- ¡Ay, ay, ay! ¡La eutanasia que me la pago yo! - Grita Julián.
- Yo me ofrezco para hacérsela gratis - Replico desde mi cama. 


Ataque al sistema

Por primera vez en 50 años de dictadura íbamos a desafiar al sistema, íbamos a saltarnos el guión. No queríamos ser más su perro faldero. Algo distinto, de nuestro gusto y sobre todo sin avisar. Por sorpresa. 

Mi energía descontrolada por la situación era reconducida por un susurro que decía: "Dulce". ¿Cómo algo así podía intimidarme? El momento inesperado había llegado y como habíamos ensayado caí 4 peldaños por encima. El rubor que me inundaba se desvaneció gracias a su savoir-faire. 

Una sensación de orgullo nos invadía según todo fluía. Nos gustaba esa sensación.  Una salva de aplausos irrumpía en la sala. Teníamos ganas de repetir, de volverlo a hacer.  Sabíamos que el sistema no lo podría criticar. No lo hizo. Tampoco lo alabó. Simplemente fuimos sometidos con el látigo de su indiferencia.