Los bolos

El pequeño Ramón no entendía porqué estaba allí. Se lo habían vendido como una fiesta sin par pero aquello le parecía un autentico coñazo. Estaba en una parcela bajo un puente de la autopista. Llena de gente desconocida que hablaban una lengua distinta. Que clase de raza superior era aquella que habían sido capaces de engendrar tanto individuo con un cromosoma extra en el par 21. Hoy en día lo políticamente correcto sería decir que tenían síndrome de Down. Por aquel entonces simplemente decíamos que eran subnormales.

Sacos llenos de avellanas servían de improvisado escondite mientras "los mayores" se ponían tibios de comer y beber. A lo lejos se oía al señor B, algo entonado, animar a los asistentes con una versión en español de los Animals... 

Al pequeño Ramón le habían encomendado la tarea de "jugar" con aquellos extracromosómicos. Menudo marrón. Un juego de bolos de plástico era el único juguete disponible, pues el uso de la imaginación con aquellos individuos estaba fuera del alcance del joven Ramón. 

La primera tirada consintió Ramón en que la  tirara R. Una chica especial con unos 15 años más que él. El haber fijado las normas en un principio había sido completamente banal. Tras el primer tiro empezó a gritar con el fin de que le diera otra vez el bolo para volver a tirar. Encima la jodida tenía puntería y allí estaba el pequeño Ramón colocando una y otra vez los bolos y yendo a buscar la bola una y otra vez...  


Ya lo dice el refrán: ¡Tonto, tonto! ¡Mierda, Mierda! Aquello no podía seguir así. Por suerte para Ramón, R no hablaba un idioma legible (al menos para él) solo gritaba como una energúmena cuando tardaba en darle la bola... Así que Ramón decidió terminar con aquel juego infernal. Una vez fue a buscar la bola, miró a un lado y a otro asegurándose que nadie mirara. Y decidió lanzarla a unas zarzas próximas. 

De repente todo el mundo calló, sólo se oía el ruido de la autopista y a R gritando como un cerdo el día de la matanza. Señalaba al pequeño Ramón y hacía un gesto imitando el lanzamiento de la bola. Afortunadamente sólo él pareció entenderlo. Rápidamente llegó la que debía ser la madre de la trisómica.

- ¿Que ha passat? - Le preguntó a Ramón. 
Con cara de no entender respondió éste con sorna.
- No, mi padre tiene un Citroën BX, no un passat...
- No, que ¿Qué ha pasado? - Replico en el idioma de cervantes esta vez.
- No sé. Ha tirado la bola a esas zarzas y se ha puesto gritar así...

Semblanza

Su madre entró en la estancia. Una mezcla de sudor y alcohol inundaba la habitación. Allí estaba su hijo. Tirado en el suelo.  Con la goma todavía en el brazo, la aguja colgando y un charco de babas en el suelo. Con ojos tiernos ella exclamó ¡Míralo, tiene la misma cara que su abuelo cuando se quedaba dormido en el sofá!

Aquellos dolores de espalda le habían llevado hasta allí. Sabía que aquella visita al masajista acabaría siendo una aventura de este blog. En su afán de probar cosas nuevas Ramón llamó al primer masajista que encontró en Internet y que no ofrecía un final feliz. Ramón siempre había pensado que lo de pedir referencias estaba sobrevalorado. Además estaba cerca de su casa.

Nada más aparcar ya se había dado cuenta del percal. Era un típico chalet adosado en los alrededores de un pueblo. Un hombre calvo y gordo salió a recibirlo. Entraron a la casa, era un vivienda familiar, nada que se le pareciera a la consulta de un fisioterapeuta, juguetes de niños por el suelo y una escopeta de perdigones encima de un sofá cubierto por un colcha vieja y sudada a modo de funda. Extraña combinación para un lugar en el que parecían habitar niños.  Un extraño olor a rancio mezclado con bayeta inundaba el ambiente.

Este es el lugar perfecto para un secuestro. Seguro que este tío tiene un sótano con un zulo oculto lleno de restos de cadáveres. Fantaseaba Ramón en su cabeza.

- Subamos arriba que estaremos más cómodos. - Sugirió el supuesto masajista.
Aquella frase no le sonó nada bien a Ramón, mientras hacía memoria del anuncio de Internet donde ponía explícitamente que no eran masajes happy ending.

Subió delante por unas escaleras estrechas que terminaban en una puerta,  al abrir la puerta un taquillón barato de aglomerado contrachapado dificultaba el paso. Sin duda aquello era una ofensa atroz al buen gusto y la geometría.

-La primera a la izquierda- dijo el masajista.

Ramón abrió la puerta y rápidamente analizó el entorno. En la pared había colgados tres diplomas. En una lectura rápida confirmó su teoría. El fulano en cuestión había hecho un par o tres de cursos de no más de  80 horas y se había comprado una camilla para dar masajes. Un pequeño sobresueldo en B para completar su economía. A juzgar por el Mercedes aparcado en la puerta no le debía ir del todo mal.

- Me dijiste que te dolía la espalda. ¿No? -
- Si, así es. Pasó muchas horas sentado y la vida sedentaria no ayuda - Respondió Ramón.
- Bueno pues haremos un completo de espalda y veremos que tal va.

Aquello no se parecía a los masajes que le habían dado otras veces. Anteriormente el deshacer las contracturas le había causado dolor. Esta vez todo era muy suave. Ramón no confiaba mucho, pero le dejaría hacer.  El calor era prácticamente insufrible, la canícula había llegado pronto y el aire acondicionado brillaba por su ausencia. Ramón no estaba a gusto. Probablemente potenciado por el calor Ramón no tardó en notar cierto olor cada vez que el masajista pasaba de un lado a otro de la camilla. Aquel olor apuntaba a que el fulano no se había cambiado de gayumbos en unos días. Una mezcla a orines, sudor y aceites de masaje. Sin duda algo repugnante. 

El calor apretaba y aquello empezaba a ser incomodo. De repente notó una sensación que no era del todo desconocida. Había caído una gota de sudor sobre su espalda.... WTF!!! El masajista pasó la mano por encima en su masaje y continuó como si nada. El goteo de sudor continuo hasta el final del masaje. 

-Bueno pues esto ya está, mientras te vistes voy un momento al baño- Dijo el masajista mientras abandonaba la habitación apresuradamente. 

Ramón se levanto de la camilla. El papel que cubría la camilla para evitar tumbarse sobre el sudor del anterior estaba empapado y se había pegado y enredado a los pelos de su pecho... 

- 20 euros me dijo por teléfono verdad...
- Si eso es. Quieres que te dé cita para la próxima semana- Respondió el masajista.
- No te preocupes, ya te llamaré yo. Ando muy liado con el trabajo y no sé cuando podré hacer un hueco para venir - Mintió Ramón. Como experiencia para contar había estado bien, para repetir... no tanto.

Amistad

Aquella palabra estaba completamente sobrevalorada. Seguramente no sería la única cosa que le incomodara pero a Ramón le rechinaba sobremanera que le llamaran "amigo". Su concepto de amistad estaba más allá de ir a tomar cervezas con alguien. Eso es fácil. Lo puedes hacer con cualquiera. Para Ramón un amigo es aquel que el día de tu mudanza está a las ocho menos cinco de la mañana tomando café en el bar de debajo de tu casa con la furgoneta aparcada en la puerta dispuesto a cargar tu lavadora y ese colchón dónde solo Dios solo sabe lo que habrás hecho encima de él.