Aquellos dolores de espalda le habían llevado hasta allí. Sabía que aquella visita al masajista acabaría siendo una aventura de este blog. En su afán de probar cosas nuevas Ramón llamó al primer masajista que encontró en Internet y que no ofrecía un final feliz. Ramón siempre había pensado que lo de pedir referencias estaba sobrevalorado. Además estaba cerca de su casa.

Nada más aparcar ya se había dado cuenta del percal. Era un típico chalet adosado en los alrededores de un pueblo. Un hombre calvo y gordo salió a recibirlo. Entraron a la casa, era un vivienda familiar, nada que se le pareciera a la consulta de un fisioterapeuta, juguetes de niños por el suelo y una escopeta de perdigones encima de un sofá cubierto por un colcha vieja y sudada a modo de funda. Extraña combinación para un lugar en el que parecían habitar niños.  Un extraño olor a rancio mezclado con bayeta inundaba el ambiente.

Este es el lugar perfecto para un secuestro. Seguro que este tío tiene un sótano con un zulo oculto lleno de restos de cadáveres. Fantaseaba Ramón en su cabeza.

- Subamos arriba que estaremos más cómodos. - Sugirió el supuesto masajista.
Aquella frase no le sonó nada bien a Ramón, mientras hacía memoria del anuncio de Internet donde ponía explícitamente que no eran masajes happy ending.

Subió delante por unas escaleras estrechas que terminaban en una puerta,  al abrir la puerta un taquillón barato de aglomerado contrachapado dificultaba el paso. Sin duda aquello era una ofensa atroz al buen gusto y la geometría.

-La primera a la izquierda- dijo el masajista.

Ramón abrió la puerta y rápidamente analizó el entorno. En la pared había colgados tres diplomas. En una lectura rápida confirmó su teoría. El fulano en cuestión había hecho un par o tres de cursos de no más de  80 horas y se había comprado una camilla para dar masajes. Un pequeño sobresueldo en B para completar su economía. A juzgar por el Mercedes aparcado en la puerta no le debía ir del todo mal.

- Me dijiste que te dolía la espalda. ¿No? -
- Si, así es. Pasó muchas horas sentado y la vida sedentaria no ayuda - Respondió Ramón.
- Bueno pues haremos un completo de espalda y veremos que tal va.

Aquello no se parecía a los masajes que le habían dado otras veces. Anteriormente el deshacer las contracturas le había causado dolor. Esta vez todo era muy suave. Ramón no confiaba mucho, pero le dejaría hacer.  El calor era prácticamente insufrible, la canícula había llegado pronto y el aire acondicionado brillaba por su ausencia. Ramón no estaba a gusto. Probablemente potenciado por el calor Ramón no tardó en notar cierto olor cada vez que el masajista pasaba de un lado a otro de la camilla. Aquel olor apuntaba a que el fulano no se había cambiado de gayumbos en unos días. Una mezcla a orines, sudor y aceites de masaje. Sin duda algo repugnante. 

El calor apretaba y aquello empezaba a ser incomodo. De repente notó una sensación que no era del todo desconocida. Había caído una gota de sudor sobre su espalda.... WTF!!! El masajista pasó la mano por encima en su masaje y continuó como si nada. El goteo de sudor continuo hasta el final del masaje. 

-Bueno pues esto ya está, mientras te vistes voy un momento al baño- Dijo el masajista mientras abandonaba la habitación apresuradamente. 

Ramón se levanto de la camilla. El papel que cubría la camilla para evitar tumbarse sobre el sudor del anterior estaba empapado y se había pegado y enredado a los pelos de su pecho... 

- 20 euros me dijo por teléfono verdad...
- Si eso es. Quieres que te dé cita para la próxima semana- Respondió el masajista.
- No te preocupes, ya te llamaré yo. Ando muy liado con el trabajo y no sé cuando podré hacer un hueco para venir - Mintió Ramón. Como experiencia para contar había estado bien, para repetir... no tanto.

Repostando

Fuente: LUIS CEBRIÁN  / Gasolinera  - 1937 - 2008 
El depósito había entrado en reserva hacía más de cincuenta kilómetros y el chivato del salpicadero había empezado a parpadear. En un acto reflejo aprieto el culo. Espero llegar a la gasolinera. Sin mayor consecuencia aparco junto al surtidor. Salgo de la furgoneta y abro el tapón del depósito. Una duda me asalta, ¿Me enchufo la manguera o espero a que vengan a servirme?. No tengo prisa. Tampoco me van a bajar el precio por ahorrarles trabajo. ¡Qué se gane el pan!.

Mientras espero al gasolinero palpaba mi cuello con la intención de calmar mis doloridas contracturas. Al tiempo se dirigía diligente una empleada de la gasolinera. Aspecto sudamericano. Gafas, delgada, tez morena, baja estatura. Todo ello adornado con una bizca mirada de fines aviesos. Trás enchufar el boquerel del la manguera me pregunta:

- ¿Ha ido alguna ves al quiropráctico?
Sorprendido por la pregunta le respondo que si.
- Y... ¿no conosera algún quiropráctico de confiansa donde pueda ir?. Tengo la espalda destrosada.
- La verdad es que siempre que ido al masajista ha sido en Huesca - Le respondo, mintiéndole vilmente. No tenía ganas de darle el teléfono de nadie.
- Es que una ves fui a uno que no hasía más que acarisiarme lo senos.

Ante estás psicotrónicas declaraciónes bajé la vista para mirarle las tetas. Nada del otro mundo, más bien escasas para mi gusto. Mi cara era un poema. No sabía que expresión poner. Si reír o compadecerla.

Ciertamente me quedé con ganas de preguntarle si no distinguía entre una casa de masajes y un masajista.