Suena el teléfono de la oficina. Ramón contesta.
—Bonjour, ¿habla usted francés? —pregunta una voz con un acento francófono.
Ramón no se lo piensa dos veces. Se pone en modo internacional.
—Excusez-moi, je ne parle pas français —suelta, con un acento parisino que le habría sacado un aplauso a sí mismo si hubiera alguien mirando.
Silencio al otro lado. Ramón, envalentonado, insiste:
—Do you speak English?
Se oye cómo el teléfono cambia de manos. Murmullos, algo de ruido de fondo, y entonces una mujer toma el auricular.
Y le contesta en un español perfecto, sin acento, como si llevara toda la vida hablándolo.
Ramón se queda mudo un segundo.
Todo ese despliegue, toda esa gira improvisada por media Europa, para terminar exactamente donde había empezado.
Otro misterio sin resolver de la oficina. Otro día raro. Y Ramón, una vez más, convertido en políglota de garrafón.
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