Unas terribles ganas de mear me despertaron en una oscura habitación de hospital. Al momento entró una auxiliar y descorrió las cortinas, dejando entrar la luz de golpetazo.
—La toilette? —pregunté a aquella mujer con mi francés churrigueresco.
Como era evidente que no me entendía, probé suerte con un impostado acento galo:
—À pipi?
Una expresión de puro alivio inundó su rostro al comprenderme. Salió un segundo y regresó con una de esas botellas de plástico típicas de hospital. «Con las ganas que tengo, me va a hacer falta otra», pensé. Y no me equivocaba: tras casi quince horas sin vaciar la vejiga, la botella se quedó corta. Por suerte, las últimas gotas coronaron justo en el cuello del recipiente. Aquel descanso absoluto desencadenó un sueño profundo del que solo me sacó la llegada del desayuno.
Allí todo el mundo hablaba francés, así que la comunicación era torpe y a trancas y barrancas. Al rato me cambiaron de planta y me acomodaron en una nueva habitación. Nada más aparcar la camilla, entró una enfermera y, con un castellano que a mí me sonó casi cervantino, soltó:
—Buenos días.
—¡Eres española! —espeté con júbilo.
—No, soy francesa, pero mi marido es argentino y he pasado muchos años allá.
Aquel acento porteño me trasladó a lugar seguro. Seguía estando tullido a cientos de kilómetros de casa, pero el hospital ya no parecía una prisión de alta seguridad. Ahora parecía un lugar del que probablemente pudiera salir, aunque no por mi propio pie.
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