Ramón llegó diez minutos antes de la hora acordada a casa de Mariano. Había salido con prisa de la suya porque el bochorno dentro del piso era insoportable y tampoco era plan de encender el aire acondicionado para diez escasos minutos. Aparcó justo en la puerta, bajo la mirada atenta y fija de una mujer desde la acera. Pensó que sería la dueña del coche de atrás y que simplemente estaba fiscalizando que no le destrozara el morro al maniobrar.
Al bajarse del vehículo, Ramón le sonrió con cierta educación y preguntó:
—¿Todo bien?
—Sí, es que estoy aprendiendo a conducir y me fijo mucho en cómo aparca la gente. Usted lo ha hecho muy bien.
Ramón se quedó completamente descolocado. Con un hilo de voz, solo acertó a responder un seco «Muchas gracias» mientras se alejaba a paso ligero para comprar una botella de agua y unos caramelos para el camino.
Poco después, Mariano se subió al coche. Ramón encendió la radio y, como por arte de magia, empezó a sonar Hoy puede ser un gran día, de Serrat. Obviamente no era una casualidad: Ramón lo tenía todo perfectamente calculado, sabiendo que aquello pondría a Mariano de buen humor para lo que se les venía encima.
Hicieron una primera parada técnica para llenar el depósito y emprendieron camino. La primera hora y media por autovía transcurrió sin mayor consecuencia, salvo por los nervios evidentes de Mariano, que necesitaba ir atemperándose para dejar fluir las cosas. En el momento justo de abandonar la autovía, pararon a estirar un poco las piernas.
—Dos solos con hielo y un torrezno —pidió Ramón en la barra sin dudarlo. Sin duda, una combinación destructiva capaz de despejar cualquier atisbo de sueño que pudiera amenazar el viaje.
El trayecto continuó por carreteras secundarias. Intentaron reservar mesa sobre la marcha en los pueblos por los que iban a pasar, pero resultó misión imposible, así que decidieron ir a la aventura. Hora y media más tarde, el hambre apretaba y pararon a comer en un restaurante a pie de ruta.
—¿Tienen reserva? —preguntó la camarera con un marcado e inconfundible acento de los Cárpatos.
—No —respondieron los dos a coro.
Por suerte, aquello no fue un impedimento y los sentaron a la mesa. Les trajeron la carta a toda prisa y, casi sin darles tiempo a mirar, la camarera les recitó de carrerilla todos los platos que no tenían... y también aquellos que ella misma les desaconsejaba. Aquello les llamó poderosamente la atención. ¿Estaría pasada la comida? ¿El cocinero escupiría en los platos? ¿Cocinaban con gatos callejeros? Un mar de dudas asaltó a Mariano; era la primera vez en su vida que un camarero les desaconsejaba activamente pedir la mitad de la carta.
Con el paso de los minutos, el comedor se fue llenando de comensales.
—¿Tienen reserva? —repetía la mujer a cada grupo que cruzaba la puerta.
Con cada nueva tanda de clientes, la camarera se tensaba un poco más. A los que venían sin reserva los despachaba de malas formas; sin duda, la comunicación con el cliente no era su fuerte. Cada vez que servía un plato fuera de tiempo, se escudaba echándole la culpa a «la cocina». Jamás pedía disculpas, solo tiraba balones fuera.
La gente seguía llegando, incluso aquellos que sí tenían reserva, pero ella los recibía a cajas destempladas diciéndoles que tendrían que esperar, que estaba sola y no daba abasto. Estaba completamente sobrepasada y, en vez de ser operativa y sacar la faena adelante, prefería perder el tiempo quejándose.
El momento de pagar tampoco estuvo exento de la espera habitual. La cuenta la trajo rápido y el datáfono también, pero se limitó a posarlo sobre la mesa y desaparecer. Mariano y Ramón fantasearon por un segundo con la idea de hacerse un abono ellos mismos a su tarjeta, pero no sabían cómo manejar el aparato y seguro que requería algún código que desconocían.
Por fin vino la mujer y les cobró. Como remate, les ofreció un chupito que tuvieron que rechazar amablemente: ya habían perdido tres horas para comer y no había ninguna necesidad de regalarle media hora más a un chupito.
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