Cuatro días sin noticias. Ramón había dejado de mirar el móvil cada cinco minutos más o menos por el segundo día, o eso se decía a sí mismo. Y entonces, cuando ya casi se había acostumbrado al silencio, la pantalla se encendió.
Un texto sincero, con emojis, como si quisiera compensar con signos lo que no se atrevía a decir con palabras. Prefería hablar a escribir, tenía miedo de haber estropeado algo, y al final, casi al margen, una frase que lo desarmó del todo.
Media hora después estaban sentados en la terraza de un bar, bajo una luna que no llegaba a estar llena del todo.
Al principio costaba. Hablaban con el cuidado de quien no sabe si el hielo aguanta el peso, midiendo las palabras, evitando ciertos temas por instinto. Pero después de un rato las frases empezaron a fluir solas y la conversación se volvió, poco a poco, la de siempre.
Ella le contó cómo la pena la había dejado sin fuerzas para decir que no, cómo había ido cediendo terreno sin darse cuenta hasta que sus propios planes ya no eran suyos. Él escuchaba sin decir mucho. Tenía su opinión —clara, honesta— pero también sabía, en el fondo, que había cosas que no se arreglan con consejos, solo con tiempo. Que a veces lo mejor que puede hacer uno es no meter prisa, simplemente estar ahí.
Se hizo tarde. La caminata hasta su portal fue lenta, sin ninguna prisa por llegar.
Delante de la puerta llegó el abrazo de despedida de siempre, ese que ya tenían ensayado. Pero al separarse ella no se apartó del todo: fue directa a sus labios.
—¿No habíamos quedado en que solo éramos amigos? —dijo él, sin moverse, con la boca a un milímetro de la suya.
—Upps, me he equivocado —contestó ella, con esa sonrisa picaruela.
Ramón la miró un segundo, ahí de pie contra la penumbra del portal, y sonrió despacio.
—Pues esto no va a ser un error.
Y la besó otra vez, como si los cuatro días de silencio no hubieran existido nunca.
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