Ritmo sinusal

Ramón leyó el mensaje una segunda vez. Después una tercera. Lo había entendido a la primera, pero algunas palabras piden ser leídas despacio cuando llegan desde un lugar que uno lleva un mes anhelando.

En ese mes aprendió que el silencio tiene sus propios sonidos, y que hay días en los que se distrae con facilidad y otros en los que cualquier cosa —una canción, una calle, una conversación, un vaso de agua con gas— lo devuelve a ella.

Sonrió al leer aquello de la admiración, la curiosidad y la ternura. Ella probablemente no sabía cuánto significaban esas palabras. Había llegado a su vida sin avisar y se la había puesto del revés. Le enseñó a querer sin certezas, a disfrutar de lo que ocurre sin exigirle un nombre ni un futuro, a convivir con una incertidumbre que a veces duele y a veces vuelve todo más intenso. Le enseñó a mirar de otra manera, a escuchar más, a dejar que le cambiaran los planes y algunas certezas que llevaba años dando por fijas.

Ramón no sabía qué pasaría cuando ella volviera. Aquel agua con gas podía convertirse en una tarde cualquiera entre amigos, en una conversación que se alarga sin que nadie se dé cuenta, o en algo que ninguno de los dos supiera todavía nombrar. Por primera vez, no necesitaba saberlo. Había cosas que importaban sin necesidad de resolverse.

Ella había dejado huella. Ramón pensó que no hace falta tener a alguien tal como lo imaginaste para que ocupe un lugar importante en tu vida. A veces basta con que esa persona encienda una habitación que llevaba tiempo a oscuras. Ella había encendido unas cuantas.

Sonrió.

—Gracias —murmuró, aunque ella no pudiera oírlo. Por las conversaciones, los silencios, las dudas, las risas. Por hacerme sentir cosas que creía olvidadas. Por recordarme que todavía puedo sorprenderme. Por ponerme la vida cabeza abajo. Y por enseñarme, sin proponértelo, que también se puede querer desde la distancia, desde la incertidumbre y desde la libertad.

Ramón dejó el teléfono sobre la mesa. Quizá ella tuviera razón y como pareja no fuera posible. Quizá sus caminos debían cruzarse de otra manera. Pero una cosa la tenía clara: el lugar que ella terminara ocupando en su vida, nadie se lo quitaría. Un rincón tranquilo y luminoso en algún sitio de su corazón, reservado para recordar a la persona que, sin proponérselo, le puso todo patas arriba.

Silencio, por fin

El aire huele a rastrojo quemado y a sudor rancio mezclado con ginebra barata. Ramón aprieta los dientes tras el cristal del dormitorio mientras, allá abajo, una res de cuernos afilados astilla un barrote de pino antes de que cuatro iluminados, inflados de carajillos y falsa valentía, le hagan un recorte torpe entre vítores. Para Ramón es una atrocidad contra el buen gusto, una salvajada de pueblo cobijada bajo la excusa de venerar al Santo Cristo dos veces al año.

El pueblo ya no es lo que era. O quizás sí, y ese es el problema. Ni la oleada de forasteros urbanitas —entre los que él mismo se incluye, a su pesar— ha logrado refinar la plaza. Ramón mantiene la distancia; habla lo justo con los vecinos y aún siente que se relaciona demasiado. Le irrita el tufo a colectividad, la insistencia con la que intentan imponerle sus dogmas de barra de bar, esa sociabilidad forzada.

Pero lo peor llega con el descanso del sol. Extraña las orquestas de antaño, esos músicos de verdad que articulaban la noche con metales y ritmo. Ahora solo queda un escenario deslucido coronado por un pintamonas al que llaman DJ, saltando detrás de una mesa de mezclas mientras cobra un dineral por darle al play. A Ramón le corroe la envidia: sabe que él tendría diez veces más criterio para sostener la noche, sin necesidad de torturar al personal con graves distorsionados.
Son las tres de la madrugada. El bombo de la disco móvil retumba en su pecho y hace temblar la carpintería de la ventana.

Ramón permanece tumbado sobre la cama, con la mirada fija en las sombras del techo. En su cabeza, la escena se repite en bucle: ve sus propios pies moviéndose en silencio por el callejón trasero de la plaza, esquivando la luz del escenario, deslizándose en la sombra que proyecta el remolque. Imagina el tacto frío del alicate en la mano, la tensión de la manguera negra de corriente y el chasquido sordo del corte. Fantasea con la inmediatez con la que el estruendo se ahogaría de golpe, devolviendo al pueblo el silencio y la oscuridad.

Por fin se decide. Baja, cruza el patio y se cuela entre las sombras hasta el remolque. La manguera está ahí, negra y gruesa. Saca el alicate del bolsillo de la sudadera. Justo antes de cerrar las mandíbulas sobre el cable, oye una respiración a su espalda. Se gira. No hay nadie. Solo el remolque, metálico y mudo.

Vuelve a la manguera cuando un topetazo sacude la puerta del remolque desde dentro. Ramón lo entiende: es el toro de la suelta ensogada de la mañana. Guarda el alicate y saca la cizalla. Corta el candado con torpeza, como si él mismo dudara de lo que está haciendo.

Como si fuera una epifanía, el DJ pincha algo que suena a pasodoble torero. Es la señal.

Ramón abre la puerta del remolque y el toro sale disparado hacia la carpa donde se concentra el tumulto.

Los primeros gritos quedan camuflados debajo de una versión reguetonera de Paquito Chocolatero. La justicia divina parece querer que sea precisamente el concejal de festejos, el hombre que tanto había apostado por los festejos taurinos mientras defenestraba otras áreas de cultura, quien reciba la primera embestida.

El miura lo alcanza de lleno y lo levanta un par de metros por los aires.

Durante un instante, el concejal queda suspendido sobre la multitud. Después cae de punta cabeza contra el suelo.

Y, justo entonces, la música se detiene.

Silencio.

Ramón cierra los ojos.

Por fin.


No era solo nostalgia

 El café de Ramón todavía humeaba en la cocina cuando los tres salieron hacia la vega del río. Leonor y Luna caminaban a su lado, amigas desde el instituto, con ese paso relajado de quien tiene toda la tarde por delante. El agua sonaba cerca. Las ramas crujían con el viento.

Entraron en el parque bajo los olmos. Leonor se paró frente al banco de piedra, medio tapado por la maleza, y soltó una carcajada.

—¿Os acordáis de cuando íbamos al parque de jóvenes a hacer locuras con los novios? No nos importaba ni el frío, ni el cierzo con tal de buscar un rato de intimidad.

Luna se recogió el pelo y no dejó pasar la ocasión.

—¡Y tan locuras! Yo me acuerdo de los lotes que me daba con mi novio del verano del noventa y ocho. Aquellos besos ardientes le inspiraban algo que crecía bajo su pantalón... con él perdía la noción del tiempo.

Ramón caminaba un paso por detrás con las manos en los bolsillos. Sonreía y asentía cada vez que alguna buscaba su mirada.

Leonor y Luna no sabían que Ramón callaba algo. Detrás de ese mismo seto, hacía menos de un mes, él había vivido lo mismo que ellas contaban como pasado. No dijo nada. Dejó que sus amigas se quedaran con su nostalgia y se guardó la suya bajo el sol de la tarde.

Cuando aún no conocíamos el miedo (iii)

 Unas terribles ganas de mear me despertaron en una oscura habitación de hospital. Al momento entró una auxiliar y descorrió las cortinas, dejando entrar la luz de golpetazo.

​—La toilette? —pregunté a aquella mujer con mi francés churrigueresco.

​Como era evidente que no me entendía, probé suerte con un impostado acento galo:

​—À pipi?

​Una expresión de puro alivio inundó su rostro al comprenderme. Salió un segundo y regresó con una de esas botellas de plástico típicas de hospital. «Con las ganas que tengo, me va a hacer falta otra», pensé. Y no me equivocaba: tras casi quince horas sin vaciar la vejiga, la botella se quedó corta. Por suerte, las últimas gotas coronaron justo en el cuello del recipiente. Aquel descanso absoluto desencadenó un sueño profundo del que solo me sacó la llegada del desayuno.

​Allí todo el mundo hablaba francés, así que la comunicación era torpe y a trancas y barrancas. Al rato me cambiaron de planta y me acomodaron en una nueva habitación. Nada más aparcar la camilla, entró una enfermera y, con un castellano que a mí me sonó casi cervantino, soltó:

​—Buenos días.

​—¡Eres española! —espeté con júbilo.

​—No, soy francesa, pero mi marido es argentino y he pasado muchos años allá.

Aquel acento porteño me trasladó a lugar seguro. Seguía estando tullido a cientos de kilómetros de casa, pero el hospital ya no parecía una prisión de alta seguridad. Ahora parecía un lugar del que probablemente pudiera salir, aunque no por mi propio pie.

Cuando aún no conocíamos el miedo (ii)

La ambulancia me llevó al centro médico de Obernai. Allí me metieron directo a la sala de Rayos X. El sitio estaba vacío; parecía que lo habían abierto solo para mí. Al otro lado del vidrio de la cámara de rayos, vi cómo el técnico de emergencias sanitarias que me había llevado hasta allí y la enfermera ponían cara de dolor mientras señalaban en una pantalla lo que aquellas radiaciones ionizantes mostraban de mi maltrecho tobillo.

Con cara de preocupación, salieron del cuarto blindado. Yo no hablaba francés y su inglés no era fluido, pero me dieron a entender que tenían que llevarme al hospital de Estrasburgo porque me tenían que operar y allí no tenían medios.

Me volvieron a meter en otra ambulancia y nos fuimos hacia Estrasburgo. El viaje se me hizo molestamente largo: el dolor empezaba a hacerse intenso y, para mayor de mis males, no había ventanillas por las que mirar. Si por lo menos hubieran puesto la sirena... pero, por lo visto, yo no era una urgencia.

Por fin llegamos al hospital y allí ya estaba Danielle, la gerente del campo de trabajo, con Luis y Javi. Me estuvieron informando de que no me preocupara, que el seguro del campo lo cubría todo. Sinceramente, ni se me había pasado por la cabeza esa cuestión; bendita Seguridad Social española, que nos tenía acostumbrados a despreocuparnos de esas cosas. Por lo visto, cuando salías al extranjero, la cosa era un poco más complicada.

Mientras tanto, ya me habían puesto una vía y sacado unos cuantos tubos de sangre. Después me dejaron en un pasillo, al más puro estilo español, hasta que por fin llegó un médico que hablaba inglés y me explicó la que había liado con mi tobillo: triple fractura. Maléolo interno, externo y posterior... o al menos eso le entendí.

Después pasó a explicarme la anestesia:

—Vamos a pincharte en la ingle tres veces. Notarás cómo se mueve la pierna sola, pero tú no la muevas.

Y por fin pasaron a reducir la fractura para poner las cosas en su sitio. No recuerdo cuánta gente había a mi alrededor: unos sujetándome los hombros, otros la pierna por la cadera, otro por la rodilla y, al final, otro por el pie.

Take a deep breath. We count three and expel. Do you understand? —dijo el doctor con un marcado acento francés.

Oui, c'est moi —dije yo para hacer la gracia.

Un, deux, trois...

Catacrack.

Hizo mi tobillo mientras sentía un dolor intenso, seguido de un profundo relax.

Chapeau —le dije al doctor mientras él me levantaba el pulgar.

Misión para la patrulla canina (II)

Al salir del restaurante, volvimos al coche aparcado a pleno sol. Aquello era directamente un horno sobre ruedas. Ramón arrancó, puso el aire acondicionado al máximo confiando en que el habitáculo se enfriara pronto y, a los dos minutos, ya estábamos de viaje otra vez.

El paisaje era ya otro: habíamos pasado del desierto monegrino a la vega del río Duero. Tanta vegetación abrumaba a aquellos dos turistas de secano. Los kilómetros se consumían entre carreteras en obras y tramos sueltos de autovía. Entre conversaciones tan absurdas como profundas, Ramón y Mariano jugaban a puntuar los nombres de los pueblos por los que pasaban, basándose solo en su sonoridad.

—Hortezuela... —un seis, respondían a coro.

—Bayubas de Abajo... —un cuatro, y eso que el «de Abajo» le había subido un punto la nota.

—Tajueco... ¡un ocho!

Y así pasaron gran parte del camino. Los nervios de Mariano, en cambio, iban en aumento conforme se acercaban al destino. Por más que Ramón intentaba distraerlo con cualquier tontería, Mariano estaba como un miura a punto de salir de toriles.

A última hora de la tarde, cuando el sol empezaba a teñir de dorado los adobes de la plaza mayor del pueblo, aparcaron. Habían llegado. La plaza era el típico recinto castellano: silenciosa, sobria, con una fuente en el centro y el eco lejano de unas cigüeñas. Mariano se peinó en el retrovisor, intentó alisarse las arrugas de la camiseta y respiró hondo. Ramón, satisfecho por haber superado el trance del trayecto, espetó:

—Otro éxito para la Patrulla Canina.

Aunque Ramón no la conocía de nada, distinguió enseguida a la pretendida de Mariano entre la gente. Cómo no, Ramón y Mariano volvían a desentonar y a arruinar la media de edad de este tipo de eventos. El público natural de estos conciertos es siempre el mismo: las abuelas del pueblo y, si por ventura alguna no ha enviudado todavía, se lleva al consorte al lado para rellenar bulto.

Ramón le dio un empujón a Mariano:

—Vamos, salúdala.

Ramón se quedó observando la escena a una distancia prudencial. Ella estaba distraída dando palique a las vecinas más entregadas del público mientras Mariano se acercaba a paso lento y temeroso. De pronto, la chica levantó la vista y entró en cortocircuito. Se le quedó cara de póquer y le preguntó, nerviosa:

—¿Qué haces aquí?

Mariano, encogido y mil veces más nervioso que ella, no consiguió decir ninguna de las ingeniosas respuestas que había ensayado durante todo el trayecto.

—Ya ves... —alcanzó a musitar en voz queda.

Tras la actuación, los invitaron a quedarse a una observación astronómica, amenizada por un saxofonista, que tendría lugar más tarde. Parecía el momento ideal para Mariano, así que aceptaron encantados.

Antes de que Mariano pudiera desplegar todo el encanto que llevaba preparando durante tres horas de autovía y dos de comarcales, la chica se giró y les presentó al cuarto integrante de la reunión:

—Mirad, él es Ramón. Ha venido desde Badajoz solo para verme tocar hoy.

Mariano y Ramón se quedaron congelados. Había un Otro Ramón.

El recién llegado era un tipo sonriente y relajado, con un peinado sospechosamente perfecto y cara de no haber sufrido jamás un ataque de agorafobia en mitad de la nada, ni de haber comido con el miedo de que le sirvieran gato por liebre. Ramón, el conductor, miró a Mariano. Mariano miró a Ramón, y este se limitó a encogerse de hombros. Era una posibilidad que, en el fondo, habían contemplado. Ahora solo tocaba poner la mejor de las sonrisas y seguir picando piedra.

Al final, la noche astronómica dio paso a la despedida y al viaje de vuelta.

Ese trayecto de vuelta se hizo eterno. Ramón sabía que lo del Otro Ramón era una posibilidad que ambos habían contemplado sobre el papel, pero él seguía agarrándose a la esperanza de que el destino le tuviera reservado un guion mejor.

Mariano era el ser más analítico y ortogonal que Ramón había conocido, alguien capaz de despiezar la realidad en esquemas perfectos. Pero bajo esa coraza cartesiana se escondía una sensibilidad enorme, una fragilidad que no sabía procesar este tipo de desengaños hacia dentro: cuando los números de la vida no le cuadraban, Mariano quedaba desarmado.

Mariano no lo estaba pasando nada bien, y sus niveles de ansiedad estaban muy por encima de lo que a Ramón le hubiera gustado presenciar. Nadie decía una palabra dentro del coche; solo la música de la radio lograba amortiguar, un poco, la tensión del camino de vuelta.

Misión para la patrulla canina (I)

Ramón llegó diez minutos antes de la hora acordada a casa de Mariano. Había salido con prisa de la suya porque el bochorno dentro del piso era insoportable y tampoco era plan de encender el aire acondicionado para diez escasos minutos. Aparcó justo en la puerta, bajo la mirada atenta y fija de una mujer desde la acera. Pensó que sería la dueña del coche de atrás y que simplemente estaba fiscalizando que no le destrozara el morro al maniobrar.

Al bajarse del vehículo, Ramón le sonrió con cierta educación y preguntó:

—¿Todo bien?

—Sí, es que estoy aprendiendo a conducir y me fijo mucho en cómo aparca la gente. Usted lo ha hecho muy bien.

Ramón se quedó completamente descolocado. Con un hilo de voz, solo acertó a responder un seco «Muchas gracias» mientras se alejaba a paso ligero para comprar una botella de agua y unos caramelos para el camino.

Poco después, Mariano se subió al coche. Ramón encendió la radio y, como por arte de magia, empezó a sonar Hoy puede ser un gran día, de Serrat. Obviamente no era una casualidad: Ramón lo tenía todo perfectamente calculado, sabiendo que aquello pondría a Mariano de buen humor para lo que se les venía encima.

Hicieron una primera parada técnica para llenar el depósito y emprendieron camino. La primera hora y media por autovía transcurrió sin mayor consecuencia, salvo por los nervios evidentes de Mariano, que necesitaba ir atemperándose para dejar fluir las cosas. En el momento justo de abandonar la autovía, pararon a estirar un poco las piernas.

—Dos solos con hielo y un torrezno —pidió Ramón en la barra sin dudarlo. Sin duda, una combinación destructiva capaz de despejar cualquier atisbo de sueño que pudiera amenazar el viaje.

El trayecto continuó por carreteras secundarias. Intentaron reservar mesa sobre la marcha en los pueblos por los que iban a pasar, pero resultó misión imposible, así que decidieron ir a la aventura. Hora y media más tarde, el hambre apretaba y pararon a comer en un restaurante a pie de ruta.

—¿Tienen reserva? —preguntó la camarera con un marcado e inconfundible acento de los Cárpatos.

—No —respondieron los dos a coro.

Por suerte, aquello no fue un impedimento y los sentaron a la mesa. Les trajeron la carta a toda prisa y, casi sin darles tiempo a mirar, la camarera les recitó de carrerilla todos los platos que no tenían... y también aquellos que ella misma les desaconsejaba. Aquello les llamó poderosamente la atención. ¿Estaría pasada la comida? ¿El cocinero escupiría en los platos? ¿Cocinaban con gatos callejeros? Un mar de dudas asaltó a Mariano; era la primera vez en su vida que un camarero les desaconsejaba activamente pedir la mitad de la carta.

Con el paso de los minutos, el comedor se fue llenando de comensales.

—¿Tienen reserva? —repetía la mujer a cada grupo que cruzaba la puerta.

Con cada nueva tanda de clientes, la camarera se tensaba un poco más. A los que venían sin reserva los despachaba de malas formas; sin duda, la comunicación con el cliente no era su fuerte. Cada vez que servía un plato fuera de tiempo, se escudaba echándole la culpa a «la cocina». Jamás pedía disculpas, solo tiraba balones fuera.

La gente seguía llegando, incluso aquellos que sí tenían reserva, pero ella los recibía a cajas destempladas diciéndoles que tendrían que esperar, que estaba sola y no daba abasto. Estaba completamente sobrepasada y, en vez de ser operativa y sacar la faena adelante, prefería perder el tiempo quejándose.

El momento de pagar tampoco estuvo exento de la espera habitual. La cuenta la trajo rápido y el datáfono también, pero se limitó a posarlo sobre la mesa y desaparecer. Mariano y Ramón fantasearon por un segundo con la idea de hacerse un abono ellos mismos a su tarjeta, pero no sabían cómo manejar el aparato y seguro que requería algún código que desconocían.

Por fin vino la mujer y les cobró. Como remate, les ofreció un chupito que tuvieron que rechazar amablemente: ya habían perdido tres horas para comer y no había ninguna necesidad de regalarle media hora más a un chupito.

Políglota de garrafón

Suena el teléfono de la oficina. Ramón contesta.

—Bonjour, ¿habla usted francés? —pregunta una voz con un acento francófono.

Ramón no se lo piensa dos veces. Se pone en modo internacional.

—Excusez-moi, je ne parle pas français —suelta, con un acento parisino que le habría sacado un aplauso a sí mismo si hubiera alguien mirando.

Silencio al otro lado. Ramón, envalentonado, insiste:

—Do you speak English?

Se oye cómo el teléfono cambia de manos. Murmullos, algo de ruido de fondo, y entonces una mujer toma el auricular.

Y le contesta en un español perfecto, sin acento, como si llevara toda la vida hablándolo.

Ramón se queda mudo un segundo.

Todo ese despliegue, toda esa gira improvisada por media Europa, para terminar exactamente donde había empezado.

Otro misterio sin resolver de la oficina. Otro día raro. Y Ramón, una vez más, convertido en políglota de garrafón.

Upps, me he equivocado

Cuatro días sin noticias. Ramón había dejado de mirar el móvil cada cinco minutos más o menos por el segundo día, o eso se decía a sí mismo. Y entonces, cuando ya casi se había acostumbrado al silencio, la pantalla se encendió.

Un texto sincero, con emojis, como si quisiera compensar con signos lo que no se atrevía a decir con palabras. Prefería hablar a escribir, tenía miedo de haber estropeado algo, y al final, casi al margen, una frase que lo desarmó del todo.

Media hora después estaban sentados en la terraza de un bar, bajo una luna que no llegaba a estar llena del todo.

Al principio costaba. Hablaban con el cuidado de quien no sabe si el hielo aguanta el peso, midiendo las palabras, evitando ciertos temas por instinto. Pero después de un rato las frases empezaron a fluir solas y la conversación se volvió, poco a poco, la de siempre.

Ella le contó cómo la pena la había dejado sin fuerzas para decir que no, cómo había ido cediendo terreno sin darse cuenta hasta que sus propios planes ya no eran suyos. Él escuchaba sin decir mucho. Tenía su opinión —clara, honesta— pero también sabía, en el fondo, que había cosas que no se arreglan con consejos, solo con tiempo. Que a veces lo mejor que puede hacer uno es no meter prisa, simplemente estar ahí.

Se hizo tarde. La caminata hasta su portal fue lenta, sin ninguna prisa por llegar.

Delante de la puerta llegó el abrazo de despedida de siempre, ese que ya tenían ensayado. Pero al separarse ella no se apartó del todo: fue directa a sus labios.

—¿No habíamos quedado en que solo éramos amigos? —dijo él, sin moverse, con la boca a un milímetro de la suya.

—Upps, me he equivocado —contestó ella, con esa sonrisa picaruela.

Ramón la miró un segundo, ahí de pie contra la penumbra del portal, y sonrió despacio.

—Pues esto no va a ser un error.

Y la besó otra vez, como si los cuatro días de silencio no hubieran existido nunca.

Lavarlo tenía un precio

Para Ramón, el coche era una herramienta de trabajo, ni más ni menos. Acostumbraba a mantenerlo en un estado digno y habitable —al fin y al cabo pasaba muchas horas dentro de él—, pero tampoco se volvía loco sacándole brillo a diario. Era sábado por la tarde y al día siguiente le tocaba hacer de chófer para su amigo Mariano, que tenía que ir a casa de sus padres y no podía conducir.

Al mirar la luna delantera, plagada de un auténtico cementerio de mosquitos incrustados, Ramón decidió pasarse por el lavadero. Al menos necesitaba ver la carretera con claridad.

—Si me doy prisa, con dos euros lo dejo apañado —se dijo a sí mismo.

Un euro para el agua con jabón y otro para el aclarado; era una maniobra que Ramón tenía más que ensayada. Todavía estaba completando la primera vuelta al coche, caminando hacia atrás mientras rociaba la carrocería, cuando sintió que su pie izquierdo perdía tracción sobre la rampita de acceso a la cabina de lavado.

Como si se tratara de una experiencia extracorpórea, Ramón vio su propia caída a cámara lenta. Sus vanos y torpes intentos por recuperar el equilibrio terminaron con sus huesos de bruces contra el suelo húmedo. En medio del desastre, la punta de la lanza de lavado impactó contra el hormigón, haciendo que su mano derecha, atrapada en el gatillo de la pistola, se retorciera bruscamente durante la caída.

Se quedó tirado en el suelo, boca abajo, sintiéndose profundamente ridículo. Con las gafas torcidas en mitad de la cara y un dolor punzante en la mano derecha, respiró hondo. El dolor no le resultaba del todo ajeno. «Nada, una semanica con los dedos atados con esparadrapo y apañado», pensó. Ya le había pasado alguna vez.

A trancas y barrancas logró levantarse. La máquina no iba a devolverle las monedas, así que, invadido por unos sudores fríos que le cubrían la frente, terminó de aclarar el coche con la mano izquierda. Condujo de vuelta a casa como buenamente pudo, reduciendo al mínimo los cambios de marcha para no tener que gritar de dolor cada vez que metía tercera.

La noche fue eterna. La mano de Ramón descansaba en lo alto de la almohada, latiendo al ritmo de su corazón. En cuanto despuntó el alba, le mandó un mensaje urgente a Mariano:

«Si tienes por casa, bájame un ibuprofeno.»

Ramón sabía de sobra que Mariano guardaba una botica digna de un hospital de campaña, así que era una apuesta segura. Y no falló. En cuanto bajó al coche, Mariano le plantó en la palma media docena de comprimidos de 600 mg.

—Estos son de los buenos, de los que ya no te dan sin receta —sentenció Mariano con aire de entendido.

A Ramón no le hizo falta ni agua: se tragó uno de golpe.

Durante el viaje, colocó la mano hinchada justo delante de la rejilla del aire acondicionado. El flujo helado aliviaba la pulsación e hizo que los kilómetros fueran más llevaderos. Mariano le había prometido parar a mitad de camino para comerse una chuleta en Tudela, y cumplió. Aunque manejar el cuchillo resultó una misión imposible para Ramón y los trozos de carne tuvieron que ser más contundentes de lo habitual, el sabor lo compensó todo. Tras el primer bocado, ambos sintieron una constelación de sensaciones en la boca. Sin duda, el viaje había merecido la pena.

Tras la comida, completaron el trayecto. Mariano se quedó instalado en casa de sus padres y Ramón emprendió el camino de regreso en solitario. Sin embargo, a medida que se aproximaba a su ciudad, la lógica se acabó imponiendo: decidió parar en urgencias. Aquella mano parecida a un guante de boxeo no se iba a arreglar con una simple sindactilia casera.

Tres horas de espera bastaron para hacerle una radiografía y confirmar el diagnóstico: fractura sin desplazamiento en el metacarpo del tercer dedo de la mano derecha.

Mientras le colocaban la escayola, la enfermera le iba dando la cartilla de instrucciones: nada de conducir, nada de trabajar, la mano en alto todo el tiempo posible y cita con el traumatólogo en tres semanas.

Por un momento, Ramón dudó. Había estado conduciendo todo el día con el hueso roto sin mayor problema y ahora, por el simple hecho de llevar un pegote de yeso encima, resultaba que era legalmente incapaz. 

Lo más difícil de todo el día terminó siendo sacar la llave del coche del bolsillo del pantalón con la mano izquierda... Por lo menos el coche estaba limpio.

Japón al otro lado del espejo

Ramón nunca había sido de ir a la peluquería por gusto. No le preocupaba llevar el último corte ni perder unos minutos delante del espejo. Iba cuando el pelo empezaba a molestarle: cuando se le metía por las orejas, le hacía cosquillas en la nuca o le daba ese calor insoportable que anunciaba otro verano pegajoso. Para él era puro mantenimiento, igual que cambiar una bombilla o revisar la presión de las ruedas.

Eso sí, guardaba un recuerdo casi entrañable de las barberías de toda la vida. Aquellos locales con sillones de cuero ya vencidos por los años, donde el barbero afilaba la navaja sobre la correa de cuero con una cadencia que hipnotizaba. Le encantaba aquel olor tan característico, mezcla de Floïd y Varón Dandy, que se quedaba pegado en la nariz durante horas. Había algo especial en el ritual de la espuma caliente, la toalla húmeda sobre la cara y el cuidado con el que cada gesto parecía tener su sentido. Salías afeitado, sí, pero también con la sensación de haber vivido una pequeña ceremonia.

Ahora casi todo eso había desaparecido. En su lugar había maquinillas zumbando sin descanso y cortes hechos a toda velocidad, como si el objetivo fuera despachar clientes en cadena. Todo es más rápido, más práctico... y bastante más impersonal.

Aunque no todo se había perdido.

Seguía existiendo una tradición que resistía al paso del tiempo: la conversación inevitable entre quien corta el pelo y quien se sienta en el sillón.

En el caso de Ramón, esa responsabilidad recaía en su peluquera de confianza. La mujer tenía una curiosa obsesión con las vacaciones de la gente. No importaba el mes. Daba igual que fuera enero o agosto, Semana Santa o Navidad. En cuanto le colocaba la capa, llegaba la pregunta.

—Bueno, Ramón... ¿y este año dónde te escapas?

Era incapaz de dejar pasar la oportunidad.

La realidad, sin embargo, era bastante menos emocionante. Hacía años que Ramón no reservaba un hotel, no hacía una maleta ni pisaba un aeropuerto. Sus vacaciones consistían, básicamente, en bajar las persianas, poner el ventilador al máximo y salir a caminar cuando el sol ya empezaba a aflojar.

Pero había descubierto una forma mucho más entretenida de pasar el rato.

Inventárselas.

Cada verano regalaba a su peluquera un viaje distinto. Viajes que nunca haría, pero que disfrutaba construyendo con todo lujo de detalles.

Aquel día de julio, mientras la maquinilla sonaba detrás de su oreja y el calor apretaba al otro lado del escaparate, la pregunta volvió a aparecer.

—Pues este agosto me voy un mes entero a Japón.

La maquinilla pareció quedarse suspendida unos segundos.

—¿A Japón? ¿De verdad?

Ramón mantuvo la cara seria.

—A Japón entero. Un mes da para mucho si sabes aprovecharlo.

Y ahí empezó el espectáculo.

—Lo primero será Tokio. Tengo clarísimo que iré al Nippon Budokan. Siempre me ha fascinado la historia del judo, el respeto que rodea a ese deporte, todo lo que representa. Hay sitios que no se visitan; se pisan con respeto.

La peluquera seguía cortando, aunque cada vez prestaba menos atención al pelo y más al relato.

—Después cogeré un tren bala para ver el Fuji al amanecer. Pero subir, no. Prefiero contemplarlo desde abajo, sin prisas. Luego Kioto, claro. Pasearé por Gion, intentaré ver alguna geisha y no pienso perderme una ceremonia del té.

Hizo una pausa, como quien está a punto de contar algo importante.

—¿Sabes qué es el Ichi-go ichi-e?

Ella negó con la cabeza.

—Es una idea japonesa que dice que cada encuentro ocurre una sola vez. Aunque vuelvas a reunirte con las mismas personas en el mismo sitio, ese momento ya no volverá a existir. Por eso hay que vivirlo como si fuera irrepetible.

La peluquera sonrió.

—Qué bonito, Ramón.

Luego, con toda naturalidad, preguntó:

—¿Y no vas a salir alguna noche?

—¡Hombre, claro! Me pienso meter en un karaoke de Shinjuku. Alquilaré una sala para mí solo, pediré un sake bien frío y cantaré a Raphael o a Camilo Sesto. Seguro que los japoneses no entienden una palabra, pero la interpretación será impecable.

Durante un buen rato, Ramón habló de templos de madera, jardines zen, calles iluminadas por neones, cuencos de matcha y mercados llenos de farolillos con una convicción que hacía difícil no creerle. Entre el olor de la laca y el pelo recién cortado, por momentos parecía que ambos estaban paseando por Tokio.

Cuando terminó el corte, la peluquera le quitó la capa de un tirón y le pasó la brocha por el cuello.

—Qué suerte tienes. Ya me enseñarás fotos cuando vuelvas. Del Fuji, por lo menos.

Ramón dejó el dinero sobre el mostrador y sonrió.

—Hecho.

Salió a la calle y el calor le golpeó de lleno. Echó a andar despacio hacia casa. Sabía perfectamente que agosto lo pasaría entre el sofá, el ventilador y las persianas medio bajadas.

Pero también sabía otra cosa.

Durante media hora había recorrido Japón sin salir de la peluquería. Y, pensándolo bien, aquella conversación también había sido su propio Ichi-go ichi-e: un momento único, nacido de una mentira inofensiva que jamás volvería a repetirse exactamente igual.

Problemas cuánticos y portazos de seda

Había pasado una semana y ella apenas le había mandado unos escuetos mensajes. Ramón, que no quería agobiarla, respondió a cada uno con precisión quirúrgica, conteniendo el impulso de escribirle miles de textos que sonaran demasiado vulnerables; sabía que la cabeza de ella estaba a cien.

Siete días después, el teléfono iluminó la penumbra con el mensaje que Ramón llevaba esperando toda la semana:

—¿Estarás dentro de una hora por casa? Me paso por allí y hablamos un ratico.

Él se temía lo peor, pero el hecho de que fuera ella quien cruzara su puerta le hizo bajar la guardia.

En cuanto llegó, ella sugirió salir a dar un paseo. Caminaron por el parque bordeando los meandros del río, jugando a identificar los árboles y envidiando en silencio los tomates de los huertos urbanos. Era un paseo pausado, marcado por un ritmo tenso que buscaba aire fresco.

Se sentaron en un banco.

—Y tú cabecica, ¿cómo está? —espetó Ramón, rompiendo la tregua.

—Ufff... —respondió ella.

Siguió un silencio valorativo. Medio minuto de respiraciones profundas donde ella pareció juntar el valor necesario para ordenar el peso de sus palabras.

Le contó que, de alguna manera, la relación que pretendía dejar había resurgido tras una conversación con él. Estaba atrapada en un dilema y aún no había tomado una decisión firme. Ramón, con su habitual poder analítico, le expuso el mapa de lo que creía que le estaba pasando: su corazón le pedía arriesgarse a una nueva historia, pero su cabeza prefería la seguridad de lo conocido, con sus problemas incluidos. Unos problemas que, aunque parecieran parcheados en una semana, no tardarían en volverse a despegar para perder aire de nuevo. Ramón la entendía con su empatía habitual, aunque, egoístamente, deseaba ser el elegido.

En medio de aquellas diatribas y dilemas casi cuánticos, Ramón la abrazó. Y no fue un gesto frío de consuelo; fue un abrazo firme, de verdad, cargado de todo lo que no se estaba diciendo.

—¡A la mierda! —le susurró él al oído.

La besó. Ella le correspondió de inmediato, dejando en evidencia que aquellas dudas que creía haber resuelto volvían a saltar por los aires.

Llegó el momento de la despedida, suspendido en el aire de la noche.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Ramón, esperando haber despejado alguna incógnita.

Ella lo miró a los ojos y sonrió con suavidad:

—Solo tengo clara una cosa: quiero volver a quedar contigo.

* * * * *

Así concluyó la historia, no con otra cita, sino con un destello en la pantalla iluminando la penumbra del salón.

Al leer sus palabras, Ramón sintió una extraña mezcla de vértigo y serenidad. No hubo rabia ni sobresalto; solo una punzada limpia y profunda justo en el centro del pecho, como cuando el aire frío entra de golpe en los pulmones. Era el peso de una despedida dulce, un portazo envuelto en seda.

Resultaba contradictorio y casi poético descubrir que ella lo llamara "Jesús" en sus adentros, revelando esa capa íntima y humana despojada del filtro con el que el mundo solía tratarlo. Le conmovió verse reflejado en sus ojos: el descaro, la transparencia, la luz de la orilla del mar... pero también comprendió la solidez inquebrantable de aquel muro invisible que la bloqueaba. Ella había elegido la seguridad del terreno conocido, aunque eso significara dejar atrás una brisa nueva.

Al llegar a las posdatas sonrió con una mueca amarga y tierna a la vez. La complicidad de las olivas robadas, el detalle del Nesquik, el recordatorio casi maternal sobre su hermano. Eran los pedazos de una intimidad fugaz pero real, construida entre finales de fútbol, paseos por el río y miradas que no necesitaban bajarse a la piel.

Ramón guardó el teléfono. Supo que la respetaría, tal como ella le pedía, pero también supo que la próxima vez que pidiera un plato de olivas o mirara hacia la orilla del mar, no habría mapa analítico ni lógica cuántica que le impidiera recordarla. El juego había terminado, pero la huella, limpia y luminosa, se quedaba para siempre.



Cuando aún no conocíamos el miedo

Hay veranos que uno recuerda por un amor de juventud, o por un viaje inolvidable. El mío, el de 1997, lo recuerdo por el pie mirando en dirección contraria y un calcetín que, por suerte, sobrevivió.

Tenía dieciocho años, esa edad en la que todavía no has aprendido a distinguir entre el valor y la inconsciencia. Cualquier plan era bueno si prometía aventura, y si era un poco disparatado, mejor. Así acabé en un campo de trabajo en Estrasburgo, restaurando el Château d'Ottrott junto a Luis y Javi. A saber qué extraños caprichos del destino me llevaron a conocer a semejantes personajes.

Luis era un bala perdida con apellido de abogados, el típico que parecía haber nacido para meterse en líos y salir de ellos sonriendo. Su francés era inexistente, pero eso jamás le impidió intentar conquistar a cualquier chica que respirara; la comunicación verbal era un detalle sin demasiada importancia para él. Javi, en cambio, era más callado, más taimado, siempre parecía saber algo que los demás ignorábamos. Cuando hablaba solía tener razón, por eso casi nunca le hacíamos caso.

Los tres formábamos aquella expedición hacia el norte de Francia. Después de casi veinticuatro horas enlazando trenes llegamos por fin a Estrasburgo. Europa todavía no tenía moneda única y todo se pagaba en francos, así que nos pasábamos el día haciendo divisiones mentales para averiguar si un bocadillo costaba mucho o poco. Nunca acertábamos.

Habíamos estado antes en campos de trabajo en España, donde uno colaboraba unas horas y el resto del tiempo disfrutaba. En Francia no. Allí se trabajaba de verdad: tres horas por la mañana y tres por la tarde cargando piedras, subiéndolas con una polea hasta lo alto del castillo para que Max, el albañil, las colocara, preparando mortero, desbrozando laderas con herramientas manuales, y vuelta a empezar. Lo mejor de todo es que además habíamos pagado por hacerlo. No deja de sorprenderme lo que uno acepta encantado con dieciocho años.

Las noches, eso sí, compensaban cualquier esfuerzo. Cuando el trabajo terminaba aparecían las botellas de vino, las conversaciones interminables y el pequeño cementerio del pueblo. Suena raro, pero era el lugar más tranquilo del mundo: entre lápidas antiguas, bajo un cielo limpio y el silencio de un pueblo de Alsacia, aprendimos bastante, sobre la vida, sobre el amor y sobre cómo entenderse con gente que hablaba idiomas completamente distintos al tuyo. Allí conocí a Annelis, una chica belga con la que conecté especialmente bien.

El último día organizaron una excursión para visitar otros castillos de la zona. Los senderos atravesaban bosques húmedos y espesos, de esos en los que la luz parece filtrarse con permiso de los árboles. En algún momento perdimos el camino. El sendero correcto aparecía unos metros más abajo, al otro lado de un pequeño terraplén, y bajar no parecía complicado.

Dejé pasar primero a Annelis. No vaya a ser que resbale y me la lleve por delante, pensé. Resbalé yo, exactamente un segundo después. Conseguí recuperar el equilibrio agarrándome a la rama de un árbol, y hasta ahí, buena reacción. Lo que la diosa Fortuna había decidido omitir es que en esa rama había un avispero. En cuestión de segundos dejé de ser Ramón y me convertí en una nube de avispas.

No recuerdo bien cómo bajé aquel terraplén. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado abajo, mirando mi pie derecho. Los dedos apuntaban claramente hacia atrás.

—Esto está mal.

Diagnóstico médico bastante preciso, la verdad. Con toda la delicadeza del mundo coloqué el pie en su sitio, y en cuanto lo solté volvió a doblarse. Detrás de mí, la voz tranquilizadora de Luis:

—Eso es que se te ha dislocado.

—Sí... los cojones —contesté, con una serenidad que todavía hoy me sorprende.

Mientras unos corrían hasta la Maison Forestière a pedir ayuda, el resto emprendimos el regreso: Matthew el galés, Taka el japonés, Luis y Javi turnándose para cargarme, a veces a la sillita de la reina, a veces a corderetas, según lo que permitiera el camino. Aquel grupo de chavales de medio mundo, que apenas unas semanas antes eran desconocidos, terminó siendo mi improvisado equipo de rescate.

Cuando por fin nos acercábamos a la pista principal vi un camión de bomberos desplegando la escalera y pensé que era para mí. Nunca un vehículo rojo me había parecido tan bonito. También había llegado una ambulancia, y los sanitarios me subieron rápido; uno de ellos sacó unas tijeras para cortar el calcetín. Ahí apareció mi mayor preocupación del momento:

—¡No jodas! Que está nuevo, ya me lo quito yo.

Las risas se oyeron incluso antes de cerrar las puertas de la ambulancia.

Han pasado casi treinta años. El tobillo soldó, las picaduras desaparecieron, el castillo sigue en pie. El calcetín, en cambio, sigue siendo motivo de burla cada vez que quedo con Luis y Javi. Y bien mirado, una buena historia y unos amigos que no te dejan olvidarla no está nada mal como final para aquella aventura.

Día cero

 —Me invitarás a tu casa. Me apetece mucho oírte tocar el piano.

A Ramón se le iluminó la cara.

—Claro que sí.

La respuesta salió antes de que el cerebro pudiera intervenir. Apenas un segundo después llegó la parte racional.

—Pero avísame antes... para recoger la casa.

La realidad era que la casa estaba exactamente como vive alguien que no espera visitas: una taza olvidada en el escritorio, una camiseta sobre una silla que ya había adquirido categoría de perchero oficial y ese caos organizado que solo entiende quien lo ha creado. No era precisamente el escenario ideal si pretendía causar una buena impresión.

Como venía siendo costumbre entre nosotros, los planes no se archivaban en el cajón del "algún día". Se ejecutaban.

—¿Este sábado?

—Este sábado.

Eso le gustaba a Ramón. No había espacio para las eternas negociaciones de agenda ni para los "ya veremos". Con ella las cosas sucedían. Era como ir marcando casillas de una lista de tareas antes de que diera tiempo a que acumularan polvo.

La semana, sin embargo, decidió jugar en contra. Los días pasaron con la velocidad habitual del calendario y con la lentitud insoportable de quien espera algo con ilusión.

El sábado, a las siete en punto, llegó un mensaje.

"Estoy buscando la calle."

Ramón frunció el ceño.

—¿Cómo que buscando la calle? Si hace dos semanas pasamos justo por debajo de mi casa...

Nunca encontró una explicación convincente. Quizá los nervios también desorientan.

Cuando llamó al timbre, le abrió intentando aparentar una tranquilidad que no sentía. Después llegó el obligado house tour.

En una casa pequeña el recorrido es sencillo: te colocas en el centro del salón, giras sobre ti mismo trescientos sesenta grados y dices:

—Pues... esto es todo.

Ella se rió. Objetivo cumplido.

Ramón se sentó al piano. No había preparado nada especial. La vida no siempre da tiempo para ensayar las escenas importantes. Así que recurrió a ese repertorio que los músicos llaman "fondo de armario": canciones que los dedos conocen incluso cuando la cabeza está demasiado ocupada para pensar. Aún así los dedos de Ramón parecían haber olvidado todo lo que sabían.

Mientras tocaba, ella se acercó para mirar las teclas.

Demasiado cerca.

A veces un roce accidental dura apenas un instante. Otras veces se queda suspendido mucho más tiempo del que marca el reloj. Un hombro. Un brazo. Ese espacio mínimo donde nadie sabe si apartarse o permanecer exactamente donde está.

Y, curiosamente, dejó de importarle si rozaba alguna nota o la fallaba deliberadamente.

Ramón improvisó una cena rápida. Hablaron de música, de viajes, de familias, de los miedos que uno solo cuenta cuando siente que al otro realmente le interesa escucharlos. De esos temas que aparecen sin haberlos invitado y que convierten una conversación cualquiera en una de esas que recuerdas mucho tiempo después.

La noche estaba demasiado agradable para terminarla entre cuatro paredes, así que subieron a la terraza.

Las estrellas se veían mucho mejor que desde la ciudad. Vivir en un pueblo tiene esas pequeñas recompensas. No era un cielo perfecto, pero sí uno de esos en los que todavía merece la pena levantar la vista.

Y allí se quedaron un buen rato. Hablando. Callando. Acercándose un poco más cada vez, hasta que la distancia dejó de existir.

Lo que vino después pertenece a esos momentos que uno prefiere guardar para sí. No porque sean un secreto, sino porque las mejores historias no siempre necesitan contarse con todo detalle.

Recuerdo, eso sí, un instante muy concreto.

Ella estaba abrazada a Ramón. Sentía su respiración muy cerca cuando, sin pensarlo demasiado, Ramón lanzó una de esas preguntas que solo se le ocurren a él.

—Entonces... ¿qué fecha cogemos?

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué dices?

—La fecha. Para el inicio de la relación. Habrá que saber cuándo celebramos el primer aniversario, ¿no?

Se hizo un silencio.

Ramón pensó que acababa de decir la mayor tontería de mi vida.

Entonces Ramón notó que respiraba de una forma distinta.

—¿Estás llorando?

Respondió con un "sí" casi en un susurro.

Pasaron unos segundos antes de que encontrara las palabras.

—Es que... siempre era yo quien buscaba una fecha para celebrar los aniversarios. Siempre me respondían que daba igual. Que las fechas no importaban.

Ramón no supo qué contestar.

Porque, de repente, entendió que aquella conversación no iba de calendarios.

Iba de sentirse elegida.

De descubrir que alguien quería recordar el día en que empezó todo.

Aquel fue un punto para Ramón.

No por haber dicho algo especialmente brillante. De hecho, estaba convencido de que había sido una ocurrencia improvisada.

Fue un punto porque, sin saberlo, acababa de darle importancia a algo que para ella llevaba demasiado tiempo sin tenerla.

Y a veces el amor no consiste en hacer grandes gestos.

A veces consiste simplemente en elegir una fecha... y decidir que nunca se te va a olvidar.

El banco que no era el nuestro

España ya estaba en semifinales y, para no perder la costumbre, habíamos quedado para no ver el partido. Había algo deliciosamente absurdo en aquello: mientras medio país miraba una pantalla, nosotros volvíamos a buscar un banco.

El mismo parque. La misma intención. Aquel banco oscuro donde, unos días antes, el tiempo había decidido detenerse.

Por el camino me dijiste que habías estado leyendo mis nuevas entradas del blog. Que te habían gustado. Yo sonreí con esa mezcla de orgullo y pudor con la que uno enseña una parte de sí mismo. Entonces te confesé que había escrito otra, pero que aún no me había atrevido a publicarla.

—Quiero leerla ahora mismo.

Estábamos ya en el restaurante. Yo negué con la cabeza.

—Después de cenar.

No sé si era por alargar el momento o porque necesitaba reunir el valor suficiente para dejarte entrar en esas palabras.

Cuando volvimos al parque descubrimos que nuestro banco estaba ocupado. Todavía quedaba algo de luz; habíamos llegado demasiado pronto para que la noche nos lo devolviera. Buscamos otro banco cualquiera. Al fin y al cabo, comprendimos que no eran los bancos los que guardaban los recuerdos, sino las personas que se sentaban en ellos.

Nada más acomodarnos te entregué el móvil.

Empezaste a leer en voz alta.

Con cada párrafo ibas descubriendo que aquellas líneas escondían una admiración mucho más grande de la que imaginabas. Poco a poco las palabras empezaron a pesarte en la garganta. Tu voz se rompía aquí y allá, como quien intenta seguir caminando mientras el corazón le tira suavemente de la manga.

Tus ojos brillaban.

Y entonces llegó ese instante maravilloso en el que un texto deja de pertenecer al que lo escribió y pasa a vivir en quien lo lee.

Terminaste de leer. Levantaste la vista hacia mí con los ojos todavía humedecidos y, tras unos segundos de silencio, dijiste:

—No sé qué pretendías con esto... pero lo has conseguido.

No hizo falta preguntar el qué.

Aquellas palabras valían más que cualquier explicación.

Y entonces, casi riendo entre la emoción, añadiste:

—Joder... qué bonito es esto.

Creo que no existe crítica literaria mejor que esa.

Después guardaste silencio unos segundos.

—Ahora soy yo la que tengo que hablar contigo.

Noté cómo el suelo desaparecía un instante bajo mis pies.

Me hablaste de tu vida. De ese momento complicado en el que algunas puertas todavía necesitan cerrarse antes de intentar abrir otras. Me dijiste que querías ser cauta, que no querías crear expectativas para después hacerme daño.

Y comprendí que aquello no era una despedida. Era un acto de honestidad.

No había promesas imposibles ni frases aprendidas. Solo alguien intentando hacer las cosas bien.

—No tienes que preocuparte por mí. Aquí estaré para ti.

Entonces nos abrazamos.

Dicen que un abrazo de ocho segundos cambia algo por dentro. El nuestro duró bastante más de un minuto. No llevaba prisa. Era de esos abrazos en los que el tiempo deja de medirse con relojes y empieza a medirse con respiraciones compartidas.

Cuando por fin nos separamos, el silencio se sentó un rato con nosotros. No era un silencio incómodo; era de esos que aparecen cuando las palabras ya han hecho todo el trabajo y solo queda dejar que el corazón las ordene.

Y quizá fue entonces cuando me di cuenta de algo.

Antes, nuestras manos se rozaban por accidente. Un gesto casual. Una coincidencia.

Ahora ya no.

Ahora buscabas mi brazo con la naturalidad con la que una enredadera encuentra el tronco al que abrazarse. Tus dedos se quedaban allí, sin pedir permiso, como si hubieran descubierto un lugar donde descansar. Había una ternura nueva en aquel contacto: no sujetabas mi mano para no caer, sino para recordar que, por un instante, no hacía falta sostener el mundo entero. Bastaba con sostenernos un poco el uno al otro.

Entre preguntas, respuestas y alguna sonrisa que no necesitaba traducción, dejamos que la noche siguiera escribiendo por nosotros.

Y entonces ocurrió.

El cielo estalló de repente.

Rojo. Dorado. Azul.

Durante unos segundos los fuegos artificiales iluminaron el parque entero.

España acababa de ganar y se había clasificado para la final. Seguramente toda la ciudad estaba celebrándolo.

Pero nosotros preferimos creer otra cosa.

Preferimos pensar que, por una vez, el universo había decidido sincronizarse con dos personas sentadas en un banco cualquiera.

Y que aquellos fuegos artificiales no celebraban un partido de fútbol.

Celebraban el milagro, siempre improbable, de encontrarse.

Reunión en el Olimpo

Durante demasiado tiempo Ramón había vivido convencido de que ciertas historias les ocurrían a otros.

No era una decisión amarga. Ni siquiera triste.

Simplemente había aprendido a caminar solo. A no esperar mensajes que le aceleraran el pulso. A no imaginar futuros compartidos. A mirar la belleza desde lejos, como quien contempla una montaña sabiendo que nunca la va a escalar.

Y entonces apareció ella. Lo realmente extraño no era que Ramón empezara a mirarla de otra manera. Lo desconcertante era descubrir que ella también le estaba mirando a él.

Desde ese momento su cabeza se convirtió en una fábrica de preguntas.

¿Qué ha visto en mí?

¿En qué instante decidió que merecía la pena conocerme?

¿Cuándo pasó de ser una conversación casual a pensar: "espera... este tipo tiene algo"?

Porque Ramón, siendo sinceros, la había colocado desde el primer día en una categoría reservada para las personas inalcanzables.

Era una de esas mujeres que parecen haber salido de un error estadístico. Inteligente. Divertida. Con esa mezcla tan rara de belleza y naturalidad que consigue alterar la gravedad de una habitación cuando entra.

Había algo en su manera de moverse, de hablar, de sonreír... ese algo imposible de definir que hace que el mundo parezca detenerse un segundo. Y precisamente por eso Ramón nunca pensó que una mujer así pudiera fijarse en él.

Una diosa del Olimpo. Y los humanos no solemos  pedir audiencia con los dioses.

Así que, cuando uno de ellos baja a sentarse contigo, compartiendo una cerveza y una conversación, el cerebro entra en modo avería.

Empieza a buscar explicaciones donde probablemente solo haya curiosidad.

Repasa cada conversación intentando descubrir el momento exacto en el que todo cambió. Como si existiera una frase mágica. Un gesto. Una mirada. Algo.

Ramón, que siempre encontraba respuestas para casi todo, esta vez no tenía ninguna. Solo sabía una cosa.

Que llevaba demasiado tiempo sin sentir esa absurda necesidad de elegir cada palabra antes de enviarla. De releer un mensaje cinco veces. De preguntarse si aquel emoji sobraba. De sonreír al recordar una conversación mientras fregaba los platos. Vivía instalado en una contradicción deliciosa.

Quería ser él mismo. Y, al mismo tiempo, quería ser la mejor versión de sí mismo.

No para fingir. Sino porque, de repente, había aparecido alguien que hacía que mereciera la pena intentarlo.

Quizá esa sea la verdadera magia. No cuando alguien consigue que te enamores de él. Sino cuando, sin darse cuenta, consigue que vuelvas a gustarte un poco más a ti mismo.

Porque, al final, la pregunta nunca fue qué había visto ella en Ramón.

La pregunta era cuándo iba a empezar Ramón a ver en sí mismo lo mismo que ella había visto desde el principio.