Lavarlo tenía un precio

Para Ramón, el coche era una herramienta de trabajo, ni más ni menos. Acostumbraba a mantenerlo en un estado digno y habitable —al fin y al cabo pasaba muchas horas dentro de él—, pero tampoco se volvía loco sacándole brillo a diario. Era sábado por la tarde y al día siguiente le tocaba hacer de chófer para su amigo Mariano, que tenía que ir a casa de sus padres y no podía conducir.

Al mirar la luna delantera, plagada de un auténtico cementerio de mosquitos incrustados, Ramón decidió pasarse por el lavadero. Al menos necesitaba ver la carretera con claridad.

—Si me doy prisa, con dos euros lo dejo apañado —se dijo a sí mismo.

Un euro para el agua con jabón y otro para el aclarado; era una maniobra que Ramón tenía más que ensayada. Todavía estaba completando la primera vuelta al coche, caminando hacia atrás mientras rociaba la carrocería, cuando sintió que su pie izquierdo perdía tracción sobre la rampita de acceso a la cabina de lavado.

Como si se tratara de una experiencia extracorpórea, Ramón vio su propia caída a cámara lenta. Sus vanos y torpes intentos por recuperar el equilibrio terminaron con sus huesos de bruces contra el suelo húmedo. En medio del desastre, la punta de la lanza de lavado impactó contra el hormigón, haciendo que su mano derecha, atrapada en el gatillo de la pistola, se retorciera bruscamente durante la caída.

Se quedó tirado en el suelo, boca abajo, sintiéndose profundamente ridículo. Con las gafas torcidas en mitad de la cara y un dolor punzante en la mano derecha, respiró hondo. El dolor no le resultaba del todo ajeno. «Nada, una semanica con los dedos atados con esparadrapo y apañado», pensó. Ya le había pasado alguna vez.

A trancas y barrancas logró levantarse. La máquina no iba a devolverle las monedas, así que, invadido por unos sudores fríos que le cubrían la frente, terminó de aclarar el coche con la mano izquierda. Condujo de vuelta a casa como buenamente pudo, reduciendo al mínimo los cambios de marcha para no tener que gritar de dolor cada vez que metía tercera.

La noche fue eterna. La mano de Ramón descansaba en lo alto de la almohada, latiendo al ritmo de su corazón. En cuanto despuntó el alba, le mandó un mensaje urgente a Mariano:

«Si tienes por casa, bájame un ibuprofeno.»

Ramón sabía de sobra que Mariano guardaba una botica digna de un hospital de campaña, así que era una apuesta segura. Y no falló. En cuanto bajó al coche, Mariano le plantó en la palma media docena de comprimidos de 600 mg.

—Estos son de los buenos, de los que ya no te dan sin receta —sentenció Mariano con aire de entendido.

A Ramón no le hizo falta ni agua: se tragó uno de golpe.

Durante el viaje, colocó la mano hinchada justo delante de la rejilla del aire acondicionado. El flujo helado aliviaba la pulsación e hizo que los kilómetros fueran más llevaderos. Mariano le había prometido parar a mitad de camino para comerse una chuleta en Tudela, y cumplió. Aunque manejar el cuchillo resultó una misión imposible para Ramón y los trozos de carne tuvieron que ser más contundentes de lo habitual, el sabor lo compensó todo. Tras el primer bocado, ambos sintieron una constelación de sensaciones en la boca. Sin duda, el viaje había merecido la pena.

Tras la comida, completaron el trayecto. Mariano se quedó instalado en casa de sus padres y Ramón emprendió el camino de regreso en solitario. Sin embargo, a medida que se aproximaba a su ciudad, la lógica se acabó imponiendo: decidió parar en urgencias. Aquella mano parecida a un guante de boxeo no se iba a arreglar con una simple sindactilia casera.

Tres horas de espera bastaron para hacerle una radiografía y confirmar el diagnóstico: fractura sin desplazamiento en el metacarpo del tercer dedo de la mano derecha.

Mientras le colocaban la escayola, la enfermera le iba dando la cartilla de instrucciones: nada de conducir, nada de trabajar, la mano en alto todo el tiempo posible y cita con el traumatólogo en tres semanas.

Por un momento, Ramón dudó. Había estado conduciendo todo el día con el hueso roto sin mayor problema y ahora, por el simple hecho de llevar un pegote de yeso encima, resultaba que era legalmente incapaz. 

Lo más difícil de todo el día terminó siendo sacar la llave del coche del bolsillo del pantalón con la mano izquierda... Por lo menos el coche estaba limpio.

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