La ambulancia me llevó al centro médico de Obernai. Allí me metieron directo a la sala de Rayos X. El sitio estaba vacío; parecía que lo habían abierto solo para mí. Al otro lado del vidrio de la cámara de rayos, vi cómo el técnico de emergencias sanitarias que me había llevado hasta allí y la enfermera ponían cara de dolor mientras señalaban en una pantalla lo que aquellas radiaciones ionizantes mostraban de mi maltrecho tobillo.
Con cara de preocupación, salieron del cuarto blindado. Yo no hablaba francés y su inglés no era fluido, pero me dieron a entender que tenían que llevarme al hospital de Estrasburgo porque me tenían que operar y allí no tenían medios.
Me volvieron a meter en otra ambulancia y nos fuimos hacia Estrasburgo. El viaje se me hizo molestamente largo: el dolor empezaba a hacerse intenso y, para mayor de mis males, no había ventanillas por las que mirar. Si por lo menos hubieran puesto la sirena... pero, por lo visto, yo no era una urgencia.
Por fin llegamos al hospital y allí ya estaba Danielle, la gerente del campo de trabajo, con Luis y Javi. Me estuvieron informando de que no me preocupara, que el seguro del campo lo cubría todo. Sinceramente, ni se me había pasado por la cabeza esa cuestión; bendita Seguridad Social española, que nos tenía acostumbrados a despreocuparnos de esas cosas. Por lo visto, cuando salías al extranjero, la cosa era un poco más complicada.
Mientras tanto, ya me habían puesto una vía y sacado unos cuantos tubos de sangre. Después me dejaron en un pasillo, al más puro estilo español, hasta que por fin llegó un médico que hablaba inglés y me explicó la que había liado con mi tobillo: triple fractura. Maléolo interno, externo y posterior... o al menos eso le entendí.
Después pasó a explicarme la anestesia:
—Vamos a pincharte en la ingle tres veces. Notarás cómo se mueve la pierna sola, pero tú no la muevas.
Y por fin pasaron a reducir la fractura para poner las cosas en su sitio. No recuerdo cuánta gente había a mi alrededor: unos sujetándome los hombros, otros la pierna por la cadera, otro por la rodilla y, al final, otro por el pie.
—Take a deep breath. We count three and expel. Do you understand? —dijo el doctor con un marcado acento francés.
—Oui, c'est moi —dije yo para hacer la gracia.
—Un, deux, trois...
Catacrack.
Hizo mi tobillo mientras sentía un dolor intenso, seguido de un profundo relax.
—Chapeau —le dije al doctor mientras él me levantaba el pulgar.
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