No era solo nostalgia

 El café de Ramón todavía humeaba en la cocina cuando los tres salieron hacia la vega del río. Leonor y Luna caminaban a su lado, amigas desde el instituto, con ese paso relajado de quien tiene toda la tarde por delante. El agua sonaba cerca. Las ramas crujían con el viento.

Entraron en el parque bajo los olmos. Leonor se paró frente al banco de piedra, medio tapado por la maleza, y soltó una carcajada.

—¿Os acordáis de cuando íbamos al parque de jóvenes a hacer locuras con los novios? No nos importaba ni el frío, ni el cierzo con tal de buscar un rato de intimidad.

Luna se recogió el pelo y no dejó pasar la ocasión.

—¡Y tan locuras! Yo me acuerdo de los lotes que me daba con mi novio del verano del noventa y ocho. Aquellos besos ardientes le inspiraban algo que crecía bajo su pantalón... con él perdía la noción del tiempo.

Ramón caminaba un paso por detrás con las manos en los bolsillos. Sonreía y asentía cada vez que alguna buscaba su mirada.

Leonor y Luna no sabían que Ramón callaba algo. Detrás de ese mismo seto, hacía menos de un mes, él había vivido lo mismo que ellas contaban como pasado. No dijo nada. Dejó que sus amigas se quedaran con su nostalgia y se guardó la suya bajo el sol de la tarde.

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