Ramón nunca había sido de ir a la peluquería por gusto. No le preocupaba llevar el último corte ni perder unos minutos delante del espejo. Iba cuando el pelo empezaba a molestarle: cuando se le metía por las orejas, le hacía cosquillas en la nuca o le daba ese calor insoportable que anunciaba otro verano pegajoso. Para él era puro mantenimiento, igual que cambiar una bombilla o revisar la presión de las ruedas.
Eso sí, guardaba un recuerdo casi entrañable de las barberías de toda la vida. Aquellos locales con sillones de cuero ya vencidos por los años, donde el barbero afilaba la navaja sobre la correa de cuero con una cadencia que hipnotizaba. Le encantaba aquel olor tan característico, mezcla de Floïd y Varón Dandy, que se quedaba pegado en la nariz durante horas. Había algo especial en el ritual de la espuma caliente, la toalla húmeda sobre la cara y el cuidado con el que cada gesto parecía tener su sentido. Salías afeitado, sí, pero también con la sensación de haber vivido una pequeña ceremonia.
Ahora casi todo eso había desaparecido. En su lugar había maquinillas zumbando sin descanso y cortes hechos a toda velocidad, como si el objetivo fuera despachar clientes en cadena. Todo es más rápido, más práctico... y bastante más impersonal.
Aunque no todo se había perdido.
Seguía existiendo una tradición que resistía al paso del tiempo: la conversación inevitable entre quien corta el pelo y quien se sienta en el sillón.
En el caso de Ramón, esa responsabilidad recaía en su peluquera de confianza. La mujer tenía una curiosa obsesión con las vacaciones de la gente. No importaba el mes. Daba igual que fuera enero o agosto, Semana Santa o Navidad. En cuanto le colocaba la capa, llegaba la pregunta.
—Bueno, Ramón... ¿y este año dónde te escapas?
Era incapaz de dejar pasar la oportunidad.
La realidad, sin embargo, era bastante menos emocionante. Hacía años que Ramón no reservaba un hotel, no hacía una maleta ni pisaba un aeropuerto. Sus vacaciones consistían, básicamente, en bajar las persianas, poner el ventilador al máximo y salir a caminar cuando el sol ya empezaba a aflojar.
Pero había descubierto una forma mucho más entretenida de pasar el rato.
Inventárselas.
Cada verano regalaba a su peluquera un viaje distinto. Viajes que nunca haría, pero que disfrutaba construyendo con todo lujo de detalles.
Aquel día de julio, mientras la maquinilla sonaba detrás de su oreja y el calor apretaba al otro lado del escaparate, la pregunta volvió a aparecer.
—Pues este agosto me voy un mes entero a Japón.
La maquinilla pareció quedarse suspendida unos segundos.
—¿A Japón? ¿De verdad?
Ramón mantuvo la cara seria.
—A Japón entero. Un mes da para mucho si sabes aprovecharlo.
Y ahí empezó el espectáculo.
—Lo primero será Tokio. Tengo clarísimo que iré al Nippon Budokan. Siempre me ha fascinado la historia del judo, el respeto que rodea a ese deporte, todo lo que representa. Hay sitios que no se visitan; se pisan con respeto.
La peluquera seguía cortando, aunque cada vez prestaba menos atención al pelo y más al relato.
—Después cogeré un tren bala para ver el Fuji al amanecer. Pero subir, no. Prefiero contemplarlo desde abajo, sin prisas. Luego Kioto, claro. Pasearé por Gion, intentaré ver alguna geisha y no pienso perderme una ceremonia del té.
Hizo una pausa, como quien está a punto de contar algo importante.
—¿Sabes qué es el Ichi-go ichi-e?
Ella negó con la cabeza.
—Es una idea japonesa que dice que cada encuentro ocurre una sola vez. Aunque vuelvas a reunirte con las mismas personas en el mismo sitio, ese momento ya no volverá a existir. Por eso hay que vivirlo como si fuera irrepetible.
La peluquera sonrió.
—Qué bonito, Ramón.
Luego, con toda naturalidad, preguntó:
—¿Y no vas a salir alguna noche?
—¡Hombre, claro! Me pienso meter en un karaoke de Shinjuku. Alquilaré una sala para mí solo, pediré un sake bien frío y cantaré a Raphael o a Camilo Sesto. Seguro que los japoneses no entienden una palabra, pero la interpretación será impecable.
Durante un buen rato, Ramón habló de templos de madera, jardines zen, calles iluminadas por neones, cuencos de matcha y mercados llenos de farolillos con una convicción que hacía difícil no creerle. Entre el olor de la laca y el pelo recién cortado, por momentos parecía que ambos estaban paseando por Tokio.
Cuando terminó el corte, la peluquera le quitó la capa de un tirón y le pasó la brocha por el cuello.
—Qué suerte tienes. Ya me enseñarás fotos cuando vuelvas. Del Fuji, por lo menos.
Ramón dejó el dinero sobre el mostrador y sonrió.
—Hecho.
Salió a la calle y el calor le golpeó de lleno. Echó a andar despacio hacia casa. Sabía perfectamente que agosto lo pasaría entre el sofá, el ventilador y las persianas medio bajadas.
Pero también sabía otra cosa.
Durante media hora había recorrido Japón sin salir de la peluquería. Y, pensándolo bien, aquella conversación también había sido su propio Ichi-go ichi-e: un momento único, nacido de una mentira inofensiva que jamás volvería a repetirse exactamente igual.
