Japón al otro lado del espejo

Ramón nunca había sido de ir a la peluquería por gusto. No le preocupaba llevar el último corte ni perder unos minutos delante del espejo. Iba cuando el pelo empezaba a molestarle: cuando se le metía por las orejas, le hacía cosquillas en la nuca o le daba ese calor insoportable que anunciaba otro verano pegajoso. Para él era puro mantenimiento, igual que cambiar una bombilla o revisar la presión de las ruedas.

Eso sí, guardaba un recuerdo casi entrañable de las barberías de toda la vida. Aquellos locales con sillones de cuero ya vencidos por los años, donde el barbero afilaba la navaja sobre la correa de cuero con una cadencia que hipnotizaba. Le encantaba aquel olor tan característico, mezcla de Floïd y Varón Dandy, que se quedaba pegado en la nariz durante horas. Había algo especial en el ritual de la espuma caliente, la toalla húmeda sobre la cara y el cuidado con el que cada gesto parecía tener su sentido. Salías afeitado, sí, pero también con la sensación de haber vivido una pequeña ceremonia.

Ahora casi todo eso había desaparecido. En su lugar había maquinillas zumbando sin descanso y cortes hechos a toda velocidad, como si el objetivo fuera despachar clientes en cadena. Todo es más rápido, más práctico... y bastante más impersonal.

Aunque no todo se había perdido.

Seguía existiendo una tradición que resistía al paso del tiempo: la conversación inevitable entre quien corta el pelo y quien se sienta en el sillón.

En el caso de Ramón, esa responsabilidad recaía en su peluquera de confianza. La mujer tenía una curiosa obsesión con las vacaciones de la gente. No importaba el mes. Daba igual que fuera enero o agosto, Semana Santa o Navidad. En cuanto le colocaba la capa, llegaba la pregunta.

—Bueno, Ramón... ¿y este año dónde te escapas?

Era incapaz de dejar pasar la oportunidad.

La realidad, sin embargo, era bastante menos emocionante. Hacía años que Ramón no reservaba un hotel, no hacía una maleta ni pisaba un aeropuerto. Sus vacaciones consistían, básicamente, en bajar las persianas, poner el ventilador al máximo y salir a caminar cuando el sol ya empezaba a aflojar.

Pero había descubierto una forma mucho más entretenida de pasar el rato.

Inventárselas.

Cada verano regalaba a su peluquera un viaje distinto. Viajes que nunca haría, pero que disfrutaba construyendo con todo lujo de detalles.

Aquel día de julio, mientras la maquinilla sonaba detrás de su oreja y el calor apretaba al otro lado del escaparate, la pregunta volvió a aparecer.

—Pues este agosto me voy un mes entero a Japón.

La maquinilla pareció quedarse suspendida unos segundos.

—¿A Japón? ¿De verdad?

Ramón mantuvo la cara seria.

—A Japón entero. Un mes da para mucho si sabes aprovecharlo.

Y ahí empezó el espectáculo.

—Lo primero será Tokio. Tengo clarísimo que iré al Nippon Budokan. Siempre me ha fascinado la historia del judo, el respeto que rodea a ese deporte, todo lo que representa. Hay sitios que no se visitan; se pisan con respeto.

La peluquera seguía cortando, aunque cada vez prestaba menos atención al pelo y más al relato.

—Después cogeré un tren bala para ver el Fuji al amanecer. Pero subir, no. Prefiero contemplarlo desde abajo, sin prisas. Luego Kioto, claro. Pasearé por Gion, intentaré ver alguna geisha y no pienso perderme una ceremonia del té.

Hizo una pausa, como quien está a punto de contar algo importante.

—¿Sabes qué es el Ichi-go ichi-e?

Ella negó con la cabeza.

—Es una idea japonesa que dice que cada encuentro ocurre una sola vez. Aunque vuelvas a reunirte con las mismas personas en el mismo sitio, ese momento ya no volverá a existir. Por eso hay que vivirlo como si fuera irrepetible.

La peluquera sonrió.

—Qué bonito, Ramón.

Luego, con toda naturalidad, preguntó:

—¿Y no vas a salir alguna noche?

—¡Hombre, claro! Me pienso meter en un karaoke de Shinjuku. Alquilaré una sala para mí solo, pediré un sake bien frío y cantaré a Raphael o a Camilo Sesto. Seguro que los japoneses no entienden una palabra, pero la interpretación será impecable.

Durante un buen rato, Ramón habló de templos de madera, jardines zen, calles iluminadas por neones, cuencos de matcha y mercados llenos de farolillos con una convicción que hacía difícil no creerle. Entre el olor de la laca y el pelo recién cortado, por momentos parecía que ambos estaban paseando por Tokio.

Cuando terminó el corte, la peluquera le quitó la capa de un tirón y le pasó la brocha por el cuello.

—Qué suerte tienes. Ya me enseñarás fotos cuando vuelvas. Del Fuji, por lo menos.

Ramón dejó el dinero sobre el mostrador y sonrió.

—Hecho.

Salió a la calle y el calor le golpeó de lleno. Echó a andar despacio hacia casa. Sabía perfectamente que agosto lo pasaría entre el sofá, el ventilador y las persianas medio bajadas.

Pero también sabía otra cosa.

Durante media hora había recorrido Japón sin salir de la peluquería. Y, pensándolo bien, aquella conversación también había sido su propio Ichi-go ichi-e: un momento único, nacido de una mentira inofensiva que jamás volvería a repetirse exactamente igual.

Problemas cuánticos y portazos de seda

Había pasado una semana y ella apenas le había mandado unos escuetos mensajes. Ramón, que no quería agobiarla, respondió a cada uno con precisión quirúrgica, conteniendo el impulso de escribirle miles de textos que sonaran demasiado vulnerables; sabía que la cabeza de ella estaba a cien.

Siete días después, el teléfono iluminó la penumbra con el mensaje que Ramón llevaba esperando toda la semana:

—¿Estarás dentro de una hora por casa? Me paso por allí y hablamos un ratico.

Él se temía lo peor, pero el hecho de que fuera ella quien cruzara su puerta le hizo bajar la guardia.

En cuanto llegó, ella sugirió salir a dar un paseo. Caminaron por el parque bordeando los meandros del río, jugando a identificar los árboles y envidiando en silencio los tomates de los huertos urbanos. Era un paseo pausado, marcado por un ritmo tenso que buscaba aire fresco.

Se sentaron en un banco.

—Y tú cabecica, ¿cómo está? —espetó Ramón, rompiendo la tregua.

—Ufff... —respondió ella.

Siguió un silencio valorativo. Medio minuto de respiraciones profundas donde ella pareció juntar el valor necesario para ordenar el peso de sus palabras.

Le contó que, de alguna manera, la relación que pretendía dejar había resurgido tras una conversación con él. Estaba atrapada en un dilema y aún no había tomado una decisión firme. Ramón, con su habitual poder analítico, le expuso el mapa de lo que creía que le estaba pasando: su corazón le pedía arriesgarse a una nueva historia, pero su cabeza prefería la seguridad de lo conocido, con sus problemas incluidos. Unos problemas que, aunque parecieran parcheados en una semana, no tardarían en volverse a despegar para perder aire de nuevo. Ramón la entendía con su empatía habitual, aunque, egoístamente, deseaba ser el elegido.

En medio de aquellas diatribas y dilemas casi cuánticos, Ramón la abrazó. Y no fue un gesto frío de consuelo; fue un abrazo firme, de verdad, cargado de todo lo que no se estaba diciendo.

—¡A la mierda! —le susurró él al oído.

La besó. Ella le correspondió de inmediato, dejando en evidencia que aquellas dudas que creía haber resuelto volvían a saltar por los aires.

Llegó el momento de la despedida, suspendido en el aire de la noche.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Ramón, esperando haber despejado alguna incógnita.

Ella lo miró a los ojos y sonrió con suavidad:

—Solo tengo clara una cosa: quiero volver a quedar contigo.

* * * * *

Así concluyó la historia, no con otra cita, sino con un destello en la pantalla iluminando la penumbra del salón.

Al leer sus palabras, Ramón sintió una extraña mezcla de vértigo y serenidad. No hubo rabia ni sobresalto; solo una punzada limpia y profunda justo en el centro del pecho, como cuando el aire frío entra de golpe en los pulmones. Era el peso de una despedida dulce, un portazo envuelto en seda.

Resultaba contradictorio y casi poético descubrir que ella lo llamara "Jesús" en sus adentros, revelando esa capa íntima y humana despojada del filtro con el que el mundo solía tratarlo. Le conmovió verse reflejado en sus ojos: el descaro, la transparencia, la luz de la orilla del mar... pero también comprendió la solidez inquebrantable de aquel muro invisible que la bloqueaba. Ella había elegido la seguridad del terreno conocido, aunque eso significara dejar atrás una brisa nueva.

Al llegar a las posdatas sonrió con una mueca amarga y tierna a la vez. La complicidad de las olivas robadas, el detalle del Nesquik, el recordatorio casi maternal sobre su hermano. Eran los pedazos de una intimidad fugaz pero real, construida entre finales de fútbol, paseos por el río y miradas que no necesitaban bajarse a la piel.

Ramón guardó el teléfono. Supo que la respetaría, tal como ella le pedía, pero también supo que la próxima vez que pidiera un plato de olivas o mirara hacia la orilla del mar, no habría mapa analítico ni lógica cuántica que le impidiera recordarla. El juego había terminado, pero la huella, limpia y luminosa, se quedaba para siempre.



Cuando aún no conocíamos el miedo

Hay veranos que uno recuerda por un amor de juventud, o por un viaje inolvidable. El mío, el de 1997, lo recuerdo por el pie mirando en dirección contraria y un calcetín que, por suerte, sobrevivió.

Tenía dieciocho años, esa edad en la que todavía no has aprendido a distinguir entre el valor y la inconsciencia. Cualquier plan era bueno si prometía aventura, y si era un poco disparatado, mejor. Así acabé en un campo de trabajo en Estrasburgo, restaurando el Château d'Ottrott junto a Luis y Javi. A saber qué extraños caprichos del destino me llevaron a conocer a semejantes personajes.

Luis era un bala perdida con apellido de abogados, el típico que parecía haber nacido para meterse en líos y salir de ellos sonriendo. Su francés era inexistente, pero eso jamás le impidió intentar conquistar a cualquier chica que respirara; la comunicación verbal era un detalle sin demasiada importancia para él. Javi, en cambio, era más callado, más taimado, siempre parecía saber algo que los demás ignorábamos. Cuando hablaba solía tener razón, por eso casi nunca le hacíamos caso.

Los tres formábamos aquella expedición hacia el norte de Francia. Después de casi veinticuatro horas enlazando trenes llegamos por fin a Estrasburgo. Europa todavía no tenía moneda única y todo se pagaba en francos, así que nos pasábamos el día haciendo divisiones mentales para averiguar si un bocadillo costaba mucho o poco. Nunca acertábamos.

Habíamos estado antes en campos de trabajo en España, donde uno colaboraba unas horas y el resto del tiempo disfrutaba. En Francia no. Allí se trabajaba de verdad: tres horas por la mañana y tres por la tarde cargando piedras, subiéndolas con una polea hasta lo alto del castillo para que Max, el albañil, las colocara, preparando mortero, desbrozando laderas con herramientas manuales, y vuelta a empezar. Lo mejor de todo es que además habíamos pagado por hacerlo. No deja de sorprenderme lo que uno acepta encantado con dieciocho años.

Las noches, eso sí, compensaban cualquier esfuerzo. Cuando el trabajo terminaba aparecían las botellas de vino, las conversaciones interminables y el pequeño cementerio del pueblo. Suena raro, pero era el lugar más tranquilo del mundo: entre lápidas antiguas, bajo un cielo limpio y el silencio de un pueblo de Alsacia, aprendimos bastante, sobre la vida, sobre el amor y sobre cómo entenderse con gente que hablaba idiomas completamente distintos al tuyo. Allí conocí a Annelis, una chica belga con la que conecté especialmente bien.

El último día organizaron una excursión para visitar otros castillos de la zona. Los senderos atravesaban bosques húmedos y espesos, de esos en los que la luz parece filtrarse con permiso de los árboles. En algún momento perdimos el camino. El sendero correcto aparecía unos metros más abajo, al otro lado de un pequeño terraplén, y bajar no parecía complicado.

Dejé pasar primero a Annelis. No vaya a ser que resbale y me la lleve por delante, pensé. Resbalé yo, exactamente un segundo después. Conseguí recuperar el equilibrio agarrándome a la rama de un árbol, y hasta ahí, buena reacción. Lo que la diosa Fortuna había decidido omitir es que en esa rama había un avispero. En cuestión de segundos dejé de ser Ramón y me convertí en una nube de avispas.

No recuerdo bien cómo bajé aquel terraplén. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado abajo, mirando mi pie derecho. Los dedos apuntaban claramente hacia atrás.

—Esto está mal.

Diagnóstico médico bastante preciso, la verdad. Con toda la delicadeza del mundo coloqué el pie en su sitio, y en cuanto lo solté volvió a doblarse. Detrás de mí, la voz tranquilizadora de Luis:

—Eso es que se te ha dislocado.

—Sí... los cojones —contesté, con una serenidad que todavía hoy me sorprende.

Mientras unos corrían hasta la Maison Forestière a pedir ayuda, el resto emprendimos el regreso: Matthew el galés, Taka el japonés, Luis y Javi turnándose para cargarme, a veces a la sillita de la reina, a veces a corderetas, según lo que permitiera el camino. Aquel grupo de chavales de medio mundo, que apenas unas semanas antes eran desconocidos, terminó siendo mi improvisado equipo de rescate.

Cuando por fin nos acercábamos a la pista principal vi un camión de bomberos desplegando la escalera y pensé que era para mí. Nunca un vehículo rojo me había parecido tan bonito. También había llegado una ambulancia, y los sanitarios me subieron rápido; uno de ellos sacó unas tijeras para cortar el calcetín. Ahí apareció mi mayor preocupación del momento:

—¡No jodas! Que está nuevo, ya me lo quito yo.

Las risas se oyeron incluso antes de cerrar las puertas de la ambulancia.

Han pasado casi treinta años. El tobillo soldó, las picaduras desaparecieron, el castillo sigue en pie. El calcetín, en cambio, sigue siendo motivo de burla cada vez que quedo con Luis y Javi. Y bien mirado, una buena historia y unos amigos que no te dejan olvidarla no está nada mal como final para aquella aventura.

Día cero

 —Me invitarás a tu casa. Me apetece mucho oírte tocar el piano.

A Ramón se le iluminó la cara.

—Claro que sí.

La respuesta salió antes de que el cerebro pudiera intervenir. Apenas un segundo después llegó la parte racional.

—Pero avísame antes... para recoger la casa.

La realidad era que la casa estaba exactamente como vive alguien que no espera visitas: una taza olvidada en el escritorio, una camiseta sobre una silla que ya había adquirido categoría de perchero oficial y ese caos organizado que solo entiende quien lo ha creado. No era precisamente el escenario ideal si pretendía causar una buena impresión.

Como venía siendo costumbre entre nosotros, los planes no se archivaban en el cajón del "algún día". Se ejecutaban.

—¿Este sábado?

—Este sábado.

Eso le gustaba a Ramón. No había espacio para las eternas negociaciones de agenda ni para los "ya veremos". Con ella las cosas sucedían. Era como ir marcando casillas de una lista de tareas antes de que diera tiempo a que acumularan polvo.

La semana, sin embargo, decidió jugar en contra. Los días pasaron con la velocidad habitual del calendario y con la lentitud insoportable de quien espera algo con ilusión.

El sábado, a las siete en punto, llegó un mensaje.

"Estoy buscando la calle."

Ramón frunció el ceño.

—¿Cómo que buscando la calle? Si hace dos semanas pasamos justo por debajo de mi casa...

Nunca encontró una explicación convincente. Quizá los nervios también desorientan.

Cuando llamó al timbre, le abrió intentando aparentar una tranquilidad que no sentía. Después llegó el obligado house tour.

En una casa pequeña el recorrido es sencillo: te colocas en el centro del salón, giras sobre ti mismo trescientos sesenta grados y dices:

—Pues... esto es todo.

Ella se rió. Objetivo cumplido.

Ramón se sentó al piano. No había preparado nada especial. La vida no siempre da tiempo para ensayar las escenas importantes. Así que recurrió a ese repertorio que los músicos llaman "fondo de armario": canciones que los dedos conocen incluso cuando la cabeza está demasiado ocupada para pensar. Aún así los dedos de Ramón parecían haber olvidado todo lo que sabían.

Mientras tocaba, ella se acercó para mirar las teclas.

Demasiado cerca.

A veces un roce accidental dura apenas un instante. Otras veces se queda suspendido mucho más tiempo del que marca el reloj. Un hombro. Un brazo. Ese espacio mínimo donde nadie sabe si apartarse o permanecer exactamente donde está.

Y, curiosamente, dejó de importarle si rozaba alguna nota o la fallaba deliberadamente.

Ramón improvisó una cena rápida. Hablaron de música, de viajes, de familias, de los miedos que uno solo cuenta cuando siente que al otro realmente le interesa escucharlos. De esos temas que aparecen sin haberlos invitado y que convierten una conversación cualquiera en una de esas que recuerdas mucho tiempo después.

La noche estaba demasiado agradable para terminarla entre cuatro paredes, así que subieron a la terraza.

Las estrellas se veían mucho mejor que desde la ciudad. Vivir en un pueblo tiene esas pequeñas recompensas. No era un cielo perfecto, pero sí uno de esos en los que todavía merece la pena levantar la vista.

Y allí se quedaron un buen rato. Hablando. Callando. Acercándose un poco más cada vez, hasta que la distancia dejó de existir.

Lo que vino después pertenece a esos momentos que uno prefiere guardar para sí. No porque sean un secreto, sino porque las mejores historias no siempre necesitan contarse con todo detalle.

Recuerdo, eso sí, un instante muy concreto.

Ella estaba abrazada a Ramón. Sentía su respiración muy cerca cuando, sin pensarlo demasiado, Ramón lanzó una de esas preguntas que solo se le ocurren a él.

—Entonces... ¿qué fecha cogemos?

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué dices?

—La fecha. Para el inicio de la relación. Habrá que saber cuándo celebramos el primer aniversario, ¿no?

Se hizo un silencio.

Ramón pensó que acababa de decir la mayor tontería de mi vida.

Entonces Ramón notó que respiraba de una forma distinta.

—¿Estás llorando?

Respondió con un "sí" casi en un susurro.

Pasaron unos segundos antes de que encontrara las palabras.

—Es que... siempre era yo quien buscaba una fecha para celebrar los aniversarios. Siempre me respondían que daba igual. Que las fechas no importaban.

Ramón no supo qué contestar.

Porque, de repente, entendió que aquella conversación no iba de calendarios.

Iba de sentirse elegida.

De descubrir que alguien quería recordar el día en que empezó todo.

Aquel fue un punto para Ramón.

No por haber dicho algo especialmente brillante. De hecho, estaba convencido de que había sido una ocurrencia improvisada.

Fue un punto porque, sin saberlo, acababa de darle importancia a algo que para ella llevaba demasiado tiempo sin tenerla.

Y a veces el amor no consiste en hacer grandes gestos.

A veces consiste simplemente en elegir una fecha... y decidir que nunca se te va a olvidar.

El banco que no era el nuestro

España ya estaba en semifinales y, para no perder la costumbre, habíamos quedado para no ver el partido. Había algo deliciosamente absurdo en aquello: mientras medio país miraba una pantalla, nosotros volvíamos a buscar un banco.

El mismo parque. La misma intención. Aquel banco oscuro donde, unos días antes, el tiempo había decidido detenerse.

Por el camino me dijiste que habías estado leyendo mis nuevas entradas del blog. Que te habían gustado. Yo sonreí con esa mezcla de orgullo y pudor con la que uno enseña una parte de sí mismo. Entonces te confesé que había escrito otra, pero que aún no me había atrevido a publicarla.

—Quiero leerla ahora mismo.

Estábamos ya en el restaurante. Yo negué con la cabeza.

—Después de cenar.

No sé si era por alargar el momento o porque necesitaba reunir el valor suficiente para dejarte entrar en esas palabras.

Cuando volvimos al parque descubrimos que nuestro banco estaba ocupado. Todavía quedaba algo de luz; habíamos llegado demasiado pronto para que la noche nos lo devolviera. Buscamos otro banco cualquiera. Al fin y al cabo, comprendimos que no eran los bancos los que guardaban los recuerdos, sino las personas que se sentaban en ellos.

Nada más acomodarnos te entregué el móvil.

Empezaste a leer en voz alta.

Con cada párrafo ibas descubriendo que aquellas líneas escondían una admiración mucho más grande de la que imaginabas. Poco a poco las palabras empezaron a pesarte en la garganta. Tu voz se rompía aquí y allá, como quien intenta seguir caminando mientras el corazón le tira suavemente de la manga.

Tus ojos brillaban.

Y entonces llegó ese instante maravilloso en el que un texto deja de pertenecer al que lo escribió y pasa a vivir en quien lo lee.

Terminaste de leer. Levantaste la vista hacia mí con los ojos todavía humedecidos y, tras unos segundos de silencio, dijiste:

—No sé qué pretendías con esto... pero lo has conseguido.

No hizo falta preguntar el qué.

Aquellas palabras valían más que cualquier explicación.

Y entonces, casi riendo entre la emoción, añadiste:

—Joder... qué bonito es esto.

Creo que no existe crítica literaria mejor que esa.

Después guardaste silencio unos segundos.

—Ahora soy yo la que tengo que hablar contigo.

Noté cómo el suelo desaparecía un instante bajo mis pies.

Me hablaste de tu vida. De ese momento complicado en el que algunas puertas todavía necesitan cerrarse antes de intentar abrir otras. Me dijiste que querías ser cauta, que no querías crear expectativas para después hacerme daño.

Y comprendí que aquello no era una despedida. Era un acto de honestidad.

No había promesas imposibles ni frases aprendidas. Solo alguien intentando hacer las cosas bien.

—No tienes que preocuparte por mí. Aquí estaré para ti.

Entonces nos abrazamos.

Dicen que un abrazo de ocho segundos cambia algo por dentro. El nuestro duró bastante más de un minuto. No llevaba prisa. Era de esos abrazos en los que el tiempo deja de medirse con relojes y empieza a medirse con respiraciones compartidas.

Cuando por fin nos separamos, el silencio se sentó un rato con nosotros. No era un silencio incómodo; era de esos que aparecen cuando las palabras ya han hecho todo el trabajo y solo queda dejar que el corazón las ordene.

Y quizá fue entonces cuando me di cuenta de algo.

Antes, nuestras manos se rozaban por accidente. Un gesto casual. Una coincidencia.

Ahora ya no.

Ahora buscabas mi brazo con la naturalidad con la que una enredadera encuentra el tronco al que abrazarse. Tus dedos se quedaban allí, sin pedir permiso, como si hubieran descubierto un lugar donde descansar. Había una ternura nueva en aquel contacto: no sujetabas mi mano para no caer, sino para recordar que, por un instante, no hacía falta sostener el mundo entero. Bastaba con sostenernos un poco el uno al otro.

Entre preguntas, respuestas y alguna sonrisa que no necesitaba traducción, dejamos que la noche siguiera escribiendo por nosotros.

Y entonces ocurrió.

El cielo estalló de repente.

Rojo. Dorado. Azul.

Durante unos segundos los fuegos artificiales iluminaron el parque entero.

España acababa de ganar y se había clasificado para la final. Seguramente toda la ciudad estaba celebrándolo.

Pero nosotros preferimos creer otra cosa.

Preferimos pensar que, por una vez, el universo había decidido sincronizarse con dos personas sentadas en un banco cualquiera.

Y que aquellos fuegos artificiales no celebraban un partido de fútbol.

Celebraban el milagro, siempre improbable, de encontrarse.

Reunión en el Olimpo

Durante demasiado tiempo Ramón había vivido convencido de que ciertas historias les ocurrían a otros.

No era una decisión amarga. Ni siquiera triste.

Simplemente había aprendido a caminar solo. A no esperar mensajes que le aceleraran el pulso. A no imaginar futuros compartidos. A mirar la belleza desde lejos, como quien contempla una montaña sabiendo que nunca la va a escalar.

Y entonces apareció ella. Lo realmente extraño no era que Ramón empezara a mirarla de otra manera. Lo desconcertante era descubrir que ella también le estaba mirando a él.

Desde ese momento su cabeza se convirtió en una fábrica de preguntas.

¿Qué ha visto en mí?

¿En qué instante decidió que merecía la pena conocerme?

¿Cuándo pasó de ser una conversación casual a pensar: "espera... este tipo tiene algo"?

Porque Ramón, siendo sinceros, la había colocado desde el primer día en una categoría reservada para las personas inalcanzables.

Era una de esas mujeres que parecen haber salido de un error estadístico. Inteligente. Divertida. Con esa mezcla tan rara de belleza y naturalidad que consigue alterar la gravedad de una habitación cuando entra.

Había algo en su manera de moverse, de hablar, de sonreír... ese algo imposible de definir que hace que el mundo parezca detenerse un segundo. Y precisamente por eso Ramón nunca pensó que una mujer así pudiera fijarse en él.

Una diosa del Olimpo. Y los humanos no solemos  pedir audiencia con los dioses.

Así que, cuando uno de ellos baja a sentarse contigo, compartiendo una cerveza y una conversación, el cerebro entra en modo avería.

Empieza a buscar explicaciones donde probablemente solo haya curiosidad.

Repasa cada conversación intentando descubrir el momento exacto en el que todo cambió. Como si existiera una frase mágica. Un gesto. Una mirada. Algo.

Ramón, que siempre encontraba respuestas para casi todo, esta vez no tenía ninguna. Solo sabía una cosa.

Que llevaba demasiado tiempo sin sentir esa absurda necesidad de elegir cada palabra antes de enviarla. De releer un mensaje cinco veces. De preguntarse si aquel emoji sobraba. De sonreír al recordar una conversación mientras fregaba los platos. Vivía instalado en una contradicción deliciosa.

Quería ser él mismo. Y, al mismo tiempo, quería ser la mejor versión de sí mismo.

No para fingir. Sino porque, de repente, había aparecido alguien que hacía que mereciera la pena intentarlo.

Quizá esa sea la verdadera magia. No cuando alguien consigue que te enamores de él. Sino cuando, sin darse cuenta, consigue que vuelvas a gustarte un poco más a ti mismo.

Porque, al final, la pregunta nunca fue qué había visto ella en Ramón.

La pregunta era cuándo iba a empezar Ramón a ver en sí mismo lo mismo que ella había visto desde el principio.

"Estos cabrones ¿no serán como su hijo?", espetó mi padre mientras miraba el reloj delante de la ventana de su dormitorio. 

Se refería a los padres y a los hermanos de mi cuñado, a quienes habíamos quedado en recoger para llevarlos hasta Alcarrás. De todos era sabido que mi cuñado jamás había destacado por su puntualidad; más bien al contrario. Era el ser más tardón del mundo. Mi padre daba por hecho que la genética no iba a romper la tradición.

Era domingo por la mañana y era el día elegido para la celebración gozosa del bautizo de Elisa, mi sobrina. Tras una hora escasa de viaje llegamos al lugar donde vive mi hermana. Y, después de cuatro patatas fritas y un vermú improvisado, fuimos a la iglesia.

Nada más entrar, un hedor a gasoil me llenó de júbilo. El templo estaba abarrotado de niños que se preparaban para hacer la Primera Comunión. Aquello parecía más la antesala de un concierto infantil que una parroquia.

Los niños salieron de estampida de la iglesia como los toros cuando se abre la puerta de toriles.

Aquella misa no era la típica de cura viejo y sermón soporífero. Aquella misa la ofició el mismísimo Jesucristo, que había bajado en carne mortal para lavar del pecado con las aguas del Jordán a mi sobrina.

Jesucristo Superstar, a su lado, era un simple aficionado. Lucía un pelo largo y una barba limpia, aunque ligeramente desaliñada. El alba le caía hasta los pies, sujetada tímidamente por un cíngulo deshilachado. Un micrófono, al más puro estilo Madonna, nacía en su oreja y terminaba delante de la boca.

Pero lo mejor no era el aspecto. Lo mejor era la actitud.

Aquel hombre no caminaba: flotaba. No hablaba: interpretaba. Saludaba a los feligreses como si llevara veinte años presentando un programa de televisión los domingos por la mañana. A los niños les chocaba la mano, a los mayores les sonreía con esa mezcla de complicidad y misericordia que solo dominan los curas modernos y los comerciales de seguros.

Cuando llegó el momento del bautizo, cogió a Elisa con una naturalidad pasmosa. Mi sobrina, que hasta entonces había permanecido tranquila, decidió que aquel señor con barba era el momento perfecto para demostrar la potencia de sus pulmones. El llanto retumbó por toda la iglesia mientras el falso Mesías sonreía sin perder el personaje.

—Es normal —dijo con voz pausada—. El Espíritu también se manifiesta así.

Yo sospeché que el Espíritu, en realidad, llevaba un pañal hasta arriba.

Llegó el instante culminante. El sacerdote hundió la mano en la pila bautismal y dejó caer tres generosos chorros de agua sobre la cabeza de Elisa. Ella respondió como cualquier ser humano con dignidad: llorando todavía más fuerte. Los asistentes sonrieron con esa expresión universal de quien no sabe si enternecerse o agradecer que el espectáculo no le esté ocurriendo a su hijo.

En menos de cinco minutos todo había terminado. Dos mil años de tradición cristiana condensados en un par de cucharadas de agua, una firma en un libro parroquial y una colección de fotografías donde todos fingíamos saber exactamente hacia dónde mirar.

Al salir de la iglesia, mi padre respiró aliviado.

—Bueno, por lo menos estos sí que han llegado puntuales.

No hablaba del cura.

Hablaba de los padres y los hermanos de mi cuñado.

Al parecer, la impuntualidad había saltado una generación.

Matemáticas de una noche en vela

Las noches de insomnio tenían una curiosa costumbre: convertir la cabeza de Ramón en un laboratorio de ideas absurdas. Mientras el resto del mundo dormía, él fabricaba teorías que, a la luz del día, difícilmente superarían una inspección técnica.

Aquella noche le asaltó una pregunta aparentemente sencilla.

¿Qué sería del ser humano si no necesitara dormir?

¿Seríamos más felices o simplemente encontraríamos nuevas formas de perder el tiempo?

Quizá las jornadas laborales dejarían de medirse en ocho horas. Tal vez trabajaríamos un día y dos tercios del tirón y disfrutaríamos del resto de la semana para vivir. Viajar, leer, aprender idiomas, enamorarse... o, siendo sinceros, acabar viendo vídeos absurdos en el móvil hasta las cuatro de la madrugada, aunque ya no existiera la madrugada como excusa.

Ramón sonrió ante la idea. Luego recordó su nómina.

Con el sueldo que tenía, disponer de cinco días libres solo serviría para contemplar escaparates con más calma. Así que, pensándolo bien, casi prefería seguir cambiando tiempo por dinero en cómodas cuotas de ocho horas diarias.

Qué triste era descubrir que incluso las mejores fantasías acababan haciendo cuentas a final de mes.

¿Cómo ha quedado el partido?

Las personas tenemos una curiosa obsesión por poner nombre a las cosas antes de que pasen.

Necesitamos saber si aquello es amistad, compañerismo, interés, un café, una cena o una cita. Como si el nombre pudiera cambiar la experiencia.

Cuando alguien dice: "Tenemos que quedar", mi cerebro empieza a calcular probabilidades. Si la conversación ha sido agradable, quizá un café. Si además hemos compartido coche durante tres días, igual una cena... algún día. Sin prisa. La estadística juega a mi favor.

Eso pensaba yo.

Hasta que apareció una mujer roba olivas dispuesta a destrozar mi modelo matemático.

La conversación fue sencilla.

Primero llegó la propuesta de salir más. Después una invitación a comer o cenar.

Y, casi sin respirar, una aclaración: "Pero que sepas que no sería una cita".

Me llamó la atención. No porque me decepcionara. Al contrario. Me fascinó el orden de los factores.

Primero se construye el puente y, antes de cruzarlo, alguien coloca un cartel explicando que aquello no es un puente.

Supongo que todos hacemos eso alguna vez. Nos apresuramos a definir las cosas porque creemos que así serán más fáciles de gestionar.

Yo, con mi espontaneidad habitual, decidí ser sincero: "no me habría importado que lo fuese".  El comportamiento habitual del universo hubiera sido un prudente compás de espera. El tiempo necesario para que las palabras reposaran.

Pero el universo, cuando quiere reírse de uno, tiene un sentido del humor excelente.

Dos horas después ya había una mesa reservada para la noche siguiente.

No sé si era una cita. Tampoco sé si no lo era.

Lo único que sé es que mi teoría sobre las no citas ha durado exactamente dos horas. Hay hipótesis científicas que han sobrevivido siglos. La mía ni siquiera llegó a la hora de la merienda.

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La falacia del jugador

Íbamos camino del bar después de aquella interminable tarde de estudio, todavía arrastrando el calor pegajoso que nos había acompañado durante horas, cuando apareció una matrícula con un 69.

Fue suficiente.

Una compañera que caminaba a nuestro lado se quedó mirándola como quien acaba de recibir una señal del universo. 

—Es que el 69 me persigue.

Y empezó el inventario:

Sus tres coches habían llevado un 69 en la matrícula, había nacido un 6 de septiembre del 69, vivía en el número 6, en un noveno piso.

Recordó que su primer dorsal en un concurso también había sido el 69. Que una habitación de hotel donde pasó una de las mejores noches de un viaje terminaba en 69. Que incluso el recibo del café de aquella mañana acababa en... bueno, ya os lo imagináis.

Tras una infame enumeración de coincidencias empezó con su interpretación:
Que si el 69 simboliza el equilibrio, que si representa el yin y el yang, que si es la unión de las energías opuestas, que si el universo utiliza los números para enviarnos mensajes.

Nosotros asentíamos con esa educación que se reserva para quien está claramente disfrutando de su propia historia.

Pero, siendo sinceros, ninguno estábamos pensando en el equilibrio cósmico. Todos teníamos exactamente la misma sensación, lo que le hacía falta era menos teoría y más práctica.

Virgen en el templo del arco dorado

Ya era tarde y las cocinas de los restaurantes para comer bien estaban cerradas. La última opción era entrar al McDonald's. Yo no había entrado nunca en uno. Era virgen. Y no de esa virginidad poética que se pierde con una mirada, sino de la auténtica: la del que nunca ha tenido que discutir con una máquina sobre si quiere o no quiere cebolla en la hamburguesa.

—Tú pide —dijo ella, empujándome hacia la pantalla táctil como si yo fuera un escudo humano.

La pantalla me miró. Yo la miré a ella. Fue un duelo de titanes: yo, con mis dedos de carnicero, y ella, con su interfaz diseñada por alguien que claramente nunca había conocido a alguien como yo.

—Toca donde dice "Menú" —susurró ella, como si yo estuviera desactivando una bomba.

—¿Donde dice "Menú"? —pregunté, señalando un icono que resultó ser el de "Ofertas familiares".

—Ahí no, imbécil.

Empezamos a jugar al pinball con los dedos. Yo quería una hamburguesa con queso, ella quería una sin queso, yo quería patatas grandes, ella quería pequeñas, yo quería refresco normal, ella quería zero, yo quería pagar en efectivo, ella quería con tarjeta... La pantalla nos devolvía errores. Errores que no entendíamos. Errores que parecían escritos en un idioma que solo hablan los adolescentes con el pulgar más rápido que el pensamiento.

—Se ha puesto en rojo —dijo ella, señalando la pantalla con el mismo tono que usaría para anunciar un incendio.

—¿Y eso qué significa?

—Que no hemos pedido nada, pero que hemos hecho algo mal.

Un chaval de diecisiete años con gorra al revés nos miró con una mezcla de lástima y desprecio. Se acercó, tocó tres veces la pantalla con una velocidad insultante, y nos dejó en la pantalla de inicio. Como si fuéramos un ordenador que hay que reiniciar.

Fue entonces cuando cedimos. Los dos. Al mismo tiempo.

—Pido lo que tú pidas —dije.

—Pido lo que tú pidas —dijo ella.

Y entonces, por primera vez, la pantalla nos entendió. Porque habíamos dejado de ser dos individuos con preferencias y nos habíamos convertido en una entidad única: dos personas que pedían dos menús iguales porque era más fácil rendirse ante la tecnología que seguir fingiendo que controlaban algo.

Cuando llegaron las hamburguesas, eran exactamente iguales. Ni buenas ni malas. Eran solo... comida. Como el gesto de una máquina que nos decía: "Sentaos y callaos, que ya está bien de tanto drama".

Y allí, en una mesa de plástico que imitaba madera, con nuestras dos bandejas idénticas, ella cogió una de mis patatas fritas y dijo:

—Al menos hemos sobrevivido.

Yo sonreí y robé una de las suyas. Porque, en el fondo, habíamos aprendido algo: Lo importante eran las patatas que desaparecían de la bandeja del otro.



Pequeña liturgia

La historia no terminó con la oliva.

Continuó con las patatas.

Eran de esas patatas fritas congeladas, tiesas, obstinadas, con la textura del corcho y el entusiasmo de un lunes por la mañana.

No tenían nada extraordinario.

Y aun así, seguías robándomelas.

Las hundías en el tomate de tu plato como si aquel ritual obedeciera a una ley antigua, una de esas que nadie escribe y que, sin embargo, todo el mundo cumple.

No era hambre.

De eso estoy seguro.

La Oliva


Alargaste la mano y con descaro 
robaste una oliva de mi ensalada como quien sabe que hay confianzas que no se piden, se toman.

La escondiste entre los labios, me guiñaste un ojo y por un instante,
el mundo fue exactamente del tamaño de aquella aceituna.

No sentí que me quitaras nada.

Al contrario.

Descubrí que hay placeres que solo existen cuando dejan de ser de uno.
Que una oliva sabe mejor cuando empieza a ser un recuerdo.