Entre el gasoil y el Jordán

"Estos cabrones ¿no serán como su hijo?", espetó mi padre mientras miraba el reloj delante de la ventana de su dormitorio. 

Se refería a los padres y a los hermanos de mi cuñado, a quienes habíamos quedado en recoger para llevarlos hasta Alcarrás. De todos era sabido que mi cuñado jamás había destacado por su puntualidad; más bien al contrario. Era el ser más tardón del mundo. Mi padre daba por hecho que la genética no iba a romper la tradición.

Era domingo por la mañana y era el día elegido para la celebración gozosa del bautizo de Elisa, mi sobrina. Tras una hora escasa de viaje llegamos al lugar donde vive mi hermana. Y, después de cuatro patatas fritas y un vermú improvisado, fuimos a la iglesia.

Nada más entrar, un hedor a gasoil me llenó de júbilo. El templo estaba abarrotado de niños que se preparaban para hacer la Primera Comunión. Aquello parecía más la antesala de un concierto infantil que una parroquia.

Los niños salieron de estampida de la iglesia como los toros cuando se abre la puerta de toriles.

Aquella misa no era la típica de cura viejo y sermón soporífero. Aquella misa la ofició el mismísimo Jesucristo, que había bajado en carne mortal para lavar del pecado con las aguas del Jordán a mi sobrina.

Jesucristo Superstar, a su lado, era un simple aficionado. Lucía un pelo largo y una barba limpia, aunque ligeramente desaliñada. El alba le caía hasta los pies, sujetada tímidamente por un cíngulo deshilachado. Un micrófono, al más puro estilo Madonna, nacía en su oreja y terminaba delante de la boca.

Pero lo mejor no era el aspecto. Lo mejor era la actitud.

Aquel hombre no caminaba: flotaba. No hablaba: interpretaba. Saludaba a los feligreses como si llevara veinte años presentando un programa de televisión los domingos por la mañana. A los niños les chocaba la mano, a los mayores les sonreía con esa mezcla de complicidad y misericordia que solo dominan los curas modernos y los comerciales de seguros.

Cuando llegó el momento del bautizo, cogió a Elisa con una naturalidad pasmosa. Mi sobrina, que hasta entonces había permanecido tranquila, decidió que aquel señor con barba era el momento perfecto para demostrar la potencia de sus pulmones. El llanto retumbó por toda la iglesia mientras el falso Mesías sonreía sin perder el personaje.

—Es normal —dijo con voz pausada—. El Espíritu también se manifiesta así.

Yo sospeché que el Espíritu, en realidad, llevaba un pañal hasta arriba.

Llegó el instante culminante. El sacerdote hundió la mano en la pila bautismal y dejó caer tres generosos chorros de agua sobre la cabeza de Elisa. Ella respondió como cualquier ser humano con dignidad: llorando todavía más fuerte. Los asistentes sonrieron con esa expresión universal de quien no sabe si enternecerse o agradecer que el espectáculo no le esté ocurriendo a su hijo.

En menos de cinco minutos todo había terminado. Dos mil años de tradición cristiana condensados en un par de cucharadas de agua, una firma en un libro parroquial y una colección de fotografías donde todos fingíamos saber exactamente hacia dónde mirar.

Al salir de la iglesia, mi padre respiró aliviado.

—Bueno, por lo menos estos sí que han llegado puntuales.

No hablaba del cura.

Hablaba de los padres y los hermanos de mi cuñado.

Al parecer, la impuntualidad había saltado una generación.

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