Las noches de insomnio tenían una curiosa costumbre: convertir la cabeza de Ramón en un laboratorio de ideas absurdas. Mientras el resto del mundo dormía, él fabricaba teorías que, a la luz del día, difícilmente superarían una inspección técnica.
Aquella noche le asaltó una pregunta aparentemente sencilla.
¿Qué sería del ser humano si no necesitara dormir?
¿Seríamos más felices o simplemente encontraríamos nuevas formas de perder el tiempo?
Quizá las jornadas laborales dejarían de medirse en ocho horas. Tal vez trabajaríamos un día y dos tercios del tirón y disfrutaríamos del resto de la semana para vivir. Viajar, leer, aprender idiomas, enamorarse... o, siendo sinceros, acabar viendo vídeos absurdos en el móvil hasta las cuatro de la madrugada, aunque ya no existiera la madrugada como excusa.
Ramón sonrió ante la idea. Luego recordó su nómina.
Con el sueldo que tenía, disponer de cinco días libres solo serviría para contemplar escaparates con más calma. Así que, pensándolo bien, casi prefería seguir cambiando tiempo por dinero en cómodas cuotas de ocho horas diarias.
Qué triste era descubrir que incluso las mejores fantasías acababan haciendo cuentas a final de mes.
No hay comentarios
Publicar un comentario