¿Cómo ha quedado el partido?

Las personas tenemos una curiosa obsesión por poner nombre a las cosas antes de que pasen.

Necesitamos saber si aquello es amistad, compañerismo, interés, un café, una cena o una cita. Como si el nombre pudiera cambiar la experiencia.

Cuando alguien dice: "Tenemos que quedar", mi cerebro empieza a calcular probabilidades. Si la conversación ha sido agradable, quizá un café. Si además hemos compartido coche durante tres días, igual una cena... algún día. Sin prisa. La estadística juega a mi favor.

Eso pensaba yo.

Hasta que apareció una mujer roba olivas dispuesta a destrozar mi modelo matemático.

La conversación fue sencilla.

Primero llegó la propuesta de salir más. Después una invitación a comer o cenar.

Y, casi sin respirar, una aclaración: "Pero que sepas que no sería una cita".

Me llamó la atención. No porque me decepcionara. Al contrario. Me fascinó el orden de los factores.

Primero se construye el puente y, antes de cruzarlo, alguien coloca un cartel explicando que aquello no es un puente.

Supongo que todos hacemos eso alguna vez. Nos apresuramos a definir las cosas porque creemos que así serán más fáciles de gestionar.

Yo, con mi espontaneidad habitual, decidí ser sincero: "no me habría importado que lo fuese".  El comportamiento habitual del universo hubiera sido un prudente compás de espera. El tiempo necesario para que las palabras reposaran.

Pero el universo, cuando quiere reírse de uno, tiene un sentido del humor excelente.

Dos horas después ya había una mesa reservada para la noche siguiente.

No sé si era una cita. Tampoco sé si no lo era.

Lo único que sé es que mi teoría sobre las no citas ha durado exactamente dos horas. Hay hipótesis científicas que han sobrevivido siglos. La mía ni siquiera llegó a la hora de la merienda.

El día de la no cita llegó.

Habíamos quedado en la entrada del parque. Los dos llegamos puntuales, como si la puntualidad también quisiera dejar claro que aquello no era una cita.

Ella apareció sonriendo. Estaba radiante.

Nos abrazamos.

—Qué bien hueles.

Hay frases que uno pronuncia sin saber que acaban de convertirse en tradición. Los dos sonreímos con esa complicidad extraña de quien sospecha que no será la última vez que la escuche.

—Vamos a un sitio un poco pijo— me advirtió mientras empezábamos a caminar.

Agradecí el aviso.

—Menos mal que hoy he dejado las camisetas de Chiquito de la Calzada en casa y he venido en modo conservador.

Resultó que tenía razón. Era un sitio elegante, aunque no de esa elegancia de manteles blancos y camareros con pajarita. Era una elegancia teatral. Antes de llegar a la mesa atravesamos pasillos oscuros, puertas pesadas y una especie de ritual iniciático que desembocaba, de repente, en una selva amazónica. Faltaba poco para que aparecira un maorí dándonos la bienvenida con un haka.

La conversación, sin embargo, era mucho más sencilla que el decorado.

Ella tenía un repertorio infinito de preguntas. No eran preguntas para rellenar silencios; eran preguntas para abrir ventanas. Yo iba contestando con una naturalidad que me sorprendía. Salieron anécdotas, alguna confidencia y un par de temas que normalmente uno guarda para personas que conoce desde hace años.

La conversación avanzaba con una facilidad desconcertante. Entre una historia y otra, mientras llegaban los platos, levantó la vista, sonrió y, como quien recuerda una cláusula importante de un contrato, dijo:

—Te recuerdo que esto no es una cita.

Me hizo gracia. No era una advertencia. Sonaba más bien a una tradición que acabábamos de inventar. Asentí con solemnidad, como si estuviéramos renovando un acuerdo internacional cuya única condición consistía en seguir pasándolo bien.

Los silencios fueron escasos.

Y los pocos que hubo eran de esos que no incomodan a nadie. Al contrario. Eran silencios con sitio para dos.

Era extraordinariamente fácil estar con ella.

Salimos del restaurante cuando apenas pasaban de las diez. Las calles estaban desiertas. España jugaba los cuartos de final del Mundial y el país entero parecía haberse metido en un salón delante de una televisión.

Nosotros decidimos volver al parque.

La jungla de asfalto había bajado unos grados gracias a la vegetación. Las fuentes ponían banda sonora a la noche, intentando convencernos de que el agua también podía sonar a mar, incluso a cientos de kilómetros de la costa.

Encontramos un banco escondido entre la penumbra. Nos sentamos. La oscuridad tiene una virtud curiosa: reduce el campo de visión y amplía el de la conversación.

Fue allí donde empecé a descubrirla de verdad.

Hablaba con las manos, se reía con todo el cuerpo y tenía esa facilidad para acercarse a la gente sin pedir permiso, como quien sabe exactamente cuál es la distancia en la que una persona deja de sentirse sola.

Buscaba el contacto de forma natural. Un brazo que roza el tuyo al reír. Una mano que aparece un instante sobre la tuya para enfatizar una historia. Un hombro que se queda demasiado cerca como para pensar que es casualidad.

No estoy acostumbrado a eso. Y precisamente por eso me gustaba.

Dicen que el cerebro necesita miles de datos para sacar conclusiones. El mío, en cambio, decidió dejar de hacer estadísticas por primera vez en mucho tiempo.

Quizá algunas personas no llegan para confirmar nuestras teorías. Llegan para desmontarlas con una sonrisa.

La conversación siguió deshilachándose bajo el sonido de las fuentes hasta que la noche empezó a insinuar que era hora de volver.

Nos levantamos despacio. Como ya sabía que escribo estas pequeñas historias, sonrió y lanzó una última ocurrencia.

—Ya tienes título para el blog.

La miré intrigado.

—¿Cómo ha quedado el partido?

Me reí.

Habíamos pasado horas hablando mientras medio país estaba pendiente de un balón. Nosotros ni siquiera sabíamos el resultado. Y, de alguna manera, aquella pregunta resumía bastante bien la noche.

Llegó el abrazo de despedida.

—¿Sabes una cosa? —dijo con una sonrisa tranquila—. Tú también hueles muy bien.

Me hizo gracia que hubiera esperado hasta entonces para decírmelo. Como si algunas respuestas necesitaran varias horas de conversación para encontrar el momento exacto.

Hay cumplidos que duran unos segundos. Otros se quedan a vivir.

Mientras volvía a casa pensé que aquella noche no habíamos conseguido resolver el misterio. Seguía sin saber si aquello había sido una cita o no.

Lo único que tenía claro era que, si en mitad de una cena alguien necesita recordarte por segunda vez que aquello no es una cita, probablemente es porque ambos sois perfectamente conscientes de que la definición ya ha empezado a perder importancia.

Mi teoría de las no citas sigue oficialmente publicada.

Eso sí, desde aquel día lleva un asterisco enorme al pie de página.

Excepto cuando hay que recordarlo dos veces.


No hay comentarios