Pequeña liturgia

La historia no terminó con la oliva.

Continuó con las patatas.

Eran de esas patatas fritas congeladas, tiesas, obstinadas, con la textura del corcho y el entusiasmo de un lunes por la mañana.

No tenían nada extraordinario.

Y aun así, seguías robándomelas.

Las hundías en el tomate de tu plato como si aquel ritual obedeciera a una ley antigua, una de esas que nadie escribe y que, sin embargo, todo el mundo cumple.

No era hambre.

De eso estoy seguro.

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