Íbamos camino del bar después del taller de canto cuando apareció una matrícula con un 69.
Fue suficiente.
Una compañera que caminaba a nuestro lado se quedó mirándola como quien acaba de recibir una señal del universo.
—Es que el 69 me persigue.
Y empezó el inventario:
Sus tres coches habían llevado un 69 en la matrícula, había nacido un 6 de septiembre del 69, vivía en el número 6, en un noveno piso.
Recordó que su primer dorsal en un concurso también había sido el 69. Que una habitación de hotel donde pasó una de las mejores noches de un viaje terminaba en 69. Que incluso el recibo del café de aquella mañana acababa en... bueno, ya os lo imagináis.
Tras una infame enumeración de coincidencias empezó con su interpretación:
Que si el 69 simboliza el equilibrio, que si representa el yin y el yang, que si es la unión de las energías opuestas, que si el universo utiliza los números para enviarnos mensajes.
Nosotros asentíamos con esa educación que se reserva para quien está claramente disfrutando de su propia historia.
Pero, siendo sinceros, ninguno estábamos pensando en el equilibrio cósmico. Todos teníamos exactamente la misma sensación, lo que le hacía falta era menos teoría y más práctica.
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