Día cero

 —Me invitarás a tu casa. Me apetece mucho oírte tocar el piano.

A Ramón se le iluminó la cara.

—Claro que sí.

La respuesta salió antes de que el cerebro pudiera intervenir. Apenas un segundo después llegó la parte racional.

—Pero avísame antes... para recoger la casa.

La realidad era que la casa estaba exactamente como vive alguien que no espera visitas: una taza olvidada en el escritorio, una camiseta sobre una silla que ya había adquirido categoría de perchero oficial y ese caos organizado que solo entiende quien lo ha creado. No era precisamente el escenario ideal si pretendía causar una buena impresión.

Como venía siendo costumbre entre nosotros, los planes no se archivaban en el cajón del "algún día". Se ejecutaban.

—¿Este sábado?

—Este sábado.

Eso le gustaba a Ramón. No había espacio para las eternas negociaciones de agenda ni para los "ya veremos". Con ella las cosas sucedían. Era como ir marcando casillas de una lista de tareas antes de que diera tiempo a que acumularan polvo.

La semana, sin embargo, decidió jugar en contra. Los días pasaron con la velocidad habitual del calendario y con la lentitud insoportable de quien espera algo con ilusión.

El sábado, a las siete en punto, llegó un mensaje.

"Estoy buscando la calle."

Ramón frunció el ceño.

—¿Cómo que buscando la calle? Si hace dos semanas pasamos justo por debajo de mi casa...

Nunca encontró una explicación convincente. Quizá los nervios también desorientan.

Cuando llamó al timbre, le abrió intentando aparentar una tranquilidad que no sentía. Después llegó el obligado house tour.

En una casa pequeña el recorrido es sencillo: te colocas en el centro del salón, giras sobre ti mismo trescientos sesenta grados y dices:

—Pues... esto es todo.

Ella se rió. Objetivo cumplido.

Ramón se sentó al piano. No había preparado nada especial. La vida no siempre da tiempo para ensayar las escenas importantes. Así que recurrió a ese repertorio que los músicos llaman "fondo de armario": canciones que los dedos conocen incluso cuando la cabeza está demasiado ocupada para pensar. Aún así los dedos de Ramón parecían haber olvidado todo lo que sabían.

Mientras tocaba, ella se acercó para mirar las teclas.

Demasiado cerca.

A veces un roce accidental dura apenas un instante. Otras veces se queda suspendido mucho más tiempo del que marca el reloj. Un hombro. Un brazo. Ese espacio mínimo donde nadie sabe si apartarse o permanecer exactamente donde está.

Y, curiosamente, dejó de importarle si rozaba alguna nota o la fallaba deliberadamente.

Ramón improvisó una cena rápida. Hablaron de música, de viajes, de familias, de los miedos que uno solo cuenta cuando siente que al otro realmente le interesa escucharlos. De esos temas que aparecen sin haberlos invitado y que convierten una conversación cualquiera en una de esas que recuerdas mucho tiempo después.

La noche estaba demasiado agradable para terminarla entre cuatro paredes, así que subieron a la terraza.

Las estrellas se veían mucho mejor que desde la ciudad. Vivir en un pueblo tiene esas pequeñas recompensas. No era un cielo perfecto, pero sí uno de esos en los que todavía merece la pena levantar la vista.

Y allí se quedaron un buen rato. Hablando. Callando. Acercándose un poco más cada vez, hasta que la distancia dejó de existir.

Lo que vino después pertenece a esos momentos que uno prefiere guardar para sí. No porque sean un secreto, sino porque las mejores historias no siempre necesitan contarse con todo detalle.

Recuerdo, eso sí, un instante muy concreto.

Ella estaba abrazada a Ramón. Sentía su respiración muy cerca cuando, sin pensarlo demasiado, Ramón lanzó una de esas preguntas que solo se le ocurren a él.

—Entonces... ¿qué fecha cogemos?

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué dices?

—La fecha. Para el inicio de la relación. Habrá que saber cuándo celebramos el primer aniversario, ¿no?

Se hizo un silencio.

Ramón pensó que acababa de decir la mayor tontería de mi vida.

Entonces Ramón notó que respiraba de una forma distinta.

—¿Estás llorando?

Respondió con un "sí" casi en un susurro.

Pasaron unos segundos antes de que encontrara las palabras.

—Es que... siempre era yo quien buscaba una fecha para celebrar los aniversarios. Siempre me respondían que daba igual. Que las fechas no importaban.

Ramón no supo qué contestar.

Porque, de repente, entendió que aquella conversación no iba de calendarios.

Iba de sentirse elegida.

De descubrir que alguien quería recordar el día en que empezó todo.

Aquel fue un punto para Ramón.

No por haber dicho algo especialmente brillante. De hecho, estaba convencido de que había sido una ocurrencia improvisada.

Fue un punto porque, sin saberlo, acababa de darle importancia a algo que para ella llevaba demasiado tiempo sin tenerla.

Y a veces el amor no consiste en hacer grandes gestos.

A veces consiste simplemente en elegir una fecha... y decidir que nunca se te va a olvidar.

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