Políglota de garrafón

Suena el teléfono de la oficina. Ramón contesta.

—Bonjour, ¿habla usted francés? —pregunta una voz con un acento francófono.

Ramón no se lo piensa dos veces. Se pone en modo internacional.

—Excusez-moi, je ne parle pas français —suelta, con un acento parisino que le habría sacado un aplauso a sí mismo si hubiera alguien mirando.

Silencio al otro lado. Ramón, envalentonado, insiste:

—Do you speak English?

Se oye cómo el teléfono cambia de manos. Murmullos, algo de ruido de fondo, y entonces una mujer toma el auricular.

Y le contesta en un español perfecto, sin acento, como si llevara toda la vida hablándolo.

Ramón se queda mudo un segundo.

Todo ese despliegue, toda esa gira improvisada por media Europa, para terminar exactamente donde había empezado.

Otro misterio sin resolver de la oficina. Otro día raro. Y Ramón, una vez más, convertido en políglota de garrafón.

Upps, me he equivocado

Cuatro días sin noticias. Ramón había dejado de mirar el móvil cada cinco minutos más o menos por el segundo día, o eso se decía a sí mismo. Y entonces, cuando ya casi se había acostumbrado al silencio, la pantalla se encendió.

Un texto sincero, con emojis, como si quisiera compensar con signos lo que no se atrevía a decir con palabras. Prefería hablar a escribir, tenía miedo de haber estropeado algo, y al final, casi al margen, una frase que lo desarmó del todo.

Media hora después estaban sentados en la terraza de un bar, bajo una luna que no llegaba a estar llena del todo.

Al principio costaba. Hablaban con el cuidado de quien no sabe si el hielo aguanta el peso, midiendo las palabras, evitando ciertos temas por instinto. Pero después de un rato las frases empezaron a fluir solas y la conversación se volvió, poco a poco, la de siempre.

Ella le contó cómo la pena la había dejado sin fuerzas para decir que no, cómo había ido cediendo terreno sin darse cuenta hasta que sus propios planes ya no eran suyos. Él escuchaba sin decir mucho. Tenía su opinión —clara, honesta— pero también sabía, en el fondo, que había cosas que no se arreglan con consejos, solo con tiempo. Que a veces lo mejor que puede hacer uno es no meter prisa, simplemente estar ahí.

Se hizo tarde. La caminata hasta su portal fue lenta, sin ninguna prisa por llegar.

Delante de la puerta llegó el abrazo de despedida de siempre, ese que ya tenían ensayado. Pero al separarse ella no se apartó del todo: fue directa a sus labios.

—¿No habíamos quedado en que solo éramos amigos? —dijo él, sin moverse, con la boca a un milímetro de la suya.

—Upps, me he equivocado —contestó ella, con esa sonrisa picaruela.

Ramón la miró un segundo, ahí de pie contra la penumbra del portal, y sonrió despacio.

—Pues esto no va a ser un error.

Y la besó otra vez, como si los cuatro días de silencio no hubieran existido nunca.

Lavarlo tenía un precio

Para Ramón, el coche era una herramienta de trabajo, ni más ni menos. Acostumbraba a mantenerlo en un estado digno y habitable —al fin y al cabo pasaba muchas horas dentro de él—, pero tampoco se volvía loco sacándole brillo a diario. Era sábado por la tarde y al día siguiente le tocaba hacer de chófer para su amigo Mariano, que tenía que ir a casa de sus padres y no podía conducir.

Al mirar la luna delantera, plagada de un auténtico cementerio de mosquitos incrustados, Ramón decidió pasarse por el lavadero. Al menos necesitaba ver la carretera con claridad.

—Si me doy prisa, con dos euros lo dejo apañado —se dijo a sí mismo.

Un euro para el agua con jabón y otro para el aclarado; era una maniobra que Ramón tenía más que ensayada. Todavía estaba completando la primera vuelta al coche, caminando hacia atrás mientras rociaba la carrocería, cuando sintió que su pie izquierdo perdía tracción sobre la rampita de acceso a la cabina de lavado.

Como si se tratara de una experiencia extracorpórea, Ramón vio su propia caída a cámara lenta. Sus vanos y torpes intentos por recuperar el equilibrio terminaron con sus huesos de bruces contra el suelo húmedo. En medio del desastre, la punta de la lanza de lavado impactó contra el hormigón, haciendo que su mano derecha, atrapada en el gatillo de la pistola, se retorciera bruscamente durante la caída.

Se quedó tirado en el suelo, boca abajo, sintiéndose profundamente ridículo. Con las gafas torcidas en mitad de la cara y un dolor punzante en la mano derecha, respiró hondo. El dolor no le resultaba del todo ajeno. «Nada, una semanica con los dedos atados con esparadrapo y apañado», pensó. Ya le había pasado alguna vez.

A trancas y barrancas logró levantarse. La máquina no iba a devolverle las monedas, así que, invadido por unos sudores fríos que le cubrían la frente, terminó de aclarar el coche con la mano izquierda. Condujo de vuelta a casa como buenamente pudo, reduciendo al mínimo los cambios de marcha para no tener que gritar de dolor cada vez que metía tercera.

La noche fue eterna. La mano de Ramón descansaba en lo alto de la almohada, latiendo al ritmo de su corazón. En cuanto despuntó el alba, le mandó un mensaje urgente a Mariano:

«Si tienes por casa, bájame un ibuprofeno.»

Ramón sabía de sobra que Mariano guardaba una botica digna de un hospital de campaña, así que era una apuesta segura. Y no falló. En cuanto bajó al coche, Mariano le plantó en la palma media docena de comprimidos de 600 mg.

—Estos son de los buenos, de los que ya no te dan sin receta —sentenció Mariano con aire de entendido.

A Ramón no le hizo falta ni agua: se tragó uno de golpe.

Durante el viaje, colocó la mano hinchada justo delante de la rejilla del aire acondicionado. El flujo helado aliviaba la pulsación e hizo que los kilómetros fueran más llevaderos. Mariano le había prometido parar a mitad de camino para comerse una chuleta en Tudela, y cumplió. Aunque manejar el cuchillo resultó una misión imposible para Ramón y los trozos de carne tuvieron que ser más contundentes de lo habitual, el sabor lo compensó todo. Tras el primer bocado, ambos sintieron una constelación de sensaciones en la boca. Sin duda, el viaje había merecido la pena.

Tras la comida, completaron el trayecto. Mariano se quedó instalado en casa de sus padres y Ramón emprendió el camino de regreso en solitario. Sin embargo, a medida que se aproximaba a su ciudad, la lógica se acabó imponiendo: decidió parar en urgencias. Aquella mano parecida a un guante de boxeo no se iba a arreglar con una simple sindactilia casera.

Tres horas de espera bastaron para hacerle una radiografía y confirmar el diagnóstico: fractura sin desplazamiento en el metacarpo del tercer dedo de la mano derecha.

Mientras le colocaban la escayola, la enfermera le iba dando la cartilla de instrucciones: nada de conducir, nada de trabajar, la mano en alto todo el tiempo posible y cita con el traumatólogo en tres semanas.

Por un momento, Ramón dudó. Había estado conduciendo todo el día con el hueso roto sin mayor problema y ahora, por el simple hecho de llevar un pegote de yeso encima, resultaba que era legalmente incapaz. 

Lo más difícil de todo el día terminó siendo sacar la llave del coche del bolsillo del pantalón con la mano izquierda... Por lo menos el coche estaba limpio.

Japón al otro lado del espejo

Ramón nunca había sido de ir a la peluquería por gusto. No le preocupaba llevar el último corte ni perder unos minutos delante del espejo. Iba cuando el pelo empezaba a molestarle: cuando se le metía por las orejas, le hacía cosquillas en la nuca o le daba ese calor insoportable que anunciaba otro verano pegajoso. Para él era puro mantenimiento, igual que cambiar una bombilla o revisar la presión de las ruedas.

Eso sí, guardaba un recuerdo casi entrañable de las barberías de toda la vida. Aquellos locales con sillones de cuero ya vencidos por los años, donde el barbero afilaba la navaja sobre la correa de cuero con una cadencia que hipnotizaba. Le encantaba aquel olor tan característico, mezcla de Floïd y Varón Dandy, que se quedaba pegado en la nariz durante horas. Había algo especial en el ritual de la espuma caliente, la toalla húmeda sobre la cara y el cuidado con el que cada gesto parecía tener su sentido. Salías afeitado, sí, pero también con la sensación de haber vivido una pequeña ceremonia.

Ahora casi todo eso había desaparecido. En su lugar había maquinillas zumbando sin descanso y cortes hechos a toda velocidad, como si el objetivo fuera despachar clientes en cadena. Todo es más rápido, más práctico... y bastante más impersonal.

Aunque no todo se había perdido.

Seguía existiendo una tradición que resistía al paso del tiempo: la conversación inevitable entre quien corta el pelo y quien se sienta en el sillón.

En el caso de Ramón, esa responsabilidad recaía en su peluquera de confianza. La mujer tenía una curiosa obsesión con las vacaciones de la gente. No importaba el mes. Daba igual que fuera enero o agosto, Semana Santa o Navidad. En cuanto le colocaba la capa, llegaba la pregunta.

—Bueno, Ramón... ¿y este año dónde te escapas?

Era incapaz de dejar pasar la oportunidad.

La realidad, sin embargo, era bastante menos emocionante. Hacía años que Ramón no reservaba un hotel, no hacía una maleta ni pisaba un aeropuerto. Sus vacaciones consistían, básicamente, en bajar las persianas, poner el ventilador al máximo y salir a caminar cuando el sol ya empezaba a aflojar.

Pero había descubierto una forma mucho más entretenida de pasar el rato.

Inventárselas.

Cada verano regalaba a su peluquera un viaje distinto. Viajes que nunca haría, pero que disfrutaba construyendo con todo lujo de detalles.

Aquel día de julio, mientras la maquinilla sonaba detrás de su oreja y el calor apretaba al otro lado del escaparate, la pregunta volvió a aparecer.

—Pues este agosto me voy un mes entero a Japón.

La maquinilla pareció quedarse suspendida unos segundos.

—¿A Japón? ¿De verdad?

Ramón mantuvo la cara seria.

—A Japón entero. Un mes da para mucho si sabes aprovecharlo.

Y ahí empezó el espectáculo.

—Lo primero será Tokio. Tengo clarísimo que iré al Nippon Budokan. Siempre me ha fascinado la historia del judo, el respeto que rodea a ese deporte, todo lo que representa. Hay sitios que no se visitan; se pisan con respeto.

La peluquera seguía cortando, aunque cada vez prestaba menos atención al pelo y más al relato.

—Después cogeré un tren bala para ver el Fuji al amanecer. Pero subir, no. Prefiero contemplarlo desde abajo, sin prisas. Luego Kioto, claro. Pasearé por Gion, intentaré ver alguna geisha y no pienso perderme una ceremonia del té.

Hizo una pausa, como quien está a punto de contar algo importante.

—¿Sabes qué es el Ichi-go ichi-e?

Ella negó con la cabeza.

—Es una idea japonesa que dice que cada encuentro ocurre una sola vez. Aunque vuelvas a reunirte con las mismas personas en el mismo sitio, ese momento ya no volverá a existir. Por eso hay que vivirlo como si fuera irrepetible.

La peluquera sonrió.

—Qué bonito, Ramón.

Luego, con toda naturalidad, preguntó:

—¿Y no vas a salir alguna noche?

—¡Hombre, claro! Me pienso meter en un karaoke de Shinjuku. Alquilaré una sala para mí solo, pediré un sake bien frío y cantaré a Raphael o a Camilo Sesto. Seguro que los japoneses no entienden una palabra, pero la interpretación será impecable.

Durante un buen rato, Ramón habló de templos de madera, jardines zen, calles iluminadas por neones, cuencos de matcha y mercados llenos de farolillos con una convicción que hacía difícil no creerle. Entre el olor de la laca y el pelo recién cortado, por momentos parecía que ambos estaban paseando por Tokio.

Cuando terminó el corte, la peluquera le quitó la capa de un tirón y le pasó la brocha por el cuello.

—Qué suerte tienes. Ya me enseñarás fotos cuando vuelvas. Del Fuji, por lo menos.

Ramón dejó el dinero sobre el mostrador y sonrió.

—Hecho.

Salió a la calle y el calor le golpeó de lleno. Echó a andar despacio hacia casa. Sabía perfectamente que agosto lo pasaría entre el sofá, el ventilador y las persianas medio bajadas.

Pero también sabía otra cosa.

Durante media hora había recorrido Japón sin salir de la peluquería. Y, pensándolo bien, aquella conversación también había sido su propio Ichi-go ichi-e: un momento único, nacido de una mentira inofensiva que jamás volvería a repetirse exactamente igual.

Problemas cuánticos y portazos de seda

Había pasado una semana y ella apenas le había mandado unos escuetos mensajes. Ramón, que no quería agobiarla, respondió a cada uno con precisión quirúrgica, conteniendo el impulso de escribirle miles de textos que sonaran demasiado vulnerables; sabía que la cabeza de ella estaba a cien.

Siete días después, el teléfono iluminó la penumbra con el mensaje que Ramón llevaba esperando toda la semana:

—¿Estarás dentro de una hora por casa? Me paso por allí y hablamos un ratico.

Él se temía lo peor, pero el hecho de que fuera ella quien cruzara su puerta le hizo bajar la guardia.

En cuanto llegó, ella sugirió salir a dar un paseo. Caminaron por el parque bordeando los meandros del río, jugando a identificar los árboles y envidiando en silencio los tomates de los huertos urbanos. Era un paseo pausado, marcado por un ritmo tenso que buscaba aire fresco.

Se sentaron en un banco.

—Y tú cabecica, ¿cómo está? —espetó Ramón, rompiendo la tregua.

—Ufff... —respondió ella.

Siguió un silencio valorativo. Medio minuto de respiraciones profundas donde ella pareció juntar el valor necesario para ordenar el peso de sus palabras.

Le contó que, de alguna manera, la relación que pretendía dejar había resurgido tras una conversación con él. Estaba atrapada en un dilema y aún no había tomado una decisión firme. Ramón, con su habitual poder analítico, le expuso el mapa de lo que creía que le estaba pasando: su corazón le pedía arriesgarse a una nueva historia, pero su cabeza prefería la seguridad de lo conocido, con sus problemas incluidos. Unos problemas que, aunque parecieran parcheados en una semana, no tardarían en volverse a despegar para perder aire de nuevo. Ramón la entendía con su empatía habitual, aunque, egoístamente, deseaba ser el elegido.

En medio de aquellas diatribas y dilemas casi cuánticos, Ramón la abrazó. Y no fue un gesto frío de consuelo; fue un abrazo firme, de verdad, cargado de todo lo que no se estaba diciendo.

—¡A la mierda! —le susurró él al oído.

La besó. Ella le correspondió de inmediato, dejando en evidencia que aquellas dudas que creía haber resuelto volvían a saltar por los aires.

Llegó el momento de la despedida, suspendido en el aire de la noche.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Ramón, esperando haber despejado alguna incógnita.

Ella lo miró a los ojos y sonrió con suavidad:

—Solo tengo clara una cosa: quiero volver a quedar contigo.

* * * * *

Así concluyó la historia, no con otra cita, sino con un destello en la pantalla iluminando la penumbra del salón.

Al leer sus palabras, Ramón sintió una extraña mezcla de vértigo y serenidad. No hubo rabia ni sobresalto; solo una punzada limpia y profunda justo en el centro del pecho, como cuando el aire frío entra de golpe en los pulmones. Era el peso de una despedida dulce, un portazo envuelto en seda.

Resultaba contradictorio y casi poético descubrir que ella lo llamara "Jesús" en sus adentros, revelando esa capa íntima y humana despojada del filtro con el que el mundo solía tratarlo. Le conmovió verse reflejado en sus ojos: el descaro, la transparencia, la luz de la orilla del mar... pero también comprendió la solidez inquebrantable de aquel muro invisible que la bloqueaba. Ella había elegido la seguridad del terreno conocido, aunque eso significara dejar atrás una brisa nueva.

Al llegar a las posdatas sonrió con una mueca amarga y tierna a la vez. La complicidad de las olivas robadas, el detalle del Nesquik, el recordatorio casi maternal sobre su hermano. Eran los pedazos de una intimidad fugaz pero real, construida entre finales de fútbol, paseos por el río y miradas que no necesitaban bajarse a la piel.

Ramón guardó el teléfono. Supo que la respetaría, tal como ella le pedía, pero también supo que la próxima vez que pidiera un plato de olivas o mirara hacia la orilla del mar, no habría mapa analítico ni lógica cuántica que le impidiera recordarla. El juego había terminado, pero la huella, limpia y luminosa, se quedaba para siempre.



Cuando aún no conocíamos el miedo

Hay veranos que uno recuerda por un amor de juventud, o por un viaje inolvidable. El mío, el de 1997, lo recuerdo por el pie mirando en dirección contraria y un calcetín que, por suerte, sobrevivió.

Tenía dieciocho años, esa edad en la que todavía no has aprendido a distinguir entre el valor y la inconsciencia. Cualquier plan era bueno si prometía aventura, y si era un poco disparatado, mejor. Así acabé en un campo de trabajo en Estrasburgo, restaurando el Château d'Ottrott junto a Luis y Javi. A saber qué extraños caprichos del destino me llevaron a conocer a semejantes personajes.

Luis era un bala perdida con apellido de abogados, el típico que parecía haber nacido para meterse en líos y salir de ellos sonriendo. Su francés era inexistente, pero eso jamás le impidió intentar conquistar a cualquier chica que respirara; la comunicación verbal era un detalle sin demasiada importancia para él. Javi, en cambio, era más callado, más taimado, siempre parecía saber algo que los demás ignorábamos. Cuando hablaba solía tener razón, por eso casi nunca le hacíamos caso.

Los tres formábamos aquella expedición hacia el norte de Francia. Después de casi veinticuatro horas enlazando trenes llegamos por fin a Estrasburgo. Europa todavía no tenía moneda única y todo se pagaba en francos, así que nos pasábamos el día haciendo divisiones mentales para averiguar si un bocadillo costaba mucho o poco. Nunca acertábamos.

Habíamos estado antes en campos de trabajo en España, donde uno colaboraba unas horas y el resto del tiempo disfrutaba. En Francia no. Allí se trabajaba de verdad: tres horas por la mañana y tres por la tarde cargando piedras, subiéndolas con una polea hasta lo alto del castillo para que Max, el albañil, las colocara, preparando mortero, desbrozando laderas con herramientas manuales, y vuelta a empezar. Lo mejor de todo es que además habíamos pagado por hacerlo. No deja de sorprenderme lo que uno acepta encantado con dieciocho años.

Las noches, eso sí, compensaban cualquier esfuerzo. Cuando el trabajo terminaba aparecían las botellas de vino, las conversaciones interminables y el pequeño cementerio del pueblo. Suena raro, pero era el lugar más tranquilo del mundo: entre lápidas antiguas, bajo un cielo limpio y el silencio de un pueblo de Alsacia, aprendimos bastante, sobre la vida, sobre el amor y sobre cómo entenderse con gente que hablaba idiomas completamente distintos al tuyo. Allí conocí a Annelis, una chica belga con la que conecté especialmente bien.

El último día organizaron una excursión para visitar otros castillos de la zona. Los senderos atravesaban bosques húmedos y espesos, de esos en los que la luz parece filtrarse con permiso de los árboles. En algún momento perdimos el camino. El sendero correcto aparecía unos metros más abajo, al otro lado de un pequeño terraplén, y bajar no parecía complicado.

Dejé pasar primero a Annelis. No vaya a ser que resbale y me la lleve por delante, pensé. Resbalé yo, exactamente un segundo después. Conseguí recuperar el equilibrio agarrándome a la rama de un árbol, y hasta ahí, buena reacción. Lo que la diosa Fortuna había decidido omitir es que en esa rama había un avispero. En cuestión de segundos dejé de ser Ramón y me convertí en una nube de avispas.

No recuerdo bien cómo bajé aquel terraplén. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado abajo, mirando mi pie derecho. Los dedos apuntaban claramente hacia atrás.

—Esto está mal.

Diagnóstico médico bastante preciso, la verdad. Con toda la delicadeza del mundo coloqué el pie en su sitio, y en cuanto lo solté volvió a doblarse. Detrás de mí, la voz tranquilizadora de Luis:

—Eso es que se te ha dislocado.

—Sí... los cojones —contesté, con una serenidad que todavía hoy me sorprende.

Mientras unos corrían hasta la Maison Forestière a pedir ayuda, el resto emprendimos el regreso: Matthew el galés, Taka el japonés, Luis y Javi turnándose para cargarme, a veces a la sillita de la reina, a veces a corderetas, según lo que permitiera el camino. Aquel grupo de chavales de medio mundo, que apenas unas semanas antes eran desconocidos, terminó siendo mi improvisado equipo de rescate.

Cuando por fin nos acercábamos a la pista principal vi un camión de bomberos desplegando la escalera y pensé que era para mí. Nunca un vehículo rojo me había parecido tan bonito. También había llegado una ambulancia, y los sanitarios me subieron rápido; uno de ellos sacó unas tijeras para cortar el calcetín. Ahí apareció mi mayor preocupación del momento:

—¡No jodas! Que está nuevo, ya me lo quito yo.

Las risas se oyeron incluso antes de cerrar las puertas de la ambulancia.

Han pasado casi treinta años. El tobillo soldó, las picaduras desaparecieron, el castillo sigue en pie. El calcetín, en cambio, sigue siendo motivo de burla cada vez que quedo con Luis y Javi. Y bien mirado, una buena historia y unos amigos que no te dejan olvidarla no está nada mal como final para aquella aventura.

Día cero

 —Me invitarás a tu casa. Me apetece mucho oírte tocar el piano.

A Ramón se le iluminó la cara.

—Claro que sí.

La respuesta salió antes de que el cerebro pudiera intervenir. Apenas un segundo después llegó la parte racional.

—Pero avísame antes... para recoger la casa.

La realidad era que la casa estaba exactamente como vive alguien que no espera visitas: una taza olvidada en el escritorio, una camiseta sobre una silla que ya había adquirido categoría de perchero oficial y ese caos organizado que solo entiende quien lo ha creado. No era precisamente el escenario ideal si pretendía causar una buena impresión.

Como venía siendo costumbre entre nosotros, los planes no se archivaban en el cajón del "algún día". Se ejecutaban.

—¿Este sábado?

—Este sábado.

Eso le gustaba a Ramón. No había espacio para las eternas negociaciones de agenda ni para los "ya veremos". Con ella las cosas sucedían. Era como ir marcando casillas de una lista de tareas antes de que diera tiempo a que acumularan polvo.

La semana, sin embargo, decidió jugar en contra. Los días pasaron con la velocidad habitual del calendario y con la lentitud insoportable de quien espera algo con ilusión.

El sábado, a las siete en punto, llegó un mensaje.

"Estoy buscando la calle."

Ramón frunció el ceño.

—¿Cómo que buscando la calle? Si hace dos semanas pasamos justo por debajo de mi casa...

Nunca encontró una explicación convincente. Quizá los nervios también desorientan.

Cuando llamó al timbre, le abrió intentando aparentar una tranquilidad que no sentía. Después llegó el obligado house tour.

En una casa pequeña el recorrido es sencillo: te colocas en el centro del salón, giras sobre ti mismo trescientos sesenta grados y dices:

—Pues... esto es todo.

Ella se rió. Objetivo cumplido.

Ramón se sentó al piano. No había preparado nada especial. La vida no siempre da tiempo para ensayar las escenas importantes. Así que recurrió a ese repertorio que los músicos llaman "fondo de armario": canciones que los dedos conocen incluso cuando la cabeza está demasiado ocupada para pensar. Aún así los dedos de Ramón parecían haber olvidado todo lo que sabían.

Mientras tocaba, ella se acercó para mirar las teclas.

Demasiado cerca.

A veces un roce accidental dura apenas un instante. Otras veces se queda suspendido mucho más tiempo del que marca el reloj. Un hombro. Un brazo. Ese espacio mínimo donde nadie sabe si apartarse o permanecer exactamente donde está.

Y, curiosamente, dejó de importarle si rozaba alguna nota o la fallaba deliberadamente.

Ramón improvisó una cena rápida. Hablaron de música, de viajes, de familias, de los miedos que uno solo cuenta cuando siente que al otro realmente le interesa escucharlos. De esos temas que aparecen sin haberlos invitado y que convierten una conversación cualquiera en una de esas que recuerdas mucho tiempo después.

La noche estaba demasiado agradable para terminarla entre cuatro paredes, así que subieron a la terraza.

Las estrellas se veían mucho mejor que desde la ciudad. Vivir en un pueblo tiene esas pequeñas recompensas. No era un cielo perfecto, pero sí uno de esos en los que todavía merece la pena levantar la vista.

Y allí se quedaron un buen rato. Hablando. Callando. Acercándose un poco más cada vez, hasta que la distancia dejó de existir.

Lo que vino después pertenece a esos momentos que uno prefiere guardar para sí. No porque sean un secreto, sino porque las mejores historias no siempre necesitan contarse con todo detalle.

Recuerdo, eso sí, un instante muy concreto.

Ella estaba abrazada a Ramón. Sentía su respiración muy cerca cuando, sin pensarlo demasiado, Ramón lanzó una de esas preguntas que solo se le ocurren a él.

—Entonces... ¿qué fecha cogemos?

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué dices?

—La fecha. Para el inicio de la relación. Habrá que saber cuándo celebramos el primer aniversario, ¿no?

Se hizo un silencio.

Ramón pensó que acababa de decir la mayor tontería de mi vida.

Entonces Ramón notó que respiraba de una forma distinta.

—¿Estás llorando?

Respondió con un "sí" casi en un susurro.

Pasaron unos segundos antes de que encontrara las palabras.

—Es que... siempre era yo quien buscaba una fecha para celebrar los aniversarios. Siempre me respondían que daba igual. Que las fechas no importaban.

Ramón no supo qué contestar.

Porque, de repente, entendió que aquella conversación no iba de calendarios.

Iba de sentirse elegida.

De descubrir que alguien quería recordar el día en que empezó todo.

Aquel fue un punto para Ramón.

No por haber dicho algo especialmente brillante. De hecho, estaba convencido de que había sido una ocurrencia improvisada.

Fue un punto porque, sin saberlo, acababa de darle importancia a algo que para ella llevaba demasiado tiempo sin tenerla.

Y a veces el amor no consiste en hacer grandes gestos.

A veces consiste simplemente en elegir una fecha... y decidir que nunca se te va a olvidar.