Reunión en el Olimpo

Durante demasiado tiempo Ramón había vivido convencido de que ciertas historias les ocurrían a otros.

No era una decisión amarga. Ni siquiera triste.

Simplemente había aprendido a caminar solo. A no esperar mensajes que le aceleraran el pulso. A no imaginar futuros compartidos. A mirar la belleza desde lejos, como quien contempla una montaña sabiendo que nunca la va a escalar.

Y entonces apareció ella. Lo realmente extraño no era que Ramón empezara a mirarla de otra manera. Lo desconcertante era descubrir que ella también le estaba mirando a él.

Desde ese momento su cabeza se convirtió en una fábrica de preguntas.

¿Qué ha visto en mí?

¿En qué instante decidió que merecía la pena conocerme?

¿Cuándo pasó de ser una conversación casual a pensar: "espera... este tipo tiene algo"?

Porque Ramón, siendo sinceros, la había colocado desde el primer día en una categoría reservada para las personas inalcanzables.

Era una de esas mujeres que parecen haber salido de un error estadístico. Inteligente. Divertida. Con esa mezcla tan rara de belleza y naturalidad que consigue alterar la gravedad de una habitación cuando entra.

Había algo en su manera de moverse, de hablar, de sonreír... ese algo imposible de definir que hace que el mundo parezca detenerse un segundo. Y precisamente por eso Ramón nunca pensó que una mujer así pudiera fijarse en él.

Una diosa del Olimpo. Y los humanos no solemos  pedir audiencia con los dioses.

Así que, cuando uno de ellos baja a sentarse contigo, compartiendo una cerveza y una conversación, el cerebro entra en modo avería.

Empieza a buscar explicaciones donde probablemente solo haya curiosidad.

Repasa cada conversación intentando descubrir el momento exacto en el que todo cambió. Como si existiera una frase mágica. Un gesto. Una mirada. Algo.

Ramón, que siempre encontraba respuestas para casi todo, esta vez no tenía ninguna. Solo sabía una cosa.

Que llevaba demasiado tiempo sin sentir esa absurda necesidad de elegir cada palabra antes de enviarla. De releer un mensaje cinco veces. De preguntarse si aquel emoji sobraba. De sonreír al recordar una conversación mientras fregaba los platos. Vivía instalado en una contradicción deliciosa.

Quería ser él mismo. Y, al mismo tiempo, quería ser la mejor versión de sí mismo.

No para fingir. Sino porque, de repente, había aparecido alguien que hacía que mereciera la pena intentarlo.

Quizá esa sea la verdadera magia. No cuando alguien consigue que te enamores de él. Sino cuando, sin darse cuenta, consigue que vuelvas a gustarte un poco más a ti mismo.

Porque, al final, la pregunta nunca fue qué había visto ella en Ramón.

La pregunta era cuándo iba a empezar Ramón a ver en sí mismo lo mismo que ella había visto desde el principio.

"Estos cabrones ¿no serán como su hijo?", espetó mi padre mientras miraba el reloj delante de la ventana de su dormitorio. 

Se refería a los padres y a los hermanos de mi cuñado, a quienes habíamos quedado en recoger para llevarlos hasta Alcarrás. De todos era sabido que mi cuñado jamás había destacado por su puntualidad; más bien al contrario. Era el ser más tardón del mundo. Mi padre daba por hecho que la genética no iba a romper la tradición.

Era domingo por la mañana y era el día elegido para la celebración gozosa del bautizo de Elisa, mi sobrina. Tras una hora escasa de viaje llegamos al lugar donde vive mi hermana. Y, después de cuatro patatas fritas y un vermú improvisado, fuimos a la iglesia.

Nada más entrar, un hedor a gasoil me llenó de júbilo. El templo estaba abarrotado de niños que se preparaban para hacer la Primera Comunión. Aquello parecía más la antesala de un concierto infantil que una parroquia.

Los niños salieron de estampida de la iglesia como los toros cuando se abre la puerta de toriles.

Aquella misa no era la típica de cura viejo y sermón soporífero. Aquella misa la ofició el mismísimo Jesucristo, que había bajado en carne mortal para lavar del pecado con las aguas del Jordán a mi sobrina.

Jesucristo Superstar, a su lado, era un simple aficionado. Lucía un pelo largo y una barba limpia, aunque ligeramente desaliñada. El alba le caía hasta los pies, sujetada tímidamente por un cíngulo deshilachado. Un micrófono, al más puro estilo Madonna, nacía en su oreja y terminaba delante de la boca.

Pero lo mejor no era el aspecto. Lo mejor era la actitud.

Aquel hombre no caminaba: flotaba. No hablaba: interpretaba. Saludaba a los feligreses como si llevara veinte años presentando un programa de televisión los domingos por la mañana. A los niños les chocaba la mano, a los mayores les sonreía con esa mezcla de complicidad y misericordia que solo dominan los curas modernos y los comerciales de seguros.

Cuando llegó el momento del bautizo, cogió a Elisa con una naturalidad pasmosa. Mi sobrina, que hasta entonces había permanecido tranquila, decidió que aquel señor con barba era el momento perfecto para demostrar la potencia de sus pulmones. El llanto retumbó por toda la iglesia mientras el falso Mesías sonreía sin perder el personaje.

—Es normal —dijo con voz pausada—. El Espíritu también se manifiesta así.

Yo sospeché que el Espíritu, en realidad, llevaba un pañal hasta arriba.

Llegó el instante culminante. El sacerdote hundió la mano en la pila bautismal y dejó caer tres generosos chorros de agua sobre la cabeza de Elisa. Ella respondió como cualquier ser humano con dignidad: llorando todavía más fuerte. Los asistentes sonrieron con esa expresión universal de quien no sabe si enternecerse o agradecer que el espectáculo no le esté ocurriendo a su hijo.

En menos de cinco minutos todo había terminado. Dos mil años de tradición cristiana condensados en un par de cucharadas de agua, una firma en un libro parroquial y una colección de fotografías donde todos fingíamos saber exactamente hacia dónde mirar.

Al salir de la iglesia, mi padre respiró aliviado.

—Bueno, por lo menos estos sí que han llegado puntuales.

No hablaba del cura.

Hablaba de los padres y los hermanos de mi cuñado.

Al parecer, la impuntualidad había saltado una generación.

Matemáticas de una noche en vela

Las noches de insomnio tenían una curiosa costumbre: convertir la cabeza de Ramón en un laboratorio de ideas absurdas. Mientras el resto del mundo dormía, él fabricaba teorías que, a la luz del día, difícilmente superarían una inspección técnica.

Aquella noche le asaltó una pregunta aparentemente sencilla.

¿Qué sería del ser humano si no necesitara dormir?

¿Seríamos más felices o simplemente encontraríamos nuevas formas de perder el tiempo?

Quizá las jornadas laborales dejarían de medirse en ocho horas. Tal vez trabajaríamos un día y dos tercios del tirón y disfrutaríamos del resto de la semana para vivir. Viajar, leer, aprender idiomas, enamorarse... o, siendo sinceros, acabar viendo vídeos absurdos en el móvil hasta las cuatro de la madrugada, aunque ya no existiera la madrugada como excusa.

Ramón sonrió ante la idea. Luego recordó su nómina.

Con el sueldo que tenía, disponer de cinco días libres solo serviría para contemplar escaparates con más calma. Así que, pensándolo bien, casi prefería seguir cambiando tiempo por dinero en cómodas cuotas de ocho horas diarias.

Qué triste era descubrir que incluso las mejores fantasías acababan haciendo cuentas a final de mes.

¿Cómo ha quedado el partido?

Las personas tenemos una curiosa obsesión por poner nombre a las cosas antes de que pasen.

Necesitamos saber si aquello es amistad, compañerismo, interés, un café, una cena o una cita. Como si el nombre pudiera cambiar la experiencia.

Cuando alguien dice: "Tenemos que quedar", mi cerebro empieza a calcular probabilidades. Si la conversación ha sido agradable, quizá un café. Si además hemos compartido coche durante tres días, igual una cena... algún día. Sin prisa. La estadística juega a mi favor.

Eso pensaba yo.

Hasta que apareció una mujer roba olivas dispuesta a destrozar mi modelo matemático.

La conversación fue sencilla.

Primero llegó la propuesta de salir más. Después una invitación a comer o cenar.

Y, casi sin respirar, una aclaración: "Pero que sepas que no sería una cita".

Me llamó la atención. No porque me decepcionara. Al contrario. Me fascinó el orden de los factores.

Primero se construye el puente y, antes de cruzarlo, alguien coloca un cartel explicando que aquello no es un puente.

Supongo que todos hacemos eso alguna vez. Nos apresuramos a definir las cosas porque creemos que así serán más fáciles de gestionar.

Yo, con mi espontaneidad habitual, decidí ser sincero: "no me habría importado que lo fuese".  El comportamiento habitual del universo hubiera sido un prudente compás de espera. El tiempo necesario para que las palabras reposaran.

Pero el universo, cuando quiere reírse de uno, tiene un sentido del humor excelente.

Dos horas después ya había una mesa reservada para la noche siguiente.

No sé si era una cita. Tampoco sé si no lo era.

Lo único que sé es que mi teoría sobre las no citas ha durado exactamente dos horas. Hay hipótesis científicas que han sobrevivido siglos. La mía ni siquiera llegó a la hora de la merienda.

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La falacia del jugador

 Íbamos camino del bar después del taller de canto cuando apareció una matrícula con un 69.

Fue suficiente.

Una compañera que caminaba a nuestro lado se quedó mirándola como quien acaba de recibir una señal del universo. 

—Es que el 69 me persigue.

Y empezó el inventario:

Sus tres coches habían llevado un 69 en la matrícula, había nacido un 6 de septiembre del 69, vivía en el número 6, en un noveno piso.

Recordó que su primer dorsal en un concurso también había sido el 69. Que una habitación de hotel donde pasó una de las mejores noches de un viaje terminaba en 69. Que incluso el recibo del café de aquella mañana acababa en... bueno, ya os lo imagináis.

Tras una infame enumeración de coincidencias empezó con su interpretación:
Que si el 69 simboliza el equilibrio, que si representa el yin y el yang, que si es la unión de las energías opuestas, que si el universo utiliza los números para enviarnos mensajes.

Nosotros asentíamos con esa educación que se reserva para quien está claramente disfrutando de su propia historia.

Pero, siendo sinceros, ninguno estábamos pensando en el equilibrio cósmico. Todos teníamos exactamente la misma sensación, lo que le hacía falta era menos teoría y más práctica.

Virgen en el templo del arco dorado

Ya era tarde y las cocinas de los restaurantes para comer bien estaban cerradas. La última opción era entrar al McDonald's. Yo no había entrado nunca en uno. Era virgen. Y no de esa virginidad poética que se pierde con una mirada, sino de la auténtica: la del que nunca ha tenido que discutir con una máquina sobre si quiere o no quiere cebolla en la hamburguesa.

—Tú pide —dijo ella, empujándome hacia la pantalla táctil como si yo fuera un escudo humano.

La pantalla me miró. Yo la miré a ella. Fue un duelo de titanes: yo, con mis dedos de carnicero, y ella, con su interfaz diseñada por alguien que claramente nunca había conocido a alguien como yo.

—Toca donde dice "Menú" —susurró ella, como si yo estuviera desactivando una bomba.

—¿Donde dice "Menú"? —pregunté, señalando un icono que resultó ser el de "Ofertas familiares".

—Ahí no, imbécil.

Empezamos a jugar al pinball con los dedos. Yo quería una hamburguesa con queso, ella quería una sin queso, yo quería patatas grandes, ella quería pequeñas, yo quería refresco normal, ella quería zero, yo quería pagar en efectivo, ella quería con tarjeta... La pantalla nos devolvía errores. Errores que no entendíamos. Errores que parecían escritos en un idioma que solo hablan los adolescentes con el pulgar más rápido que el pensamiento.

—Se ha puesto en rojo —dijo ella, señalando la pantalla con el mismo tono que usaría para anunciar un incendio.

—¿Y eso qué significa?

—Que no hemos pedido nada, pero que hemos hecho algo mal.

Un chaval de diecisiete años con gorra al revés nos miró con una mezcla de lástima y desprecio. Se acercó, tocó tres veces la pantalla con una velocidad insultante, y nos dejó en la pantalla de inicio. Como si fuéramos un ordenador que hay que reiniciar.

Fue entonces cuando cedimos. Los dos. Al mismo tiempo.

—Pido lo que tú pidas —dije.

—Pido lo que tú pidas —dijo ella.

Y entonces, por primera vez, la pantalla nos entendió. Porque habíamos dejado de ser dos individuos con preferencias y nos habíamos convertido en una entidad única: dos personas que pedían dos menús iguales porque era más fácil rendirse ante la tecnología que seguir fingiendo que controlaban algo.

Cuando llegaron las hamburguesas, eran exactamente iguales. Ni buenas ni malas. Eran solo... comida. Como el gesto de una máquina que nos decía: "Sentaos y callaos, que ya está bien de tanto drama".

Y allí, en una mesa de plástico que imitaba madera, con nuestras dos bandejas idénticas, ella cogió una de mis patatas fritas y dijo:

—Al menos hemos sobrevivido.

Yo sonreí y robé una de las suyas. Porque, en el fondo, habíamos aprendido algo: Lo importante eran las patatas que desaparecían de la bandeja del otro.



Pequeña liturgia

La historia no terminó con la oliva.

Continuó con las patatas.

Eran de esas patatas fritas congeladas, tiesas, obstinadas, con la textura del corcho y el entusiasmo de un lunes por la mañana.

No tenían nada extraordinario.

Y aun así, seguías robándomelas.

Las hundías en el tomate de tu plato como si aquel ritual obedeciera a una ley antigua, una de esas que nadie escribe y que, sin embargo, todo el mundo cumple.

No era hambre.

De eso estoy seguro.

La Oliva


Alargaste la mano y con descaro 
robaste una oliva de mi ensalada como quien sabe que hay confianzas que no se piden, se toman.

La escondiste entre los labios, me guiñaste un ojo y por un instante,
el mundo fue exactamente del tamaño de aquella aceituna.

No sentí que me quitaras nada.

Al contrario.

Descubrí que hay placeres que solo existen cuando dejan de ser de uno.
Que una oliva sabe mejor cuando empieza a ser un recuerdo.


Sí, Sí y SÍ

Un impulso primario le había llevado a casa de Ramón. La casualidad había
querido que éste todavía no hubiera llegado. Así que Eme se resignó a esperarlo  allí mismo, en la puerta del portal de su casa. Todavía no llevaba cinco minutos cuando de la nada salió una vecina del patio.

-Hola, ¿vas a casa de Ramón?

-Si- respondió Eme intimidada por un acoso tan directo 

-Pues tengo un vestido que seguro que te queda genial y sé que a Ramón le va a encantar- Interrumpió la vecina.

Esta tía está chiflada, pensó Eme mientras sonreía epatada por lo inesperado de la situación.

-Sube conmigo, te lo pruebas y decides lo que sea.

 [...]

Ramón había recibido un enigmático mensaje de la loca de su vecina. -Ponte guapo!!- Ella no era su tipo pero tampoco estaba para rechazar a nadie, así que rápidamente se arregló la barba y se metió directamente a la ducha. Pantalón de pinzas, camiseta friki y americana. Nada podía salir mal. Aún no había cerrado el bote de desodorante cuando sonó el timbre...

Ramón abrió la puerta y allí estaba Eme, deslumbrante. Un vestido rojo de escote asimétrico que terminaba en una falda por encima de las rodillas, dejando a la vista unas largas y morenas piernas estilizadas por unos tacones a juego con el vestido. 

-Una diosa del infierno ha venido a verme- Espetó Ramón 

Eme sonrió sonrojada mientras respondía: -Persephone ha venido a ver a Adonis"-

-Touché- dijo Ramón entre risas -pasa mujer no te quedes ahí-

Ramón aún no había terminado de cerrar la puerta y Eme ya tenía el vestido por los tobillos.

- Necesito una ducha para quitarme este olor a rancio mezclado con naftalina que tiene este vestido. ¿Hay toalla en el baño? 

¡Tienes una vecina que está como unas maracas! ¿Lo sabías? ¿Te duchas conmigo? - Espetó Eme sin apenas coger aire.

- Sí, sí, y SÍ - Respondió Ramón. 


La señora Consuelo

 Consuelo es la vecina de debajo de casa de los padres de Ramón. Típica vecina metomentodo que de todo sabe, de todo opina, de todo protesta y de todo critica. Hará unos meses que su marido había fallecido. Nunca supe cómo se llamaba aquel tipo. Era un hombre apocado que vivía a la sombra de su impertinente mujer. 

Esta mañana, en la carnicería, "La Consuelo" se ha acercado a la madre de Ramón y le ha confesado con cierta congoja y angustia que por las noches cuando el silencio se apodera de su casa puede oír un resuello. "Mi marido sigue ahí" espetaba entre sollozos...  

Quitándole hierro a la psicofonía le ha respondido:
    - Bah, no te preocupes, con la cantidad de gente que se ha muerto en el portal el último año... puede que sea cualquier otro vecino.



El libro de sociales

Intentaba ocultar su completa incompetencia con suma altivez. Entraba en clase enfundada en sus pantalones de cuero y se sentaba en su mesa. La mesa del profesor. Esperaba a que nos calláramos y entonces le pedía el libro de texto a alguno de la primera fila.  El ritual se repetía todos los días que había clase de historia. 


Su didáctica era propia de una profesora sin experiencia y obviamente sin motivación alguna. Una vez que tenía un libro en su poder nos lo hacía leer por turnos y cada dos párrafos nos hacía parar para que ella repitiera la última linea. Seguramente aquello le hacía parecer que sabía explicar la lección.

Aquella mañana Ramón había hablado con Miguel, su compañero de primera fila. Habían pactado que cuando les pidiera el libro se hicieran los locos. Entró en clase diligente, su paso lo marcaban los tacones y una falda de tubo por encima de la rodilla. Una ropa totalmente apropiada para dar clase en un aula llena de hormonas adolescentes. 

-Me dejáis un libro...?- Espetó mirando hacia Miguel y Ramón. Estos se miraron, bajaron la vista para mirar sus libros y al unisono negaron con gesto de sus cabezas.

Sin duda aquel desplante por adolescentes de 14 años le supo a cuerno quemado y nuestra hazaña no tardó en llegar a oídos del tutor. Tras una tensa sesión de tutoría doña M.J.A, más conocida por "la vietnamita", cargó con su propio libro de sociales hasta final de curso.


Reencuentro

- Vamos a hablar  de cosas serias - dijo el padre Juan mientras se sentaba a la mesa.
Un gesto de incomodidad se apoderó de Panco y de Ramón,
- ¿Cuándo hacemos una cena? - apostilló el presbítero.
Panco y Ramón respiraron aliviados, por suerte el juicio final se había pospuesto.

Detalles

Algo le decía a Ramón que no estaban siendo sincero con él. Pero... ¿por qué se lo ocultaban? Sin duda era un secreto pero Ramón lo había deducido sin que nadie se lo contara. Lo importante son los detalles. La observación y el método científico eran su mejor aliado. Ahora solo tenía que esperar a que la bomba detonase. La mecha es larga y en algunos sitios está mojada pero el fuego es paciente y tarde o temprano la llama quemará.

A veces la incertidumbre le superaba, pero la duda siempre retornaba. ¿Por qué no hacer caso a su intuición? En multitud de ocasiones había anticipado situaciones parecidas. 

Todo le hace pensar que las "apariencias" están durando demasiado tiempo. Ninguna de las partes se atreven a dar el paso. Es complicado. A pesar de algunas fachadas el miedo y el "¿qué dirán?" pesan demasiado.

Probablemente el tiempo nunca dé la razón a Ramón. Pero la verdad siempre estará ahí. 

El cisma había sido proclamado sin nosotros intentarlo. Aquella disculpa tardía y a destiempo fue el desencadenante. Soberbia, egoísmo, amistad interesada fueron sus premisas. Los primeros años cegados por la juventud y por una educación ochentera, donde los mayores siempre tenían razón, fueron tolerados no sin ciertas tensiones. 

Como si de una epifanía se tratara la luna llena nos abrió los ojos contra aquel endiosamiento sin par. Urdimos el primer ataque al sistema establecido y nos gustó. Quizá el resultado no tuvo la repercusión esperada pero para nosotros había sido una victoria.

No tardamos en empezar a reclutar rebeldes a nuestra causa, mientras continuábamos acatando ciertas directivas de su dictadura. 

Cada vez más osados intentábamos cambiar el sistema desde dentro. Nuestros intentos, casi siempre vanos, eran descartados por su despotismo.

Su autocracia tenía los días contados. Habíamos encontrado el arma secreta. Nosotros. El escuadrón rebelde era su mejor, y prácticamente única, carta de presentación. Aquellos soldados habían superado al general y ya no necesitaban a aquel tirano. 

Grandes ovaciones los aclamaban tras los desfiles. Sabían que aquello le hacía hervir la sangre al opresor, aún así los necesitaba para darle la gloria que tanto se creía tener.

Jamás había agradecido sentida y personalmente aquella dignificación de su imperio a sus soldados, lo cual le hacía más vil y despreciable.

Tras el último desfile hemos desertado. Ahora nos buscan. Algunos nos dicen que para obtener su perdón. Pero todos sabemos que si nos cogen seremos fusilados en la plaza mayor cuando el sol se encuentre en su cenit.

Piano Bar - (Versión de Ramón)

Sin duda todo lo que había aprendido durante tantos años quedaba escaso. Cada dos compases el ritmo cambiaba de estructura.  Personalmente hubiera sido incapaz de seguirlo sin cruzarse, pero ellos no. Tenían el "culo pelao" de tocar. Sabían lo que hacían. O quizás no, el groove era parte intrínseca de su ser. Las polirritmias y amalgamas se mezclaban sin esfuerzo. Ramón los observaba como si fueran Dioses.


La cercanía de los músicos o el ambiente relajado de la velada animó a una señora con afán de protagonismo a hacerse notar. Saltó al escenario y empezó a cantar. Los músicos la seguían sin problemas a pesar de alguna entrada precipitada y algún compás cojo. Aunque no desafinaba demasiado su voz no era agradable, Ramón la encajaba en el grupo de gallinas. -Por favor que vuelva a su sitio- Pensaba Ramón. Por suerte o por falta de repertorio la señora clueca volvió a su asiento tras haber cortado el flow de la noche.

Un repertorio de lo más variado amenizaba la noche. Entre canción y canción Domingo, el pianista,  se levantaba, echaba un sorbo de su jarra de cerveza, comentaba algo con las pepas de la mesa de al lado, y volvía a su estrecha banqueta.  


En ocasiones, como buitre que acecha a la oveja moribunda, un postulante elegante le usurpaba el piano a Domingo.  El muchacho no lo hacía mal pero todavía le faltaban tablas. Tenía tendencia a entrar en bucles de los que sólo el batería sabía sacarlo con maestría. 

Por el escenario también desfilo el que debía ser una constante en la noche del lugar. Un joven con aspiraciones a crooner. Con temas de Sinatra y Elvis encandilaba a las señoras del público entre las cuales era probable que estuviera su madre.

Sin duda aquel lugar estaba poblado por parroquianos habituales.  De pronto se abrió la puerta, el frío cierzo entró primero anunciando su llegada, el escaner de Ramón lo bautizó presto como "Briatore de Garrafón". Cuando ya le había puesto mote llegó la confirmación del mismo. Tras él apareció una mujer unos 30 años más joven, de raza negra, con un peinado a base de trenzas sujetas con un pañuelo y gafas de intelectual.  Caminando hacia dentro las miradas avanzaban a su paso, sobre todo la de otro personaje que se había acodado en la barra. Un individuo singular: botas de motero, melena canosa recogida en una coleta y gafas sol. A Ramón no le parecía trigo limpio.



Georgina se acercó a Julia y le preguntó: -¿me has llamado?- Con indiferencia mezclada con desprecio Julia le dijo que no. Seca, tajante, sin ambages. 

Julia era incapaz de mirarla a la cara. Su lenguaje corporal parecía indicar que no le aguantaba. Algún roce entre entre colegas de trabajo las había llevado a aquella situación de "te tolero pero mejor no me hables". 

Ramón observaba la escena mientras descargaba su carro de la compra en la cinta transportadora de la caja registradora del mercadona, o mercamonas como acostumbraba a llamarlo. 

De repente se oye un estruendo en el pasillo de los detergentes. 
-Pilar puedes ir al pasillo 2- Grita Julia para que Pilar le oyera desde el cuarto de la limpieza. Una señora la había liado con los botes de suavizante y el detergente y ahora el pasillo 2 parecía una piscina de "Mimosín". Pilar había hecho oídos sordos a la llamada. 

Ramón no es políticamente correcto, simplemente es realista y pensaba que Pilar estaba gorda, muy gorda, completamente obesa y comprendía que con su peso y nula forma física era normal que no le apeteciera ponerse a limpiar aquel chabisque. 

Parecía que Julia ya había cumplido con su obligación de pasarle la bola a otro, ciertamente tampoco podía desatender la caja para ponerse a limpiar. Entre dientes murmuró -¡Hala! a ver si la gorda mueve el culo-. 

Ramón ya había visto otras veces cómo Pilar (la gorda) se paseaba por el supermercado montada en su fregadora industrial. Los compradores tenían que apartarse de su camino con rapidez si no querían ser arrollados. Aquella mujer en su fregadora por los pasillos de la tienda eran como un trailer sin frenos por Despeñaperros.

A Ramón le gusta leer los letreritos con el nombre que las cajeras del supermercado llevan colgado en el pecho. Se pregunta si serán sus nombres de reales o si serán sus nombres artísticos. Por lo general todas las cajeras tienen cara de llamarse lo que pone en su cartel. Cómo si de psicópata se tratara o cómo si sufriera un trastorno obsesivo compulsivo Ramón intenta memorizar los nombres de todas con el fin de recordarlos en sus próximas visitas al supermercado. 




Amenaza de sonda.

Allí estaba otra vez. Aparcado en una batería de camillas retorciéndome de dolor y con drogas en vena. El perfil estándar del paciente de urgencias de un domingo a las cinco de la madrugada era el de joven ebrio. A mi diestra había uno. Las camillas estaban tan juntas que no hubiera tenido problema en darle una colleja si hubiera estirado el brazo. 

Una enfermera se acerco a la camilla del muchacho junto a mi y dirigiéndose a sus padres les dijo.
- Si no orina vamos a tener que sondarle -
En ese momento comenzó una dialéctica padre - hijo botijas que me distrajo del dolor durante unos minutos:

- Josemari tienes que hacer pis - Le increpó su padre. 
- No ves que tengo ganas ya de pirarme, ¡Pesao! ¡Qué gachó! - Dijo el hijo dándose media vuelta en la camilla de espaldas a su padre
- Bueno pues haces un pis y ya. Y hazme caso alguna vez -
- Me quiero pirar ya a casa, sino me voy a quitar esto y a tomar viento - Haciendo referencia a la via que llevaba en el brazo.
- Eso te lo van a quitar ahora -
- Que me dá igual... sino me lo voy a quitar yo -
- Coges, vas al baño, levantas el grifo, haces un pis y ya está. Y nos vamos a casa - 
- No, es que...
- Mira que es fácil... eh!
- ¡Pesao!...
- Pero porque no haces caso -
- No te voy a hacer caso -
- Hazme caso...! - Insistió su padre 
- ¡Qué pesao eh! -
- ¿Qué te piensas tú? Que ya son las ocho de la mañana y ya llevo yo 24 horas levantado
- ¡Pues quítate de aquí y vete! - Interrumpió su hijo.
- No me dá la gana, porque tu lo digas ¿o qué?... lo tienes claro.

Tras unos segundos de silencio replicó desde la camilla.

- Cuanto más digas, más rato estaré, si a mi me dá igual.
- ¿Aquí estarás...? Pues te harán lo que te tengan que hacer...
- Si. - Respondió con desprecio.
- ¡Toma no! Aquí vas a estar durmiendo, lo tienes claro tú.
- Pero... ¡déjame en paz! -
- !No me dá la gana ! -
- Bueno pues no mearé -
- Si... te voy a dejar en paz!, Aquí a ver como duermes ¿o qué? - Respondió con ironía su padre.
- Bueno... -
- Lo tienes claro -
- Pues tienes tres oportunidades... - Balbuceó el botijas del hijo
- El que lo tiene clarito eres tú... - Dijo su padre terminando en un profundo bostezo.
- Yo ya te lo digo, sino me soltaré esta mierda -
- Ahora te lo van a quitar... haces un pis y nos vamos. -
- ¡Qué pesao, que no voy a mear! ¡Que lo he meao todo y no tengo que soltar nada! 
- Vas al baño levantas el grifo y ya está... - 
- Que noooo, pesao! -
- Pero ¿porque no? si levantas el grifo y hace pstssssssss.
- ¡Que te calles ya! - 
- ¡No me da la gana! -
- Pues sino me vuelvo con todos mi colegas y ya -
- Si mira, carretera y manta que dicen en mi pueblo -
- Pues bien. - Resoplo mientras se echaba la sábana por encima de la cabeza.
- Así de claro, asi de clarito chaval!... Has oido? Yo que tú mearía.
- Bueno pues no lo voy a hacer. Me quiero ir a casa y ya...
- Tendrás que hacer un pis, te quitarán los goteros y te podrás ir a casa -
- Que no voy a mear, ¡Pesao!
- Sino te van meter la sonda y vas a ver. -
- Que me metan la sonda y me voy pa'casa... -
- Si te meten la sonda no vas a salir - Amenazaba su padre. - Josemari las cosas no son así como piensas....
- Bueno pues-
- Ni bueno ni barato, y despierta ya que ya es hora. -
- Pues dejame en paz. Que me quiten esto y me piro a casa. Que me quiten esto que ya ha pasado más rato que rato. -
- Ahora te lo quitarán y nos iremos a casa -
- ¡Que pesao! ¡Tocahuevos! No te lo digo que yo no quiero estar aquí... -
- Te piensas que yo si, yo que tu me espabilaría, echaría un pis y a casa - 
- He perdido mucho fluido y no tengo ganas ni de mear, ni de na... no lo entiendes pesao, que es que eres un pesao, ahora por mis huevos aunque quiera mear no voy a ir a mear y ya me pueden estar aquí 48 horas, 64 u 84, que no voy mear -
- Si no aguantas tanto en la cama - Dijo con sorna su padre.
- ¿Que no? Pruébame. Osea que me quiten esto o me piro -
- Eso te lo quitan ahora -
- Que me dá igual estar 84 horas o quitarme esto yo -

De repente llegó la enfermera de antes y dijo:
- ¿Ha hecho pis? - Mirando hacia su padre mientras este negaba con la cabeza.
- Pues hala vamos dentro que le vamos a sondar -

La siguiente vez que vi a Josemari salía del hospital por su propio pie, cabizbajo y con signos de torpeza mental y motora. Dos pasos por detrás iban sus padres con cara de 'ya verás cuando lleguemos a casa'.


A media tarde

 - Buenas tardes mi nombre es Antonia y le llamamos del servicio de calidad de Jazztel, ¿Sería tan amable de atendernos unos minutos?
- Hombre cuanto tiempo sin hablar con ustedes, ya les echaba de menos...
(Silencio valorativo)... Detecto cierta ironía en sus palabras.
- ¿Sólo cierta? He intentado que fuera una notable y completa ironía. De todas formas vamos al grano. Quiere que le dé mi dirección para saber qué servicios de fibra óptica pueden ofrecerme. ¿verdad?
- Veo que conoce nuestro procedimiento, no le molestaré más.
- Muchas gracias y buenas tardes Antonia.

Los bolos

El pequeño Ramón no entendía porqué estaba allí. Se lo habían vendido como una fiesta sin par pero aquello le parecía un autentico coñazo. Estaba en una parcela bajo un puente de la autopista. Llena de gente desconocida que hablaban una lengua distinta. Que clase de raza superior era aquella que habían sido capaces de engendrar tanto individuo con un cromosoma extra en el par 21. Hoy en día lo políticamente correcto sería decir que tenían síndrome de Down. Por aquel entonces simplemente decíamos que eran subnormales.

Sacos llenos de avellanas servían de improvisado escondite mientras "los mayores" se ponían tibios de comer y beber. A lo lejos se oía al señor B, algo entonado, animar a los asistentes con una versión en español de los Animals... 

Al pequeño Ramón le habían encomendado la tarea de "jugar" con aquellos extracromosómicos. Menudo marrón. Un juego de bolos de plástico era el único juguete disponible, pues el uso de la imaginación con aquellos individuos estaba fuera del alcance del joven Ramón. 

La primera tirada consintió Ramón en que la  tirara R. Una chica especial con unos 15 años más que él. El haber fijado las normas en un principio había sido completamente banal. Tras el primer tiro empezó a gritar con el fin de que le diera otra vez el bolo para volver a tirar. Encima la jodida tenía puntería y allí estaba el pequeño Ramón colocando una y otra vez los bolos y yendo a buscar la bola una y otra vez...  


Ya lo dice el refrán: ¡Tonto, tonto! ¡Mierda, Mierda! Aquello no podía seguir así. Por suerte para Ramón, R no hablaba un idioma legible (al menos para él) solo gritaba como una energúmena cuando tardaba en darle la bola... Así que Ramón decidió terminar con aquel juego infernal. Una vez fue a buscar la bola, miró a un lado y a otro asegurándose que nadie mirara. Y decidió lanzarla a unas zarzas próximas. 

De repente todo el mundo calló, sólo se oía el ruido de la autopista y a R gritando como un cerdo el día de la matanza. Señalaba al pequeño Ramón y hacía un gesto imitando el lanzamiento de la bola. Afortunadamente sólo él pareció entenderlo. Rápidamente llegó la que debía ser la madre de la trisómica.

- ¿Que ha passat? - Le preguntó a Ramón. 
Con cara de no entender respondió éste con sorna.
- No, mi padre tiene un Citroën BX, no un passat...
- No, que ¿Qué ha pasado? - Replico en el idioma de cervantes esta vez.
- No sé. Ha tirado la bola a esas zarzas y se ha puesto gritar así...

Semblanza

Su madre entró en la estancia. Una mezcla de sudor y alcohol inundaba la habitación. Allí estaba su hijo. Tirado en el suelo.  Con la goma todavía en el brazo, la aguja colgando y un charco de babas en el suelo. Con ojos tiernos ella exclamó ¡Míralo, tiene la misma cara que su abuelo cuando se quedaba dormido en el sofá!