Ha escampado

Un día de niebla. Aquello no iba a secar nunca, pero bueno… Ya escamparía.

Mientras colocaba las pinzas, pensaba en quién podía ser el mensaje. ¿De ella? No, ella no acostumbraba a mandar mensajes tan temprano. ¿De algún pescador despistado? Probablemente. ¿Del jefe?, quizá...

Por fin terminó de tender para poder ver quién le había escrito.

No era un WhatsApp ni un Telegram, ni siquiera una notificación de Instagram. Era algo mucho más tradicional. Un SMS.

Ramón, como buen ser tradicional y contracultural, acostumbra a enviar SMS de vez en cuando. Sobre todo, para felicitar cumpleaños.

Esto no era una felicitación. Un mensaje de esos cuyo remitente, con solo verlo, te  te encoge el estómago y te dan sudores fríos.

La Agencia Tributaria.

Ramón concentra toda la atención en un punto: la comprensión lectora. No podía dejar ninguna coma ni ningún punto al azar.

Ramón teme lo peor. Tanto modelo, tanto trimestre, tanto impuesto… En algún sitio habré metido la pata, piensa.

Ramón no tiene gestor. Es un valiente.

Ramón empieza a leer despacio:

«Se ha ordenado el pago de su devolución del impuesto…»

Ramón deja de leer. Parece que ha escampado.

Que fluya

Ramón se metió en la cama unos minutos antes de medianoche.

Apagó la luz, acomodó la almohada y buscó esa postura exacta en la que el cuerpo empieza a rendirse. Apenas había cerrado los ojos cuando el teléfono zumbó sobre la mesilla.
Por un instante dudó.
Podía dejarlo allí. Mañana sería otro día y, al fin y al cabo, a esas horas solo escriben los borrachos y algún pescador con dudas sobre la licencia.
Pero algo dentro de él dijo que mirara.
Era ella.
No le hizo falta leer demasiado para entenderlo. Después de veintitrés días de silencio, algunas palabras pesan más que otras.
Había decidido terminar. Esta vez de verdad.
Se había apartado para ordenar su vida y recuperar el aire. Y ahora quería volver a cantar. Volver al coro, donde se habían conocido. Volver sin pedir permiso y sin que nadie decidiera por ella.
Y había una pregunta escondida entre todas aquellas palabras.
Si al día siguiente se encontraban, ¿podría Ramón abrazarla?
Sin rencor.
Ramón dejó el teléfono sobre la mesilla.
Y sintió algo que llevaba veintitrés días sin sentir.
Paz.
La espera había terminado.
No sabía qué empezaba ahora. Tampoco le hacía falta saberlo. Le bastaba con aquella pequeña certeza: después de tantos días mirando una puerta cerrada, alguien acababa de girar el pomo desde el otro lado.
Aquella noche durmió poco. Pensó en ella. En cómo estaría. En si los ojos dirían lo mismo que las palabras.
El reloj avanzó con una lentitud casi ofensiva.
Y cuando por fin llegó la hora del ensayo, Ramón descubrió que veintitrés días pueden caber enteros en un minuto.
Ella llegó tarde. Durante unos segundos pensó que quizá había cambiado de opinión en el último momento.
Pero no.
Apareció radiante, con una sonrisa limpia y una alegría que parecía haber llegado antes que ella. Los que estaban allí la recibieron con una ovación improvisada, como si el coro hubiera decidido por unanimidad que algunas vueltas merecen aplausos.
Ramón sonrió.
No dijo nada.
Después del ensayo fueron a tomar un agua con gas. Tenían mucho que contarse.
Ella habló de la cuerda que llevaba demasiado tiempo apretándole el pecho. Y no era la de sopranos. Habló de cómo, poco a poco, había comprendido que no podía seguir viviendo con la sensación de que alguien decidía hasta dónde podía llegar su propia voz.
Unas compañeras de trabajo le habían ayudado a verlo desde fuera.
Y entonces había hecho algo sencillo.
Había dicho basta.
Quería cantar.
Y no iba a dejar de hacerlo porque Ramón estuviera allí.
Vista desde lejos, aquella prohibición parecía todavía más absurda. Tan pequeña, y había pesado tanto.
Ramón escuchó.
Sin defenderse.
Sin juzgar.
Cuando hablaron de ellos, ella no dio respuestas.
Tampoco Ramón las pidió.
Había cariño, había historia y algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía.
Pero ella necesitaba aprender a caminar sin apoyarse en nadie.
Y Ramón entendió que querer a alguien también podía significar no agarrarlo.
Así que no hicieron planes.
No pusieron fechas.
Dejaron la pregunta sobre la mesa, junto a los vasos vacíos.
Que fluya.
A Ramón aquellas dos palabras le sonaron a libertad.
Al salir, la noche estaba tranquila.
Ramón caminó hacia el coche con las manos en los bolsillos.
Veintitrés días antes había visto cerrarse una puerta.
Ahora caminaba sabiendo que, en alguna parte, otra acababa de abrirse.
No tenía ni idea de adónde llevaba.
Pero tampoco tenía prisa por llegar.

Nihil Obstat

Ramón reconoce que quizá tenga un problema.

No con las moderneces. Algunas hasta le parecen bien. Lo que no soporta es que ahora todo tenga que llevar nombre en inglés.

Si uno se casa, necesita un wedding planner. Si va a tener un hijo, un baby shower. Para anunciar si es niño o niña, un gender reveal. Si sale a correr, hace running. Si se toma una cerveza al salir del trabajo, afterwork. Si habla con gente que le puede venir bien para el trabajo, networking.

Y el miércoles le dijeron que había un kickoff.

Ramón preguntó qué era aquello.

—La reunión inicial del proyecto.

Ramón se quedó unos segundos callado.

—Ah. Una reunión.

Sí. Una reunión. Pero kickoff.

Ya ha oído a alguien llamar power nap a la siesta. Le entraron ganas de echarse una, por pura protesta.

Y él, que ya va teniendo una edad, ha decidido ir en dirección contraria.

Por tocar las narices.

Cuando alguien dice brunch, Ramón dice almuerzo.

Cuando le hablan de team building, pregunta si hay que llevar bocadillo.

Si alguien propone hacer networking, se ofrece a presentarle a su cuñado.

Si un correo acaba en ASAP, él contesta "D. m.". Dios mediante. Que viene a ser lo mismo, pero sin prisa.

Y, cuando puede, rescata del latín expresiones que nadie usaba desde hace siglos.

—¿Entonces damos el visto bueno?

—Nihil obstat.

—¿Te parece bien?

—Fiat.

—¿Y si no encontramos sitio?

—Deus providebit.

No necesita que le entiendan. Si le entendieran, tendría menos gracia.

Si la conversación se presta, tira del Evangelio.

—¿Y si desde Madrid nos ponen pegas?

Ramón se encoge de hombros.

—Pater, dimitte illis, quia nesciunt quid faciunt.

Nadie le pidió que lo tradujera. Por si acaso.

Las reuniones las cierra igual:

—Ite, missa est.

Y la gente recoge el portátil sin saber muy bien por qué.

Él lo llama resistencia cultural. Los demás lo llaman otra cosa.

Los demás traen palabras nuevas para cosas que ya tenían nombre. Ramón rescata palabras viejas para cosas que tampoco necesitaban tanto.

Si algún día alguien pretende convencerle de que tomarse una cerveza es una social experience, ya tiene la respuesta preparada.

Vade retro.

Japón al otro lado del espejo (ii)

La siguiente vez que Ramón entró en la peluquería llevaba una historia mucho más complicada que la anterior.

Había tenido casi todo el verano para prepararla.

Esta vez no podía limitarse a hablar de templos, jardines zen y trenes bala. Si volvía a Japón después de haber contado que iba a pasar allí un mes entero, la peluquera querría saber qué había hecho. Y Ramón necesitaba detalles.

Muchos detalles.

De modo que, mientras esperaba su turno, repasó el viaje.

Todo había empezado ya en el aeropuerto.

—¿Y qué tal el viaje? —preguntó la peluquera en cuanto le puso la capa.

Ramón suspiró.

—Bueno... un poco desastre.

—¿Desastre?

—El avión tenía overbooking.

La peluquera abrió mucho los ojos.

—¿Y eso?

—Pues que me ofrecieron cambiar de vuelo. El que tenía previsto hacía escala en Abu Dabi y luego iba directo a Tokio. Pero como habían vendido más billetes de los que tenían disponibles, me metieron en otro que hacía Abu Dabi, Seúl y finalmente Narita.

—¡Madre mía!

—Sí. Y ahí vino lo peor.

Ramón hizo una pausa.

—El equipaje.

La peluquera dejó de cortar durante un instante.

—¿Qué pasó?

—Por un error de etiquetado, las maletas las metieron en el primer avión.

—¿Y llegaste sin ellas?

—Sin ellas.

Ramón sonrió con resignación.

—Cuarenta horas después.

Aquello requería una explicación, y Ramón estaba preparado.

Había habido una espera en Abu Dabi, un cambio de puerta, una conexión perdida, otra espera en Seúl y una última incidencia con el vuelo a Tokio. En realidad, sumando las horas de vuelo, las escalas y las esperas, las cuarenta horas cuadraban sin mucho esfuerzo.

—Cuando llegué a Narita —continuó—, allí no tenía ni una maleta.

—¿Y qué hiciste?

—Comprar ropa.

Durante los primeros días, Ramón reconstruyó su vestuario a base de tiendas que encontraba al paso, grandes almacenes y comercios de barrio: un pantalón aquí, una camisa allá, calcetines, ropa interior, unas zapatillas.

Hasta que pasó algo que, según Ramón, cambió el rumbo del viaje.

—Encontré una tienda donde vendían kimonos.

—¿Y te compraste uno?

Ramón la miró como si la pregunta fuera casi ofensiva.

—Uno de seda azul oscuro.

—¡Qué bonito!

—Y no me lo quité en las tres semanas siguientes.

La peluquera se quedó mirándolo a través del espejo.

—¿En serio?

—Comodísimo.

No quiso entrar en la cuestión de cómo podía resultar cómodo dormir, caminar por Tokio, subir a un tren bala o entrar en un baño público con un kimono de seda.

Había cosas que era mejor no explicar.

Y el viaje, por supuesto, todavía podía empeorar.

Porque cuando llegó al hotel descubrió que tampoco tenía habitación.

—¿Cómo que no?

—Una confusión con la reserva.

Ramón ya empezaba a hablar con la serenidad de quien ha asumido que el universo está empeñado en complicarle las vacaciones.

—El hotel estaba completo. Había una convención tecnológica.

La peluquera levantó las cejas.

—¿Cómo?

Ramón no dudó.

—La ITCC 2026. Una conferencia internacional sobre tecnología de la información y comunicaciones.

Lo dijo con tanta seguridad que parecía que hubiera ido allí precisamente a presentar una ponencia.

—Así que tuve que buscar otra cosa. Y encontré un hotel cápsula.

—¿Has dormido en uno de esos?

—Sí.

Ramón se inclinó ligeramente hacia delante.

—Es como dormir dentro de una máquina de resonancia magnética.

La peluquera soltó una carcajada.

—¿Tan pequeño?

—Más.

—¿Y se oye algo?

—No. Ese es el problema.

—¿Cómo que ese es el problema?

—Que tienes demasiado tiempo para pensar.

La cápsula tenía apenas el espacio necesario para tumbarse. Una pequeña puerta, una luz, un panel de control y poco más.

Después de cuarenta horas de viaje, varios días comprando ropa y una noche encerrado allí dentro con un kimono de seda, Ramón descubrió que había una necesidad que ningún hotel cápsula podía solucionar.

Una ducha. Una ducha de verdad.

—Así que pregunté y acabé en un sentō, uno de esos baños públicos tradicionales. Aquello sí que me pareció una experiencia. Porque un sentō no es un sitio donde entras y te mojas sin más: antes de meterte en el agua tienes que descalzarte, dejar la ropa en las taquillas y pasar por la ducha a conciencia, que ahí dentro el agua es para relajarse, no para quitarte la mugre del viaje.

Ramón, naturalmente, había estudiado las normas.

—Me lavé antes de meterme en el agua, no metí la toalla dentro de la bañera y procuré no llamar la atención.

La peluquera sonrió.

—¿Y qué tal?

Ramón se quedó pensativo.

—Al principio raro.

—Normal.

—Luego entendí la filosofía.

—¿Qué filosofía?

—Que después de pasar tres días sin poder cambiarte de ropa, cualquier bañera compartida te parece una experiencia espiritual.

La peluquera soltó una carcajada.

Pero todavía faltaba lo mejor.

Japón estaba preparado para los terremotos, los tifones, las lluvias torrenciales, para casi cualquier cosa que pudiera caer del cielo o moverse bajo tierra.

Y entonces llegó el tifón Koto.

—Aquello sí que fue serio.

Ramón bajó la voz.

—Cuando llega un tifón allí no se juega. La gente sabe lo que tiene que hacer. Se suspenden cosas, se recomienda permanecer en casa y las comunicaciones empiezan a resentirse.

—¿Y tú?

—Yo estaba en el hotel.

—¿Encerrado?

—Encerrado.

Ramón sonrió.

—En mi hotel burbuja.

La peluquera ya había abandonado por completo el corte. Aquello se había convertido en una narración.

—El tifón dejó las calles anegadas, árboles caídos y las comunicaciones funcionando a trompicones. El teléfono apenas tenía cobertura e internet iba lentísimo, tan lentísimo que me acostumbré a esperar una eternidad para que cargara cualquier página y terminé desistiendo.

—Y entonces descubrí a mi vecino. Desde la ventana del rellano del hotel veía un pequeño taller donde un carpintero trabajaba durante horas, sin televisión, sin móvil, sin internet. Me quedé observándolo. Trabajaba la madera con una tranquilidad que me resultaba hipnótica. No parecía tener ninguna prisa: medía, marcaba, cortaba, probaba y volvía a medir.

—Usaba un kanna, un cepillo que se tira hacia uno en lugar de empujarlo, y cada pasada sacaba una viruta tan fina que parecía papel de fumar. Aquel hombre no lijaba nada: el acabado se lo daba el propio cepillo.

—Lo miraba fascinado. Hacía uniones sin apenas recurrir a clavos: preparaba encajes, ajustaba piezas, hacía pequeñas correcciones con el formón. Y cuando parecía que todo encajaba, desmontaba una pieza y volvía a ajustarla.

—Era increíble —decía Ramón—. Tenía una paciencia...

La peluquera sonrió.

—¿Cuánta?

Ramón se quedó mirando al techo.

—La suficiente para hacerme sentir mal por todas las veces que yo había montado un mueble de IKEA.

—También montaba piezas diminutas que encajaban entre sí sin un solo clavo, como un rompecabezas de madera cortado a mano, ajustado por fracciones de milímetro.

Ramón llegó a reconocer algunos de aquellos patrones.

—Había uno que hacía una especie de entramado geométrico.

—¿Y cómo se llamaba?

—Kumiko.

La peluquera asintió, impresionada.

Ramón había ganado otra vez.

Durante aquellos días, mientras el tifón hacía estragos fuera y la conexión a internet avanzaba a la velocidad de una tortuga artrósica, Ramón descubrió que podía pasar horas mirando a aquel hombre trabajar.

Y quizá, pensó, aquello era también una forma de viajar.

Cuando por fin volvió la normalidad, quedaban solamente cinco días para emprender el regreso.

Cinco días.

Y la maleta seguía sin aparecer.

—¿Todavía no había llegado?

—Nada.

—¿Y qué hiciste?

—Ya me había acostumbrado.

Ramón se encogió de hombros.

—Seguí con mi kimono.

A esas alturas, según él, la gente ya le reconocía por la calle.

El problema llegó el día antes de regresar. Recibió una llamada del aeropuerto. Habían encontrado su equipaje.

Después de tres semanas recorriendo Japón con una maleta que había viajado quién sabía dónde, finalmente la tenían.

—Fui a recogerla.

—¿Y estaba todo?

Ramón sonrió.

—Todo.

Abrió la maleta delante de la peluquera imaginaria de su historia y descubrió dentro sus pantalones, sus camisas, sus zapatos, su ropa interior y hasta el neceser. Todo seguía exactamente donde lo había dejado.

Ramón cerró la maleta.

—¿Y qué hiciste?

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Volví al hotel.

—¿Sin cambiarte?

—Sin cambiarme.

La peluquera lo miró por el espejo.

—¿Entonces para qué querías la maleta?

Ramón se encogió de hombros.

—Para poder volver a España con ella.

Hubo un silencio.

La maquinilla volvió a zumbar.

—¿Y el kimono?

Ramón sonrió.

—Me lo quedé puesto.

—¿Y en el control de seguridad no te dijeron nada?

Ramón negó con la cabeza, muy serio.

—Les expliqué que era un kimono ceremonial.

—¿Ceremonial?

—De una ceremonia del té. Muy antigua.

—¿Y se lo creyeron?

—Me hicieron una foto para el manual de formación del aeropuerto.

La peluquera negó con la cabeza.

—Ramón, tú no has ido a Japón.

Él la miró a través del espejo.

—¿Cómo que no?

—Has estado tres semanas con un kimono, has dormido en una cápsula, has sobrevivido a un tifón, has visto trabajar a un carpintero, has perdido una maleta que ha recorrido medio mundo sin ti y encima te has colado en el manual de un aeropuerto.

Ramón sonrió.

—Exactamente.

La peluquera soltó una carcajada.

Y mientras terminaba de recortarle la nuca, Ramón pensó que quizá aquella vez había llevado la mentira demasiado lejos.

Aunque, bien mirado, tampoco era exactamente una mentira.

Había pasado tres semanas en Japón sin salir de la peluquería.

Movimientos

 El teléfono del trabajo sonó pasadas las seis. Ramón no solía cogerlo a esas horas, pero ese día se encontraba saleroso así que descolgó por curiosidad más que por otra cosa.

—Buenas tardes.

—Buenas. Mire, que compré un permiso para el coto de Arguis la semana pasada y no tengo nada que enseñar si me para la Guardia Civil.

—Vale, vamos a verlo. ¿Qué día lo compró?

—Pues... la semana pasada.

—Ya. ¿Y su nombre?

—Enrique Fanlo Gutiérrez, para servirle a Dios y a usted.

A Ramón se le escapó la risa por la nariz. Tecleó el nombre en la base de ventas y no salió nada. Probó solo con el apellido, luego con el segundo, y tampoco.

—Don Enrique, a su nombre no me aparece ninguna compra. ¿Tiene usted el justificante del banco?

—¿Qué justificante?

—El del pago.

—¿Qué pago?

—El del permiso.

—¡Si lo compré por internet!

Ramón se quedó mirando la pantalla un rato.

—Ya, pero precisamente por eso. Mire en su banco a ver si le figura el cargo.

—¿Y eso cómo se hace?

Ramón empezó a explicárselo y a mitad de frase se dio cuenta de que aquello no iba a ningún lado. Abrió la tabla de transacciones incompletas, por probar, y ahí estaba: Enrique Fanlo Gutiérrez, pago iniciado, no completado.

—Aquí lo tengo. Se le quedó la compra a medias.

—¡Que no! Que yo le di a pagar y me puso que ya estaba.

—Pues en el TPV del banco no consta ningún cobro. Mire, vamos a comprobarlo en su banco. ¿Tiene la aplicación en el móvil?

—Tengo una.

—¿Del banco?

—Hombre, del banco, no del Corte Inglés.

—Pues ábrala.

—Ya está abierta.

—¿Y qué ve?

—Un número muy grande. Y en verde.

—Eso es su saldo. Deje eso. Busque donde ponga «Movimientos».

—Aquí pone «Posición global».

—Ese no.

—«Mis productos».

—Tampoco.

—«Mi nómina». Aquí me sale la nómina. ¿La quiere?

—No, no, la nómina no. Baje un poco. Una lista de líneas con fechas y cantidades.

—Ah, sí. Eso lo veo.

—Pues eso son los movimientos.

—¿Eso es un movimiento?

—Cada línea es uno.

—Pues yo creía que era cuando uno se movía de sitio.

Ramón se tapó la cara con la mano libre.

—No, Enrique. Un movimiento es cada vez que entra o sale dinero. ¿Ve alguno de hace una semana que ponga algo de la federación, o coto de pesca?

—Veo... la gasolina. La farmacia. Uno del Mercadona. Uno que pone «Motel club las sirenas ese ele».

—Ese no me interesa.

—A ti no, pero a mi mujer sí.

—Enrique.

—Perdone.

Llevaban diez minutos así. Ramón empezaba a calcular que le habría salido más barato regalarle el permiso cuando Enrique dijo:

—Mire, mejor se lo cuenta al Aurelio, que sabe más de esto.

—¿Qué Aurelio?

Pero el teléfono ya había cambiado de manos.

—Buenas tardes —dijo una voz más grave y muy segura de sí misma.

—Buenas tardes. Le decía a Enrique que mire en la aplicación del banco si le han cobrado el permiso.

—Eso está hecho. Tú tranquilo. A ver, Enrique, dame el móvil, que no lo estás haciendo bien.

Se oyó un forcejeo. Luego, silencio. Luego, un carraspeo largo.

—Oye, chaval.

—Dígame.

—¿Esto de los movimientos no será lo de deslizar con el dedo?

Ramón cerró los ojos.

—Es una lista, Aurelio. Se baja con el dedo.

—Ah, ya decía yo. Ahora lo miramos y te llamamos.

—¿Tienen el número?

—Sale en la pantalla, chaval, que no somos tontos.

Aurelio colgó. Ramón miró el reloj: casi media hora. Se puso con otras cosas y a los cinco minutos ya se había convencido de que el asunto estaba cerrado. Se equivocaba: a la hora justa volvió a sonar el mismo número.

—Dígame, Enrique.

Había decidido quitarle el don. Motivos tenía.

—Tenía usted razón. El banco no me había cobrado nada.

—Me alegro.

—Y ya sé lo que pasó. Que me pidió un código, que me lo mandaban al móvil.

—¿Y se lo llegó a mandar?

—Sí, pero es que el móvil ese no es el mío. Es el viejo, el de tapa, que lo tengo en la furgoneta. Y como yo estaba en casa, pues le di a cerrar y ya está.

—¿Y por qué le puso que estaba hecho?

—Eso lo dije yo, que me pareció que sí.

Ramón se quedó un segundo callado.

—Vale. Eso lo explica todo.

—Y entonces el Aurelio dijo que lo volviera a comprar, que él me dejaba la tarjeta suya y el móvil suyo, y ya está. Y lo hemos comprado.

—¿Con la tarjeta de Aurelio?

—Con la de él. Y con su teléfono, que sí lo tiene a mano.

Ramón abrió la base de datos. Esta vez sí: a nombre de Enrique Fanlo Gutiérrez, pago confirmado, permiso emitido.

—Pues ahora sí lo tiene comprado. Le habrá llegado al correo.

Silencio al otro lado.

—Uy.

—¿Qué pasa?

—Que el correo que pusimos era el del Aurelio.

—Ah.

—Pero él dice que ahora no se acuerda de la contraseña.

—Ya.

—Y yo no tengo correo.

—¿Ninguno?

—Tengo uno que me hizo mi nieto, pero no sé cuál es.

Ramón se echó hacia atrás en la silla y miró el techo.

—Déjelo, déjelo. Se lo mando yo por WhatsApp ahora mismo.

Le mandó el PDF. Enrique tardó menos de lo esperado en decir que ya le había llegado.

—¿Y esto cómo se ve?

—Pinche encima con el dedo.

—¿Con el dedo?

—Sí, en el documento.

—Ah.

Ramón oyó respirar a Enrique durante unos segundos. Al fondo, muy lejos, una voz que decía «¡Que se pincha, Enrique, que se pincha!».

—Se ha abierto —dijo por fin—. Ya lo veo. Dice que es del Aurelio.

—Es a su nombre, Enrique. Lo pagó con la tarjeta de Aurelio, pero el permiso es suyo.

—Oiga, y ya que estamos, ¿cuántas truchas se pueden sacar?

—Viene en el permiso.

—¿En el PDF?

—En el PDF.

—Pues mañana le llamo y me lo lee.

Ramón no contestó.

—Pues muchas gracias, chaval. Qué paciencia has tenido conmigo. Y el Aurelio también te da las gracias, que dice que ha aprendido mucho.

—No hay de qué.

—Y viva E...

Ramón esperó.

—...la Virgen del Pilar.

A esas alturas, Ramón contestó sin pensarlo:

—¡Viva!

Papelón

El concierto terminó con una salva de aplausos y el público en pie. Había sido un éxito.

Durante el concierto, Ramón había mirado varias veces hacia el público. No buscaba a nadie en particular. O eso se decía. Una pequeña reacción a un mensaje en el grupo del coro había bastado para alimentar una esperanza tan improbable como inevitable. Quizá ella apareciera.

No apareció.

Pero entre las cabezas encontró otros rostros conocidos, rostros que le devolvieron de golpe al presente. 

Bajó del altar y se acercó a saludar a quienes habían tenido el detalle de acudir a una misa-concierto un domingo a las ocho de la tarde. Aquello, en sí mismo, ya merecía un agradecimiento.

La primera en aparecer fue su antigua profesora de piano.

—Me ha gustado —le dijo.

Ramón sonrió. No era poca cosa. Su antigua profesora tenía la curiosa costumbre de reservar las grandes alabanzas para los conciertos que ella misma organizaba.

Mientras hablaban, apareció David, compañero de Ramón en otro coro.

—¡Enhorabuena, profe!

La antigua profesora torció el gesto.

Por un instante pareció no entender nada. La profe era ella. Al menos, eso creía.

Ramón, viendo el desconcierto, se apresuró a aclararlo.

—Cuando Leonor, nuestra dire, falla o no puede dar la clase, ahí estoy yo para hacer el papel.

—¡Y menudo papelón! —exclamó Carmen, que acababa de acercarse.

Esa complicidad, tan propia de sus compañeros en la otra formación coral, le llenó de orgullo. David y Carmen no escatimaban en halagos ante la mirada aún desconcertada de su vieja maestra.

La vieja maestra esbozó una media sonrisa, tibia, incapaz de competir contra un entusiasmo que ya no le pertenecía.

Chico para todo

 Ramón trabaja ahora en una federación deportiva.

Eso significa que puede pasar de preparar las equipaciones de un campeonato a hacer un módulo de contabilidad para el programa de gestión sin que nadie considere que haya nada extraño en ello.

Es el chico para todo.

Cada federación tiene su pequeño territorio: una especie de reino independiente separado de los demás por paredes de pladur. Bueno, por paredes de pladur y por una serie de pequeñas fronteras imaginarias que, de momento, Ramón procura no cruzar.

El problema es que las paredes no llegan hasta el techo.

Ramón no sabe muy bien qué federación tiene al lado, pero sabe perfectamente qué desayuna, quién se enfada con quién y qué problemas informáticos tienen. Por ejemplo, los de Pádel llevan varios días intentando entrar en el Marca porque, al parecer, alguien les ha dicho que tienen que cambiar los DNS.

Ramón escucha cómo uno lee en voz alta las instrucciones que le ha dado ChatGPT mientras el otro las ejecuta.

—Ahora ponemos ocho, ocho, ocho, ocho.

Silencio.

—¿Y abajo?

—Cuatro, cuatro, cuatro, cuatro.

Otro silencio.

—Pues no va.

Ramón podría arreglarlo en treinta segundos, probablemente en veinte.

Pero no dice nada.

Todavía no.

Ramón ha decidido que hay una edad laboral en la que uno debe aprender a distinguir entre puedo solucionar esto y me corresponde solucionar esto.

Y de momento está en la segunda fase.

Da los buenos días.

Eso sí.

Cuando llega por la mañana y hay gente alrededor de la máquina de café, Ramón dice buenos días, saca su café y vuelve a su cubículo.

No se queda, y no porque sea antipático: todavía no sabe si en esas conversaciones hay que participar o si existe algún examen previo que certifique que uno ya pertenece al grupo.

Observa y escucha. Escucha mucho.

También sabe que ocupa un lugar un poco incómodo: está sustituyendo a una persona que llevaba más de veinte años allí.

Veinte años.

En veinte años uno no solo consigue un puesto: consigue un status.

Una grapadora que todo el mundo sabe que es tuya.

Una taza que nadie toca.

Y, sobre todo, consigue que cuando entras en una habitación alguien diga:

—Ahí viene.

Ramón, en cambio, todavía provoca como mucho:

—¿Este es el nuevo?

Y él tampoco tiene muy claro qué contestar.

Por eso mantiene un perfil bajo: no quiere parecer el que ha venido a quitarle el puesto a nadie.

Aunque técnicamente sea exactamente eso.

Un día alguien cumple años, y Ramón se entera porque escucha movimiento en el office: platos, bolsas, risas.

Alguien ha llevado tortilla y otro ha comprado pasteles.

Ramón sigue trabajando.

Al cabo de un rato oye una voz en el despacho de al lado.

—¡Oye, que he traído unas cosas por mi cumpleaños!

Ramón mira la pantalla y sigue trabajando: no espera ninguna invitación.

Y efectivamente, nadie aparece.

La persona entra en el despacho de al lado, ofrece algo, vuelve al office y la vida continúa.

Ramón sonríe: no le molesta, de hecho casi le hacen un favor.

Porque el día que sea su cumpleaños no tendrá ninguna obligación moral de llevar una tortilla, comprar pasteles o aparecer con una bandeja de croquetas.

No por tacaño.

Es simplemente que, de momento, allí no tiene amigos.

Tiene compañeros.

Quizá con el tiempo cambie, o quizá no.

A Ramón tampoco le preocupa demasiado.

Mientras tanto ha descubierto que las paredes de pladur tienen una ventaja inesperada: uno puede estar completamente solo y, sin embargo, enterarse de todo.

Sabe cuándo alguien se ha enfadado con su jefe y cuándo alguien ha recibido una llamada que no quería recibir.

Cuándo llega el repartidor. Cuándo se acaba el papel de la impresora.

Y, sobre todo, sabe que en alguna parte del edificio hay una persona que lleva veinte minutos intentando cambiar los DNS para entrar en el Marca.

Ramón podría solucionarlo.

Pero todavía no.

Todavía es el chico nuevo.

El chico para todo.

El que prepara camisetas, arregla programas de contabilidad y, por ahora, contempla en silencio cómo la humanidad lucha contra un servidor DNS.

Desde su pequeño cubículo de pladur.

Como un monje.

Pero con Wi-Fi.

Cantos de sirena

Era una anodina tarde se sábado.

Ramón tenía mucho que hacer. Podría haber preparado algún presupuesto para un cliente, o haberse puesto con las partituras que tenía que cantar la semana siguiente. Pero no.

Ramón improvisó uno de esos planes que tanto le gusta improvisar.

Veinte minutos después llegó a Mozota, un pueblo pequeño que, tiempo atrás, había sido protagonista de muchas historias de este blog. Por eso el lugar significaba algo distinto para Ramón.

Las sillas estaban dispuestas en mitad de la única plaza del pueblo. No había escenario, aunque la disposición de las sillas y la P.A. dejaban claro que allí iba a pasar algo.

Todavía no había nadie sentado. Estaban todos en el bar, como manda la tradición en los pueblos y, probablemente, también en la organización de festivales de música.

Ramón dio una vuelta para hacer tiempo.

Cinco minutos antes de la hora se sentó en segunda fila. Sabía que nadie se sentaría delante de él: años de conciertos le habían enseñado dónde se sienta la gente que menos quiere ver.

El concierto empezó con un retraso tolerable.

Una violagambista y una bailarina de danza contemporánea.

Ramón no entendía los espasmódicos movimientos de aquel baile, pero tampoco se sentía moralmente autorizado para criticar algo que no sabía hacer. Él tampoco entendía algunas de sus propias decisiones vitales y no por eso dejaba de tomarlas.

La violagambista, sin embargo, tocaba con pasión. Tenía una voz y una mirada que atrapaban a Ramón, mientras ella y la bailarina parecían entrar poco a poco en trance. Las melodías, sugerentes y profundas, llenaban la pequeña plaza y transportaban a Ramón lejos de allí.

Aquellos cantos de sirena que atrapaban a Ramón le evocaron a ella. A cómo cantaba junto a él, con aquella misma pasión. Y durante unos segundos, Ramón dejó de estar en Mozota.

Durante un rato dejó de pensar en los presupuestos, en las partituras y en todo lo que había decidido que tenía que hacer aquella tarde.

Solo escuchaba.

Probablemente eso era lo que había ido a buscar sin saberlo.

Cuando terminó la última pieza, hubo unos segundos de silencio antes del aplauso. De esos silencios que forman parte del espectáculo.

Ramón aplaudió.

Había improvisado una tarde cualquiera y había terminado encontrando algo parecido a un pequeño paréntesis.

Aunque, pensándolo bien, tampoco había sido tan improvisado. Llevaba veinte minutos conduciendo para llegar hasta allí y todavía no sabía si había ido por la música, por Mozota o por esas otras cosas que uno no sabe bien por qué hace hasta que las hace.

Al llegar a la moto miró la hora.

—Bueno —pensó—. Ahora sí que puedo volver a casa y hacer todo lo que tenía que hacer.

No lo hizo.

Las excepciones

Ramón no podía hacer nada y eso le dolía.

Podía abrazarla, escucharla, decirle que no iba a juzgarla. Podía dejar una luz encendida al otro lado de la puerta y esperar. La decisión era suya. Había cosas que nadie podía decidir por otro.

Ella hablaba de sus principios como quien sostiene un mapa que ya no reconoce. Ramón pensaba que los principios no estaban hechos para ser inmutables: eran brújulas, y hasta las brújulas necesitan corregir el rumbo. Las reglas sirven para protegernos, para decirnos por dónde caminar cuando todo está claro, pero la vida llena de niebla los caminos importantes. Ahí aparecen las excepciones: situaciones que no estaban previstas cuando escribimos nuestras propias normas, momentos en que cumplir una regla hace más daño que romperla.

Ramón no sabía si lo que sentía ella era una excepción. Tampoco sabía si ella quería que lo fuera. Solo sabía que había encontrado algo que quería cuidar y que no podía tocar. Aprendió que querer a alguien también podía significar quedarse quieto, sin empujar ni pedir, sin intentar salvarla de una decisión que solo ella podía tomar.

Dejó la puerta abierta y esperó. No tenía la certeza de que ella fuera a cruzarla algún día. Pero algunas personas merecen encontrar su propio camino, aunque uno desee poder caminarlo por ellas.

El sol de verano caía implacable sobre la terraza de Ramón. Desde el primer instante en que ella pisó aquellas baldosas, lo tuvo claro: ahí hacían falta verdes, pétalos y vida. Días después llegó el mensaje, adornado con una ráfaga de iconos florales: ¡Quiero hacer un jardín en tu terraza!

La propuesta no dejaba lugar a dudas. Sin embargo, la mente de Ramón, siempre dispuesta a darle la vuelta, no pudo evitar una pícara sonrisa. Un caballero de los de antes guarda las formas y jamás verbaliza según qué ocurrencias, pero por un segundo se imaginó plantando la semilla en su huerto. Un pensamiento  picante y absurdo, tan propio de su imaginación calenturienta, que murió ahí mismo.

—¡Qué bonito es eso!— respondió. A pesar de su mente traviesa, Ramón había visto en aquél mensaje unas raíces mucho más profundas de lo que parecían.

Aquella terraza no era un simple rincón al sol. Era su vida, un espacio vacío donde ella empezaba a abrirse paso. Ramón sabía que ningún jardín nace en un instante, ni un jazmín regala su aroma al día siguiente de dejar caer la semilla. Construir ese espacio común exigiría tiempo, paciencia, mancharse las manos juntos, podar cuando vinieran mal dadas y un riego constante para que lo que apenas brotaba no se agostara.

Ella le proponía construir algo juntos, a fuego lento, con la paciencia de quien sabe que lo hermoso tarda. Si los dos cuidaban aquel proyecto, con la dosis justa de mimo, sol y atención, ese espacio desnudo terminaría dando las flores más vistosas y los frutos más dulces de sus vidas.

Casilla de salida

Esta tarde Ramón ha quedado con ella. En el mismo sitio que la primera no cita. Parece una vuelta a la casilla de salida pero esta vez las normas de la partida han cambiado. En su último mensaje ella lo dejaba claro. Pero Ramón prefería leer entrelineas. Veía sus dudas y se aferraba a ellas. Era como hacer rappel con hilo de pescar. De momento aguanta pero sabe que tarde o temprano se va romper. 

Ramón está nervioso. No sabe lo que va a pasar. Quizá un café sin prisa, un paseo sin destino, una conversación absurda, un agua con gas... 

Aunque la conclusión ya estaba dicha Ramón buscaba alguna razón que le hiciera comprender aquella decisión. 

Llegaron puntuales a la cita.

Ese abrazo de reencuentro sacó a Ramón de su catatonia veraniega. Otra vez su cuerpo, su olor, su energía. Una rápida puesta al día y, al momento, ya estaba Ramón tocando la fibra sensible.

Aquello no iba de estar con uno o con otro. Iba de su felicidad. De aquello que la hacía feliz y que, de alguna manera, estaba dejando atrás.

Así se lo hizo ver Ramón, sin ambages, directo a la herida. Le querían quitar aquello que amaba. La música e incluso la posibilidad de tener una amistad sincera con él. Ramón no lo concebía.

Por primera vez se había puesto un poco más serio con ella, exponiéndole todo aquello que llevaba un rato dando vueltas en su cabeza.

Ella le escuchaba atentamente. Su cabeza estaba a mil. No sabía qué hacer.

Aquello le parecía la decisión de Sofie.

Su mayor desafío era soltar aquella soga que la ataba a la orilla y dar el salto. El nudo de la soga estaba apretado, pero en el fondo sabía que no le iba a dar la libertad que necesitaba.

Por otra parte, le consumía la pena de todo lo bueno que había vivido con aquella persona.

—Voy a tener que hablar con él —dijo entre sollozos mientras se abrazaba a Ramón para que este no viera sus ojos envueltos en lágrimas.

Un instante después se incorporó.

Y en la penumbra de la noche, Ramón, como siempre hacía, la miró con admiración.

En ese momento descubrió su mirada puesta en el horizonte, con los ojos vidriosos, transmitiendo cierta sensación de calma.

Como diciendo:

Sé lo que tengo que hacer... a ver ahora cómo coño lo hago.

Y se hizo la luz (ii)

A las cuatro menos cinco de la tarde, Ramón ya estaba otra vez en el sofá, portátil en las rodillas, esperando.

A las cuatro y dos minutos, Internet se fue.

La PON empezó a parpadear.

Ramón cerró el portátil.

—Lo sabía.

Aquello ya no era una avería. Aquello tenía horario.

Por la mañana había estado allí un técnico. Había cambiado el router y el ONT por un Zyxel con la ONT integrada. Una solución moderna, limpia y elegante. Un aparato en vez de dos. Menos cables, menos posibilidades de fallo.

Según el técnico, con aquello se descartaban varios problemas.

Y, efectivamente, cuando se marchó, Internet funcionaba perfectamente. La señal era buena. El router era nuevo. La PON estaba fija. Todo estaba en orden.

Naturalmente, a las cuatro de la tarde volvió a fallar.

Ramón empezó a pensar que quizá el problema no estaba en casa.

Y entonces descubrió algo.

El nuevo router permitía consultar la potencia de la señal óptica que estaba recibiendo.

Entró en el apartado de diagnóstico.

RX Power: -35 dBm.

—A ver qué coño eres tú...

Ramón frunció el ceño.

No sabía muy bien qué significaba aquello, pero tenía una herramienta fundamental a su disposición: Internet.

Bueno, no Internet en casa, evidentemente.

Utilizó los datos móviles del teléfono, que para algo servían además de para recibir vídeos de señoras bailando.

Buscó qué significaba una potencia óptica de -35 dBm.

Y entonces empezó a entender.

Con ese nivel de señal, lo raro no era que Internet hubiera dejado de funcionar. Lo raro era que hubiera funcionado.

Ramón volvió a mirar la pantalla.

-35 dBm.

—La madre que le parió...

Por primera vez en varios días tenía una pista.

Aquello no era el router. No era el ordenador. No era el Wi-Fi. No era Windows. No era que Ramón hubiera tocado algo.

Era la fibra. La muy hija de mil padres estaba perdiendo señal.

A la mañana siguiente, Internet volvió.

Ramón entró inmediatamente en el panel del router.

-26 dBm.

La señal había mejorado.

Y entonces hizo algo que hasta ese momento nadie parecía haber considerado necesario: empezó a apuntar los valores.

A las diez de la mañana: -26 dBm.

A las doce: -28 dBm.

A la una y media: -30 dBm.

A las tres: -32 dBm.

Ramón empezó a sospechar que estaba asistiendo a una especie de suicidio óptico.

A las tres y cuarenta y cinco: -33 dBm.

Y a las cuatro en punto...

Otra vez sin Internet.

Ramón se quedó mirando la pantalla. No era casualidad. No era una coincidencia. Era una rutina. La fibra no fallaba a las cuatro. La fibra fichaba a las cuatro.

Aquello empezaba a parecer una investigación policial, solo que en lugar de huellas dactilares tenía decibelios y en lugar de un cadáver había un router parpadeando.

Ramón llamó de nuevo al servicio técnico. Al día siguiente apareció otro técnico. Esta vez venía con una solución rápida: cambiar otra vez el router.

Ramón lo miró.

—El router no es.

—Bueno, vamos a probar...

—No.

El técnico levantó una ceja. Ramón abrió el panel de diagnóstico.

—Mire.

Le enseñó los registros.

-26.

-28.

-30.

-32.

-33.

Y, a continuación, la desaparición de Internet.

El técnico dejó de hablar.

Ramón había esperado varios días para vivir aquel momento. Por fin había conseguido que alguien mirase los datos antes de cambiar una pieza por otra.

Y además había tenido suerte. El técnico había llegado después de las cuatro. La PON estaba parpadeando. Internet no funcionaba. La señal óptica estaba por los suelos. La avería estaba allí, delante de sus ojos. 

No había que esperar. No había que reiniciar nada. No había que apagar y encender el router. No había que preguntarle a Ramón si estaba seguro de que no había tocado algo.

El técnico bajó al cuarto de telecomunicaciones. Ramón esperó. Unos minutos después volvió a subir.

—He cambiado el puerto.

Ramón entró de nuevo en el panel.

RX Power.

-15 dBm.

Se quedó mirando el número. Internet había vuelto. La PON estaba fija.

Ramón respiró.

Después volvió a mirar la pantalla.

-15 dBm.

De -35 a -15. Veinte decibelios. Una barbaridad. Habían encontrado el problema.

Ramón cerró el portátil.

Había pasado una semana persiguiendo una avería que aparecía todos los días a la misma hora.

Había hablado con técnicos. Había cambiado equipos. Había consultado foros. Había aprendido qué demonios eran los dBm. Había monitorizado la señal como si estuviera vigilando las constantes vitales de un enfermo terminal.

Y al final, lo que hacía falta era cambiar un cable de puerto.

Epílogo

Esa tarde, Ramón estaba en el rellano cuando apareció Maryan.

—¿Ya tienes Internet?

Ramón la miró.

—Sí.

—¿Y qué era?

Ramón sonrió.

—Un problema de señal.

Maryan asintió con esa expresión de quien no entiende absolutamente nada pero considera que debe emitir igualmente una opinión.

—Ya te dije yo que algo raro tenía que haber.

Ramón se ajustó las gafas.

—Sí. Pero no era la señal de Internet.

Maryan frunció el ceño.

—¿Entonces qué era?

—La cobertura.

—¿La cobertura?

—La tuya.

Maryan se quedó mirándolo.

—¿Qué pasa con mi cobertura?

Ramón se encogió de hombros.

—Nada. Es estupenda.

—¿Qué quieres decir?

—Que te enteras de todo. Cuándo llego, cuándo salgo, si tengo Internet, si Pedro me ha traído las verduras y hasta cuándo saco la basura.

Maryan lo miró ofendida.

—Tienes una cobertura que ya la quisiera yo para mi fibra.

Cerró la puerta.

Por primera vez en una semana, Ramón no miró la luz PON.

Seguía fija.

Desde el rellano se escuchó entonces la voz de Maryan:

—¡Ramón!

Él cerró los ojos.

—¿Qué?

—¿Pero entonces las verduras sí eran frescas?

Ramón apoyó la frente contra la puerta.

Quizá la fibra no era lo único que necesitaba un cambio de puerto.


Y se hizo la luz (i)

Las cuatro de la tarde. El router todavía funcionaba así que Ramón se sentó paciente delante de aquella cajita blanca con luces a esperar. 

No habían pasado ni tres minutos cuando sus temores se hicieron realidad. La luz PON empezó a parpadear.

—Hoy te has retrasado— espetó Ramón, como si la ONT pudiera oirle y así hacerla sentir avergonzada. 

La ONT no respondió, nunca lo hacía. Era la parte más humillante de la relación.

Ramón llevaba tres días con el mismo problema. Por la mañana la fibra funcionaba sin ningún problema: veloz, obediente, como una fibra decente. Pero a las cuatro de la tarde, sin motivo aparente, la muy miserable se apagaba dejando a Ramón desconectado, solo ante el mundo pero libre de ataduras virtuales.

El primer día pensó que era algo puntual. Reinició el router, miró los cables, comprobó que no había internet y siguió con su vida, como un hombre adulto y con la dignidad todavía intacta. El segundo día volvió a pasar, a la misma hora, y a Ramón se le puso la mosca detrás de la oreja. El tercer día dejó de ser avería para convertirse en cruzada personal.

—Va a ser que esto no es un fallo técnico —se dijo en voz alta—. Esto personal.

La llamada a la operadora

Ramón marcó el número de soporte técnico con la resignación de quien sabe exactamente cómo va a terminar aquello y aun así lo intenta, porque uno es tonto pero no vago.

Le atendió una voz de chico joven, entusiasta, con ese tonillo de guion aprendido que solo se consigue tras muchas horas de formación mal pagada.

-¿Ha reiniciado el router? -Sí. -¿Puede apagarlo y volver a encenderlo? -Sí. -¿Ha esperado unos segundos antes de encenderlo? -Sí. -¿Puede volver a hacerlo?

Ramón había anticipado todas sus preguntas. Le hubiera gustado explicarle al chaval que llevaba quince años trabajando con servidores, que sabía perfectamente lo que era un DNS, una VLAN y hasta un NAT, pero comprendió que para aquel guion él era simplemente un señor que quizá no había encontrado el botón de encendido. Colgó resignado, sin discutir. Discutir con el guion es como discutir con un contestador automático.

La espiral

Lo que vino después fue lo de siempre. Ping. Traceroute. Mirar los logs del router como si fueran a revelarle una epifanía. Volver a los cables. Volver a la ONT. Y volver, otra vez, a esa lucecita azul parpadeando con la tranquilidad insultante de quien sabe que va a ganar sin mover un dedo.

-Esto no es problema del router- afirmó Ramón en voz alta, para nadie.

Aquella frase significaba que Ramón se iba a tirar la tarde entera demostrando que tenía razón, sin cobrar nada por ello y sin que nadie se lo agradeciera después.

La vecina de la fibra

A todo esto se le sumó Maryan, la vecina del primero, que apareció en el rellano justo cuando Ramón salía con cara de pocos amigos a comprobar si el problema era de toda la escalera.

-¿Tampoco tienes internet tú?- preguntó Maryan con ese tono inquisidor propio de alcahuetas profesionales.

-Desde las cuatro en punto, como un reloj- respondió Ramón.

Lo sorprendente hubiera sido que ella tuviera internet y Ramón no. Ramón tenía un acuerdo con su marido Pedro: le compartía el wifi y, a cambio, Pedro le proveía de las verduras que cultivaba en su hortal.

—A ver si va a ser que Pedro no te está dando verduras frescas últimamente y el wifi ha decidido ponerse en huelga —soltó Maryan con malicia mientras se cerraba la bata a la altura de las tetas. 

Ramón la miró de arriba abajo, se subió las gafas y dijo con una sonrisa.

—No te preocupes por mis verduras que están de categoría. Lo que me preocupa es su antena, porque para estar tan pendiente de las vidas ajenas, es increíble la poca cobertura que tiene para enterarse de las suyas.

El final, que no es final

Esa noche, sin tocar nada, sin que Ramón hubiera cambiado ni una sola configuración, la luz PON se quedó fija otra vez. Internet volvió sin dar explicaciones.

Ramón no preguntó. No tocó nada. No respiró demasiado fuerte, no fuera a ser que la caja se lo tomara a mal. Si funciona, no lo toques.

A la mañana siguiente, la PON seguía fija. Ramón desconfiadamente.

-¿Te vas a porta bien?- le dijo como a un niño pequeño.

La luz, por supuesto, no contestó. Pero a las cuatro menos cinco de la tarde, Ramón ya estaba otra vez en el sofá, portátil en las rodillas, esperando.

Ritmo sinusal

Ramón leyó el mensaje una segunda vez. Después una tercera. Lo había entendido a la primera, pero algunas palabras piden ser leídas despacio cuando llegan desde un lugar que uno lleva un mes anhelando.

En ese mes aprendió que el silencio tiene sus propios sonidos, y que hay días en los que se distrae con facilidad y otros en los que cualquier cosa —una canción, una calle, una conversación, un vaso de agua con gas— lo devuelve a ella.

Sonrió al leer aquello de la admiración, la curiosidad y la ternura. Ella probablemente no sabía cuánto significaban esas palabras. Había llegado a su vida sin avisar y se la había puesto del revés. Le enseñó a querer sin certezas, a disfrutar de lo que ocurre sin exigirle un nombre ni un futuro, a convivir con una incertidumbre que a veces duele y a veces vuelve todo más intenso. Le enseñó a mirar de otra manera, a escuchar más, a dejar que le cambiaran los planes y algunas certezas que llevaba años dando por fijas.

Ramón no sabía qué pasaría cuando ella volviera. Aquel agua con gas podía convertirse en una tarde cualquiera entre amigos, en una conversación que se alarga sin que nadie se dé cuenta, o en algo que ninguno de los dos supiera todavía nombrar. Por primera vez, no necesitaba saberlo. Había cosas que importaban sin necesidad de resolverse.

Ella había dejado huella. Ramón pensó que no hace falta tener a alguien tal como lo imaginaste para que ocupe un lugar importante en tu vida. A veces basta con que esa persona encienda una habitación que llevaba tiempo a oscuras. Ella había encendido unas cuantas.

Sonrió.

—Gracias —murmuró, aunque ella no pudiera oírlo. Por las conversaciones, los silencios, los suspiros, las dudas, las risas. Por hacerme sentir cosas que creía olvidadas. Por recordarme que todavía puedo sorprenderme. Por ponerme la vida cabeza abajo. Y por enseñarme, sin proponértelo, que también se puede querer desde la distancia, desde la incertidumbre y desde la libertad.

Ramón dejó el teléfono sobre la mesa. Quizá ella tuviera razón y como pareja no fuera posible. Quizá sus caminos debían cruzarse de otra manera. Pero una cosa la tenía clara: el lugar que ella terminara ocupando en su vida, nadie se lo quitaría. Un rincón tranquilo y luminoso en algún sitio de su corazón, reservado para recordar a la persona que, sin proponérselo, le puso todo patas arriba.

Silencio, por fin

El aire huele a rastrojo quemado y a sudor rancio mezclado con ginebra barata. Ramón aprieta los dientes tras el cristal del dormitorio mientras, allá abajo, una res de cuernos afilados astilla un barrote de pino antes de que cuatro iluminados, inflados de carajillos y falsa valentía, le hagan un recorte torpe entre vítores. Para Ramón es una atrocidad contra el buen gusto, una salvajada de pueblo cobijada bajo la excusa de venerar al Santo Cristo dos veces al año.

El pueblo ya no es lo que era. O quizás sí, y ese es el problema. Ni la oleada de forasteros urbanitas —entre los que él mismo se incluye, a su pesar— ha logrado refinar la plaza. Ramón mantiene la distancia; habla lo justo con los vecinos y aún siente que se relaciona demasiado. Le irrita el tufo a colectividad, la insistencia con la que intentan imponerle sus dogmas de barra de bar, esa sociabilidad forzada.

Pero lo peor llega con el descanso del sol. Extraña las orquestas de antaño, esos músicos de verdad que articulaban la noche con metales y ritmo. Ahora solo queda un escenario deslucido coronado por un pintamonas al que llaman DJ, saltando detrás de una mesa de mezclas mientras cobra un dineral por darle al play. A Ramón le corroe la envidia: sabe que él tendría diez veces más criterio para sostener la noche, sin necesidad de torturar al personal con graves distorsionados.
Son las tres de la madrugada. El bombo de la disco móvil retumba en su pecho y hace temblar la carpintería de la ventana.

Ramón permanece tumbado sobre la cama, con la mirada fija en las sombras del techo. En su cabeza, la escena se repite en bucle: ve sus propios pies moviéndose en silencio por el callejón trasero de la plaza, esquivando la luz del escenario, deslizándose en la sombra que proyecta el remolque. Imagina el tacto frío del alicate en la mano, la tensión de la manguera negra de corriente y el chasquido sordo del corte. Fantasea con la inmediatez con la que el estruendo se ahogaría de golpe, devolviendo al pueblo el silencio y la oscuridad.

Por fin se decide. Baja, cruza el patio y se cuela entre las sombras hasta el remolque. La manguera está ahí, negra y gruesa. Saca el alicate del bolsillo de la sudadera. Justo antes de cerrar las mandíbulas sobre el cable, oye una respiración a su espalda. Se gira. No hay nadie. Solo el remolque, metálico y mudo.

Vuelve a la manguera cuando un topetazo sacude la puerta del remolque desde dentro. Ramón lo entiende: es el toro de la suelta ensogada de la mañana. Guarda el alicate y saca la cizalla. Corta el candado con torpeza, como si él mismo dudara de lo que está haciendo.

Como si fuera una epifanía, el DJ pincha algo que suena a pasodoble torero. Es la señal.

Ramón abre la puerta del remolque y el toro sale disparado hacia la carpa donde se concentra el tumulto.

Los primeros gritos quedan camuflados debajo de una versión reguetonera de Paquito Chocolatero. La justicia divina parece querer que sea precisamente el concejal de festejos, el hombre que tanto había apostado por los festejos taurinos mientras defenestraba otras áreas de cultura, quien reciba la primera embestida.

El miura lo alcanza de lleno y lo levanta un par de metros por los aires.

Durante un instante, el concejal queda suspendido sobre la multitud. Después cae de punta cabeza contra el suelo.

Y, justo entonces, la música se detiene.

Silencio.

Ramón cierra los ojos.

Por fin.


No era solo nostalgia

 El café de Ramón todavía humeaba en la cocina cuando los tres salieron hacia la vega del río. Leonor y Luna caminaban a su lado, amigas desde el instituto, con ese paso relajado de quien tiene toda la tarde por delante. El agua sonaba cerca. Las ramas crujían con el viento.

Entraron en el parque bajo los olmos. Leonor se paró frente al banco de piedra, medio tapado por la maleza, y soltó una carcajada.

—¿Os acordáis de cuando íbamos al parque de jóvenes a hacer locuras con los novios? No nos importaba ni el frío, ni el cierzo con tal de buscar un rato de intimidad.

Luna se recogió el pelo y no dejó pasar la ocasión.

—¡Y tan locuras! Yo me acuerdo de los lotes que me daba con mi novio del verano del noventa y ocho. Aquellos besos ardientes le inspiraban algo que crecía bajo su pantalón... con él perdía la noción del tiempo.

Ramón caminaba un paso por detrás con las manos en los bolsillos. Sonreía y asentía cada vez que alguna buscaba su mirada.

Leonor y Luna no sabían que Ramón callaba algo. Detrás de ese mismo seto, hacía menos de un mes, él había vivido lo mismo que ellas contaban como pasado. No dijo nada. Dejó que sus amigas se quedaran con su nostalgia y se guardó la suya bajo el sol de la tarde.

Cuando aún no conocíamos el miedo (iii)

 Unas terribles ganas de mear me despertaron en una oscura habitación de hospital. Al momento entró una auxiliar y descorrió las cortinas, dejando entrar la luz de golpetazo.

​—La toilette? —pregunté a aquella mujer con mi francés churrigueresco.

​Como era evidente que no me entendía, probé suerte con un impostado acento galo:

​—À pipi?

​Una expresión de puro alivio inundó su rostro al comprenderme. Salió un segundo y regresó con una de esas botellas de plástico típicas de hospital. «Con las ganas que tengo, me va a hacer falta otra», pensé. Y no me equivocaba: tras casi quince horas sin vaciar la vejiga, la botella se quedó corta. Por suerte, las últimas gotas coronaron justo en el cuello del recipiente. Aquel descanso absoluto desencadenó un sueño profundo del que solo me sacó la llegada del desayuno.

​Allí todo el mundo hablaba francés, así que la comunicación era torpe y a trancas y barrancas. Al rato me cambiaron de planta y me acomodaron en una nueva habitación. Nada más aparcar la camilla, entró una enfermera y, con un castellano que a mí me sonó casi cervantino, soltó:

​—Buenos días.

​—¡Eres española! —espeté con júbilo.

​—No, soy francesa, pero mi marido es argentino y he pasado muchos años allá.

Aquel acento porteño me trasladó a lugar seguro. Seguía estando tullido a cientos de kilómetros de casa, pero el hospital ya no parecía una prisión de alta seguridad. Ahora parecía un lugar del que probablemente pudiera salir, aunque no por mi propio pie.

Cuando aún no conocíamos el miedo (ii)

La ambulancia me llevó al centro médico de Obernai. Allí me metieron directo a la sala de Rayos X. El sitio estaba vacío; parecía que lo habían abierto solo para mí. Al otro lado del vidrio de la cámara de rayos, vi cómo el técnico de emergencias sanitarias que me había llevado hasta allí y la enfermera ponían cara de dolor mientras señalaban en una pantalla lo que aquellas radiaciones ionizantes mostraban de mi maltrecho tobillo.

Con cara de preocupación, salieron del cuarto blindado. Yo no hablaba francés y su inglés no era fluido, pero me dieron a entender que tenían que llevarme al hospital de Estrasburgo porque me tenían que operar y allí no tenían medios.

Me volvieron a meter en otra ambulancia y nos fuimos hacia Estrasburgo. El viaje se me hizo molestamente largo: el dolor empezaba a hacerse intenso y, para mayor de mis males, no había ventanillas por las que mirar. Si por lo menos hubieran puesto la sirena... pero, por lo visto, yo no era una urgencia.

Por fin llegamos al hospital y allí ya estaba Danielle, la gerente del campo de trabajo, con Luis y Javi. Me estuvieron informando de que no me preocupara, que el seguro del campo lo cubría todo. Sinceramente, ni se me había pasado por la cabeza esa cuestión; bendita Seguridad Social española, que nos tenía acostumbrados a despreocuparnos de esas cosas. Por lo visto, cuando salías al extranjero, la cosa era un poco más complicada.

Mientras tanto, ya me habían puesto una vía y sacado unos cuantos tubos de sangre. Después me dejaron en un pasillo, al más puro estilo español, hasta que por fin llegó un médico que hablaba inglés y me explicó la que había liado con mi tobillo: triple fractura. Maléolo interno, externo y posterior... o al menos eso le entendí.

Después pasó a explicarme la anestesia:

—Vamos a pincharte en la ingle tres veces. Notarás cómo se mueve la pierna sola, pero tú no la muevas.

Y por fin pasaron a reducir la fractura para poner las cosas en su sitio. No recuerdo cuánta gente había a mi alrededor: unos sujetándome los hombros, otros la pierna por la cadera, otro por la rodilla y, al final, otro por el pie.

—Take a deep breath. We count three and expel. Do you understand? —dijo el doctor con un marcado acento francés.

—Oui, c'est moi —dije yo para hacer la gracia.

—Un, deux, trois...

Catacrack.

Hizo mi tobillo mientras sentía un dolor intenso, seguido de un profundo relax.

—Chapeau —le dije al doctor mientras él me levantaba el pulgar.

Misión para la patrulla canina (II)

Al salir del restaurante, volvimos al coche aparcado a pleno sol. Aquello era directamente un horno sobre ruedas. Ramón arrancó, puso el aire acondicionado al máximo confiando en que el habitáculo se enfriara pronto y, a los dos minutos, ya estábamos de viaje otra vez.

El paisaje era ya otro: habíamos pasado del desierto monegrino a la vega del río Duero. Tanta vegetación abrumaba a aquellos dos turistas de secano. Los kilómetros se consumían entre carreteras en obras y tramos sueltos de autovía. Entre conversaciones tan absurdas como profundas, Ramón y Mariano jugaban a puntuar los nombres de los pueblos por los que pasaban, basándose solo en su sonoridad.

—Hortezuela... —un seis, respondían a coro.

—Bayubas de Abajo... —un cuatro, y eso que el «de Abajo» le había subido un punto la nota.

—Tajueco... ¡un ocho!

Y así pasaron gran parte del camino. Los nervios de Mariano, en cambio, iban en aumento conforme se acercaban al destino. Por más que Ramón intentaba distraerlo con cualquier tontería, Mariano estaba como un miura a punto de salir de toriles.

A última hora de la tarde, cuando el sol empezaba a teñir de dorado los adobes de la plaza mayor del pueblo, aparcaron. Habían llegado. La plaza era el típico recinto castellano: silenciosa, sobria, con una fuente en el centro y el eco lejano de unas cigüeñas. Mariano se peinó en el retrovisor, intentó alisarse las arrugas de la camiseta y respiró hondo. Ramón, satisfecho por haber superado el trance del trayecto, espetó:

—Otro éxito para la Patrulla Canina.

Aunque Ramón no la conocía de nada, distinguió enseguida a la pretendida de Mariano entre la gente. Cómo no, Ramón y Mariano volvían a desentonar y a arruinar la media de edad de este tipo de eventos. El público natural de estos conciertos es siempre el mismo: las abuelas del pueblo y, si por ventura alguna no ha enviudado todavía, se lleva al consorte al lado para rellenar bulto.

Ramón le dio un empujón a Mariano:

—Vamos, salúdala.

Ramón se quedó observando la escena a una distancia prudencial. Ella estaba distraída dando palique a las vecinas más entregadas del público mientras Mariano se acercaba a paso lento y temeroso. De pronto, la chica levantó la vista y entró en cortocircuito. Se le quedó cara de póquer y le preguntó, nerviosa:

—¿Qué haces aquí?

Mariano, encogido y mil veces más nervioso que ella, no consiguió decir ninguna de las ingeniosas respuestas que había ensayado durante todo el trayecto.

—Ya ves... —alcanzó a musitar en voz queda.

Tras la actuación, los invitaron a quedarse a una observación astronómica, amenizada por un saxofonista, que tendría lugar más tarde. Parecía el momento ideal para Mariano, así que aceptaron encantados.

Antes de que Mariano pudiera desplegar todo el encanto que llevaba preparando durante tres horas de autovía y dos de comarcales, la chica se giró y les presentó al cuarto integrante de la reunión:

—Mirad, él es Ramón. Ha venido desde Badajoz solo para verme tocar hoy.

Mariano y Ramón se quedaron congelados. Había un Otro Ramón.

El recién llegado era un tipo sonriente y relajado, con un peinado sospechosamente perfecto y cara de no haber sufrido jamás un ataque de agorafobia en mitad de la nada, ni de haber comido con el miedo de que le sirvieran gato por liebre. Ramón, el conductor, miró a Mariano. Mariano miró a Ramón, y este se limitó a encogerse de hombros. Era una posibilidad que, en el fondo, habían contemplado. Ahora solo tocaba poner la mejor de las sonrisas y seguir picando piedra.

Al final, la noche astronómica dio paso a la despedida y al viaje de vuelta.

Ese trayecto de vuelta se hizo eterno. Ramón sabía que lo del Otro Ramón era una posibilidad que ambos habían contemplado sobre el papel, pero él seguía agarrándose a la esperanza de que el destino le tuviera reservado un guion mejor.

Mariano era el ser más analítico y ortogonal que Ramón había conocido, alguien capaz de despiezar la realidad en esquemas perfectos. Pero bajo esa coraza cartesiana se escondía una sensibilidad enorme, una fragilidad que no sabía procesar este tipo de desengaños hacia dentro: cuando los números de la vida no le cuadraban, Mariano quedaba desarmado.

Mariano no lo estaba pasando nada bien, y sus niveles de ansiedad estaban muy por encima de lo que a Ramón le hubiera gustado presenciar. Nadie decía una palabra dentro del coche; solo la música de la radio lograba amortiguar, un poco, la tensión del camino de vuelta.