Durante demasiado tiempo Ramón había vivido convencido de que ciertas historias les ocurrían a otros.
No era una decisión amarga. Ni siquiera triste.
Simplemente había aprendido a caminar solo. A no esperar mensajes que le aceleraran el pulso. A no imaginar futuros compartidos. A mirar la belleza desde lejos, como quien contempla una montaña sabiendo que nunca la va a escalar.
Y entonces apareció ella. Lo realmente extraño no era que Ramón empezara a mirarla de otra manera. Lo desconcertante era descubrir que ella también le estaba mirando a él.
Desde ese momento su cabeza se convirtió en una fábrica de preguntas.
¿Qué ha visto en mí?
¿En qué instante decidió que merecía la pena conocerme?
¿Cuándo pasó de ser una conversación casual a pensar: "espera... este tipo tiene algo"?
Porque Ramón, siendo sinceros, la había colocado desde el primer día en una categoría reservada para las personas inalcanzables.
Era una de esas mujeres que parecen haber salido de un error estadístico. Inteligente. Divertida. Con esa mezcla tan rara de belleza y naturalidad que consigue alterar la gravedad de una habitación cuando entra.
Había algo en su manera de moverse, de hablar, de sonreír... ese algo imposible de definir que hace que el mundo parezca detenerse un segundo. Y precisamente por eso Ramón nunca pensó que una mujer así pudiera fijarse en él.
Una diosa del Olimpo. Y los humanos no solemos pedir audiencia con los dioses.
Así que, cuando uno de ellos baja a sentarse contigo, compartiendo una cerveza y una conversación, el cerebro entra en modo avería.
Empieza a buscar explicaciones donde probablemente solo haya curiosidad.
Repasa cada conversación intentando descubrir el momento exacto en el que todo cambió. Como si existiera una frase mágica. Un gesto. Una mirada. Algo.
Ramón, que siempre encontraba respuestas para casi todo, esta vez no tenía ninguna. Solo sabía una cosa.
Que llevaba demasiado tiempo sin sentir esa absurda necesidad de elegir cada palabra antes de enviarla. De releer un mensaje cinco veces. De preguntarse si aquel emoji sobraba. De sonreír al recordar una conversación mientras fregaba los platos. Vivía instalado en una contradicción deliciosa.
Quería ser él mismo. Y, al mismo tiempo, quería ser la mejor versión de sí mismo.
No para fingir. Sino porque, de repente, había aparecido alguien que hacía que mereciera la pena intentarlo.
Quizá esa sea la verdadera magia. No cuando alguien consigue que te enamores de él. Sino cuando, sin darse cuenta, consigue que vuelvas a gustarte un poco más a ti mismo.
Porque, al final, la pregunta nunca fue qué había visto ella en Ramón.
La pregunta era cuándo iba a empezar Ramón a ver en sí mismo lo mismo que ella había visto desde el principio.









