Cuando aún no conocíamos el miedo (iii)

 Unas terribles ganas de mear me despertaron en una oscura habitación de hospital. Al momento entró una auxiliar y descorrió las cortinas, dejando entrar la luz de golpetazo.

​—La toilette? —pregunté a aquella mujer con mi francés churrigueresco.

​Como era evidente que no me entendía, probé suerte con un impostado acento galo:

​—À pipi?

​Una expresión de puro alivio inundó su rostro al comprenderme. Salió un segundo y regresó con una de esas botellas de plástico típicas de hospital. «Con las ganas que tengo, me va a hacer falta otra», pensé. Y no me equivocaba: tras casi quince horas sin vaciar la vejiga, la botella se quedó corta. Por suerte, las últimas gotas coronaron justo en el cuello del recipiente. Aquel descanso absoluto desencadenó un sueño profundo del que solo me sacó la llegada del desayuno.

​Allí todo el mundo hablaba francés, así que la comunicación era torpe y a trancas y barrancas. Al rato me cambiaron de planta y me acomodaron en una nueva habitación. Nada más aparcar la camilla, entró una enfermera y, con un castellano que a mí me sonó casi cervantino, soltó:

​—Buenos días.

​—¡Eres española! —espeté con júbilo.

​—No, soy francesa, pero mi marido es argentino y he pasado muchos años allá.

Aquel acento porteño me trasladó a lugar seguro. Seguía estando tullido a cientos de kilómetros de casa, pero el hospital ya no parecía una prisión de alta seguridad. Ahora parecía un lugar del que probablemente pudiera salir, aunque no por mi propio pie.

Cuando aún no conocíamos el miedo (ii)

La ambulancia me llevó al centro médico de Obernai. Allí me metieron directo a la sala de Rayos X. El sitio estaba vacío; parecía que lo habían abierto solo para mí. Al otro lado del vidrio de la cámara de rayos, vi cómo el técnico de emergencias sanitarias que me había llevado hasta allí y la enfermera ponían cara de dolor mientras señalaban en una pantalla lo que aquellas radiaciones ionizantes mostraban de mi maltrecho tobillo.

Con cara de preocupación, salieron del cuarto blindado. Yo no hablaba francés y su inglés no era fluido, pero me dieron a entender que tenían que llevarme al hospital de Estrasburgo porque me tenían que operar y allí no tenían medios.

Me volvieron a meter en otra ambulancia y nos fuimos hacia Estrasburgo. El viaje se me hizo molestamente largo: el dolor empezaba a hacerse intenso y, para mayor de mis males, no había ventanillas por las que mirar. Si por lo menos hubieran puesto la sirena... pero, por lo visto, yo no era una urgencia.

Por fin llegamos al hospital y allí ya estaba Danielle, la gerente del campo de trabajo, con Luis y Javi. Me estuvieron informando de que no me preocupara, que el seguro del campo lo cubría todo. Sinceramente, ni se me había pasado por la cabeza esa cuestión; bendita Seguridad Social española, que nos tenía acostumbrados a despreocuparnos de esas cosas. Por lo visto, cuando salías al extranjero, la cosa era un poco más complicada.

Mientras tanto, ya me habían puesto una vía y sacado unos cuantos tubos de sangre. Después me dejaron en un pasillo, al más puro estilo español, hasta que por fin llegó un médico que hablaba inglés y me explicó la que había liado con mi tobillo: triple fractura. Maléolo interno, externo y posterior... o al menos eso le entendí.

Después pasó a explicarme la anestesia:

—Vamos a pincharte en la ingle tres veces. Notarás cómo se mueve la pierna sola, pero tú no la muevas.

Y por fin pasaron a reducir la fractura para poner las cosas en su sitio. No recuerdo cuánta gente había a mi alrededor: unos sujetándome los hombros, otros la pierna por la cadera, otro por la rodilla y, al final, otro por el pie.

Take a deep breath. We count three and expel. Do you understand? —dijo el doctor con un marcado acento francés.

Oui, c'est moi —dije yo para hacer la gracia.

Un, deux, trois...

Catacrack.

Hizo mi tobillo mientras sentía un dolor intenso, seguido de un profundo relax.

Chapeau —le dije al doctor mientras él me levantaba el pulgar.

Misión para la patrulla canina (II)

Al salir del restaurante, volvimos al coche aparcado a pleno sol. Aquello era directamente un horno sobre ruedas. Ramón arrancó, puso el aire acondicionado al máximo confiando en que el habitáculo se enfriara pronto y, a los dos minutos, ya estábamos de viaje otra vez.

El paisaje era ya otro: habíamos pasado del desierto monegrino a la vega del río Duero. Tanta vegetación abrumaba a aquellos dos turistas de secano. Los kilómetros se consumían entre carreteras en obras y tramos sueltos de autovía. Entre conversaciones tan absurdas como profundas, Ramón y Mariano jugaban a puntuar los nombres de los pueblos por los que pasaban, basándose solo en su sonoridad.

—Hortezuela... —un seis, respondían a coro.

—Bayubas de Abajo... —un cuatro, y eso que el «de Abajo» le había subido un punto la nota.

—Tajueco... ¡un ocho!

Y así pasaron gran parte del camino. Los nervios de Mariano, en cambio, iban en aumento conforme se acercaban al destino. Por más que Ramón intentaba distraerlo con cualquier tontería, Mariano estaba como un miura a punto de salir de toriles.

A última hora de la tarde, cuando el sol empezaba a teñir de dorado los adobes de la plaza mayor del pueblo, aparcaron. Habían llegado. La plaza era el típico recinto castellano: silenciosa, sobria, con una fuente en el centro y el eco lejano de unas cigüeñas. Mariano se peinó en el retrovisor, intentó alisarse las arrugas de la camiseta y respiró hondo. Ramón, satisfecho por haber superado el trance del trayecto, espetó:

—Otro éxito para la Patrulla Canina.

Aunque Ramón no la conocía de nada, distinguió enseguida a la pretendida de Mariano entre la gente. Cómo no, Ramón y Mariano volvían a desentonar y a arruinar la media de edad de este tipo de eventos. El público natural de estos conciertos es siempre el mismo: las abuelas del pueblo y, si por ventura alguna no ha enviudado todavía, se lleva al consorte al lado para rellenar bulto.

Ramón le dio un empujón a Mariano:

—Vamos, salúdala.

Ramón se quedó observando la escena a una distancia prudencial. Ella estaba distraída dando palique a las vecinas más entregadas del público mientras Mariano se acercaba a paso lento y temeroso. De pronto, la chica levantó la vista y entró en cortocircuito. Se le quedó cara de póquer y le preguntó, nerviosa:

—¿Qué haces aquí?

Mariano, encogido y mil veces más nervioso que ella, no consiguió decir ninguna de las ingeniosas respuestas que había ensayado durante todo el trayecto.

—Ya ves... —alcanzó a musitar en voz queda.

Tras la actuación, los invitaron a quedarse a una observación astronómica, amenizada por un saxofonista, que tendría lugar más tarde. Parecía el momento ideal para Mariano, así que aceptaron encantados.

Antes de que Mariano pudiera desplegar todo el encanto que llevaba preparando durante tres horas de autovía y dos de comarcales, la chica se giró y les presentó al cuarto integrante de la reunión:

—Mirad, él es Ramón. Ha venido desde Badajoz solo para verme tocar hoy.

Mariano y Ramón se quedaron congelados. Había un Otro Ramón.

El recién llegado era un tipo sonriente y relajado, con un peinado sospechosamente perfecto y cara de no haber sufrido jamás un ataque de agorafobia en mitad de la nada, ni de haber comido con el miedo de que le sirvieran gato por liebre. Ramón, el conductor, miró a Mariano. Mariano miró a Ramón, y este se limitó a encogerse de hombros. Era una posibilidad que, en el fondo, habían contemplado. Ahora solo tocaba poner la mejor de las sonrisas y seguir picando piedra.

Al final, la noche astronómica dio paso a la despedida y al viaje de vuelta.

Ese trayecto de vuelta se hizo eterno. Ramón sabía que lo del Otro Ramón era una posibilidad que ambos habían contemplado sobre el papel, pero él seguía agarrándose a la esperanza de que el destino le tuviera reservado un guion mejor.

Mariano era el ser más analítico y ortogonal que Ramón había conocido, alguien capaz de despiezar la realidad en esquemas perfectos. Pero bajo esa coraza cartesiana se escondía una sensibilidad enorme, una fragilidad que no sabía procesar este tipo de desengaños hacia dentro: cuando los números de la vida no le cuadraban, Mariano quedaba desarmado.

Mariano no lo estaba pasando nada bien, y sus niveles de ansiedad estaban muy por encima de lo que a Ramón le hubiera gustado presenciar. Nadie decía una palabra dentro del coche; solo la música de la radio lograba amortiguar, un poco, la tensión del camino de vuelta.

Misión para la patrulla canina (I)

Ramón llegó diez minutos antes de la hora acordada a casa de Mariano. Había salido con prisa de la suya porque el bochorno dentro del piso era insoportable y tampoco era plan de encender el aire acondicionado para diez escasos minutos. Aparcó justo en la puerta, bajo la mirada atenta y fija de una mujer desde la acera. Pensó que sería la dueña del coche de atrás y que simplemente estaba fiscalizando que no le destrozara el morro al maniobrar.

Al bajarse del vehículo, Ramón le sonrió con cierta educación y preguntó:

—¿Todo bien?

—Sí, es que estoy aprendiendo a conducir y me fijo mucho en cómo aparca la gente. Usted lo ha hecho muy bien.

Ramón se quedó completamente descolocado. Con un hilo de voz, solo acertó a responder un seco «Muchas gracias» mientras se alejaba a paso ligero para comprar una botella de agua y unos caramelos para el camino.

Poco después, Mariano se subió al coche. Ramón encendió la radio y, como por arte de magia, empezó a sonar Hoy puede ser un gran día, de Serrat. Obviamente no era una casualidad: Ramón lo tenía todo perfectamente calculado, sabiendo que aquello pondría a Mariano de buen humor para lo que se les venía encima.

Hicieron una primera parada técnica para llenar el depósito y emprendieron camino. La primera hora y media por autovía transcurrió sin mayor consecuencia, salvo por los nervios evidentes de Mariano, que necesitaba ir atemperándose para dejar fluir las cosas. En el momento justo de abandonar la autovía, pararon a estirar un poco las piernas.

—Dos solos con hielo y un torrezno —pidió Ramón en la barra sin dudarlo. Sin duda, una combinación destructiva capaz de despejar cualquier atisbo de sueño que pudiera amenazar el viaje.

El trayecto continuó por carreteras secundarias. Intentaron reservar mesa sobre la marcha en los pueblos por los que iban a pasar, pero resultó misión imposible, así que decidieron ir a la aventura. Hora y media más tarde, el hambre apretaba y pararon a comer en un restaurante a pie de ruta.

—¿Tienen reserva? —preguntó la camarera con un marcado e inconfundible acento de los Cárpatos.

—No —respondieron los dos a coro.

Por suerte, aquello no fue un impedimento y los sentaron a la mesa. Les trajeron la carta a toda prisa y, casi sin darles tiempo a mirar, la camarera les recitó de carrerilla todos los platos que no tenían... y también aquellos que ella misma les desaconsejaba. Aquello les llamó poderosamente la atención. ¿Estaría pasada la comida? ¿El cocinero escupiría en los platos? ¿Cocinaban con gatos callejeros? Un mar de dudas asaltó a Mariano; era la primera vez en su vida que un camarero les desaconsejaba activamente pedir la mitad de la carta.

Con el paso de los minutos, el comedor se fue llenando de comensales.

—¿Tienen reserva? —repetía la mujer a cada grupo que cruzaba la puerta.

Con cada nueva tanda de clientes, la camarera se tensaba un poco más. A los que venían sin reserva los despachaba de malas formas; sin duda, la comunicación con el cliente no era su fuerte. Cada vez que servía un plato fuera de tiempo, se escudaba echándole la culpa a «la cocina». Jamás pedía disculpas, solo tiraba balones fuera.

La gente seguía llegando, incluso aquellos que sí tenían reserva, pero ella los recibía a cajas destempladas diciéndoles que tendrían que esperar, que estaba sola y no daba abasto. Estaba completamente sobrepasada y, en vez de ser operativa y sacar la faena adelante, prefería perder el tiempo quejándose.

El momento de pagar tampoco estuvo exento de la espera habitual. La cuenta la trajo rápido y el datáfono también, pero se limitó a posarlo sobre la mesa y desaparecer. Mariano y Ramón fantasearon por un segundo con la idea de hacerse un abono ellos mismos a su tarjeta, pero no sabían cómo manejar el aparato y seguro que requería algún código que desconocían.

Por fin vino la mujer y les cobró. Como remate, les ofreció un chupito que tuvieron que rechazar amablemente: ya habían perdido tres horas para comer y no había ninguna necesidad de regalarle media hora más a un chupito.

Políglota de garrafón

Suena el teléfono de la oficina. Ramón contesta.

—Bonjour, ¿habla usted francés? —pregunta una voz con un acento francófono.

Ramón no se lo piensa dos veces. Se pone en modo internacional.

—Excusez-moi, je ne parle pas français —suelta, con un acento parisino que le habría sacado un aplauso a sí mismo si hubiera alguien mirando.

Silencio al otro lado. Ramón, envalentonado, insiste:

—Do you speak English?

Se oye cómo el teléfono cambia de manos. Murmullos, algo de ruido de fondo, y entonces una mujer toma el auricular.

Y le contesta en un español perfecto, sin acento, como si llevara toda la vida hablándolo.

Ramón se queda mudo un segundo.

Todo ese despliegue, toda esa gira improvisada por media Europa, para terminar exactamente donde había empezado.

Otro misterio sin resolver de la oficina. Otro día raro. Y Ramón, una vez más, convertido en políglota de garrafón.

Upps, me he equivocado

Cuatro días sin noticias. Ramón había dejado de mirar el móvil cada cinco minutos más o menos por el segundo día, o eso se decía a sí mismo. Y entonces, cuando ya casi se había acostumbrado al silencio, la pantalla se encendió.

Un texto sincero, con emojis, como si quisiera compensar con signos lo que no se atrevía a decir con palabras. Prefería hablar a escribir, tenía miedo de haber estropeado algo, y al final, casi al margen, una frase que lo desarmó del todo.

Media hora después estaban sentados en la terraza de un bar, bajo una luna que no llegaba a estar llena del todo.

Al principio costaba. Hablaban con el cuidado de quien no sabe si el hielo aguanta el peso, midiendo las palabras, evitando ciertos temas por instinto. Pero después de un rato las frases empezaron a fluir solas y la conversación se volvió, poco a poco, la de siempre.

Ella le contó cómo la pena la había dejado sin fuerzas para decir que no, cómo había ido cediendo terreno sin darse cuenta hasta que sus propios planes ya no eran suyos. Él escuchaba sin decir mucho. Tenía su opinión —clara, honesta— pero también sabía, en el fondo, que había cosas que no se arreglan con consejos, solo con tiempo. Que a veces lo mejor que puede hacer uno es no meter prisa, simplemente estar ahí.

Se hizo tarde. La caminata hasta su portal fue lenta, sin ninguna prisa por llegar.

Delante de la puerta llegó el abrazo de despedida de siempre, ese que ya tenían ensayado. Pero al separarse ella no se apartó del todo: fue directa a sus labios.

—¿No habíamos quedado en que solo éramos amigos? —dijo él, sin moverse, con la boca a un milímetro de la suya.

—Upps, me he equivocado —contestó ella, con esa sonrisa picaruela.

Ramón la miró un segundo, ahí de pie contra la penumbra del portal, y sonrió despacio.

—Pues esto no va a ser un error.

Y la besó otra vez, como si los cuatro días de silencio no hubieran existido nunca.

Lavarlo tenía un precio

Para Ramón, el coche era una herramienta de trabajo, ni más ni menos. Acostumbraba a mantenerlo en un estado digno y habitable —al fin y al cabo pasaba muchas horas dentro de él—, pero tampoco se volvía loco sacándole brillo a diario. Era sábado por la tarde y al día siguiente le tocaba hacer de chófer para su amigo Mariano, que tenía que ir a casa de sus padres y no podía conducir.

Al mirar la luna delantera, plagada de un auténtico cementerio de mosquitos incrustados, Ramón decidió pasarse por el lavadero. Al menos necesitaba ver la carretera con claridad.

—Si me doy prisa, con dos euros lo dejo apañado —se dijo a sí mismo.

Un euro para el agua con jabón y otro para el aclarado; era una maniobra que Ramón tenía más que ensayada. Todavía estaba completando la primera vuelta al coche, caminando hacia atrás mientras rociaba la carrocería, cuando sintió que su pie izquierdo perdía tracción sobre la rampita de acceso a la cabina de lavado.

Como si se tratara de una experiencia extracorpórea, Ramón vio su propia caída a cámara lenta. Sus vanos y torpes intentos por recuperar el equilibrio terminaron con sus huesos de bruces contra el suelo húmedo. En medio del desastre, la punta de la lanza de lavado impactó contra el hormigón, haciendo que su mano derecha, atrapada en el gatillo de la pistola, se retorciera bruscamente durante la caída.

Se quedó tirado en el suelo, boca abajo, sintiéndose profundamente ridículo. Con las gafas torcidas en mitad de la cara y un dolor punzante en la mano derecha, respiró hondo. El dolor no le resultaba del todo ajeno. «Nada, una semanica con los dedos atados con esparadrapo y apañado», pensó. Ya le había pasado alguna vez.

A trancas y barrancas logró levantarse. La máquina no iba a devolverle las monedas, así que, invadido por unos sudores fríos que le cubrían la frente, terminó de aclarar el coche con la mano izquierda. Condujo de vuelta a casa como buenamente pudo, reduciendo al mínimo los cambios de marcha para no tener que gritar de dolor cada vez que metía tercera.

La noche fue eterna. La mano de Ramón descansaba en lo alto de la almohada, latiendo al ritmo de su corazón. En cuanto despuntó el alba, le mandó un mensaje urgente a Mariano:

«Si tienes por casa, bájame un ibuprofeno.»

Ramón sabía de sobra que Mariano guardaba una botica digna de un hospital de campaña, así que era una apuesta segura. Y no falló. En cuanto bajó al coche, Mariano le plantó en la palma media docena de comprimidos de 600 mg.

—Estos son de los buenos, de los que ya no te dan sin receta —sentenció Mariano con aire de entendido.

A Ramón no le hizo falta ni agua: se tragó uno de golpe.

Durante el viaje, colocó la mano hinchada justo delante de la rejilla del aire acondicionado. El flujo helado aliviaba la pulsación e hizo que los kilómetros fueran más llevaderos. Mariano le había prometido parar a mitad de camino para comerse una chuleta en Tudela, y cumplió. Aunque manejar el cuchillo resultó una misión imposible para Ramón y los trozos de carne tuvieron que ser más contundentes de lo habitual, el sabor lo compensó todo. Tras el primer bocado, ambos sintieron una constelación de sensaciones en la boca. Sin duda, el viaje había merecido la pena.

Tras la comida, completaron el trayecto. Mariano se quedó instalado en casa de sus padres y Ramón emprendió el camino de regreso en solitario. Sin embargo, a medida que se aproximaba a su ciudad, la lógica se acabó imponiendo: decidió parar en urgencias. Aquella mano parecida a un guante de boxeo no se iba a arreglar con una simple sindactilia casera.

Tres horas de espera bastaron para hacerle una radiografía y confirmar el diagnóstico: fractura sin desplazamiento en el metacarpo del tercer dedo de la mano derecha.

Mientras le colocaban la escayola, la enfermera le iba dando la cartilla de instrucciones: nada de conducir, nada de trabajar, la mano en alto todo el tiempo posible y cita con el traumatólogo en tres semanas.

Por un momento, Ramón dudó. Había estado conduciendo todo el día con el hueso roto sin mayor problema y ahora, por el simple hecho de llevar un pegote de yeso encima, resultaba que era legalmente incapaz. 

Lo más difícil de todo el día terminó siendo sacar la llave del coche del bolsillo del pantalón con la mano izquierda... Por lo menos el coche estaba limpio.