Cabrón

La primera acepción de la Real academia de la lengua española define así el termino "Cabrón":
1. adj. coloq. Dicho de una persona, de un animal o de una cosa: Que hace malas pasadas o resulta molesto.

Dicho esto... raro es quién no tenga un jefe cabrón. Yo tengo uno de estos. Ya me habían llegado rumores, pero hoy me lo han confirmado. Soy el nuevo y flamante nuevo jefe del área de viales. Cualquiera podría pensar que esto es bueno. Yo no lo veo así.

Para empezar no me he enterado gracias al jefe, sino a la zagala de calidad que me ha pedido mi firma para incluirla en los informes. Tras esta pequeña sorpresa he ido a hablar con el cabrón. Pues no me parece ético firmar cosas que no tengo ni pajolera idea de lo que son. Y segundo y más importante, ¿cómo un puto auxiliar técnico, como yo(por lo menos eso pone en mi contrato), puede firmar informes?

A la primera cuestión ha puesto remedio fácilmente, pero la segunda ya es harina de otro costal. Él está dispuesto ha hacerme contrato de licenciado, pero no me va a pagar las horas extras que me va obligar a hacer. Por lo que me quedaría más o menos como estoy, económicamente hablando.

De momento me quedo como estoy hasta que termine la obra en la que estoy. Pues la perspectiva es que voy a hacer horas por un tubo. Cuando acabé la obra... todo apunta, si no se tuercen las cosas, a cambio de rumbo en mi vida laboral.

Haciendo amigos

Allí estábamos los de siempre, en el lugar de siempre. Echando pintas de cerveza y hablando de cosas banales y otras que no lo eran tanto. El señor Tonel marcaba con el dedo puntos en la diana en una partida que alguien había dejado empezada. De repente salió del baño un fulano que le pidió que no hiciera eso. La partida la había empezado él y quería continuarla después de que nos fuéramos de aquella zona del bar.

El señor Tonel avergonzado por la situación y por haberle destrozado la partida quiso pagársela a aquel individuo. Dijo que no. Que mejor que porqué no echábamos una partida con él. Después de haberle jodido la partida no le podíamos decir que no a aquél pastillero. Amante de los coches potentes tuneados y la música tecno-house.

Tonel, el pequeño Buda y City o Cipri o no sé como dijo que se llamaba. Hacía tiempo que nosotros no jugábamos lo que aquella primera partida en realidad fue un calentamiento, además las dos pintas que circulaban por mi cuerpo habían cambiado mi centro de gravedad lo que provocaba una deriva de mis dardos bastante notable.

El momento critico llegó cuando el señor City, en un alarde superioridad nos "enseño" como debíamos de coger el dardo, apuntar y la lanzar. Me jodió. Como se atrevía alguien que a pesar de tener puntería tenía la precisión en el agujero del culo a darnos clases...

Tras ganarnos la primera partida sin mucha dificultad quiso que echáramos otra (para ridiculizarnos un poco más... supongo). Yo había empezado a segregar algún tipo de hormona que había reseteado mi eje de coordenadas. Mi nueva situación no se hizo esperar. Cerré algún número en la primera ronda y de paso le metí unos cuantos puntos.
Su semblante había cambiando. Yo me empecé a divertir. En ocho rondas había cerrado todo a falta de la diana. En mi vida había jugado así. Me sentía un ser superior delante de aquel patán. Ahora ya no jugaba para ganar, ahora jugaba para divertirse y conocer gente decía entre avergonzado y humillado.

Tras la paliza que le dimos al palizas ese, aun quiso jugar una tercera partida. Le dejamos ganar. Si no lo hacíamos lo más probable es que hubiera llamado a sus amigos matones para que nos dieran una paliza, y no a los dardos precisamente.

Por un perro que mate

Hubo un tiempo en el que yo era una persona más o menos sana. No hacía deporte en exceso, pero al menos me desplazaba por la ciudad de forma saludable. Al principio iba andando a los sitios si no estaban a más de 40 minutos de camino sino cogía el autobús.

Durante mis años de universidad me aburguesé un poco y empecé a desplazarme por la ciudad en bici. Me consideraba un ser superior montado en aquel artilugio capaz de saltarse atascos y llegar siempre el primero a los sitios. Durante siete u ocho años solo tuve dos percances... El coche que me tragué (puto pizzero que se cruzó) y el perro que maté.

Ahora me río de aquel incidente con el jodido yorkshire terrier con lacitos rosas. Pero ciertamente pasé momentos de tensión. Circulaba delante de un autobús de la línea 22 por Anselmo Clavé, a la altura de la vieja estación del portillo, cuando aquella bola de pelo lacio saltó delante de mi rueda delantera. En décimas de segundo valoré la situación.... si freno el autobús me pasa por encima, así que levanté la rueda delantera lo suficiente para pasar por encima del perro sin caerme y mi rueda trasera hizo el resto.

Unos metros más alante paré y empecé a retroceder por a la acera. No llevaba dos pasos cuando una señora con abrigo de pieles, la cara pintada con espátula y unas gafas de sol de paellera se abalanzó sobré mi infiriendo estentóreos exabruptos.

A pesar de mi desgracia fortuna giraba a mi favor. Los hechos habían sucedido delante de la garita del policía que vigila la entrada a una casa cuartel. Él me defendió ante la señora e incluso la amenazó con denunciarla por no llevar el perro bien atado.

A lo que iba. Antes era un ser social que contribuía a la no contaminación usando los transportes públicos y otras alternativas más sanas al coche. Pero algo en mi ha cambiado. Estoy sufriendo un proceso de españolización.... No hace muchos días que tenía que ir al centro. Era una tarde que llovía con fuerza. Era un día de esos que se montan unos atascos monumentales.

Con un par de narices cogí el coche y me sumergí en la circulación de la ciudad. A pesar de todo no me costó mucho llegar, y lo que es más sorprendente... encontré aparcamiento a la primera y en la mismísima puerta. Me sentí como esos que cogen el coche para todo. Esos de los que siempre he protestado y lo seguiré haciendo. De todas formas por un perro que maté todavía no se me puede acusar de nada.

De todo un poco

Hace tiempo que no me subía a este púlpito para dar mi homilía. Han sido muchas las palabras de ánimo que me invitaban a seguir escribiendo, pero esta ha sido una época en la que había perdido mi musa. No sé si la he encontrado de nuevo. ¿Qué mas ? El caso es que aquí estoy otra vez.

Muchas cosas han pasado desde la última vez que escribí. Sin embargo nada ha cambiado. Ya queda lejos en el tiempo el bautizo de mi sobrina. Teníamos que llevar a los padres del aceituno (mi cuñado) a Lérida, para la celebración de dicho sacramento. La hora de salida era las 0930 AM y ya pasaban unos minutos cuando mi padre espetó: "Estos cabrones no serán como su hijo" haciendo referencia al gusto por la tardanza al que nos tenía acostumbrado nuestro queridísimo aceituno.

Lo mejor de todo fue la misa. El cura era un iluminado. Un clon de Jesucristo Superstar. Una sotana con el cuello subido le daba un aire bohemio. Su barba bien poblada y desarreglada camuflaba un micro tipo Madonna que aparecía delante de su boca. Como bien habían dicho las marujas a los críos que allí recibían la catequesis era el tercer domingo de cuaresma así que la estola no podía ser de otro color más que violeta.

El diacono que cocelebraba la misa no se quedaba atrás. Supongo que era diacono porque la estola no la llevaba al cuello, sino que cruzaba su cuerpo como si fuera la banda roja del alcalde. Otro síntoma que delató su posición en la escala jerárquica fue que para leer la palabra de dios el que era el presbítero le tuvo que dar la bendición. No eran estos pequeños detalles los que llamaban la atención de este hombre. La cuestión es que era negro. Un negro que se llamaba Juan Carlos y que leía la palabra de Dios en Catalán. ¡¡Cáscatela!!

Una celebración en Catalán de la que nos enteramos la misa la media (nunca mejor dicho). Pero el espectáculo mereció la pena.

[...]

No sé si recordareis que me habían tirado la moto en el garaje. Pues bien la cosa no se ha solucionado todavía. He tenido que pasar al plan B. Como el fulano causante de todo este desaguisado se ha dado a la fuga y no ha dado señales de vida he tenido que ir a la vía judicial. Así que hice un escrito en la que el vigilante del garaje, quién tanto se ofreció en un principio a testificar en caso de juicio, declaraba lo que había pasado. Se lo bajé para que me lo firmará y ahora va y me dice el muy tontolaba que él iba drogado y que su declaración perdería valor. (Nota mental: Como pierda el juicio denunciar al vigilante en la próxima junta de vecinos) De todas maneras conseguí que me firmará el escrito. Ya veremos que pasa.



Amor de Madre

Al ver la bolsa supe el tipo de regalo que se trataba. Un camisa pensé. Acerté. Era una camisa verde. No era ningún tipo de verde conocido, era difícil de describir, sin duda estaba entre los denominados "colores sexuales". La camisa me gustaba.

Me la había regalado mi madre el día de mi cumpleaños. No soy persona que exprese sentimientos en público y aun así dije que me gustaba mucho. El problema era que a quien no le gustaba era a mi madre, a pesar de haber sido ella quien me la había comprado.

Días más tarde sin haberme dicho nada la cambió. Esta era otra camisa. Otra mucho más formal. Solo para llevar en ocasiones con más "pitican". No digo que sea fea porque es una camisa maja, pero la otra me gustaba más.

Esto no es de ahora. La lucha entre mi madre y mis camisas se remonta a aquella camisa de lunares morados que tuve. Me la escondía en el fondo de los altillos de los armarios para que no me la pusiera. Gracias a aquella camisa obtuve el diploma al más "lolailo" de la clase. Me gustaba, con ella era feliz. Aquella camisa transmitía energía positiva. Todo el mundo que la veía se sonreía y si me conocía se reía un rato con ella. Mi madre no lo entendía, me tildaba de payaso. Sin embargo no le parecían de payaso aquellos tirantes rojos con lunares blancos. Dí que a mi me gustaba llevarlos. Me daban un toque de elegancia y distinción que otros jamás llegarán a conocer.

Si, soy un tipo raro. Llevaba y llevó tirantes. El próximo paso será empezar a usar chaleco, pajarita y sombrero. Todo llegará.

Martes Negro

La semana pasada comenzó como una semana cualquiera. Un anodino lunes precedió a lo que sería un martes sin desperdicio...

El martes me desperté por la mañana con una gran presión intraabdominal. Mis tripas querían reventar. Presto me dirigí al váter y allí una explosión líquida salió de mi ser por la puerta de atrás. Todo presagiaba que aquella no sería la única vez que tendría que ir de urgencia al excusado.

Todavía eran las ocho y media de la mañana y ya regresaba al laboratorio después de recoger las probetas de hormigón del día anterior. Conducía mi furgoneta por la carretera cuando de repente y sin previo aviso salio de la nada una piedra que impactó sobre el parabrisas. No llevaba nadie delante y de frente tampoco me había cruzado con ningún coche o camión. Ignoro si aquella piedra fue un meteorito, un aerolito o un augurio del resto de cosas que me iban a pasar esa semana, de cualquier forma dejó un chinazo de notables dimensiones.

Tras el pequeño susto llegué al laboratorio y me puse a descargar las probetas. Una tras otra las sacaba de la furgoneta. Todo iba bien hasta que fui a levantar la última. Supongo que debido al esfuerzo de levantar aquellos 20 kilos una y otra vez y que el estado de mis tripas no era el óptimo tuve que realizar una frenada de emergencia y dirigirme rápido como un "centollo" al retrete del surtidor. Afortunadamente nada se interpuso en mi camino y no ocurrió ningún tipo de desgracia que hubiera que lamentar. Tiré de la cadena, me lavé y marche.

No había pasado una hora cuando sonó el teléfono. Leí el número que me llamaba. Era mi padre. Algo había pasado. Mi padre nunca me llama. Afortunadamente no había que lamentar ningún óbito. Tan solo me informaba que me pasara por la garita del portero del garaje, pues algún tipo de "desalmadohijodesumadre" me había tirado la moto.

Pasé el resto del día cavilando sobre lo que le podía haber pasado a mi moto. Por fin volví a casa y bajé al garaje, no sin antes tirar de la cadena. Conforme me acercaba a la moto empecé a respirar aliviado al ver que al menos estaba en pie y aparentemente entera. Mi gozo en un pozo. Cuando mis pupilas se dilataron y se acostumbraron a aquella oscuridad pude ver como los dos intermitentes del lado izquierdo estaban rotos, la maneta del embrague doblada y un raspón en el lateral. Me dirigí a la garita del portero del garaje y me contó lo sucedido. Por lo visto un "patati" de la vecindad llegó el sábado por la noche (seguramente con un par de copas, pastillas o rayas de más) y tiró la moto de al lado y esta la mía por efecto dominó. Me dio los datos del fulano y espero que del resto se encarguen los seguros, porque por el momento no he podido contactar con el fulano en cuestión.

Aquella noche, prácticamente obligado por mi madre, cené. Arrocito blanco y un yogur. Tras reposar un poco la cena me fui a dormir. Costaba encontrar la postura. Eructaba una y otra vez y mis tripas hacían ruido algo preocupantes. A las dos de la mañana tuve que salir a sentarme en el trono y ver como fluían de mi ser aquellos torrentes. No serían las dos y media cuando, no satisfecho todavía, volví a aquel trono pero esta vez a aquel río se le unió un afluente. Empecé a vomitar. Una sensación extraña invadía mi cuerpo, era capaz de manar fluidos semilíquidos por dos conductos simultaneamente.

Tras aquella experiencia extracorpórea conseguí conciliar el sueño.


Dolores de espalda

De un tiempo a esta parte he notado como mi espalda ha vuelto a doler. Esta vez de forma distinta. Antes, lo habitual era que doliera por la parte del cuello, pero ahora lo que me duele es la zona lumbar. El motivo lo desconozco pero intuyo algunos que pueden influir severamente en dicha dolencia.

Tal vez tenga algo que ver el levantar cilindrines de hormigón de unos veinte kilos todos los días. Y el hecho de que para hacerlos tenga que tener la espalda doblada supongo que también contribuirá.

La banqueta del piano nunca ha sido una de las mejores aliadas contra los dolores de espalda. La moto y la furgoneta tampoco son buenas compañeras de viaje para estas lumbalgias.

Pero me parece que la mayor culpa de todo la tiene el surtidor. El trabajar en un lugar insano sin siquiera un mínimo (y creo que obligatorio) retrete le hacen a uno buscarse la vida cuando siente la llamada de la naturaleza, y siente esa necesidad interna de hacerla externa.

La solución más práctica que encontré hace ya un tiempo fue el ir a la gasolinera que se encuentra a escasos 300 metros del chamizo en el que cumplo condena laboral.

La gente puede pensar que un baño de gasolinera es un lugar más insalubre que la barriga de una burra paridora, un sitio donde tienes que entrar chapoteando con botas de agua y vas a tener que contener las arcadas para evitar el ensuciarlo más, todo ello acompañado por un hediondo olor capaz de darle un vuelco al estomago más templado.

Afortunadamente para mí esta gasolinera tiene el baño en un estado bastante aceptable. Lo limpian todos los días a las 8 y a las 15. Lo mejor es ir sobre las ocho y media o las tres y media. Pero si los azares del día te conducen a él a otra hora no suele haber problemas.

Y ya que estamos hablando de limpieza os diré que si tenéis que elegir entre dos váteres y uno de ellos tiene la luz encendida tenéis que ir al otro. La gente, como si de un dios se tratara, se dirige siempre hacia la luz, dejando las tinieblas a un lado. Por ello que el más usado, sucio y a veces sin papel es el que tiene la luz encendida.

Bueno a lo que estábamos, mis dolores de espalda. Pues bien para facilitar la ventilación en los cubículos de la gasolinera tienen unos ventanucos en lo alto que siempre están abiertos. Os podéis imaginar la rasca que entra por ahí ahora en invierno. Y claro cuando uno está en determinadas faenas es más sensible a las corrientes en la zona lumbar sobretodo.

Quizá debiera buscarme otro lugar. Pero aquí ya he aprendido algunos trucos, como saber donde guardan el papel o el jabón cuando se acaba. Y ver como evolucionan día a día las pintadas de la puerta es algo que supongo echaría de menos.