Ritmo sinusal

Ramón leyó el mensaje una segunda vez. Después una tercera. Lo había entendido a la primera, pero algunas palabras piden ser leídas despacio cuando llegan desde un lugar que uno lleva un mes anhelando.

En ese mes aprendió que el silencio tiene sus propios sonidos, y que hay días en los que se distrae con facilidad y otros en los que cualquier cosa —una canción, una calle, una conversación, un vaso de agua con gas— lo devuelve a ella.

Sonrió al leer aquello de la admiración, la curiosidad y la ternura. Ella probablemente no sabía cuánto significaban esas palabras. Había llegado a su vida sin avisar y se la había puesto del revés. Le enseñó a querer sin certezas, a disfrutar de lo que ocurre sin exigirle un nombre ni un futuro, a convivir con una incertidumbre que a veces duele y a veces vuelve todo más intenso. Le enseñó a mirar de otra manera, a escuchar más, a dejar que le cambiaran los planes y algunas certezas que llevaba años dando por fijas.

Ramón no sabía qué pasaría cuando ella volviera. Aquel agua con gas podía convertirse en una tarde cualquiera entre amigos, en una conversación que se alarga sin que nadie se dé cuenta, o en algo que ninguno de los dos supiera todavía nombrar. Por primera vez, no necesitaba saberlo. Había cosas que importaban sin necesidad de resolverse.

Ella había dejado huella. Ramón pensó que no hace falta tener a alguien tal como lo imaginaste para que ocupe un lugar importante en tu vida. A veces basta con que esa persona encienda una habitación que llevaba tiempo a oscuras. Ella había encendido unas cuantas.

Sonrió.

—Gracias —murmuró, aunque ella no pudiera oírlo. Por las conversaciones, los silencios, las dudas, las risas. Por hacerme sentir cosas que creía olvidadas. Por recordarme que todavía puedo sorprenderme. Por ponerme la vida cabeza abajo. Y por enseñarme, sin proponértelo, que también se puede querer desde la distancia, desde la incertidumbre y desde la libertad.

Ramón dejó el teléfono sobre la mesa. Quizá ella tuviera razón y como pareja no fuera posible. Quizá sus caminos debían cruzarse de otra manera. Pero una cosa la tenía clara: el lugar que ella terminara ocupando en su vida, nadie se lo quitaría. Un rincón tranquilo y luminoso en algún sitio de su corazón, reservado para recordar a la persona que, sin proponérselo, le puso todo patas arriba.

Silencio, por fin

El aire huele a rastrojo quemado y a sudor rancio mezclado con ginebra barata. Ramón aprieta los dientes tras el cristal del dormitorio mientras, allá abajo, una res de cuernos afilados astilla un barrote de pino antes de que cuatro iluminados, inflados de carajillos y falsa valentía, le hagan un recorte torpe entre vítores. Para Ramón es una atrocidad contra el buen gusto, una salvajada de pueblo cobijada bajo la excusa de venerar al Santo Cristo dos veces al año.

El pueblo ya no es lo que era. O quizás sí, y ese es el problema. Ni la oleada de forasteros urbanitas —entre los que él mismo se incluye, a su pesar— ha logrado refinar la plaza. Ramón mantiene la distancia; habla lo justo con los vecinos y aún siente que se relaciona demasiado. Le irrita el tufo a colectividad, la insistencia con la que intentan imponerle sus dogmas de barra de bar, esa sociabilidad forzada.

Pero lo peor llega con el descanso del sol. Extraña las orquestas de antaño, esos músicos de verdad que articulaban la noche con metales y ritmo. Ahora solo queda un escenario deslucido coronado por un pintamonas al que llaman DJ, saltando detrás de una mesa de mezclas mientras cobra un dineral por darle al play. A Ramón le corroe la envidia: sabe que él tendría diez veces más criterio para sostener la noche, sin necesidad de torturar al personal con graves distorsionados.
Son las tres de la madrugada. El bombo de la disco móvil retumba en su pecho y hace temblar la carpintería de la ventana.

Ramón permanece tumbado sobre la cama, con la mirada fija en las sombras del techo. En su cabeza, la escena se repite en bucle: ve sus propios pies moviéndose en silencio por el callejón trasero de la plaza, esquivando la luz del escenario, deslizándose en la sombra que proyecta el remolque. Imagina el tacto frío del alicate en la mano, la tensión de la manguera negra de corriente y el chasquido sordo del corte. Fantasea con la inmediatez con la que el estruendo se ahogaría de golpe, devolviendo al pueblo el silencio y la oscuridad.

Por fin se decide. Baja, cruza el patio y se cuela entre las sombras hasta el remolque. La manguera está ahí, negra y gruesa. Saca el alicate del bolsillo de la sudadera. Justo antes de cerrar las mandíbulas sobre el cable, oye una respiración a su espalda. Se gira. No hay nadie. Solo el remolque, metálico y mudo.

Vuelve a la manguera cuando un topetazo sacude la puerta del remolque desde dentro. Ramón lo entiende: es el toro de la suelta ensogada de la mañana. Guarda el alicate y saca la cizalla. Corta el candado con torpeza, como si él mismo dudara de lo que está haciendo.

Como si fuera una epifanía, el DJ pincha algo que suena a pasodoble torero. Es la señal.

Ramón abre la puerta del remolque y el toro sale disparado hacia la carpa donde se concentra el tumulto.

Los primeros gritos quedan camuflados debajo de una versión reguetonera de Paquito Chocolatero. La justicia divina parece querer que sea precisamente el concejal de festejos, el hombre que tanto había apostado por los festejos taurinos mientras defenestraba otras áreas de cultura, quien reciba la primera embestida.

El miura lo alcanza de lleno y lo levanta un par de metros por los aires.

Durante un instante, el concejal queda suspendido sobre la multitud. Después cae de punta cabeza contra el suelo.

Y, justo entonces, la música se detiene.

Silencio.

Ramón cierra los ojos.

Por fin.


No era solo nostalgia

 El café de Ramón todavía humeaba en la cocina cuando los tres salieron hacia la vega del río. Leonor y Luna caminaban a su lado, amigas desde el instituto, con ese paso relajado de quien tiene toda la tarde por delante. El agua sonaba cerca. Las ramas crujían con el viento.

Entraron en el parque bajo los olmos. Leonor se paró frente al banco de piedra, medio tapado por la maleza, y soltó una carcajada.

—¿Os acordáis de cuando íbamos al parque de jóvenes a hacer locuras con los novios? No nos importaba ni el frío, ni el cierzo con tal de buscar un rato de intimidad.

Luna se recogió el pelo y no dejó pasar la ocasión.

—¡Y tan locuras! Yo me acuerdo de los lotes que me daba con mi novio del verano del noventa y ocho. Aquellos besos ardientes le inspiraban algo que crecía bajo su pantalón... con él perdía la noción del tiempo.

Ramón caminaba un paso por detrás con las manos en los bolsillos. Sonreía y asentía cada vez que alguna buscaba su mirada.

Leonor y Luna no sabían que Ramón callaba algo. Detrás de ese mismo seto, hacía menos de un mes, él había vivido lo mismo que ellas contaban como pasado. No dijo nada. Dejó que sus amigas se quedaran con su nostalgia y se guardó la suya bajo el sol de la tarde.

Cuando aún no conocíamos el miedo (iii)

 Unas terribles ganas de mear me despertaron en una oscura habitación de hospital. Al momento entró una auxiliar y descorrió las cortinas, dejando entrar la luz de golpetazo.

​—La toilette? —pregunté a aquella mujer con mi francés churrigueresco.

​Como era evidente que no me entendía, probé suerte con un impostado acento galo:

​—À pipi?

​Una expresión de puro alivio inundó su rostro al comprenderme. Salió un segundo y regresó con una de esas botellas de plástico típicas de hospital. «Con las ganas que tengo, me va a hacer falta otra», pensé. Y no me equivocaba: tras casi quince horas sin vaciar la vejiga, la botella se quedó corta. Por suerte, las últimas gotas coronaron justo en el cuello del recipiente. Aquel descanso absoluto desencadenó un sueño profundo del que solo me sacó la llegada del desayuno.

​Allí todo el mundo hablaba francés, así que la comunicación era torpe y a trancas y barrancas. Al rato me cambiaron de planta y me acomodaron en una nueva habitación. Nada más aparcar la camilla, entró una enfermera y, con un castellano que a mí me sonó casi cervantino, soltó:

​—Buenos días.

​—¡Eres española! —espeté con júbilo.

​—No, soy francesa, pero mi marido es argentino y he pasado muchos años allá.

Aquel acento porteño me trasladó a lugar seguro. Seguía estando tullido a cientos de kilómetros de casa, pero el hospital ya no parecía una prisión de alta seguridad. Ahora parecía un lugar del que probablemente pudiera salir, aunque no por mi propio pie.

Cuando aún no conocíamos el miedo (ii)

La ambulancia me llevó al centro médico de Obernai. Allí me metieron directo a la sala de Rayos X. El sitio estaba vacío; parecía que lo habían abierto solo para mí. Al otro lado del vidrio de la cámara de rayos, vi cómo el técnico de emergencias sanitarias que me había llevado hasta allí y la enfermera ponían cara de dolor mientras señalaban en una pantalla lo que aquellas radiaciones ionizantes mostraban de mi maltrecho tobillo.

Con cara de preocupación, salieron del cuarto blindado. Yo no hablaba francés y su inglés no era fluido, pero me dieron a entender que tenían que llevarme al hospital de Estrasburgo porque me tenían que operar y allí no tenían medios.

Me volvieron a meter en otra ambulancia y nos fuimos hacia Estrasburgo. El viaje se me hizo molestamente largo: el dolor empezaba a hacerse intenso y, para mayor de mis males, no había ventanillas por las que mirar. Si por lo menos hubieran puesto la sirena... pero, por lo visto, yo no era una urgencia.

Por fin llegamos al hospital y allí ya estaba Danielle, la gerente del campo de trabajo, con Luis y Javi. Me estuvieron informando de que no me preocupara, que el seguro del campo lo cubría todo. Sinceramente, ni se me había pasado por la cabeza esa cuestión; bendita Seguridad Social española, que nos tenía acostumbrados a despreocuparnos de esas cosas. Por lo visto, cuando salías al extranjero, la cosa era un poco más complicada.

Mientras tanto, ya me habían puesto una vía y sacado unos cuantos tubos de sangre. Después me dejaron en un pasillo, al más puro estilo español, hasta que por fin llegó un médico que hablaba inglés y me explicó la que había liado con mi tobillo: triple fractura. Maléolo interno, externo y posterior... o al menos eso le entendí.

Después pasó a explicarme la anestesia:

—Vamos a pincharte en la ingle tres veces. Notarás cómo se mueve la pierna sola, pero tú no la muevas.

Y por fin pasaron a reducir la fractura para poner las cosas en su sitio. No recuerdo cuánta gente había a mi alrededor: unos sujetándome los hombros, otros la pierna por la cadera, otro por la rodilla y, al final, otro por el pie.

Take a deep breath. We count three and expel. Do you understand? —dijo el doctor con un marcado acento francés.

Oui, c'est moi —dije yo para hacer la gracia.

Un, deux, trois...

Catacrack.

Hizo mi tobillo mientras sentía un dolor intenso, seguido de un profundo relax.

Chapeau —le dije al doctor mientras él me levantaba el pulgar.

Misión para la patrulla canina (II)

Al salir del restaurante, volvimos al coche aparcado a pleno sol. Aquello era directamente un horno sobre ruedas. Ramón arrancó, puso el aire acondicionado al máximo confiando en que el habitáculo se enfriara pronto y, a los dos minutos, ya estábamos de viaje otra vez.

El paisaje era ya otro: habíamos pasado del desierto monegrino a la vega del río Duero. Tanta vegetación abrumaba a aquellos dos turistas de secano. Los kilómetros se consumían entre carreteras en obras y tramos sueltos de autovía. Entre conversaciones tan absurdas como profundas, Ramón y Mariano jugaban a puntuar los nombres de los pueblos por los que pasaban, basándose solo en su sonoridad.

—Hortezuela... —un seis, respondían a coro.

—Bayubas de Abajo... —un cuatro, y eso que el «de Abajo» le había subido un punto la nota.

—Tajueco... ¡un ocho!

Y así pasaron gran parte del camino. Los nervios de Mariano, en cambio, iban en aumento conforme se acercaban al destino. Por más que Ramón intentaba distraerlo con cualquier tontería, Mariano estaba como un miura a punto de salir de toriles.

A última hora de la tarde, cuando el sol empezaba a teñir de dorado los adobes de la plaza mayor del pueblo, aparcaron. Habían llegado. La plaza era el típico recinto castellano: silenciosa, sobria, con una fuente en el centro y el eco lejano de unas cigüeñas. Mariano se peinó en el retrovisor, intentó alisarse las arrugas de la camiseta y respiró hondo. Ramón, satisfecho por haber superado el trance del trayecto, espetó:

—Otro éxito para la Patrulla Canina.

Aunque Ramón no la conocía de nada, distinguió enseguida a la pretendida de Mariano entre la gente. Cómo no, Ramón y Mariano volvían a desentonar y a arruinar la media de edad de este tipo de eventos. El público natural de estos conciertos es siempre el mismo: las abuelas del pueblo y, si por ventura alguna no ha enviudado todavía, se lleva al consorte al lado para rellenar bulto.

Ramón le dio un empujón a Mariano:

—Vamos, salúdala.

Ramón se quedó observando la escena a una distancia prudencial. Ella estaba distraída dando palique a las vecinas más entregadas del público mientras Mariano se acercaba a paso lento y temeroso. De pronto, la chica levantó la vista y entró en cortocircuito. Se le quedó cara de póquer y le preguntó, nerviosa:

—¿Qué haces aquí?

Mariano, encogido y mil veces más nervioso que ella, no consiguió decir ninguna de las ingeniosas respuestas que había ensayado durante todo el trayecto.

—Ya ves... —alcanzó a musitar en voz queda.

Tras la actuación, los invitaron a quedarse a una observación astronómica, amenizada por un saxofonista, que tendría lugar más tarde. Parecía el momento ideal para Mariano, así que aceptaron encantados.

Antes de que Mariano pudiera desplegar todo el encanto que llevaba preparando durante tres horas de autovía y dos de comarcales, la chica se giró y les presentó al cuarto integrante de la reunión:

—Mirad, él es Ramón. Ha venido desde Badajoz solo para verme tocar hoy.

Mariano y Ramón se quedaron congelados. Había un Otro Ramón.

El recién llegado era un tipo sonriente y relajado, con un peinado sospechosamente perfecto y cara de no haber sufrido jamás un ataque de agorafobia en mitad de la nada, ni de haber comido con el miedo de que le sirvieran gato por liebre. Ramón, el conductor, miró a Mariano. Mariano miró a Ramón, y este se limitó a encogerse de hombros. Era una posibilidad que, en el fondo, habían contemplado. Ahora solo tocaba poner la mejor de las sonrisas y seguir picando piedra.

Al final, la noche astronómica dio paso a la despedida y al viaje de vuelta.

Ese trayecto de vuelta se hizo eterno. Ramón sabía que lo del Otro Ramón era una posibilidad que ambos habían contemplado sobre el papel, pero él seguía agarrándose a la esperanza de que el destino le tuviera reservado un guion mejor.

Mariano era el ser más analítico y ortogonal que Ramón había conocido, alguien capaz de despiezar la realidad en esquemas perfectos. Pero bajo esa coraza cartesiana se escondía una sensibilidad enorme, una fragilidad que no sabía procesar este tipo de desengaños hacia dentro: cuando los números de la vida no le cuadraban, Mariano quedaba desarmado.

Mariano no lo estaba pasando nada bien, y sus niveles de ansiedad estaban muy por encima de lo que a Ramón le hubiera gustado presenciar. Nadie decía una palabra dentro del coche; solo la música de la radio lograba amortiguar, un poco, la tensión del camino de vuelta.

Misión para la patrulla canina (I)

Ramón llegó diez minutos antes de la hora acordada a casa de Mariano. Había salido con prisa de la suya porque el bochorno dentro del piso era insoportable y tampoco era plan de encender el aire acondicionado para diez escasos minutos. Aparcó justo en la puerta, bajo la mirada atenta y fija de una mujer desde la acera. Pensó que sería la dueña del coche de atrás y que simplemente estaba fiscalizando que no le destrozara el morro al maniobrar.

Al bajarse del vehículo, Ramón le sonrió con cierta educación y preguntó:

—¿Todo bien?

—Sí, es que estoy aprendiendo a conducir y me fijo mucho en cómo aparca la gente. Usted lo ha hecho muy bien.

Ramón se quedó completamente descolocado. Con un hilo de voz, solo acertó a responder un seco «Muchas gracias» mientras se alejaba a paso ligero para comprar una botella de agua y unos caramelos para el camino.

Poco después, Mariano se subió al coche. Ramón encendió la radio y, como por arte de magia, empezó a sonar Hoy puede ser un gran día, de Serrat. Obviamente no era una casualidad: Ramón lo tenía todo perfectamente calculado, sabiendo que aquello pondría a Mariano de buen humor para lo que se les venía encima.

Hicieron una primera parada técnica para llenar el depósito y emprendieron camino. La primera hora y media por autovía transcurrió sin mayor consecuencia, salvo por los nervios evidentes de Mariano, que necesitaba ir atemperándose para dejar fluir las cosas. En el momento justo de abandonar la autovía, pararon a estirar un poco las piernas.

—Dos solos con hielo y un torrezno —pidió Ramón en la barra sin dudarlo. Sin duda, una combinación destructiva capaz de despejar cualquier atisbo de sueño que pudiera amenazar el viaje.

El trayecto continuó por carreteras secundarias. Intentaron reservar mesa sobre la marcha en los pueblos por los que iban a pasar, pero resultó misión imposible, así que decidieron ir a la aventura. Hora y media más tarde, el hambre apretaba y pararon a comer en un restaurante a pie de ruta.

—¿Tienen reserva? —preguntó la camarera con un marcado e inconfundible acento de los Cárpatos.

—No —respondieron los dos a coro.

Por suerte, aquello no fue un impedimento y los sentaron a la mesa. Les trajeron la carta a toda prisa y, casi sin darles tiempo a mirar, la camarera les recitó de carrerilla todos los platos que no tenían... y también aquellos que ella misma les desaconsejaba. Aquello les llamó poderosamente la atención. ¿Estaría pasada la comida? ¿El cocinero escupiría en los platos? ¿Cocinaban con gatos callejeros? Un mar de dudas asaltó a Mariano; era la primera vez en su vida que un camarero les desaconsejaba activamente pedir la mitad de la carta.

Con el paso de los minutos, el comedor se fue llenando de comensales.

—¿Tienen reserva? —repetía la mujer a cada grupo que cruzaba la puerta.

Con cada nueva tanda de clientes, la camarera se tensaba un poco más. A los que venían sin reserva los despachaba de malas formas; sin duda, la comunicación con el cliente no era su fuerte. Cada vez que servía un plato fuera de tiempo, se escudaba echándole la culpa a «la cocina». Jamás pedía disculpas, solo tiraba balones fuera.

La gente seguía llegando, incluso aquellos que sí tenían reserva, pero ella los recibía a cajas destempladas diciéndoles que tendrían que esperar, que estaba sola y no daba abasto. Estaba completamente sobrepasada y, en vez de ser operativa y sacar la faena adelante, prefería perder el tiempo quejándose.

El momento de pagar tampoco estuvo exento de la espera habitual. La cuenta la trajo rápido y el datáfono también, pero se limitó a posarlo sobre la mesa y desaparecer. Mariano y Ramón fantasearon por un segundo con la idea de hacerse un abono ellos mismos a su tarjeta, pero no sabían cómo manejar el aparato y seguro que requería algún código que desconocían.

Por fin vino la mujer y les cobró. Como remate, les ofreció un chupito que tuvieron que rechazar amablemente: ya habían perdido tres horas para comer y no había ninguna necesidad de regalarle media hora más a un chupito.