Ya era tarde y las cocinas de los restaurantes para comer bien estaban cerradas. La última opción era entrar al McDonald's. Yo no había entrado nunca en uno. Era virgen. Y no de esa virginidad poética que se pierde con una mirada, sino de la auténtica: la del que nunca ha tenido que discutir con una máquina sobre si quiere o no quiere cebolla en la hamburguesa.
—Tú pide —dijo ella, empujándome hacia la pantalla táctil como si yo fuera un escudo humano.
La pantalla me miró. Yo la miré a ella. Fue un duelo de titanes: yo, con mis dedos de carnicero, y ella, con su interfaz diseñada por alguien que claramente nunca había conocido a alguien como yo.
—Toca donde dice "Menú" —susurró ella, como si yo estuviera desactivando una bomba.
—¿Donde dice "Menú"? —pregunté, señalando un icono que resultó ser el de "Ofertas familiares".
—Ahí no, imbécil.
Empezamos a jugar al pinball con los dedos. Yo quería una hamburguesa con queso, ella quería una sin queso, yo quería patatas grandes, ella quería pequeñas, yo quería refresco normal, ella quería zero, yo quería pagar en efectivo, ella quería con tarjeta... La pantalla nos devolvía errores. Errores que no entendíamos. Errores que parecían escritos en un idioma que solo hablan los adolescentes con el pulgar más rápido que el pensamiento.
—Se ha puesto en rojo —dijo ella, señalando la pantalla con el mismo tono que usaría para anunciar un incendio.
—¿Y eso qué significa?
—Que no hemos pedido nada, pero que hemos hecho algo mal.
Un chaval de diecisiete años con gorra al revés nos miró con una mezcla de lástima y desprecio. Se acercó, tocó tres veces la pantalla con una velocidad insultante, y nos dejó en la pantalla de inicio. Como si fuéramos un ordenador que hay que reiniciar.
Fue entonces cuando cedimos. Los dos. Al mismo tiempo.
—Pido lo que tú pidas —dije.
—Pido lo que tú pidas —dijo ella.
Y entonces, por primera vez, la pantalla nos entendió. Porque habíamos dejado de ser dos individuos con preferencias y nos habíamos convertido en una entidad única: dos personas que pedían dos menús iguales porque era más fácil rendirse ante la tecnología que seguir fingiendo que controlaban algo.
Cuando llegaron las hamburguesas, eran exactamente iguales. Ni buenas ni malas. Eran solo... comida. Como el gesto de una máquina que nos decía: "Sentaos y callaos, que ya está bien de tanto drama".
Y allí, en una mesa de plástico que imitaba madera, con nuestras dos bandejas idénticas, ella cogió una de mis patatas fritas y dijo:
—Al menos hemos sobrevivido.
Yo sonreí y robé una de las suyas. Porque, en el fondo, habíamos aprendido algo: Lo importante eran las patatas que desaparecían de la bandeja del otro.