DIA II
Estaban en el pasillo despidiéndose, mientras yo despertaba. Oí como se abría la puerta principal para cerrarse inmediatamente después. Acto seguido fue la puerta del cuarto donde dormía la que se abrió. Apareció ella con una mezcla de camisón y salto de cama de raso que dejaba poco a la imaginación. "Siempre quise despertar así" exclamé. Sin decir nada se me tiró encima, me abrazó y se puso a llorar. Marrón. Aguanté como un campeón. Me limite a abrazarla firmemente y a no preguntar, si me quería contar algo ya hablaría como otras veces había hecho. Así lo hizo. Por lo visto el trabajo la tenía muy quemada.
Tras tres cuartos de hora de mi psicología más elaborada le dije que durmiera un par de horas que ya la despertaría yo. Fueron las dos horas más largas de mi vida. Intenté leer algo pero me resultaba imposible hacerlo gracias a Lua, su gata. Lua era el ser más pesado del mundo. Se me subía una y otra vez a la chepa. Arañaba mi espalda. Saltaba sobre mi. Si la encerraba resultaba inútil, pues había aprendido a abrir las puertas. Valoré la posibilidad del maltrato físico pero igual se mosqueaba la dueña, así que simplemente me vestí y me fui a la calle a ver el mar. Desayuné una tapa de ostras y un ribeiro, y volví a la casa.
Cuando entré ella ya se había despertado. Andaba buscando el móvil para ver donde me había metido. De nuevo me abrazó y me dio las gracias por lo de antes. "Me ducho y nos vamos" musito mientras me seguía abrazando.
La cosa pintaba fea. Pero bueno sólo eran cuatro días. Fuimos a Santiago. Llovía a cantaros, no parecía que fuera a parar. Comimos en un restaurante de los que el camarero te acerca la silla al culo cuando te sientas. A ella le había dado una especie de subidón y no paró de hablar en toda la comida sobre historietas del colegio, sus novios, nosotros, el futuro. Después de comer, bajo la lluvia, fuimos en plan culturetas a un museo. Herramientas de trabajo, costumbres y folclore de hace 80 años o más. De repente ella dijo: "Necesito tomar el aire".
Estaba pálida y no se encontraba bien. Decidí que lo mejor sería llevarla a casa. Como un gentelmen paré un taxi para que nos llevará al coche, ya que llovía y ella no tenía mucha pinta de poder caminar en tales condiciones. Conduje el viaje de vuelta y fuimos a su casa. Insistí que se fuera a dormir y que no se preocupara por mi, que me iría a dar una vuelta por el pueblo.
Un ración de pulpo y una copa de albariño le dije a aquella abuela detrás de la barra. ¡¡¡Prufff... Qué barbaridad!!! Menudo plato pulpo aquello era un regalo de las deidades del mar. La ración era bastante generosa de modo que tardé en acabarlo, aunque en ningún momento superó mi capacidad ni mi ansia de seguir pidiendo semejantes manjares. Pagué y me fui en busca de otro chiringuito. Siguiendo mi filosofía de que cuanto más cutre, mejor. Me metí en un tascucio oscuro. Un ración de berberechos le dije al tabernero. El tabernero era un hombre gordo, de movimientos torpes, calvo y con bigote. A pesar que no haber pedido nada de beber cogió una botella de vino blanco y un vaso y me la puso delante. Cuatro minutos más tarde sacó de la cocina una fuente con carambullo de berberechos. Cielo Santo pensé. Para comerme esto necesitaré beberme la botella entera por lo menos le dije a aquel sin par personaje. Y así fue.
Medio entonado salí del bar en busca de un aire que no estuviera tan viciado como el de aquel sitio. Llegué hasta la playa y me senté. Soplaba un viento bastante frío así que me despejé rápidamente. Allí estuve hasta que el sol estaba por debajo de la línea del horizonte. En aquél momento decidí volver. Para ser un invitado ya era hora de volver. Cuando llegué al portal me encontré a ella y a su novio saliendo del portal. "Nos vamos a urgencias, ¿Te vienes?" Me dijo ella. "No, mejor me quedo, estaréis mejor sin mi" Respondí.
Subí a la casa, jugué con la gata, vi la tele un rato y me fui a dormir.
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Debían ser las tres o las cuatro de la mañana cuando note que se abría la puerta del cuarto en el que dormía. Oí la voz de ella diciendo mi nombre. Abrí los ojos y me incorporé. Ella se sentó a mi lado. "¿Qué te ha dicho el médico?", pregunté. "Tengo estrés paranoico depresivo", respondió. Hice un silencio valorativo para recapacitar su respuesta. Creo que no la había entendido, ignoraba si lo que le estaba pasando era fruto del mobbing laboral o mi presencia allí había cortocircuitado alguno de sus procesos mentales/sentimentales.
Ella había mandado al piltrafilla de su novio a buscar los medicamentos prescritos por el galeno así que me tocó hacer de psiquiatra de nuevo. Cuando volvió se tomó toda la suerte de pastillas que le habían recetado y se metió en la cama.
DIA III
Aquel cócktel de pastillas debían ser una mezcla de calmantes y somníferos pues cuando me levante ella seguía dormida a pierna suelta.
En un principio el plan era ir a las Cíes los tres juntos, pero en aquellas condiciones no podía ser. Condescendiente con la situación le dije a su novio que no se preocuparan por mi, que me dejara la tienda de campaña que me iba yo sólo a las islas y que ya volvería al día siguiente para comer con ellos antes de coger mi tren.
Ante estas palabras comprobé en su rostro cierta cara de alivio al saber que ya no iba a ser un estorbo y presto me dio la tienda campaña y me ofreció el llevarme hasta el barco. "Corre o lo perderás me dijo".
Con cierto nerviosismo baje del tren. Anduve por el andén buscando entre la gente. Esperaba verla en cualquier momento. Mi corazón se aceleraba. De repente noté vibrar el móvil en mi bolsillo, era ella. "No he podido aparcar, sal al aparcamiento que estoy allí" me dijo. Aceleré el paso. Salí. No vi nada. Caminé hacia la salida. De repente oí gritar mi nombre. Me gire. Allí estaba. Eché a correr mientras mis ojos empezaron a hacer un examen preliminar de cómo le habían sentado estos cuatro años.
Había engordado algunos kilos pero seguía espléndida.
Cuando llegué por fin llegué hasta ella nos miramos sin decir nada durante dos segundos. Me quité la mochila, y nos abrazamos. El tiempo pareció pararse. Dos minutos más tarde nos soltamos, nos miramos y sin decir nada todavía, ella abrió el capó del coche y metí la mochila. Al cerrarlo ella me miraba. La volví a mirar y me volvió a abrazar.
Por fin ella dijo en un alarde de imaginación. "Bueno... ¿Qué tal?" Mi respuesta no se hizo esperar, la había estado ensayando durante cuatro años con distintas mujeres de mi alrededor. "Mucho mejor ahora que estoy contigo". Sonrío y dijo: "No has cambiado nada".
Una vez dentro del coche empezamos a contarnos un poco nuestras vidas, peripecias y aventuras. En realidad ella hablaba más que yo, pues su vida había estado llena de sobresaltos.
- Esta noche yo trabajo pero le he dicho a Toño que irás a cenar con él-
- ¿Quién es Toño? - pregunté temiéndome lo peor.
- Mi novio.
What the fuck!!! Me había cruzado la península ibérica y ahora me dice que tiene novio. Mi cara de tonto debía ser épica. Por lo visto habían estado ya juntos anteriormente y después de varios escarceos amorosos del uno y del otro habían vuelto a reanudar su relación. - Mientras vivan separados no todo está perdido, pensé. Craso error. Vivían juntos, vaya por Dios. De todas formas me había estado preparando psicológicamente para encontrarme aquella situación, así que no supuso más que otro taxi con el cartel de ocupado. Ya pasará alguno libre.
Llegamos a su casa. Abrió la puerta y rápidamente salió del interior un gato. Todo parecía torcerse, ya que mi amor por los animales de compañía nunca fue manifiesto.
Dejé mis cosas y decidimos salir a comer.
Sin dejarle tomar iniciativa decidí rápidamente ir a tapear. Es decir, pedir raciones de marisco regadas con vino del lugar. Ya que me había cruzado el país entero para ver a un chica con novio al menos comería lo que me apeteciera. Y así fue.
Aquella tarde la dedicamos a dar paseos en barco de un lado al otro de la ría. E hicimos la reserva el camping de las islas donde nos conocimos, Las Cíes. A pesar de todo fueron unas horas bastante intensas. La barandilla de aquellos barcos era un lugar ideal para sincerarse.
Por la noche ella trabaja, así que me dejó al cuidado de su novio como había previsto. Las presentaciones fueron escuetas. No sé que podría haber visto ella en semejante piltrafilla. Así es el amor... Pero bueno me hice fuerte y decidí aguantar al fulano con la mayor simpatía que me fuera posible, de todas formas el que estaba de intruso en su casa era yo.
Me llevó a cenar a un asador que tenía buena pinta. Al menos el fulano no tenía mal gusto. Yo no me pensaba privar de nada, así que me pedí un buen chuletón, mientras él encargaba a la camarera una pizza calzone... Mis sospechas de que era un gili se seguían confirmando. La conversación durante la cena fue de lo más variada. Economía, universidad, situación sociopólitica del país y de las comunidades, Fraga y otros dinosaurios, las ingles, importancia de las ingles, las ingles en la historia...
Yo estaba cansado del viaje así que nos fuimos pronto a dormir. Cada uno en su cama.
Que mente preclara habría tenido la idea de cortar el agua en el momento más jabonoso de la ducha matinal de Ramón. Poco a poco el gran chorro con el que le gusta exfoliarse se iba convirtiendo en un fino hilo de agua. En un ridículo intento Ramón intenta aclarase. Tan solo consigue sacar más espuma.
- En la nevera tengo unas botellas de agua - piensa Ramón mientras sale de la ducha chorreando agua y jabón. - Esto no será muy distinto a aquel campo de trabajo en Estrasburgo dónde usábamos una regadera para ducharnos... -
- Joder que fría. Recristo!!! ¿Quién me mandaría bajar el termostato de la nevera?

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- ¡Van a llegar tarde... cómo las grandes divas! - Dijo la mujer del sombrero en un intento vano por relajar el ambiente.
- A mi una vez me lo hizo Shakira, llegó 40 minutos tarde. Desde entonces le puse una cruz - Siguió diciendo.
Ramón podía notar como la vena del cuello de una de las "divas" se iba hinchando. Ella no había abierto la boca pero Ramón sabía que si lo hacía no sería para decir nada bueno. Ramón necesitaba abstraerse de aquella incomoda situación. Subió la radio y pisó el acelerador.
Ni así consiguió hacerla callar. Esta vez el pretexto era la bacheada carretera combinada con la velocidad.
- Esto parece la montaña rusa. -Nadie le hizo caso, la música estaba lo suficientemente alta para que pareciera que no la habíamos oído. Le habíamos hecho el vacío.
Ramón había cumplido su objetivo. Habían llegado a tiempo a pesar de la compañera de viaje. ¡Cómo podía ser que ayer hubiera venido aquí y no recordara el nombre del pueblo! Otra vez la incompetencia había rodeado a Ramón. Parecía tener un imán para ese tipo de personas. Por experiencia sabía que era inútil razonar con ellas.
-Dónde coño se habrá metido esta tía, se podría haber quedado a ayudar- pensó Ramón.
-Quizá así me evito tener que aguantarla - Se respondía a si mismo.
Prácticamente no la volvió a ver hasta la hora de volver. Su petulancia seguía intacta. Llevaba un vaso semitransparente de plástico y con una tapa de la que salía una pajilla para sorber. En un interior se adivinaba lo que podía ser un café con leche. A Ramón le parecía un poco asqueroso, estaba convencido que aquella semitransparencia era debida al uso repetido del mismo sin un lavado intermedio.
- Ya le podría haber dado un agüica la marrana ésta. - Los pensamientos de Ramón se veían interrumpidos por su estridente voz.
- Mi trabajo aquí ha sido un éxito. He ido puerta por puerta sacando a la gente de su casa para que viniera al concierto. - Afirmaba presumida.
Ciertamente había gente, pero Ramón dudaba de aquellas palabras. El camino de vuelta fue directo. Sin rodeos. Ya sólo faltaba una cosa. La única razón por la que no habíamos abandonado en la cuneta a la mujer del sombrero. Nos tenía que pagar...
- Ya disculparán pero no les puedo pagar porque no he traído la tarjeta. Si no les importa podemos quedar mañana y les abono sus honorarios, lo único que traje es el cheque del chofer...
Ramón volvía a sentir el palpitar de las arterias carótidas de las "divas" que educadamente quedaron con ella para el día siguiente. Al menos él había cobrado.
Ya sólo faltaba ella. No la conocíamos y sin embargo teníamos que confiarle nuestro sino. Ramón no tolera la gente impuntual. Al menos tenía buena compañía. Por suerte no tarda en llegar. Antes de que se presentara Ramón ya le había pasado su escaner con el siguiente resultado:
Mujer con sombrero. Nulo sentido del ridículo y aires de diva. Probablemente de un país de costumbres poco evolucionadas. Un toque de pija-gilipollas sabelotodo. Y sobretodo ignorante. Claramente una subespecie alóctona.A Ramón le gusta escanear a la gente y comparar sus resultados con la realidad. Rara vez se equivoca.
Tras la presentaciones de rigor emprendemos viaje. El destino había sido prefijado con anterioridad y confirmado por la del sombrero. Aquella pregunta había hecho pensar a Ramón:
- ¿Vamos a volver por el mismo sitio? - Preguntó la mujer con sombrero.Algo inquietante que no quería o no se atrevía a decir estaba pasando. Los kilómetros pasaron y llegamos a nuestro destino. Atravesábamos las estrechas calles intentando llegar a la iglesia. Sobre la marcha Ramón baja la ventanilla, aminora la velocidad y le pregunta a un aldeano:
- Si, pero si quieres hacer turismo puedo volver por otro camino. - Responde Ramón.
- No... bueno. Luego, cuando lleguemos ya te diré... -
- ¿A la iglesia? -Ciertamente ya estábamos allí. Según aparcábamos junto a la iglesia el aldeano había llegado a nuestra altura y como un espectro orbitaba alrededor del coche. El escaner de Ramón había vuelto a funcionar.
- Recto hasta la plaza - Le dice -
Aldeano con gorra y gafas de hipermétrope. Sin duda le falta un hervor. Parece que en su vida a visto a tres mujeres juntas dentro de un coche. Tiene buena voluntad pero esconde algo de malicia.Ignorando al aldeano Ramón percibe cómo cierto nerviosismo se apodera del coche.
- Pues esto no me suena - decía la mujer del sombrero mientras Ramón se temía lo peor.Yo hace un rato que habría llamado piensa Ramón... Sus sospechas se confirmaban. Aquel no era el lugar. La toponimia no era tan nimia como parecía. Al menos estábamos dentro del mismo valle.
- Es esta la iglesia en la que hay un concierto esta tarde- Preguntó Ramón diplomáticamente al aldeano.
-Bem! ¿Un concierto...? ¿Aquí..?- Exclama resoplando...
- Cómo no sea en la ermita... pero m'habría enterao !!! -Replica.
- ¿Y el bar de Pili y Manuel? - Pregunta inquisitivamente la mujer con sobrero.
- Va a ser que aquí no es...
- Espera que voy a llamar por teléfono a la alcaldesa- Dice la del sombrero.
La tensión era obvia. Cualquiera en tamaña situación hubiera abandonado en la cuneta a la mujer del sombrero o mejor aún la habrían dejado a merced del aldeano. Nuestra educación lo impedía aunque no era por falta de ganas...
Ramón sabía que llegarían a tiempo.
Et nolite iudicare et non iudicabimini. Lc 6, 37.
El joven Luis ya tiene edad para ir a la obra a ayudar a su padre. Acarrear la ladrillos y amasar mortero son sus funciones. Algún día será albañil. El cementerio se ha quedado pequeño y hay que hacer más nichos para los nuevos inquilinos. Son tiempos de guerra y la población de finados aumenta rápidamente.
Tras la comida el joven Luis tiene la necesidad de echar una siesta. Es verano y hace calor. Así que el lugar más fresco que encuentra para descansar es dentro de los nuevos nichos. Seguro que aquí nadie me molesta, piensa el joven paleta mientras sube por la escalera hasta la quinta fila de nichos...
El cansancio y media bota de vino hacen a Luis dormir plácidamente hasta la oscuridad de la noche. Una ligera resaca lo tiene abotargado. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Se pregunta. Se arrastra hasta la boca del nicho, mira a su alrededor y entre la oscuridad observa que la escalera ya no está.
- Cagüen el copón - Exclama Luis.
- A ver como bajo ahora de aquí. -
Había pasado un rato cuando de repente una melodía silbada alerta a Luis. Parecía el guarda haciendo la ronda. Estaba salvado. -Eh sácame de aquí que quiero bajar - Espetó Luis silenciando el silbido. -¡Que estoy aquí!- Gritaba esperanzado.
Al oír los gritos el guarda había salido despavorido. Sin duda no estaba preparado para estas apariciones.


