¿Cómo ha quedado el partido?

Las personas tenemos una curiosa obsesión por poner nombre a las cosas antes de que pasen.

Necesitamos saber si aquello es amistad, compañerismo, interés, un café, una cena o una cita. Como si el nombre pudiera cambiar la experiencia.

Cuando alguien dice: "Tenemos que quedar", mi cerebro empieza a calcular probabilidades. Si la conversación ha sido agradable, quizá un café. Si además hemos compartido coche durante tres días, igual una cena... algún día. Sin prisa. La estadística juega a mi favor.

Eso pensaba yo.

Hasta que apareció una mujer roba olivas dispuesta a destrozar mi modelo matemático.

La conversación fue sencilla.

Primero llegó la propuesta de salir más. Después una invitación a comer o cenar.

Y, casi sin respirar, una aclaración: "Pero que sepas que no sería una cita".

Me llamó la atención. No porque me decepcionara. Al contrario. Me fascinó el orden de los factores.

Primero se construye el puente y, antes de cruzarlo, alguien coloca un cartel explicando que aquello no es un puente.

Supongo que todos hacemos eso alguna vez. Nos apresuramos a definir las cosas porque creemos que así serán más fáciles de gestionar.

Yo, con mi espontaneidad habitual, decidí ser sincero: "no me habría importado que lo fuese".  El comportamiento habitual del universo hubiera sido un prudente compás de espera. El tiempo necesario para que las palabras reposaran.

Pero el universo, cuando quiere reírse de uno, tiene un sentido del humor excelente.

Dos horas después ya había una mesa reservada para la noche siguiente.

No sé si era una cita. Tampoco sé si no lo era.

Lo único que sé es que mi teoría sobre las no citas ha durado exactamente dos horas. Hay hipótesis científicas que han sobrevivido siglos. La mía ni siquiera llegó a la hora de la merienda.

Read more »

La falacia del jugador

 Íbamos camino del bar después del taller de canto cuando apareció una matrícula con un 69.

Fue suficiente.

Una compañera que caminaba a nuestro lado se quedó mirándola como quien acaba de recibir una señal del universo. 

—Es que el 69 me persigue.

Y empezó el inventario:

Sus tres coches habían llevado un 69 en la matrícula, había nacido un 6 de septiembre del 69, vivía en el número 6, en un noveno piso.

Recordó que su primer dorsal en un concurso también había sido el 69. Que una habitación de hotel donde pasó una de las mejores noches de un viaje terminaba en 69. Que incluso el recibo del café de aquella mañana acababa en... bueno, ya os lo imagináis.

Tras una infame enumeración de coincidencias empezó con su interpretación:
Que si el 69 simboliza el equilibrio, que si representa el yin y el yang, que si es la unión de las energías opuestas, que si el universo utiliza los números para enviarnos mensajes.

Nosotros asentíamos con esa educación que se reserva para quien está claramente disfrutando de su propia historia.

Pero, siendo sinceros, ninguno estábamos pensando en el equilibrio cósmico. Todos teníamos exactamente la misma sensación, lo que le hacía falta era menos teoría y más práctica.

Virgen en el templo del arco dorado

Ya era tarde y las cocinas de los restaurantes para comer bien estaban cerradas. La última opción era entrar al McDonald's. Yo no había entrado nunca en uno. Era virgen. Y no de esa virginidad poética que se pierde con una mirada, sino de la auténtica: la del que nunca ha tenido que discutir con una máquina sobre si quiere o no quiere cebolla en la hamburguesa.

—Tú pide —dijo ella, empujándome hacia la pantalla táctil como si yo fuera un escudo humano.

La pantalla me miró. Yo la miré a ella. Fue un duelo de titanes: yo, con mis dedos de carnicero, y ella, con su interfaz diseñada por alguien que claramente nunca había conocido a alguien como yo.

—Toca donde dice "Menú" —susurró ella, como si yo estuviera desactivando una bomba.

—¿Donde dice "Menú"? —pregunté, señalando un icono que resultó ser el de "Ofertas familiares".

—Ahí no, imbécil.

Empezamos a jugar al pinball con los dedos. Yo quería una hamburguesa con queso, ella quería una sin queso, yo quería patatas grandes, ella quería pequeñas, yo quería refresco normal, ella quería zero, yo quería pagar en efectivo, ella quería con tarjeta... La pantalla nos devolvía errores. Errores que no entendíamos. Errores que parecían escritos en un idioma que solo hablan los adolescentes con el pulgar más rápido que el pensamiento.

—Se ha puesto en rojo —dijo ella, señalando la pantalla con el mismo tono que usaría para anunciar un incendio.

—¿Y eso qué significa?

—Que no hemos pedido nada, pero que hemos hecho algo mal.

Un chaval de diecisiete años con gorra al revés nos miró con una mezcla de lástima y desprecio. Se acercó, tocó tres veces la pantalla con una velocidad insultante, y nos dejó en la pantalla de inicio. Como si fuéramos un ordenador que hay que reiniciar.

Fue entonces cuando cedimos. Los dos. Al mismo tiempo.

—Pido lo que tú pidas —dije.

—Pido lo que tú pidas —dijo ella.

Y entonces, por primera vez, la pantalla nos entendió. Porque habíamos dejado de ser dos individuos con preferencias y nos habíamos convertido en una entidad única: dos personas que pedían dos menús iguales porque era más fácil rendirse ante la tecnología que seguir fingiendo que controlaban algo.

Cuando llegaron las hamburguesas, eran exactamente iguales. Ni buenas ni malas. Eran solo... comida. Como el gesto de una máquina que nos decía: "Sentaos y callaos, que ya está bien de tanto drama".

Y allí, en una mesa de plástico que imitaba madera, con nuestras dos bandejas idénticas, ella cogió una de mis patatas fritas y dijo:

—Al menos hemos sobrevivido.

Yo sonreí y robé una de las suyas. Porque, en el fondo, habíamos aprendido algo: Lo importante eran las patatas que desaparecían de la bandeja del otro.



Pequeña liturgia

La historia no terminó con la oliva.

Continuó con las patatas.

Eran de esas patatas fritas congeladas, tiesas, obstinadas, con la textura del corcho y el entusiasmo de un lunes por la mañana.

No tenían nada extraordinario.

Y aun así, seguías robándomelas.

Las hundías en el tomate de tu plato como si aquel ritual obedeciera a una ley antigua, una de esas que nadie escribe y que, sin embargo, todo el mundo cumple.

No era hambre.

De eso estoy seguro.

La Oliva


Alargaste la mano y con descaro 
robaste una oliva de mi ensalada como quien sabe que hay confianzas que no se piden, se toman.

La escondiste entre los labios, me guiñaste un ojo y por un instante,
el mundo fue exactamente del tamaño de aquella aceituna.

No sentí que me quitaras nada.

Al contrario.

Descubrí que hay placeres que solo existen cuando dejan de ser de uno.
Que una oliva sabe mejor cuando empieza a ser un recuerdo.


Sí, Sí y SÍ

Un impulso primario le había llevado a casa de Ramón. La casualidad había
querido que éste todavía no hubiera llegado. Así que Eme se resignó a esperarlo  allí mismo, en la puerta del portal de su casa. Todavía no llevaba cinco minutos cuando de la nada salió una vecina del patio.

-Hola, ¿vas a casa de Ramón?

-Si- respondió Eme intimidada por un acoso tan directo 

-Pues tengo un vestido que seguro que te queda genial y sé que a Ramón le va a encantar- Interrumpió la vecina.

Esta tía está chiflada, pensó Eme mientras sonreía epatada por lo inesperado de la situación.

-Sube conmigo, te lo pruebas y decides lo que sea.

 [...]

Ramón había recibido un enigmático mensaje de la loca de su vecina. -Ponte guapo!!- Ella no era su tipo pero tampoco estaba para rechazar a nadie, así que rápidamente se arregló la barba y se metió directamente a la ducha. Pantalón de pinzas, camiseta friki y americana. Nada podía salir mal. Aún no había cerrado el bote de desodorante cuando sonó el timbre...

Ramón abrió la puerta y allí estaba Eme, deslumbrante. Un vestido rojo de escote asimétrico que terminaba en una falda por encima de las rodillas, dejando a la vista unas largas y morenas piernas estilizadas por unos tacones a juego con el vestido. 

-Una diosa del infierno ha venido a verme- Espetó Ramón 

Eme sonrió sonrojada mientras respondía: -Persephone ha venido a ver a Adonis"-

-Touché- dijo Ramón entre risas -pasa mujer no te quedes ahí-

Ramón aún no había terminado de cerrar la puerta y Eme ya tenía el vestido por los tobillos.

- Necesito una ducha para quitarme este olor a rancio mezclado con naftalina que tiene este vestido. ¿Hay toalla en el baño? 

¡Tienes una vecina que está como unas maracas! ¿Lo sabías? ¿Te duchas conmigo? - Espetó Eme sin apenas coger aire.

- Sí, sí, y SÍ - Respondió Ramón. 


La señora Consuelo

 Consuelo es la vecina de debajo de casa de los padres de Ramón. Típica vecina metomentodo que de todo sabe, de todo opina, de todo protesta y de todo critica. Hará unos meses que su marido había fallecido. Nunca supe cómo se llamaba aquel tipo. Era un hombre apocado que vivía a la sombra de su impertinente mujer. 

Esta mañana, en la carnicería, "La Consuelo" se ha acercado a la madre de Ramón y le ha confesado con cierta congoja y angustia que por las noches cuando el silencio se apodera de su casa puede oír un resuello. "Mi marido sigue ahí" espetaba entre sollozos...  

Quitándole hierro a la psicofonía le ha respondido:
    - Bah, no te preocupes, con la cantidad de gente que se ha muerto en el portal el último año... puede que sea cualquier otro vecino.