A media tarde

 - Buenas tardes mi nombre es Antonia y le llamamos del servicio de calidad de Jazztel, ¿Sería tan amable de atendernos unos minutos?
- Hombre cuanto tiempo sin hablar con ustedes, ya les echaba de menos...
(Silencio valorativo)... Detecto cierta ironía en sus palabras.
- ¿Sólo cierta? He intentado que fuera una notable y completa ironía. De todas formas vamos al grano. Quiere que le dé mi dirección para saber qué servicios de fibra óptica pueden ofrecerme. ¿verdad?
- Veo que conoce nuestro procedimiento, no le molestaré más.
- Muchas gracias y buenas tardes Antonia.

Los bolos

El pequeño Ramón no entendía porqué estaba allí. Se lo habían vendido como una fiesta sin par pero aquello le parecía un autentico coñazo. Estaba en una parcela bajo un puente de la autopista. Llena de gente desconocida que hablaban una lengua distinta. Que clase de raza superior era aquella que habían sido capaces de engendrar tanto individuo con un cromosoma extra en el par 21. Hoy en día lo políticamente correcto sería decir que tenían síndrome de Down. Por aquel entonces simplemente decíamos que eran subnormales.

Sacos llenos de avellanas servían de improvisado escondite mientras "los mayores" se ponían tibios de comer y beber. A lo lejos se oía al señor B, algo entonado, animar a los asistentes con una versión en español de los Animals... 

Al pequeño Ramón le habían encomendado la tarea de "jugar" con aquellos extracromosómicos. Menudo marrón. Un juego de bolos de plástico era el único juguete disponible, pues el uso de la imaginación con aquellos individuos estaba fuera del alcance del joven Ramón. 

La primera tirada consintió Ramón en que la  tirara R. Una chica especial con unos 15 años más que él. El haber fijado las normas en un principio había sido completamente banal. Tras el primer tiro empezó a gritar con el fin de que le diera otra vez el bolo para volver a tirar. Encima la jodida tenía puntería y allí estaba el pequeño Ramón colocando una y otra vez los bolos y yendo a buscar la bola una y otra vez...  


Ya lo dice el refrán: ¡Tonto, tonto! ¡Mierda, Mierda! Aquello no podía seguir así. Por suerte para Ramón, R no hablaba un idioma legible (al menos para él) solo gritaba como una energúmena cuando tardaba en darle la bola... Así que Ramón decidió terminar con aquel juego infernal. Una vez fue a buscar la bola, miró a un lado y a otro asegurándose que nadie mirara. Y decidió lanzarla a unas zarzas próximas. 

De repente todo el mundo calló, sólo se oía el ruido de la autopista y a R gritando como un cerdo el día de la matanza. Señalaba al pequeño Ramón y hacía un gesto imitando el lanzamiento de la bola. Afortunadamente sólo él pareció entenderlo. Rápidamente llegó la que debía ser la madre de la trisómica.

- ¿Que ha passat? - Le preguntó a Ramón. 
Con cara de no entender respondió éste con sorna.
- No, mi padre tiene un Citroën BX, no un passat...
- No, que ¿Qué ha pasado? - Replico en el idioma de cervantes esta vez.
- No sé. Ha tirado la bola a esas zarzas y se ha puesto gritar así...

Semblanza

Su madre entró en la estancia. Una mezcla de sudor y alcohol inundaba la habitación. Allí estaba su hijo. Tirado en el suelo.  Con la goma todavía en el brazo, la aguja colgando y un charco de babas en el suelo. Con ojos tiernos ella exclamó ¡Míralo, tiene la misma cara que su abuelo cuando se quedaba dormido en el sofá!

Aquellos dolores de espalda le habían llevado hasta allí. Sabía que aquella visita al masajista acabaría siendo una aventura de este blog. En su afán de probar cosas nuevas Ramón llamó al primer masajista que encontró en Internet y que no ofrecía un final feliz. Ramón siempre había pensado que lo de pedir referencias estaba sobrevalorado. Además estaba cerca de su casa.

Nada más aparcar ya se había dado cuenta del percal. Era un típico chalet adosado en los alrededores de un pueblo. Un hombre calvo y gordo salió a recibirlo. Entraron a la casa, era un vivienda familiar, nada que se le pareciera a la consulta de un fisioterapeuta, juguetes de niños por el suelo y una escopeta de perdigones encima de un sofá cubierto por un colcha vieja y sudada a modo de funda. Extraña combinación para un lugar en el que parecían habitar niños.  Un extraño olor a rancio mezclado con bayeta inundaba el ambiente.

Este es el lugar perfecto para un secuestro. Seguro que este tío tiene un sótano con un zulo oculto lleno de restos de cadáveres. Fantaseaba Ramón en su cabeza.

- Subamos arriba que estaremos más cómodos. - Sugirió el supuesto masajista.
Aquella frase no le sonó nada bien a Ramón, mientras hacía memoria del anuncio de Internet donde ponía explícitamente que no eran masajes happy ending.

Subió delante por unas escaleras estrechas que terminaban en una puerta,  al abrir la puerta un taquillón barato de aglomerado contrachapado dificultaba el paso. Sin duda aquello era una ofensa atroz al buen gusto y la geometría.

-La primera a la izquierda- dijo el masajista.

Ramón abrió la puerta y rápidamente analizó el entorno. En la pared había colgados tres diplomas. En una lectura rápida confirmó su teoría. El fulano en cuestión había hecho un par o tres de cursos de no más de  80 horas y se había comprado una camilla para dar masajes. Un pequeño sobresueldo en B para completar su economía. A juzgar por el Mercedes aparcado en la puerta no le debía ir del todo mal.

- Me dijiste que te dolía la espalda. ¿No? -
- Si, así es. Pasó muchas horas sentado y la vida sedentaria no ayuda - Respondió Ramón.
- Bueno pues haremos un completo de espalda y veremos que tal va.

Aquello no se parecía a los masajes que le habían dado otras veces. Anteriormente el deshacer las contracturas le había causado dolor. Esta vez todo era muy suave. Ramón no confiaba mucho, pero le dejaría hacer.  El calor era prácticamente insufrible, la canícula había llegado pronto y el aire acondicionado brillaba por su ausencia. Ramón no estaba a gusto. Probablemente potenciado por el calor Ramón no tardó en notar cierto olor cada vez que el masajista pasaba de un lado a otro de la camilla. Aquel olor apuntaba a que el fulano no se había cambiado de gayumbos en unos días. Una mezcla a orines, sudor y aceites de masaje. Sin duda algo repugnante. 

El calor apretaba y aquello empezaba a ser incomodo. De repente notó una sensación que no era del todo desconocida. Había caído una gota de sudor sobre su espalda.... WTF!!! El masajista pasó la mano por encima en su masaje y continuó como si nada. El goteo de sudor continuo hasta el final del masaje. 

-Bueno pues esto ya está, mientras te vistes voy un momento al baño- Dijo el masajista mientras abandonaba la habitación apresuradamente. 

Ramón se levanto de la camilla. El papel que cubría la camilla para evitar tumbarse sobre el sudor del anterior estaba empapado y se había pegado y enredado a los pelos de su pecho... 

- 20 euros me dijo por teléfono verdad...
- Si eso es. Quieres que te dé cita para la próxima semana- Respondió el masajista.
- No te preocupes, ya te llamaré yo. Ando muy liado con el trabajo y no sé cuando podré hacer un hueco para venir - Mintió Ramón. Como experiencia para contar había estado bien, para repetir... no tanto.

Amistad

Aquella palabra estaba completamente sobrevalorada. Seguramente no sería la única cosa que le incomodara pero a Ramón le rechinaba sobremanera que le llamaran "amigo". Su concepto de amistad estaba más allá de ir a tomar cervezas con alguien. Eso es fácil. Lo puedes hacer con cualquiera. Para Ramón un amigo es aquel que el día de tu mudanza está a las ocho menos cinco de la mañana tomando café en el bar de debajo de tu casa con la furgoneta aparcada en la puerta dispuesto a cargar tu lavadora y ese colchón donde solo Dios sabe lo que habrás hecho encima de él. 

Sinfonía número 8.

Cada día despertaba con la ilusión de conocer el final de la historia. Aquella bloguera que lo tenía enamorado había cautivado su atención una vez más. Posibles finales inundaban su imaginación. Buscaba una respuesta al tormento desatado por aquel relato inconcluso. Ignoraba si tal desesperación le había provocado la crisis biliar de aquella noche...  las bravas nadando en mayonesa y picante de la cena seguro que no tuvieron nada que ver. 


Al menos aquella angustia le había despertado una necesidad que últimamente había perdido... ¡escribir!. Aunque fueran cuatro lineas.


Viejos amigos.

Hacía ya más de 7 meses que no hablaba con ella y más de 10 que no la veía. Por algún extraño motivo mi relación con ella no había acabado bien. Como en otras muchas ocasiones le echaron la culpa al mensajero. En este caso el mensajero era yo.

Sentí vibrar el teléfono en el bolsillo de mi pantalón. Alguien me llamaba. Era ella. ¿Que querría de mi? pensé. En su último mensaje prácticamente me mandaba a la mierda y me defenestraba como amigo. Con decisión respondí a su llamada como si no supiera quien me llamaba. Me hice el sorprendido y estuvimos un rato hablando, evitando continuamente el motivo por el cual habíamos perdido el contacto.
En un momento dado me hizo la típica invitación sin fecha que se hace por quedar bien. 

 ¿El sábado que viene te parece bien? Así te enseñaré la moto que me he comprado.

Mi iniciativa le cogió por sorpresa, no tuvo tiempo de inventar una excusa así que aceptó. Además el que tenía que viajar era yo.

Aquel día me levante tarde, puesto que había estado tomando unas (demasiadas) copas con mis amigos la noche anterior. Además ella vivía a no más de una hora de viaje. Me puse el casco y partí con mi moto a ver a aquella chica que durante mucho tiempo fue mi amiga. 

Había llegado a mi destino, crucé el río y la llamé. Ignoraba donde estaba su casa y no conocía la ciudad. Sin respuesta. Me cagüen todo lo que se menea, pensé. Insistí y volví a llamarla. Sin respuesta. Me senté en un banco con la esperanza de que viera mis llamadas perdidas y me llamará. 

Pasé el rato contando coches. Cincuenta y tres coches blancos y siete autobuses más tarde empezó a sonar el teléfono. Era ella. ¿Dónde estás? me preguntó. Pues ahora voy a buscarte. Así que seguí esperando un rato más. Esos fueron los momentos de mayor angustia. Deseaba sobremanera que viniera sola, así podría hablar con ella con más tranquilidad y libertad. 

Por fin apareció un coche, paró frente a mi y bajó ella. Casi sin fijarme en ella dirigí mi mirada al conductor. Sus rasgos situaban su origen en el sur de América cerca del ecuador. La miré y me dijo:  es Johnny. Le dí la mano a través de la ventanilla y se fue. 

Entonces sí la que miré con la máxima atención posible. De abajo arriba y de arriba a abajo. La energía de su cuerpo se concentraba en un ombligo que lucía con esmero. Como si de un centro de simetría se tratase dividí mi atención en lo que había por encima y por debajo de aquel ombligo adornado con un pendiente. Por debajo de este aparecía una falda que no era mucho más grande que un cinturón ancho dejando ver sus morenas piernas. Por encima de su ombligo una camiseta de tirantes con un generoso escote que daba poco pie a la imaginación.

Tras un resoplido de valoración tomé aire y le dije haciendo mía la frase de un amigo: "Estoy profundamente enamorado de ti". Se echo a reír. Me abrazó. 

Fuimos a tomar algo y hablamos. Hablamos de su ex-novio y la actual pareja de este. Motivo por el cual habíamos perdido nuestra relación. Hablamos de Johnny su "chico" ecuatoriano. Hablamos del trabajo, la vida y la muerte. Mi dialéctica no era fluida y es que aquella minifalda me atascaba. Le veía muy entusiasmada con su nuevo amor. 

Poco después llamó a Johnny y fuimos a comer. El fulano en cuestión baila Hip-Hop y aquella tarde tenía una actuación no sé a qué fin. El caso es que estaba nervioso como si el urólogo le fuera a hacer un tacto rectal. Los momentos de silencio invadían la mesa así que volví a hacer mío una disertación que había leido no hacía mucho en la novela de mi amigo Ramón y le pregunte a Johnny. ¿Te has excitado alguna vez analmente?

Johnny me miró con cara de decir "este tío es un degenerado". 

Si el culo sólo sirviera para cagar entonces no sentiríamos placer al cagar Johnny escuchaba alucinado No te ha pasado alguna vez mientras estás creando algo grande, (me empezaba a divertir de verdad) que te viene el padre del señor topo y venga a hacer fuerzas... y que no sale... y venga... y al final... aaah ¡que a gusto te quedas! Ahí... sientes como cae por tu esfínter... ¿no te a pasado alguna vez?, ¿no has sentido placer? Ella que me conoce bien se partía de risa, mientras que Johnny sonríe asombrado ante semejante personaje. 
Bueno, a mi no me ha pasado... yo solo te pregunto. Me lo ha contado un amigo. Dicen que a partir de ahí se pasa a la estimulación anal. ¿Os habéis estimulado analmente alguna vez? Bueno yo no. Esto... Yo no soy gay. El caso es que dicen que a uno le entra la curiosidad y el siguiente paso es que cuando uno está en la ducha y se está limpiando los bajos... ops sin querer se frota demasiado el culo... ¿entiendes lo que te digo Johnny? ... sin querer, sabes... y en esto que nota algo por ahí... Pues a partir de ahí dicen que uno empieza a profundizar en el tema y a meterse dedos, zanahorias... hasta que le gusta tanto que se convierte en homosexual. 

De repente Johnny exclamó: Me dijiste que a tu amigo se le iba la pinza pero creo que este la perdió.

Ella y yo reímos con complicidad.