Una fuerte nevada ha sorprendido a Ramón en mitad de un afloramiento cretácico. Casi sin aliento Ramón consigue llegar a una paridera. Si al menos hubiera algún ternasco podría haber almorzado, piensa en voz alta. Sin duda los pensamientos psicóticos eran producto de una semana de campamento en mitad del maestrazgo turolense en pleno mes de enero. 


Al menos la paridera tiene techo y no tiene goteras. Las opciones son escasas. O bien terminar los croquis y completar de memoria los apuntes o almorzar. No hay discusión. De la mochila saca un campingas, una fiambrera y una lata de fabada. 

El frío polar ralentiza la tarea de calentar la fabada. El campingas está agonizando. Los anhelados efluvios a chorizo y morcilla se hacían de rogar. Ramón metía la cabeza en la fiambrera usada a modo de perola intentando hacer vahos de fabada. Quizás así se me descongele la punta de la nariz, pensaba. 

El infiernillo sigue encendido pero Ramón ya ha metido la cuchara. De nuevo la sangre volvía a fluir. 

Acurrucado en una esquina Ramón entra en estado alfa. Seguramente producto de la digestión pesada generada por la morcilla extremeña de la lata de fabada de oferta. Pero su paz interior dura poco. Los síntomas son claros. Tenía que hacer aquello que otro no pudiera hacer por él. 

Quizá este no sea el mejor momento para llevar tirantes, pensó mientras soltaba las pinzas que los sujetaban a los pantalones. Rodeando la paridera encontró un murete que haciendo esquina lo hacía idóneo para el menester que le acaecía. Desabrochó el botón de su pantalón y éste se deslizó hasta sus tobillos. De tal modo que sentándose en el murete con medio culo fuera se dispuso a crear. 

Si no fuera por el frío tan poco se estaba tan mal. De repente y en mitad de su obra Ramón se siente observado. Allí estaba frente a él. A escasos tres metros de distancia. Supongo que atraído por el olor de la fabada o de la post-fabada, no sé cual de los dos le habrá gustado más. Un cabrón con unos cuernos enroscados de más de dos varas de longitud. Con la cabeza torcida le miraba fijamente. Inmóvil, Ramón ya no siente el frío. Ahora sólo piensa en como distraer a ese enviado del diablo para poderse limpiar el culo con cierta seguridad. Benditos cacahuetes. Parece que le gustan. Ramón le lanza un puñado de cacahuetes que llevaba en los bolsillos del abrigo y parece que el animal va tras ellos. Éxito. 

Ahora Ramón tiene otro problema. Sólo le queda un pañuelo de papel a medio usar y la nieve ha cubierto cualquier otro útil para el proyecto que ahora afrontaba. Hoy tocaría ducharse.

Por fin se sube los pantalones y vuelve a la paridera. Allí estaba. Con la cuerda colgando del labio inferior, el buco se había comido un fuet que Ramón había dejado sobre su mochila. ¡Será cabrón! 


Desvaríos

Esto no se lo había contado a nadie, me dijo. Estas palabras hacían a Ramón sentirse importante, especial. Confidencias sorprendentes que rozaban el desconcierto y alimentaban el rechazo a quien en aquel momento era nuestro enemigo común. Las piezas de un puzzle que ya duraba 20 años parecían encajar. Todo empezaba a tener un sentido. A veces intuido, a veces insospechado. Nada era lo que parecía.

La luna llena iluminaba el camino. Sin duda nos estábamos licantropizando. Juntos analizamos los métodos y estrategias del enemigo. Más sabía el diablo por viejo. 

El líder de la secta nunca nos dejó marchar y evitó por todos los medios que tomáramos otro camino. 

Habíamos tenido que empezar a  peinar canas para poner un pie (solo uno) fuera de la secta para poder verlo con perspectiva. 

La historia se repite. Los mustélidos han reaparecido en mi ecosistema. Pensé que estaban extintos. Me equivoqué. 

Los puentes intercontinentales facilitan el paso de especies y subespecies alóctonas que perturban la paz de mi nicho ecológico. Moscas cojoneras. 


Tripalium

Ramón busca trabajo. Todos los días mira las ofertas. Siempre lo mismo. Nada para él. 

Ramón se indigna sobremanera. Todas las ofertas son para gente con alguna discapacidad. Es más fácil encontrar trabajo si eres incapaz que si eres capaz. La patronal sólo busca subvenciones. 

Ramón sabe algo sobre la teoría de la evolución y cree que la necesidad de hombres discapacitados va a llevar a la especie humana a convertirse en una especie discapacitada per se. 


Ramón es licenciado en piedras, toca el piano, sus sobrinos dicen que habla el lenguaje de Internet y además es cinturón negro. El sistema no funciona. Quizá algún galeno certifique su sindactilia como una discapacidad y así pueda encontrar un trabajo. 

Ramón no entiende porque busca trabajo. Memento mori. 

Ramón tiene cierta cultura y conoce la etimología de la palabra trabajo. Ramón contempla varias posibilidades. Anacoreta, empresario o perroflauta. No lo tiene claro. Probablemente empresario sea una salida pero le falta la idea que le resuelva la vida. El puticlub para perros parecía descabellado cuando un amigo lo proponía una década atrás. Ahora cobra algún sentido. 

Sísifo y la entropía

Las situaciones de mayor entropía son estadísticamente probables. Las cosas estadísticamente  probables tienden a ocurrir, sobre todo con el paso del tiempo. Una habitación desordenada tiene mayor entropía que una ordenada. Así, un cuarto organizado tenderá a ser desordenado con el tiempo. La única forma de evitar esto es gastando continuamente energía de un sistema externo. Es decir, hacer el esfuerzo de limpiar la habitación con regularidad. 

Sin embargo, en algún momento una habitación desordenada llegará a un máximo de entropía. En este punto, si no se sigue limpiando la habitación tampoco se llegará a un estado de mayor desorden. Por lo que no se necesita ninguna entrada adicional de energía para mantener el estado de la habitación. 

Por lo tanto, la limpieza de la habitación es inútil. Una tarea digna de un Sísifo moderno. Es energéticamente más eficiente permitir a la habitación permanecer en su estado natural de máxima entropía (hacia el que tenderá siempre) y gastar esa energía en cosas más interesantes.



Cirugía anal

Ramón tenía una obsesión insana por cenar fabada de lata. Esto le producía sueños tormentosos que muchas veces rozaban el surrealismo. La relación causa-efecto era clara. Su última reunión con Morfeo no había sido diferente. En ella, sin saber el porqué, aprendía un nuevo término: la cirugía anal. Ramón no paraba de darle vueltas. Había oído hablar del blanqueamiento anal o anal bleaching (lo cual le parecía una genialidad propia de descerebrados que pensaban con el culo). Pero la cirugía anal... 

¿Sería algo estético para tener un bonito pandero?¿O quizá sería trasplantarse el agujero del culo? Si, probablemente sería esto último. Sus días de sufrir almorranas habrían terminado. Sus almorranas eran grandes como pimientos morrones y solían sangrar a deshoras. Siempre con bolas de ciprés cogidas en el cementerio por los bolsillos. Aquél remedio casero de un amigo del bar no funcionaba. A Ramón le gustaba compartir estos problemas con amigos y desconocidos para ver sus caras de asco al hablarles de sus úlceras sangrantes circundando su principal productor de desechos sólidos.

Ahora sólo tendría que ver si se cambiaría el ano por uno nuevo o uno usado. Si fuera usado lo más probable es que me pidiera un culo de la nobleza y así poder cagar como un rey. Ramón sabía que era más fácil que le nombraran rey a que le pusieran el culo de uno, pero le gustaba fantasear con tamañas abominaciones.

Ramón era químico. Enseñaba física y química en un colegio de monjas a niñas adolescentes. Aunque no era su ambiente natural Ramón sabía adaptarse a su entorno. Todo el día rodeado de monjas y niñas. Ramón necesitaba sentirse hombre. Sentirse viril. 

Absurdas ideas sobre la masculinidad rondaban su cabeza. Un día ideó la más descabellada de sus obras para ser el macho alfa. El reto estaba en limpiarse el culo de una sola pasada. Nada de segunda vuelta. Sólo así conseguiría ser el ser superior que anhelaba y al que todo el mundo respetaría. 

Bocetos y esquemas llenaban su cabeza sobre cual sería la mejor técnica. No dudó en ponerla en práctica. Los baños del colegio fueron el lugar elegido para tamaña proeza. Ramón creía que la clave era hacer una bola de papel higiénico un poco mayor del tamaño de un puño y enérgicamente pasarla por la raja del culo de adelante a atrás.  Así lo hizo. Sin duda tenía que perfeccionar la técnica. La relación entre la fuerza con la que agarraba el papel higiénico y la velocidad de limpieza no era correcta. A mitad del proceso aquella bola de papel impregnada en restos de mierda salió despedida con una trayectoria parabólica que volando por encima de la espalda de Ramón terminó impactando en la puerta del escusado.

Sin duda la próxima vez saldría mejor. Ramón era hombre de ciencia. Ensayo y error. 

Satisfecho por su primer ensayo Ramón caminaba por los pasillos de colegio cuando una alumna se le acercó y le dijo:
- Ramón tienes chocolate en el hombro de la camisa - Y con decisión lo cogió entre los dedos con el ánimos de quitárselo.
Sin tiempo a que Ramón reaccionara, éste solo pudo ver como cambiaba el semblante de la muchacha al comprobar que no era chocolate. La bola de papel voladora había desprendido restos que habían terminado en su camisa. 
- MIEEEERRRDA - Gritaba horrorizaba mientras corría pasillo abajo.