El sol de verano caía implacable sobre la terraza de Ramón. Desde el primer instante en que ella pisó aquellas baldosas, lo tuvo claro: ahí hacían falta verdes, pétalos y vida. Días después llegó el mensaje, adornado con una ráfaga de iconos florales: ¡Quiero hacer un jardín en tu terraza!

La propuesta no dejaba lugar a dudas. Sin embargo, la mente de Ramón, siempre dispuesta a darle la vuelta, no pudo evitar una pícara sonrisa. Un caballero de los de antes guarda las formas y jamás verbaliza según qué ocurrencias, pero por un segundo se imaginó plantando la semilla en su huerto. Un pensamiento  picante y absurdo, tan propio de su imaginación calenturienta, que murió ahí mismo.

—¡Qué bonito es eso!— respondió. A pesar de su mente traviesa, Ramón había visto en aquél mensaje unas raíces mucho más profundas de lo que parecían.

Aquella terraza no era un simple rincón al sol. Era su vida, un espacio vacío donde ella empezaba a abrirse paso. Ramón sabía que ningún jardín nace en un instante, ni un jazmín regala su aroma al día siguiente de dejar caer la semilla. Construir ese espacio común exigiría tiempo, paciencia, mancharse las manos juntos, podar cuando vinieran mal dadas y un riego constante para que lo que apenas brotaba no se agostara.

Ella le proponía construir algo juntos, a fuego lento, con la paciencia de quien sabe que lo hermoso tarda. Si los dos cuidaban aquel proyecto, con la dosis justa de mimo, sol y atención, ese espacio desnudo terminaría dando las flores más vistosas y los frutos más dulces de sus vidas.

Casilla de salida

Esta tarde Ramón ha quedado con ella. En el mismo sitio que la primera no cita. Parece una vuelta a la casilla de salida pero esta vez las normas de la partida han cambiado. En su último mensaje ella lo dejaba claro. Pero Ramón prefería leer entrelineas. Veía sus dudas y se aferraba a ellas. Era como hacer rappel con hilo de pescar. De momento aguanta pero sabe que tarde o temprano se va romper. 

Ramón está nervioso. No sabe lo que va a pasar. Quizá un café sin prisa, un paseo sin destino, una conversación absurda, un agua con gas... 

Aunque la conclusión ya estaba dicha Ramón buscaba alguna razón que le hiciera comprender aquella decisión. 

Llegaron puntuales a la cita.

Ese abrazo de reencuentro sacó a Ramón de su catatonia veraniega. Otra vez su cuerpo, su olor, su energía. Una rápida puesta al día y, al momento, ya estaba Ramón tocando la fibra sensible.

Aquello no iba de estar con uno o con otro. Iba de su felicidad. De aquello que la hacía feliz y que, de alguna manera, estaba dejando atrás.

Así se lo hizo ver Ramón, sin ambages, directo a la herida. Le querían quitar aquello que amaba. La música e incluso la posibilidad de tener una amistad sincera con él. Ramón no lo concebía.

Por primera vez se había puesto un poco más serio con ella, exponiéndole todo aquello que llevaba un rato dando vueltas en su cabeza.

Ella le escuchaba atentamente. Su cabeza estaba a mil. No sabía qué hacer.

Aquello le parecía la decisión de Sofie.

Su mayor desafío era soltar aquella soga que la ataba a la orilla y dar el salto. El nudo de la soga estaba apretado, pero en el fondo sabía que no le iba a dar la libertad que necesitaba.

Por otra parte, le consumía la pena de todo lo bueno que había vivido con aquella persona.

—Voy a tener que hablar con él —dijo entre sollozos mientras se abrazaba a Ramón para que este no viera sus ojos envueltos en lágrimas.

Un instante después se incorporó.

Y en la penumbra de la noche, Ramón, como siempre hacía, la miró con admiración.

En ese momento descubrió su mirada puesta en el horizonte, con los ojos vidriosos, transmitiendo cierta sensación de calma.

Como diciendo:

Sé lo que tengo que hacer... a ver ahora cómo coño lo hago.

Y se hizo la luz (ii)

A las cuatro menos cinco de la tarde, Ramón ya estaba otra vez en el sofá, portátil en las rodillas, esperando.

A las cuatro y dos minutos, Internet se fue.

La PON empezó a parpadear.

Ramón cerró el portátil.

—Lo sabía.

Aquello ya no era una avería. Aquello tenía horario.

Por la mañana había estado allí un técnico. Había cambiado el router y el ONT por un Zyxel con la ONT integrada. Una solución moderna, limpia y elegante. Un aparato en vez de dos. Menos cables, menos posibilidades de fallo.

Según el técnico, con aquello se descartaban varios problemas.

Y, efectivamente, cuando se marchó, Internet funcionaba perfectamente. La señal era buena. El router era nuevo. La PON estaba fija. Todo estaba en orden.

Naturalmente, a las cuatro de la tarde volvió a fallar.

Ramón empezó a pensar que quizá el problema no estaba en casa.

Y entonces descubrió algo.

El nuevo router permitía consultar la potencia de la señal óptica que estaba recibiendo.

Entró en el apartado de diagnóstico.

RX Power: -35 dBm.

—A ver qué coño eres tú...

Ramón frunció el ceño.

No sabía muy bien qué significaba aquello, pero tenía una herramienta fundamental a su disposición: Internet.

Bueno, no Internet en casa, evidentemente.

Utilizó los datos móviles del teléfono, que para algo servían además de para recibir vídeos de señoras bailando.

Buscó qué significaba una potencia óptica de -35 dBm.

Y entonces empezó a entender.

Con ese nivel de señal, lo raro no era que Internet hubiera dejado de funcionar. Lo raro era que hubiera funcionado.

Ramón volvió a mirar la pantalla.

-35 dBm.

—La madre que le parió...

Por primera vez en varios días tenía una pista.

Aquello no era el router. No era el ordenador. No era el Wi-Fi. No era Windows. No era que Ramón hubiera tocado algo.

Era la fibra. La muy hija de mil padres estaba perdiendo señal.

A la mañana siguiente, Internet volvió.

Ramón entró inmediatamente en el panel del router.

-26 dBm.

La señal había mejorado.

Y entonces hizo algo que hasta ese momento nadie parecía haber considerado necesario: empezó a apuntar los valores.

A las diez de la mañana: -26 dBm.

A las doce: -28 dBm.

A la una y media: -30 dBm.

A las tres: -32 dBm.

Ramón empezó a sospechar que estaba asistiendo a una especie de suicidio óptico.

A las tres y cuarenta y cinco: -33 dBm.

Y a las cuatro en punto...

Otra vez sin Internet.

Ramón se quedó mirando la pantalla. No era casualidad. No era una coincidencia. Era una rutina. La fibra no fallaba a las cuatro. La fibra fichaba a las cuatro.

Aquello empezaba a parecer una investigación policial, solo que en lugar de huellas dactilares tenía decibelios y en lugar de un cadáver había un router parpadeando.

Ramón llamó de nuevo al servicio técnico. Al día siguiente apareció otro técnico. Esta vez venía con una solución rápida: cambiar otra vez el router.

Ramón lo miró.

—El router no es.

—Bueno, vamos a probar...

—No.

El técnico levantó una ceja. Ramón abrió el panel de diagnóstico.

—Mire.

Le enseñó los registros.

-26.

-28.

-30.

-32.

-33.

Y, a continuación, la desaparición de Internet.

El técnico dejó de hablar.

Ramón había esperado varios días para vivir aquel momento. Por fin había conseguido que alguien mirase los datos antes de cambiar una pieza por otra.

Y además había tenido suerte. El técnico había llegado después de las cuatro. La PON estaba parpadeando. Internet no funcionaba. La señal óptica estaba por los suelos. La avería estaba allí, delante de sus ojos. 

No había que esperar. No había que reiniciar nada. No había que apagar y encender el router. No había que preguntarle a Ramón si estaba seguro de que no había tocado algo.

El técnico bajó al cuarto de telecomunicaciones. Ramón esperó. Unos minutos después volvió a subir.

—He cambiado el puerto.

Ramón entró de nuevo en el panel.

RX Power.

-15 dBm.

Se quedó mirando el número. Internet había vuelto. La PON estaba fija.

Ramón respiró.

Después volvió a mirar la pantalla.

-15 dBm.

De -35 a -15. Veinte decibelios. Una barbaridad. Habían encontrado el problema.

Ramón cerró el portátil.

Había pasado una semana persiguiendo una avería que aparecía todos los días a la misma hora.

Había hablado con técnicos. Había cambiado equipos. Había consultado foros. Había aprendido qué demonios eran los dBm. Había monitorizado la señal como si estuviera vigilando las constantes vitales de un enfermo terminal.

Y al final, lo que hacía falta era cambiar un cable de puerto.

Epílogo

Esa tarde, Ramón estaba en el rellano cuando apareció Maryan.

—¿Ya tienes Internet?

Ramón la miró.

—Sí.

—¿Y qué era?

Ramón sonrió.

—Un problema de señal.

Maryan asintió con esa expresión de quien no entiende absolutamente nada pero considera que debe emitir igualmente una opinión.

—Ya te dije yo que algo raro tenía que haber.

Ramón se ajustó las gafas.

—Sí. Pero no era la señal de Internet.

Maryan frunció el ceño.

—¿Entonces qué era?

—La cobertura.

—¿La cobertura?

—La tuya.

Maryan se quedó mirándolo.

—¿Qué pasa con mi cobertura?

Ramón se encogió de hombros.

—Nada. Es estupenda.

—¿Qué quieres decir?

—Que te enteras de todo. Cuándo llego, cuándo salgo, si tengo Internet, si Pedro me ha traído las verduras y hasta cuándo saco la basura.

Maryan lo miró ofendida.

—Tienes una cobertura que ya la quisiera yo para mi fibra.

Cerró la puerta.

Por primera vez en una semana, Ramón no miró la luz PON.

Seguía fija.

Desde el rellano se escuchó entonces la voz de Maryan:

—¡Ramón!

Él cerró los ojos.

—¿Qué?

—¿Pero entonces las verduras sí eran frescas?

Ramón apoyó la frente contra la puerta.

Quizá la fibra no era lo único que necesitaba un cambio de puerto.


Y se hizo la luz (i)

Las cuatro de la tarde. El router todavía funcionaba así que Ramón se sentó paciente delante de aquella cajita blanca con luces a esperar. 

No habían pasado ni tres minutos cuando sus temores se hicieron realidad. La luz PON empezó a parpadear.

—Hoy te has retrasado— espetó Ramón, como si la ONT pudiera oirle y así hacerla sentir avergonzada. 

La ONT no respondió, nunca lo hacía. Era la parte más humillante de la relación.

Ramón llevaba tres días con el mismo problema. Por la mañana la fibra funcionaba sin ningún problema: veloz, obediente, como una fibra decente. Pero a las cuatro de la tarde, sin motivo aparente, la muy miserable se apagaba dejando a Ramón desconectado, solo ante el mundo pero libre de ataduras virtuales.

El primer día pensó que era algo puntual. Reinició el router, miró los cables, comprobó que no había internet y siguió con su vida, como un hombre adulto y con la dignidad todavía intacta. El segundo día volvió a pasar, a la misma hora, y a Ramón se le puso la mosca detrás de la oreja. El tercer día dejó de ser avería para convertirse en cruzada personal.

—Va a ser que esto no es un fallo técnico —se dijo en voz alta—. Esto personal.

La llamada a la operadora

Ramón marcó el número de soporte técnico con la resignación de quien sabe exactamente cómo va a terminar aquello y aun así lo intenta, porque uno es tonto pero no vago.

Le atendió una voz de chico joven, entusiasta, con ese tonillo de guion aprendido que solo se consigue tras muchas horas de formación mal pagada.

-¿Ha reiniciado el router? -Sí. -¿Puede apagarlo y volver a encenderlo? -Sí. -¿Ha esperado unos segundos antes de encenderlo? -Sí. -¿Puede volver a hacerlo?

Ramón había anticipado todas sus preguntas. Le hubiera gustado explicarle al chaval que llevaba quince años trabajando con servidores, que sabía perfectamente lo que era un DNS, una VLAN y hasta un NAT, pero comprendió que para aquel guion él era simplemente un señor que quizá no había encontrado el botón de encendido. Colgó resignado, sin discutir. Discutir con el guion es como discutir con un contestador automático.

La espiral

Lo que vino después fue lo de siempre. Ping. Traceroute. Mirar los logs del router como si fueran a revelarle una epifanía. Volver a los cables. Volver a la ONT. Y volver, otra vez, a esa lucecita azul parpadeando con la tranquilidad insultante de quien sabe que va a ganar sin mover un dedo.

-Esto no es problema del router- afirmó Ramón en voz alta, para nadie.

Aquella frase significaba que Ramón se iba a tirar la tarde entera demostrando que tenía razón, sin cobrar nada por ello y sin que nadie se lo agradeciera después.

La vecina de la fibra

A todo esto se le sumó Maryan, la vecina del primero, que apareció en el rellano justo cuando Ramón salía con cara de pocos amigos a comprobar si el problema era de toda la escalera.

-¿Tampoco tienes internet tú?- preguntó Maryan con ese tono inquisidor propio de alcahuetas profesionales.

-Desde las cuatro en punto, como un reloj- respondió Ramón.

Lo sorprendente hubiera sido que ella tuviera internet y Ramón no. Ramón tenía un acuerdo con su marido Pedro: le compartía el wifi y, a cambio, Pedro le proveía de las verduras que cultivaba en su hortal.

—A ver si va a ser que Pedro no te está dando verduras frescas últimamente y el wifi ha decidido ponerse en huelga —soltó Maryan con malicia mientras se cerraba la bata a la altura de las tetas. 

Ramón la miró de arriba abajo, se subió las gafas y dijo con una sonrisa.

—No te preocupes por mis verduras que están de categoría. Lo que me preocupa es su antena, porque para estar tan pendiente de las vidas ajenas, es increíble la poca cobertura que tiene para enterarse de las suyas.

El final, que no es final

Esa noche, sin tocar nada, sin que Ramón hubiera cambiado ni una sola configuración, la luz PON se quedó fija otra vez. Internet volvió sin dar explicaciones.

Ramón no preguntó. No tocó nada. No respiró demasiado fuerte, no fuera a ser que la caja se lo tomara a mal. Si funciona, no lo toques.

A la mañana siguiente, la PON seguía fija. Ramón desconfiadamente.

-¿Te vas a porta bien?- le dijo como a un niño pequeño.

La luz, por supuesto, no contestó. Pero a las cuatro menos cinco de la tarde, Ramón ya estaba otra vez en el sofá, portátil en las rodillas, esperando.

Ritmo sinusal

Ramón leyó el mensaje una segunda vez. Después una tercera. Lo había entendido a la primera, pero algunas palabras piden ser leídas despacio cuando llegan desde un lugar que uno lleva un mes anhelando.

En ese mes aprendió que el silencio tiene sus propios sonidos, y que hay días en los que se distrae con facilidad y otros en los que cualquier cosa —una canción, una calle, una conversación, un vaso de agua con gas— lo devuelve a ella.

Sonrió al leer aquello de la admiración, la curiosidad y la ternura. Ella probablemente no sabía cuánto significaban esas palabras. Había llegado a su vida sin avisar y se la había puesto del revés. Le enseñó a querer sin certezas, a disfrutar de lo que ocurre sin exigirle un nombre ni un futuro, a convivir con una incertidumbre que a veces duele y a veces vuelve todo más intenso. Le enseñó a mirar de otra manera, a escuchar más, a dejar que le cambiaran los planes y algunas certezas que llevaba años dando por fijas.

Ramón no sabía qué pasaría cuando ella volviera. Aquel agua con gas podía convertirse en una tarde cualquiera entre amigos, en una conversación que se alarga sin que nadie se dé cuenta, o en algo que ninguno de los dos supiera todavía nombrar. Por primera vez, no necesitaba saberlo. Había cosas que importaban sin necesidad de resolverse.

Ella había dejado huella. Ramón pensó que no hace falta tener a alguien tal como lo imaginaste para que ocupe un lugar importante en tu vida. A veces basta con que esa persona encienda una habitación que llevaba tiempo a oscuras. Ella había encendido unas cuantas.

Sonrió.

—Gracias —murmuró, aunque ella no pudiera oírlo. Por las conversaciones, los silencios, los suspiros, las dudas, las risas. Por hacerme sentir cosas que creía olvidadas. Por recordarme que todavía puedo sorprenderme. Por ponerme la vida cabeza abajo. Y por enseñarme, sin proponértelo, que también se puede querer desde la distancia, desde la incertidumbre y desde la libertad.

Ramón dejó el teléfono sobre la mesa. Quizá ella tuviera razón y como pareja no fuera posible. Quizá sus caminos debían cruzarse de otra manera. Pero una cosa la tenía clara: el lugar que ella terminara ocupando en su vida, nadie se lo quitaría. Un rincón tranquilo y luminoso en algún sitio de su corazón, reservado para recordar a la persona que, sin proponérselo, le puso todo patas arriba.

Silencio, por fin

El aire huele a rastrojo quemado y a sudor rancio mezclado con ginebra barata. Ramón aprieta los dientes tras el cristal del dormitorio mientras, allá abajo, una res de cuernos afilados astilla un barrote de pino antes de que cuatro iluminados, inflados de carajillos y falsa valentía, le hagan un recorte torpe entre vítores. Para Ramón es una atrocidad contra el buen gusto, una salvajada de pueblo cobijada bajo la excusa de venerar al Santo Cristo dos veces al año.

El pueblo ya no es lo que era. O quizás sí, y ese es el problema. Ni la oleada de forasteros urbanitas —entre los que él mismo se incluye, a su pesar— ha logrado refinar la plaza. Ramón mantiene la distancia; habla lo justo con los vecinos y aún siente que se relaciona demasiado. Le irrita el tufo a colectividad, la insistencia con la que intentan imponerle sus dogmas de barra de bar, esa sociabilidad forzada.

Pero lo peor llega con el descanso del sol. Extraña las orquestas de antaño, esos músicos de verdad que articulaban la noche con metales y ritmo. Ahora solo queda un escenario deslucido coronado por un pintamonas al que llaman DJ, saltando detrás de una mesa de mezclas mientras cobra un dineral por darle al play. A Ramón le corroe la envidia: sabe que él tendría diez veces más criterio para sostener la noche, sin necesidad de torturar al personal con graves distorsionados.
Son las tres de la madrugada. El bombo de la disco móvil retumba en su pecho y hace temblar la carpintería de la ventana.

Ramón permanece tumbado sobre la cama, con la mirada fija en las sombras del techo. En su cabeza, la escena se repite en bucle: ve sus propios pies moviéndose en silencio por el callejón trasero de la plaza, esquivando la luz del escenario, deslizándose en la sombra que proyecta el remolque. Imagina el tacto frío del alicate en la mano, la tensión de la manguera negra de corriente y el chasquido sordo del corte. Fantasea con la inmediatez con la que el estruendo se ahogaría de golpe, devolviendo al pueblo el silencio y la oscuridad.

Por fin se decide. Baja, cruza el patio y se cuela entre las sombras hasta el remolque. La manguera está ahí, negra y gruesa. Saca el alicate del bolsillo de la sudadera. Justo antes de cerrar las mandíbulas sobre el cable, oye una respiración a su espalda. Se gira. No hay nadie. Solo el remolque, metálico y mudo.

Vuelve a la manguera cuando un topetazo sacude la puerta del remolque desde dentro. Ramón lo entiende: es el toro de la suelta ensogada de la mañana. Guarda el alicate y saca la cizalla. Corta el candado con torpeza, como si él mismo dudara de lo que está haciendo.

Como si fuera una epifanía, el DJ pincha algo que suena a pasodoble torero. Es la señal.

Ramón abre la puerta del remolque y el toro sale disparado hacia la carpa donde se concentra el tumulto.

Los primeros gritos quedan camuflados debajo de una versión reguetonera de Paquito Chocolatero. La justicia divina parece querer que sea precisamente el concejal de festejos, el hombre que tanto había apostado por los festejos taurinos mientras defenestraba otras áreas de cultura, quien reciba la primera embestida.

El miura lo alcanza de lleno y lo levanta un par de metros por los aires.

Durante un instante, el concejal queda suspendido sobre la multitud. Después cae de punta cabeza contra el suelo.

Y, justo entonces, la música se detiene.

Silencio.

Ramón cierra los ojos.

Por fin.


No era solo nostalgia

 El café de Ramón todavía humeaba en la cocina cuando los tres salieron hacia la vega del río. Leonor y Luna caminaban a su lado, amigas desde el instituto, con ese paso relajado de quien tiene toda la tarde por delante. El agua sonaba cerca. Las ramas crujían con el viento.

Entraron en el parque bajo los olmos. Leonor se paró frente al banco de piedra, medio tapado por la maleza, y soltó una carcajada.

—¿Os acordáis de cuando íbamos al parque de jóvenes a hacer locuras con los novios? No nos importaba ni el frío, ni el cierzo con tal de buscar un rato de intimidad.

Luna se recogió el pelo y no dejó pasar la ocasión.

—¡Y tan locuras! Yo me acuerdo de los lotes que me daba con mi novio del verano del noventa y ocho. Aquellos besos ardientes le inspiraban algo que crecía bajo su pantalón... con él perdía la noción del tiempo.

Ramón caminaba un paso por detrás con las manos en los bolsillos. Sonreía y asentía cada vez que alguna buscaba su mirada.

Leonor y Luna no sabían que Ramón callaba algo. Detrás de ese mismo seto, hacía menos de un mes, él había vivido lo mismo que ellas contaban como pasado. No dijo nada. Dejó que sus amigas se quedaran con su nostalgia y se guardó la suya bajo el sol de la tarde.