Japón al otro lado del espejo (ii)

La siguiente vez que Ramón entró en la peluquería llevaba una historia mucho más complicada que la anterior.

Había tenido casi todo el verano para prepararla.

Esta vez no podía limitarse a hablar de templos, jardines zen y trenes bala. Si volvía a Japón después de haber contado que iba a pasar allí un mes entero, la peluquera querría saber qué había hecho. Y Ramón necesitaba detalles.

Muchos detalles.

De modo que, mientras esperaba su turno, repasó el viaje.

Todo había empezado ya en el aeropuerto.

—¿Y qué tal el viaje? —preguntó la peluquera en cuanto le puso la capa.

Ramón suspiró.

—Bueno... un poco desastre.

—¿Desastre?

—El avión tenía overbooking.

La peluquera abrió mucho los ojos.

—¿Y eso?

—Pues que me ofrecieron cambiar de vuelo. El que tenía previsto hacía escala en Abu Dabi y luego iba directo a Tokio. Pero como habían vendido más billetes de los que tenían disponibles, me metieron en otro que hacía Abu Dabi, Seúl y finalmente Narita.

—¡Madre mía!

—Sí. Y ahí vino lo peor.

Ramón hizo una pausa.

—El equipaje.

La peluquera dejó de cortar durante un instante.

—¿Qué pasó?

—Por un error de etiquetado, las maletas las metieron en el primer avión.

—¿Y llegaste sin ellas?

—Sin ellas.

Ramón sonrió con resignación.

—Cuarenta horas después.

Aquello requería una explicación, y Ramón estaba preparado.

Había habido una espera en Abu Dabi, un cambio de puerta, una conexión perdida, otra espera en Seúl y una última incidencia con el vuelo a Tokio. En realidad, sumando las horas de vuelo, las escalas y las esperas, las cuarenta horas cuadraban sin mucho esfuerzo.

—Cuando llegué a Narita —continuó—, allí no tenía ni una maleta.

—¿Y qué hiciste?

—Comprar ropa.

Durante los primeros días, Ramón reconstruyó su vestuario a base de tiendas que encontraba al paso, grandes almacenes y comercios de barrio: un pantalón aquí, una camisa allá, calcetines, ropa interior, unas zapatillas.

Hasta que pasó algo que, según Ramón, cambió el rumbo del viaje.

—Encontré una tienda donde vendían kimonos.

—¿Y te compraste uno?

Ramón la miró como si la pregunta fuera casi ofensiva.

—Uno de seda azul oscuro.

—¡Qué bonito!

—Y no me lo quité en las tres semanas siguientes.

La peluquera se quedó mirándolo a través del espejo.

—¿En serio?

—Comodísimo.

No quiso entrar en la cuestión de cómo podía resultar cómodo dormir, caminar por Tokio, subir a un tren bala o entrar en un baño público con un kimono de seda.

Había cosas que era mejor no explicar.

Y el viaje, por supuesto, todavía podía empeorar.

Porque cuando llegó al hotel descubrió que tampoco tenía habitación.

—¿Cómo que no?

—Una confusión con la reserva.

Ramón ya empezaba a hablar con la serenidad de quien ha asumido que el universo está empeñado en complicarle las vacaciones.

—El hotel estaba completo. Había una convención tecnológica.

La peluquera levantó las cejas.

—¿Cómo?

Ramón no dudó.

—La ITCC 2026. Una conferencia internacional sobre tecnología de la información y comunicaciones.

Lo dijo con tanta seguridad que parecía que hubiera ido allí precisamente a presentar una ponencia.

—Así que tuve que buscar otra cosa. Y encontré un hotel cápsula.

—¿Has dormido en uno de esos?

—Sí.

Ramón se inclinó ligeramente hacia delante.

—Es como dormir dentro de una máquina de resonancia magnética.

La peluquera soltó una carcajada.

—¿Tan pequeño?

—Más.

—¿Y se oye algo?

—No. Ese es el problema.

—¿Cómo que ese es el problema?

—Que tienes demasiado tiempo para pensar.

La cápsula tenía apenas el espacio necesario para tumbarse. Una pequeña puerta, una luz, un panel de control y poco más.

Después de cuarenta horas de viaje, varios días comprando ropa y una noche encerrado allí dentro con un kimono de seda, Ramón descubrió que había una necesidad que ningún hotel cápsula podía solucionar.

Una ducha. Una ducha de verdad.

—Así que pregunté y acabé en un sentō, uno de esos baños públicos tradicionales. Aquello sí que me pareció una experiencia. Porque un sentō no es un sitio donde entras y te mojas sin más: antes de meterte en el agua tienes que descalzarte, dejar la ropa en las taquillas y pasar por la ducha a conciencia, que ahí dentro el agua es para relajarse, no para quitarte la mugre del viaje.

Ramón, naturalmente, había estudiado las normas.

—Me lavé antes de meterme en el agua, no metí la toalla dentro de la bañera y procuré no llamar la atención.

La peluquera sonrió.

—¿Y qué tal?

Ramón se quedó pensativo.

—Al principio raro.

—Normal.

—Luego entendí la filosofía.

—¿Qué filosofía?

—Que después de pasar tres días sin poder cambiarte de ropa, cualquier bañera compartida te parece una experiencia espiritual.

La peluquera soltó una carcajada.

Pero todavía faltaba lo mejor.

Japón estaba preparado para los terremotos, los tifones, las lluvias torrenciales, para casi cualquier cosa que pudiera caer del cielo o moverse bajo tierra.

Y entonces llegó el tifón Koto.

—Aquello sí que fue serio.

Ramón bajó la voz.

—Cuando llega un tifón allí no se juega. La gente sabe lo que tiene que hacer. Se suspenden cosas, se recomienda permanecer en casa y las comunicaciones empiezan a resentirse.

—¿Y tú?

—Yo estaba en el hotel.

—¿Encerrado?

—Encerrado.

Ramón sonrió.

—En mi hotel burbuja.

La peluquera ya había abandonado por completo el corte. Aquello se había convertido en una narración.

—El tifón dejó las calles anegadas, árboles caídos y las comunicaciones funcionando a trompicones. El teléfono apenas tenía cobertura e internet iba lentísimo, tan lentísimo que me acostumbré a esperar una eternidad para que cargara cualquier página y terminé desistiendo.

—Y entonces descubrí a mi vecino. Desde la ventana del rellano del hotel veía un pequeño taller donde un carpintero trabajaba durante horas, sin televisión, sin móvil, sin internet. Me quedé observándolo. Trabajaba la madera con una tranquilidad que me resultaba hipnótica. No parecía tener ninguna prisa: medía, marcaba, cortaba, probaba y volvía a medir.

—Usaba un kanna, un cepillo que se tira hacia uno en lugar de empujarlo, y cada pasada sacaba una viruta tan fina que parecía papel de fumar. Aquel hombre no lijaba nada: el acabado se lo daba el propio cepillo.

—Lo miraba fascinado. Hacía uniones sin apenas recurrir a clavos: preparaba encajes, ajustaba piezas, hacía pequeñas correcciones con el formón. Y cuando parecía que todo encajaba, desmontaba una pieza y volvía a ajustarla.

—Era increíble —decía Ramón—. Tenía una paciencia...

La peluquera sonrió.

—¿Cuánta?

Ramón se quedó mirando al techo.

—La suficiente para hacerme sentir mal por todas las veces que yo había montado un mueble de IKEA.

—También montaba piezas diminutas que encajaban entre sí sin un solo clavo, como un rompecabezas de madera cortado a mano, ajustado por fracciones de milímetro.

Ramón llegó a reconocer algunos de aquellos patrones.

—Había uno que hacía una especie de entramado geométrico.

—¿Y cómo se llamaba?

—Kumiko.

La peluquera asintió, impresionada.

Ramón había ganado otra vez.

Durante aquellos días, mientras el tifón hacía estragos fuera y la conexión a internet avanzaba a la velocidad de una tortuga artrósica, Ramón descubrió que podía pasar horas mirando a aquel hombre trabajar.

Y quizá, pensó, aquello era también una forma de viajar.

Cuando por fin volvió la normalidad, quedaban solamente cinco días para emprender el regreso.

Cinco días.

Y la maleta seguía sin aparecer.

—¿Todavía no había llegado?

—Nada.

—¿Y qué hiciste?

—Ya me había acostumbrado.

Ramón se encogió de hombros.

—Seguí con mi kimono.

A esas alturas, según él, la gente ya le reconocía por la calle.

El problema llegó el día antes de regresar. Recibió una llamada del aeropuerto. Habían encontrado su equipaje.

Después de tres semanas recorriendo Japón con una maleta que había viajado quién sabía dónde, finalmente la tenían.

—Fui a recogerla.

—¿Y estaba todo?

Ramón sonrió.

—Todo.

Abrió la maleta delante de la peluquera imaginaria de su historia y descubrió dentro sus pantalones, sus camisas, sus zapatos, su ropa interior y hasta el neceser. Todo seguía exactamente donde lo había dejado.

Ramón cerró la maleta.

—¿Y qué hiciste?

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Volví al hotel.

—¿Sin cambiarte?

—Sin cambiarme.

La peluquera lo miró por el espejo.

—¿Entonces para qué querías la maleta?

Ramón se encogió de hombros.

—Para poder volver a España con ella.

Hubo un silencio.

La maquinilla volvió a zumbar.

—¿Y el kimono?

Ramón sonrió.

—Me lo quedé puesto.

—¿Y en el control de seguridad no te dijeron nada?

Ramón negó con la cabeza, muy serio.

—Les expliqué que era un kimono ceremonial.

—¿Ceremonial?

—De una ceremonia del té. Muy antigua.

—¿Y se lo creyeron?

—Me hicieron una foto para el manual de formación del aeropuerto.

La peluquera negó con la cabeza.

—Ramón, tú no has ido a Japón.

Él la miró a través del espejo.

—¿Cómo que no?

—Has estado tres semanas con un kimono, has dormido en una cápsula, has sobrevivido a un tifón, has visto trabajar a un carpintero, has perdido una maleta que ha recorrido medio mundo sin ti y encima te has colado en el manual de un aeropuerto.

Ramón sonrió.

—Exactamente.

La peluquera soltó una carcajada.

Y mientras terminaba de recortarle la nuca, Ramón pensó que quizá aquella vez había llevado la mentira demasiado lejos.

Aunque, bien mirado, tampoco era exactamente una mentira.

Había pasado tres semanas en Japón sin salir de la peluquería.

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