Y se hizo la luz (i)

Las cuatro de la tarde. El router todavía funcionaba así que Ramón se sentó paciente delante de aquella cajita blanca con luces a esperar. 

No habían pasado ni tres minutos cuando sus temores se hicieron realidad. La luz PON empezó a parpadear.

—Hoy te has retrasado— espetó Ramón, como si la ONT pudiera oirle y así hacerla sentir avergonzada. 

La ONT no respondió, nunca lo hacía. Era la parte más humillante de la relación.

Ramón llevaba tres días con el mismo problema. Por la mañana la fibra funcionaba sin ningún problema: veloz, obediente, como una fibra decente. Pero a las cuatro de la tarde, sin motivo aparente, la muy miserable se apagaba dejando a Ramón desconectado, solo ante el mundo pero libre de ataduras virtuales.

El primer día pensó que era algo puntual. Reinició el router, miró los cables, comprobó que no había internet y siguió con su vida, como un hombre adulto y con la dignidad todavía intacta. El segundo día volvió a pasar, a la misma hora, y a Ramón se le puso la mosca detrás de la oreja. El tercer día dejó de ser avería para convertirse en cruzada personal.

—Va a ser que esto no es un fallo técnico —se dijo en voz alta—. Esto personal.

La llamada a la operadora

Ramón marcó el número de soporte técnico con la resignación de quien sabe exactamente cómo va a terminar aquello y aun así lo intenta, porque uno es tonto pero no vago.

Le atendió una voz de chico joven, entusiasta, con ese tonillo de guion aprendido que solo se consigue tras muchas horas de formación mal pagada.

-¿Ha reiniciado el router? -Sí. -¿Puede apagarlo y volver a encenderlo? -Sí. -¿Ha esperado unos segundos antes de encenderlo? -Sí. -¿Puede volver a hacerlo?

Ramón había anticipado todas sus preguntas. Le hubiera gustado explicarle al chaval que llevaba quince años trabajando con servidores, que sabía perfectamente lo que era un DNS, una VLAN y hasta un NAT, pero comprendió que para aquel guion él era simplemente un señor que quizá no había encontrado el botón de encendido. Colgó resignado, sin discutir. Discutir con el guion es como discutir con un contestador automático.

La espiral

Lo que vino después fue lo de siempre. Ping. Traceroute. Mirar los logs del router como si fueran a revelarle una epifanía. Volver a los cables. Volver a la ONT. Y volver, otra vez, a esa lucecita azul parpadeando con la tranquilidad insultante de quien sabe que va a ganar sin mover un dedo.

-Esto no es problema del router- afirmó Ramón en voz alta, para nadie.

Aquella frase significaba que Ramón se iba a tirar la tarde entera demostrando que tenía razón, sin cobrar nada por ello y sin que nadie se lo agradeciera después.

La vecina de la fibra

A todo esto se le sumó Maryan, la vecina del primero, que apareció en el rellano justo cuando Ramón salía con cara de pocos amigos a comprobar si el problema era de toda la escalera.

-¿Tampoco tienes internet tú?- preguntó Maryan con ese tono inquisidor propio de alcahuetas profesionales.

-Desde las cuatro en punto, como un reloj- respondió Ramón.

Lo sorprendente hubiera sido que ella tuviera internet y Ramón no. Ramón tenía un acuerdo con su marido Pedro: le compartía el wifi y, a cambio, Pedro le proveía de las verduras que cultivaba en su hortal.

—A ver si va a ser que Pedro no te está dando verduras frescas últimamente y el wifi ha decidido ponerse en huelga —soltó Maryan con malicia mientras se cerraba la bata a la altura de las tetas. 

Ramón la miró de arriba abajo, se subió las gafas y dijo con una sonrisa.

—No te preocupes por mis verduras que están de categoría. Lo que me preocupa es su antena, porque para estar tan pendiente de las vidas ajenas, es increíble la poca cobertura que tiene para enterarse de las suyas.

El final, que no es final

Esa noche, sin tocar nada, sin que Ramón hubiera cambiado ni una sola configuración, la luz PON se quedó fija otra vez. Internet volvió sin dar explicaciones.

Ramón no preguntó. No tocó nada. No respiró demasiado fuerte, no fuera a ser que la caja se lo tomara a mal. Si funciona, no lo toques.

A la mañana siguiente, la PON seguía fija. Ramón desconfiadamente.

-¿Te vas a porta bien?- le dijo como a un niño pequeño.

La luz, por supuesto, no contestó. Pero a las cuatro menos cinco de la tarde, Ramón ya estaba otra vez en el sofá, portátil en las rodillas, esperando.

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