Era una anodina tarde se sábado.
Ramón tenía mucho que hacer. Podría haber preparado algún presupuesto para un cliente, o haberse puesto con las partituras que tenía que cantar la semana siguiente. Pero no.
Ramón improvisó uno de esos planes que tanto le gusta improvisar.
Veinte minutos después llegó a Mozota, un pueblo pequeño que, tiempo atrás, había sido protagonista de muchas historias de este blog. Por eso el lugar significaba algo distinto para Ramón.
Las sillas estaban dispuestas en mitad de la única plaza del pueblo. No había escenario, aunque la disposición de las sillas y la P.A. dejaban claro que allí iba a pasar algo.
Todavía no había nadie sentado. Estaban todos en el bar, como manda la tradición en los pueblos y, probablemente, también en la organización de festivales de música.
Ramón dio una vuelta para hacer tiempo.
Cinco minutos antes de la hora se sentó en segunda fila. Sabía que nadie se sentaría delante de él: años de conciertos le habían enseñado dónde se sienta la gente que menos quiere ver.
El concierto empezó con un retraso tolerable.
Una violagambista y una bailarina de danza contemporánea.
Ramón no entendía los espasmódicos movimientos de aquel baile, pero tampoco se sentía moralmente autorizado para criticar algo que no sabía hacer. Él tampoco entendía algunas de sus propias decisiones vitales y no por eso dejaba de tomarlas.
La violagambista, sin embargo, tocaba con pasión. Tenía una voz y una mirada que atrapaban a Ramón, mientras ella y la bailarina parecían entrar poco a poco en trance. Las melodías, sugerentes y profundas, llenaban la pequeña plaza y transportaban a Ramón lejos de allí.
Aquellos cantos de sirena que atrapaban a Ramón le evocaron a ella. A cómo cantaba junto a él, con aquella misma pasión. Y durante unos segundos, Ramón dejó de estar en Mozota.
Durante un rato dejó de pensar en los presupuestos, en las partituras y en todo lo que había decidido que tenía que hacer aquella tarde.
Solo escuchaba.
Probablemente eso era lo que había ido a buscar sin saberlo.
Cuando terminó la última pieza, hubo unos segundos de silencio antes del aplauso. De esos silencios que forman parte del espectáculo.
Ramón aplaudió.
Había improvisado una tarde cualquiera y había terminado encontrando algo parecido a un pequeño paréntesis.
Aunque, pensándolo bien, tampoco había sido tan improvisado. Llevaba veinte minutos conduciendo para llegar hasta allí y todavía no sabía si había ido por la música, por Mozota o por esas otras cosas que uno no sabe bien por qué hace hasta que las hace.
Al llegar a la moto miró la hora.
—Bueno —pensó—. Ahora sí que puedo volver a casa y hacer todo lo que tenía que hacer.
No lo hizo.
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