Las excepciones

Ramón no podía hacer nada y eso le dolía.

Podía abrazarla, escucharla, decirle que no iba a juzgarla. Podía dejar una luz encendida al otro lado de la puerta y esperar. La decisión era suya. Había cosas que nadie podía decidir por otro.

Ella hablaba de sus principios como quien sostiene un mapa que ya no reconoce. Ramón pensaba que los principios no estaban hechos para ser inmutables: eran brújulas, y hasta las brújulas necesitan corregir el rumbo. Las reglas sirven para protegernos, para decirnos por dónde caminar cuando todo está claro, pero la vida llena de niebla los caminos importantes. Ahí aparecen las excepciones: situaciones que no estaban previstas cuando escribimos nuestras propias normas, momentos en que cumplir una regla hace más daño que romperla.

Ramón no sabía si lo que sentía ella era una excepción. Tampoco sabía si ella quería que lo fuera. Solo sabía que había encontrado algo que quería cuidar y que no podía tocar. Aprendió que querer a alguien también podía significar quedarse quieto, sin empujar ni pedir, sin intentar salvarla de una decisión que solo ella podía tomar.

Dejó la puerta abierta y esperó. No tenía la certeza de que ella fuera a cruzarla algún día. Pero algunas personas merecen encontrar su propio camino, aunque uno desee poder caminarlo por ellas.

No hay comentarios