Y se hizo la luz (ii)

A las cuatro menos cinco de la tarde, Ramón ya estaba otra vez en el sofá, portátil en las rodillas, esperando.

A las cuatro y dos minutos, Internet se fue.

La PON empezó a parpadear.

Ramón cerró el portátil.

—Lo sabía.

Aquello ya no era una avería. Aquello tenía horario.

Por la mañana había estado allí un técnico. Había cambiado el router y el ONT por un Zyxel con la ONT integrada. Una solución moderna, limpia y elegante. Un aparato en vez de dos. Menos cables, menos posibilidades de fallo.

Según el técnico, con aquello se descartaban varios problemas.

Y, efectivamente, cuando se marchó, Internet funcionaba perfectamente. La señal era buena. El router era nuevo. La PON estaba fija. Todo estaba en orden.

Naturalmente, a las cuatro de la tarde volvió a fallar.

Ramón empezó a pensar que quizá el problema no estaba en casa.

Y entonces descubrió algo.

El nuevo router permitía consultar la potencia de la señal óptica que estaba recibiendo.

Entró en el apartado de diagnóstico.

RX Power: -35 dBm.

—A ver qué coño eres tú...

Ramón frunció el ceño.

No sabía muy bien qué significaba aquello, pero tenía una herramienta fundamental a su disposición: Internet.

Bueno, no Internet en casa, evidentemente.

Utilizó los datos móviles del teléfono, que para algo servían además de para recibir vídeos de señoras bailando.

Buscó qué significaba una potencia óptica de -35 dBm.

Y entonces empezó a entender.

Con ese nivel de señal, lo raro no era que Internet hubiera dejado de funcionar. Lo raro era que hubiera funcionado.

Ramón volvió a mirar la pantalla.

-35 dBm.

—La madre que le parió...

Por primera vez en varios días tenía una pista.

Aquello no era el router. No era el ordenador. No era el Wi-Fi. No era Windows. No era que Ramón hubiera tocado algo.

Era la fibra. La muy hija de mil padres estaba perdiendo señal.

A la mañana siguiente, Internet volvió.

Ramón entró inmediatamente en el panel del router.

-26 dBm.

La señal había mejorado.

Y entonces hizo algo que hasta ese momento nadie parecía haber considerado necesario: empezó a apuntar los valores.

A las diez de la mañana: -26 dBm.

A las doce: -28 dBm.

A la una y media: -30 dBm.

A las tres: -32 dBm.

Ramón empezó a sospechar que estaba asistiendo a una especie de suicidio óptico.

A las tres y cuarenta y cinco: -33 dBm.

Y a las cuatro en punto...

Otra vez sin Internet.

Ramón se quedó mirando la pantalla. No era casualidad. No era una coincidencia. Era una rutina. La fibra no fallaba a las cuatro. La fibra fichaba a las cuatro.

Aquello empezaba a parecer una investigación policial, solo que en lugar de huellas dactilares tenía decibelios y en lugar de un cadáver había un router parpadeando.

Ramón llamó de nuevo al servicio técnico. Al día siguiente apareció otro técnico. Esta vez venía con una solución rápida: cambiar otra vez el router.

Ramón lo miró.

—El router no es.

—Bueno, vamos a probar...

—No.

El técnico levantó una ceja. Ramón abrió el panel de diagnóstico.

—Mire.

Le enseñó los registros.

-26.

-28.

-30.

-32.

-33.

Y, a continuación, la desaparición de Internet.

El técnico dejó de hablar.

Ramón había esperado varios días para vivir aquel momento. Por fin había conseguido que alguien mirase los datos antes de cambiar una pieza por otra.

Y además había tenido suerte. El técnico había llegado después de las cuatro. La PON estaba parpadeando. Internet no funcionaba. La señal óptica estaba por los suelos. La avería estaba allí, delante de sus ojos. 

No había que esperar. No había que reiniciar nada. No había que apagar y encender el router. No había que preguntarle a Ramón si estaba seguro de que no había tocado algo.

El técnico bajó al cuarto de telecomunicaciones. Ramón esperó. Unos minutos después volvió a subir.

—He cambiado el puerto.

Ramón entró de nuevo en el panel.

RX Power.

-15 dBm.

Se quedó mirando el número. Internet había vuelto. La PON estaba fija.

Ramón respiró.

Después volvió a mirar la pantalla.

-15 dBm.

De -35 a -15. Veinte decibelios. Una barbaridad. Habían encontrado el problema.

Ramón cerró el portátil.

Había pasado una semana persiguiendo una avería que aparecía todos los días a la misma hora.

Había hablado con técnicos. Había cambiado equipos. Había consultado foros. Había aprendido qué demonios eran los dBm. Había monitorizado la señal como si estuviera vigilando las constantes vitales de un enfermo terminal.

Y al final, lo que hacía falta era cambiar un cable de puerto.

Epílogo

Esa tarde, Ramón estaba en el rellano cuando apareció Maryan.

—¿Ya tienes Internet?

Ramón la miró.

—Sí.

—¿Y qué era?

Ramón sonrió.

—Un problema de señal.

Maryan asintió con esa expresión de quien no entiende absolutamente nada pero considera que debe emitir igualmente una opinión.

—Ya te dije yo que algo raro tenía que haber.

Ramón se ajustó las gafas.

—Sí. Pero no era la señal de Internet.

Maryan frunció el ceño.

—¿Entonces qué era?

—La cobertura.

—¿La cobertura?

—La tuya.

Maryan se quedó mirándolo.

—¿Qué pasa con mi cobertura?

Ramón se encogió de hombros.

—Nada. Es estupenda.

—¿Qué quieres decir?

—Que te enteras de todo. Cuándo llego, cuándo salgo, si tengo Internet, si Pedro me ha traído las verduras y hasta cuándo saco la basura.

Maryan lo miró ofendida.

—Tienes una cobertura que ya la quisiera yo para mi fibra.

Cerró la puerta.

Por primera vez en una semana, Ramón no miró la luz PON.

Seguía fija.

Desde el rellano se escuchó entonces la voz de Maryan:

—¡Ramón!

Él cerró los ojos.

—¿Qué?

—¿Pero entonces las verduras sí eran frescas?

Ramón apoyó la frente contra la puerta.

Quizá la fibra no era lo único que necesitaba un cambio de puerto.


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