Recientemente he cometido el error de mi vida, y para que podaís aprender de mi error aquí os dejo mi historia. Todo comenzó como otras muchas cosas con mis problemas a la hora de cagar.

No, no estaba estreñido, no era un problema de regularidad sino de técnica. Parecía ser que el pelo de mi culo había crecido a una longitud tal que los pequeños zurullos se quedaban constantemente atrapados en la tupida selva que había entre los mofletes de mi culo. Esto me producía una terrible sensación de desasosiego, sabía que algo más tenía que caer pero el mojón seguía enredado entre la maraña de pelo por mucho que lo sacudiera. Normalmente podían ocurrir dos cosas: o bien hacerlo bajar con un poco de papel, intentando pinzar el pastel rebelde (lo cual requiere una cuidadosa precisión para no manchar con la criatura todo mi trasero, ya que no tenía forma de ver lo que estaba haciendo); o simplemente  ir a por todas, ponerse a limpiar confiando en que eliminara toda suerte de materia fecal sobrante antes de atascar el váter con el papel higiénico.

Pensando en mi problema creí tener, lo que en aquel momento me pareció, una brillante idea. "¡Ea! Es mi culo y son mis pelos del culo ¿verdad? ¿Por qué no puedo simplemente eliminar todo el pelo, y así mis zurullos fluirán como lo hace la cerveza de un barril?" Me dije a mi mismo. Esta declaración pasara a los anales de la historia como otras muchas declaraciones de las que ahora se lamentan... "¿Cuantos indios podría haber?" Preguntó el General Custer. "¡Parece un buen día para un paseo en coche!" De JFK. De la misma guisa fue mi idea del afeitado anal.

Esa misma noche realicé la operación, con una barata maquinilla desechable y una toalla para sentarse. Empecé por la parte inferior desde la raja hacia las mejillas. El proceso de de librar a mi culo de pelo había comenzado. Ocasionalmente tenía que limpiar la cuchilla de pelo acumulado y restos diversos. Poco a poco mis dos montañas gemelas y el barranco que las separaba parecían las de un bebe. Finalmente pasé la navaja una vez última vez y observé mi trabajo. La toalla estaba cubierta de pelo, pero mi culo era suave como el marfil. Sonreí satisfecho pensando que mis problemas habían terminado. 

Yo no sabía. 

Ahora tengo un gran respeto por los pelos de culo. Como todo lo que Dios ha creado los pelos del culo también tienen su propósito. Justo después de afeitarme empecé a aprender todo lo que no había tenido en cuenta. Para empezar había fricción. Al día siguiente cuando iba de camino a la escuela bajo el sol y después de haber subido dos tramos de escaleras empecé a sudar y a sentir una desagradable sensación. El sudor se acumulaba en la raja del culo y facilitaba que las dos mejillas deslizaran una sobre a la otra a cada paso. Pensé en ir al baño y limpiarme pero tenía que ir a clase. Con el tiempo pensé que se secaría.

Por desgracia se seco. Pero sólo después de que se mezclara  con los restos microscópicos de mierda que flotaban alrededor de mi estrella marrón. Cuando me levanté después de clase, mis mejillas estaban pegadas con una mezcla de sudor y mierda pegajosa y viscosa. De camino a mi casa empezó a picar. ¡Maldita sea, tenía que picar! Sentía como un colonia de hormigas iba haciendo su camino hacia arriba y hacia abajo a lo largo de la raja de mi culo. Luchando para que mi mano no se quedara atascada ahí abajo mientras escarbaba corrí de vuelta a casa. 

Con tan mala suerte, una vez más, este ejercicio me hizo sudar, y cuando llegué mis mejillas se deslizaban entre si como dos sapos cachondos. Rápidamente me bajé los pantalones y traté de secar el culo poniéndolo frente al ventilador y abriendo mis mofletes. Según abría los dos montículos de carne un hedor horrible llenó la habitación. Los perros en un radio de cuatro manzanas comenzaron a aullar. Lo peor estaba por llegar. El rancio aroma a mierda y sudor entró en el ventilador y esté soplo de nuevo en mi cara puesta entre las piernas. Aguantando el vómito y mareado por la situación me senté. A mi mente solo venía un pensamiento: "¿Va a ser así hasta que me vuelva a crecer el pelo?".

Como mejor pude continué haciendo frente a la situación. Limpiándome el culo a la menor oportunidad descubrí otro maravilloso uso del pelo del culo. Ventilación. Cuando trataba de tirarme un pedo este se quedaba atrapado entre mi mofletes. Al parecer, sin pelo, los dos gemelos hacen vacío y el resultado es un pedo frustrante que se desliza de arriba a abajo entre las mejillas como hámster perdido. 

Por si no fuera suficiente ahora sufro nuevas torturas. Todo el mundo sabe que después de afeitarse el pelo crece como si fuera un rastrojo. Imagina tu culo con la textura de un estropajo. Es una agonía infernal. En muchos momentos miro por la ventana y pienso en saltar. Es preferible acabar chafado contra la acera que soportar esta constante tortura.

Amigos. No os afeitéis los pelos del culo.

Traducción Libre de:
http://leedeth.wordpress.com/2006/12/03/do-not-shave-your-ass-hair/


Canción Biográfica.


Parece mentira, con lo que yo he sido en el mundo caspa, que no hubiera oído este esperpento de canción.
Sin duda sólo un genio (o un completo gilipollas) es capaz de componer unos versos así y cantarlos con tamaño descaro. Sin duda ha creado un nuevo genero musical: Canción Biográfica.



The dark side of the rainbow

Rock-sinfónico con toques de psicodelia es ideal para las noches de setas. Sin duda pensé que las setas se las había comido todas el que escribía esa historia. Internet está lleno de referencias al asunto. A pesar de que la banda niegue que lo hicieran de propio la coincidencia es asombrosa. Tan sólo hay que ponerse la película "El mago de oz" y cuando ruja el león de la metro darle al play de "The dark side of the Moon" de Pink Floyd. Entonces la música fluye dentro de la película y al revés. Parecen hechas a medida.



Un señor de Puerto Rico,
colgó en su balcón un loro
de rica pluma y buen pico,
un loro que era un tesoro
y a su amo costó un pico.
Un vecino suyo, moro,
de Tetuán, recibió un mico
y a este mico, lo ató el moro
en su balcón, ante el loro
que así quedo frente al mico.

Tanto y tanto charla el loro,
que un día se enfada el mico
y con la furia de un toro,
lo embiste; se esconde el loro,
rompe la cadena el mico,
salta a la jaula del loro,
sale el loro, pica al mico,
chilla el mico, grita el loro...
se asoman al ruido el moro,
y el señor de Puerto Rico.

-Porque no encierra a su loro?
-Porque no ata bien su mico?
- exclaman los dos a coro
y uno le echa mano al loro
y el otro tira del mico.
Cae el mico sobre el loro,
el loro le clava el pico,
los dientes rechina el mico...
y, asustado, muerde al moro
y al señor de Puerto Rico.

Este reniega del loro,
y jura matar al mico,
mientras furibundo, el moro,
provoca al amo del loro,
y embiste al loro y al mico.
Hacia arriba vuela el loro,
se escurre hacia abajo el mico
y, faltándole al decoro,
caen, trabados en lucha, el moro
y el señor de Puerto Rico...

- ¡Ay! moro si pierdo al loro!
exclama el de Puerto Rico
y airado, replica el moro:
- Pagará caro tu loro,
cristiano, si pierdo al mico!!
Los imita arriba el loro,
muecas, hace abajo el mico,
y no se sabe si el moro,
es quien habla, o si es el loro,
o el señor de Puerto Rico.

Crece el trajín: vuela el loro
y va a caer sobre el mico...
Furioso el de Puerto Rico
viendo en peligro su loro,
quiere ahora matar al mico.
Le da un empujón al moro,
le dispara un tiro al mico,
yerra el tiro y mata al loro,
se desmaya. Ríe el moro
y corre en busca del mico...

Risueño regresa el moro,
con el loro y con el mico,
ríe el de Puerto Rico,
le envía, muerto, al loro
y una carta con el mico.
Dice: "seis onzas de oro
por atentar contra el mico,
a un infiel, reclama un moro,
guarde disecado al loro;
pero págueme ese pico..."

Viendo esto, el amo del loro,
se lanza furioso al mico;
mata al mico, mata al moro...
muertos moro, mico y loro
Se embarca...
Y a Puerto Rico!!!
Anónimo 

Pintada

De uno de mis viajes a Murcia me encontré con una pintada que rezaba así:



Le hice la foto y marché. Cuatro años más tarde la pongo aquí.

Los Nudos

Casarse una soltera recelaba,
temiendo el grave daño que causaba
el fuerte ataque varonil primero
hasta dejar corriente el agujero.
La madre, que su miedo conocía,
si a su hija algún joven la pedía
con el honesto fin del casamiento,
procedía con tiento,
sin quitarle del todo la esperanza,
hasta que en confianza
al galán preguntaba sigilosa
si muy grande o muy chica era su cosa.
Luego que esta cuestión cualquiera oía,
alarde al punto hacía
de que naturaleza
le había dado suficiente pieza.
Quién decía "yo más de cuarta tengo";
quién "yo una tercia larga la prevengo";
y un oficial mostró por cosa rara
un soberbio espigón de media vara.
Tan grandes dimensiones iba viendo
la madre y a los novios despidiendo,
diciéndoles: - Mi niña quiere un hombre
que con tamaños tales no la asombre:
un marido de medios muy escaso;
y así, ustedes no sirven para el caso.
Corrió en breve la fama
del extraño capricho de esta dama,
hasta llegar a un pobretón cadete
que, luego que lo supo, se promete
vivir en adelante más dichoso
llegando con astucia a ser su esposo.
Presentose en la casa
y, lamentando su fortuna escasa,
dijo que hasta en las partes naturales
eran sus medios en pobreza iguales.
Oyendo esta noticia,
la madre le acaricia,
y, como tal pobreza la acomoda,
al cadete en seguida hizo la boda.
Ajustada conforme a su deseo,
en la primera noche de himeneo
se acostó con su novio muy gustosa,
sin temor, la doncella melindrosa;
mas, apenas su amor en ella ensaya,
cuando enseñó el cadete un trastivaya
tan largo, tan rechoncho y desgorrado,
que mil monjas le hubieran codiciado.
La moza, al verlo, a todo trapo llora;
llama a su madre y su favor implora,
la que, en el cuarto entrando
y de su yerno el cucharón mirando,
empezó del engaño a lamentarse
diciendo que le haría descasarse.
Y el cadete, el ataque suspendiendo,
así la habló, su astucia defendiendo:
- Señora suegra, en esto no hay engaño;
yo no le haré a mi novia ningún daño,
porque tengo un remedio
con que el tamaño quede en un buen medio.
Deme un pañuelo; me echaré en la cosa
unos nudos que escurran, y mi esposa,
según que con la punta yo la incite,
pedirá la ración que necesite.
Usté, que por las puntas el pañuelo
tendrá para evitar todo recelo,
los nudos, según pida, irá soltando
y aquello que la guste irá colando.
No pudiendo encontrar mejor partido,
abrazaron las dos el prevenido:
al escabullo encajan el casquete,
y la alta empresa comenzó el cadete.
Así que la mocita
sintió la titilante cosquillita,
a su madre pidió que desatara
un nudo, para que algo más entrara.
Siguieron la función según se pudo,
a cada golpe desatando un nudo,
hasta que al fin, quedando sin pañuelo
el potente ciruelo
dentro ya del ojal a rempujones,
apenas ver dejaba los borlones.
Mas ella, no saciando su apetito,
decía: ¡Madre, quite otro nudito!
A que exclamó la vieja, sofocada:
- ¡Qué nudo ni qué nada!
Ya no queda ni nudo ni pañuelo,
que estás con tu marido pelo a pelo.
- ¡Cómo!, la hija respondió furiosa.
¿Pues qué hizo usté de tan cumplida cosa?
¡Ay, Dios se lo perdone!,
siempre mi madre mi desdicha fragua;
todo lo que en las manos se le pone
al instante lo vuelve sal y agua.
El Jardín de Venus
Félix María Samaniego
 

El Cañamón

Cierta viuda, joven y devota,
cuyo nombre se sabe y no se anota,
padecía de escrúpulos, de suerte
que a veces la ponían a la muerte.
Un día que se hallaba acometida
de este mal que acababa con su vida,
confesarse dispuso,
y dijo al confesor: - Padre, me acuso
de que ayer, porque soy muy guluzmera,
sin acordarme de que viernes era,
quité del pico a un tordo que mantengo,
jugando, un cañamón que le había dado
y me lo comí yo. Por tal pecado
sobresaltada la conciencia tengo
y no hallo a mi dolor consuelo alguno,
al recordar que quebranté el ayuno.
Díjola el padre: - Hija,
no con melindres venga,
ni por vanos escrúpulos se aflija,
cuando tal vez otros pecados tenga.
Entonces, la devota de mi historia,
después de haber revuelto su memoria,
dijo: - Pues es verdad; la otra mañana
me gozó un fraile de tan buena gana
que, en un momento, con las bragas caídas,
once descargas me tiró seguidas
y, porque está algo gordo el pobrecito,
se fatigó un poquito
y se fue con la pena
de no haber completado la docena.
Oyendo semejante desparpajo,
el cura un brinco dio, soltó dos coces,
y salió por la iglesia dando voces
y diciendo: - ¡Carajo!,
¡echarla once y no seguir por gordo
¡Eso sí es cañamón, y no el del tordo!
El Jardin de Venus. 
Felix María Samaniego.