Chico para todo

 Ramón trabaja ahora en una federación deportiva.

Eso significa que puede pasar de preparar las equipaciones de un campeonato a hacer un módulo de contabilidad para el programa de gestión sin que nadie considere que haya nada extraño en ello.

Es el chico para todo.

Cada federación tiene su pequeño territorio: una especie de reino independiente separado de los demás por paredes de pladur. Bueno, por paredes de pladur y por una serie de pequeñas fronteras imaginarias que, de momento, Ramón procura no cruzar.

El problema es que las paredes no llegan hasta el techo.

Ramón no sabe muy bien qué federación tiene al lado, pero sabe perfectamente qué desayuna, quién se enfada con quién y qué problemas informáticos tienen. Por ejemplo, los de Pádel llevan varios días intentando entrar en el Marca porque, al parecer, alguien les ha dicho que tienen que cambiar los DNS.

Ramón escucha cómo uno lee en voz alta las instrucciones que le ha dado ChatGPT mientras el otro las ejecuta.

—Ahora ponemos ocho, ocho, ocho, ocho.

Silencio.

—¿Y abajo?

—Cuatro, cuatro, cuatro, cuatro.

Otro silencio.

—Pues no va.

Ramón podría arreglarlo en treinta segundos, probablemente en veinte.

Pero no dice nada.

Todavía no.

Ramón ha decidido que hay una edad laboral en la que uno debe aprender a distinguir entre puedo solucionar esto y me corresponde solucionar esto.

Y de momento está en la segunda fase.

Da los buenos días.

Eso sí.

Cuando llega por la mañana y hay gente alrededor de la máquina de café, Ramón dice buenos días, saca su café y vuelve a su cubículo.

No se queda, y no porque sea antipático: todavía no sabe si en esas conversaciones hay que participar o si existe algún examen previo que certifique que uno ya pertenece al grupo.

Observa y escucha. Escucha mucho.

También sabe que ocupa un lugar un poco incómodo: está sustituyendo a una persona que llevaba más de veinte años allí.

Veinte años.

En veinte años uno no solo consigue un puesto: consigue un status.

Una grapadora que todo el mundo sabe que es tuya.

Una taza que nadie toca.

Y, sobre todo, consigue que cuando entras en una habitación alguien diga:

—Ahí viene.

Ramón, en cambio, todavía provoca como mucho:

—¿Este es el nuevo?

Y él tampoco tiene muy claro qué contestar.

Por eso mantiene un perfil bajo: no quiere parecer el que ha venido a quitarle el puesto a nadie.

Aunque técnicamente sea exactamente eso.

Un día alguien cumple años, y Ramón se entera porque escucha movimiento en el office: platos, bolsas, risas.

Alguien ha llevado tortilla y otro ha comprado pasteles.

Ramón sigue trabajando.

Al cabo de un rato oye una voz en el despacho de al lado.

—¡Oye, que he traído unas cosas por mi cumpleaños!

Ramón mira la pantalla y sigue trabajando: no espera ninguna invitación.

Y efectivamente, nadie aparece.

La persona entra en el despacho de al lado, ofrece algo, vuelve al office y la vida continúa.

Ramón sonríe: no le molesta, de hecho casi le hacen un favor.

Porque el día que sea su cumpleaños no tendrá ninguna obligación moral de llevar una tortilla, comprar pasteles o aparecer con una bandeja de croquetas.

No por tacaño.

Es simplemente que, de momento, allí no tiene amigos.

Tiene compañeros.

Quizá con el tiempo cambie, o quizá no.

A Ramón tampoco le preocupa demasiado.

Mientras tanto ha descubierto que las paredes de pladur tienen una ventaja inesperada: uno puede estar completamente solo y, sin embargo, enterarse de todo.

Sabe cuándo alguien se ha enfadado con su jefe y cuándo alguien ha recibido una llamada que no quería recibir.

Cuándo llega el repartidor. Cuándo se acaba el papel de la impresora.

Y, sobre todo, sabe que en alguna parte del edificio hay una persona que lleva veinte minutos intentando cambiar los DNS para entrar en el Marca.

Ramón podría solucionarlo.

Pero todavía no.

Todavía es el chico nuevo.

El chico para todo.

El que prepara camisetas, arregla programas de contabilidad y, por ahora, contempla en silencio cómo la humanidad lucha contra un servidor DNS.

Desde su pequeño cubículo de pladur.

Como un monje.

Pero con Wi-Fi.

Cantos de sirena

Era una anodina tarde se sábado.

Ramón tenía mucho que hacer. Podría haber preparado algún presupuesto para un cliente, o haberse puesto con las partituras que tenía que cantar la semana siguiente. Pero no.

Ramón improvisó uno de esos planes que tanto le gusta improvisar.

Veinte minutos después llegó a Mozota, un pueblo pequeño que, tiempo atrás, había sido protagonista de muchas historias de este blog. Por eso el lugar significaba algo distinto para Ramón.

Las sillas estaban dispuestas en mitad de la única plaza del pueblo. No había escenario, aunque la disposición de las sillas y la P.A. dejaban claro que allí iba a pasar algo.

Todavía no había nadie sentado. Estaban todos en el bar, como manda la tradición en los pueblos y, probablemente, también en la organización de festivales de música.

Ramón dio una vuelta para hacer tiempo.

Cinco minutos antes de la hora se sentó en segunda fila. Sabía que nadie se sentaría delante de él: años de conciertos le habían enseñado dónde se sienta la gente que menos quiere ver.

El concierto empezó con un retraso tolerable.

Una violagambista y una bailarina de danza contemporánea.

Ramón no entendía los espasmódicos movimientos de aquel baile, pero tampoco se sentía moralmente autorizado para criticar algo que no sabía hacer. Él tampoco entendía algunas de sus propias decisiones vitales y no por eso dejaba de tomarlas.

La violagambista, sin embargo, tocaba con pasión. Tenía una voz y una mirada que atrapaban a Ramón, mientras ella y la bailarina parecían entrar poco a poco en trance. Las melodías, sugerentes y profundas, llenaban la pequeña plaza y transportaban a Ramón lejos de allí.

Aquellos cantos de sirena que atrapaban a Ramón le evocaron a ella. A cómo cantaba junto a él, con aquella misma pasión. Y durante unos segundos, Ramón dejó de estar en Mozota.

Durante un rato dejó de pensar en los presupuestos, en las partituras y en todo lo que había decidido que tenía que hacer aquella tarde.

Solo escuchaba.

Probablemente eso era lo que había ido a buscar sin saberlo.

Cuando terminó la última pieza, hubo unos segundos de silencio antes del aplauso. De esos silencios que forman parte del espectáculo.

Ramón aplaudió.

Había improvisado una tarde cualquiera y había terminado encontrando algo parecido a un pequeño paréntesis.

Aunque, pensándolo bien, tampoco había sido tan improvisado. Llevaba veinte minutos conduciendo para llegar hasta allí y todavía no sabía si había ido por la música, por Mozota o por esas otras cosas que uno no sabe bien por qué hace hasta que las hace.

Al llegar a la moto miró la hora.

—Bueno —pensó—. Ahora sí que puedo volver a casa y hacer todo lo que tenía que hacer.

No lo hizo.

Las excepciones

Ramón no podía hacer nada y eso le dolía.

Podía abrazarla, escucharla, decirle que no iba a juzgarla. Podía dejar una luz encendida al otro lado de la puerta y esperar. La decisión era suya. Había cosas que nadie podía decidir por otro.

Ella hablaba de sus principios como quien sostiene un mapa que ya no reconoce. Ramón pensaba que los principios no estaban hechos para ser inmutables: eran brújulas, y hasta las brújulas necesitan corregir el rumbo. Las reglas sirven para protegernos, para decirnos por dónde caminar cuando todo está claro, pero la vida llena de niebla los caminos importantes. Ahí aparecen las excepciones: situaciones que no estaban previstas cuando escribimos nuestras propias normas, momentos en que cumplir una regla hace más daño que romperla.

Ramón no sabía si lo que sentía ella era una excepción. Tampoco sabía si ella quería que lo fuera. Solo sabía que había encontrado algo que quería cuidar y que no podía tocar. Aprendió que querer a alguien también podía significar quedarse quieto, sin empujar ni pedir, sin intentar salvarla de una decisión que solo ella podía tomar.

Dejó la puerta abierta y esperó. No tenía la certeza de que ella fuera a cruzarla algún día. Pero algunas personas merecen encontrar su propio camino, aunque uno desee poder caminarlo por ellas.

El sol de verano caía implacable sobre la terraza de Ramón. Desde el primer instante en que ella pisó aquellas baldosas, lo tuvo claro: ahí hacían falta verdes, pétalos y vida. Días después llegó el mensaje, adornado con una ráfaga de iconos florales: ¡Quiero hacer un jardín en tu terraza!

La propuesta no dejaba lugar a dudas. Sin embargo, la mente de Ramón, siempre dispuesta a darle la vuelta, no pudo evitar una pícara sonrisa. Un caballero de los de antes guarda las formas y jamás verbaliza según qué ocurrencias, pero por un segundo se imaginó plantando la semilla en su huerto. Un pensamiento  picante y absurdo, tan propio de su imaginación calenturienta, que murió ahí mismo.

—¡Qué bonito es eso!— respondió. A pesar de su mente traviesa, Ramón había visto en aquél mensaje unas raíces mucho más profundas de lo que parecían.

Aquella terraza no era un simple rincón al sol. Era su vida, un espacio vacío donde ella empezaba a abrirse paso. Ramón sabía que ningún jardín nace en un instante, ni un jazmín regala su aroma al día siguiente de dejar caer la semilla. Construir ese espacio común exigiría tiempo, paciencia, mancharse las manos juntos, podar cuando vinieran mal dadas y un riego constante para que lo que apenas brotaba no se agostara.

Ella le proponía construir algo juntos, a fuego lento, con la paciencia de quien sabe que lo hermoso tarda. Si los dos cuidaban aquel proyecto, con la dosis justa de mimo, sol y atención, ese espacio desnudo terminaría dando las flores más vistosas y los frutos más dulces de sus vidas.

Casilla de salida

Esta tarde Ramón ha quedado con ella. En el mismo sitio que la primera no cita. Parece una vuelta a la casilla de salida pero esta vez las normas de la partida han cambiado. En su último mensaje ella lo dejaba claro. Pero Ramón prefería leer entrelineas. Veía sus dudas y se aferraba a ellas. Era como hacer rappel con hilo de pescar. De momento aguanta pero sabe que tarde o temprano se va romper. 

Ramón está nervioso. No sabe lo que va a pasar. Quizá un café sin prisa, un paseo sin destino, una conversación absurda, un agua con gas... 

Aunque la conclusión ya estaba dicha Ramón buscaba alguna razón que le hiciera comprender aquella decisión. 

Llegaron puntuales a la cita.

Ese abrazo de reencuentro sacó a Ramón de su catatonia veraniega. Otra vez su cuerpo, su olor, su energía. Una rápida puesta al día y, al momento, ya estaba Ramón tocando la fibra sensible.

Aquello no iba de estar con uno o con otro. Iba de su felicidad. De aquello que la hacía feliz y que, de alguna manera, estaba dejando atrás.

Así se lo hizo ver Ramón, sin ambages, directo a la herida. Le querían quitar aquello que amaba. La música e incluso la posibilidad de tener una amistad sincera con él. Ramón no lo concebía.

Por primera vez se había puesto un poco más serio con ella, exponiéndole todo aquello que llevaba un rato dando vueltas en su cabeza.

Ella le escuchaba atentamente. Su cabeza estaba a mil. No sabía qué hacer.

Aquello le parecía la decisión de Sofie.

Su mayor desafío era soltar aquella soga que la ataba a la orilla y dar el salto. El nudo de la soga estaba apretado, pero en el fondo sabía que no le iba a dar la libertad que necesitaba.

Por otra parte, le consumía la pena de todo lo bueno que había vivido con aquella persona.

—Voy a tener que hablar con él —dijo entre sollozos mientras se abrazaba a Ramón para que este no viera sus ojos envueltos en lágrimas.

Un instante después se incorporó.

Y en la penumbra de la noche, Ramón, como siempre hacía, la miró con admiración.

En ese momento descubrió su mirada puesta en el horizonte, con los ojos vidriosos, transmitiendo cierta sensación de calma.

Como diciendo:

Sé lo que tengo que hacer... a ver ahora cómo coño lo hago.

Y se hizo la luz (ii)

A las cuatro menos cinco de la tarde, Ramón ya estaba otra vez en el sofá, portátil en las rodillas, esperando.

A las cuatro y dos minutos, Internet se fue.

La PON empezó a parpadear.

Ramón cerró el portátil.

—Lo sabía.

Aquello ya no era una avería. Aquello tenía horario.

Por la mañana había estado allí un técnico. Había cambiado el router y el ONT por un Zyxel con la ONT integrada. Una solución moderna, limpia y elegante. Un aparato en vez de dos. Menos cables, menos posibilidades de fallo.

Según el técnico, con aquello se descartaban varios problemas.

Y, efectivamente, cuando se marchó, Internet funcionaba perfectamente. La señal era buena. El router era nuevo. La PON estaba fija. Todo estaba en orden.

Naturalmente, a las cuatro de la tarde volvió a fallar.

Ramón empezó a pensar que quizá el problema no estaba en casa.

Y entonces descubrió algo.

El nuevo router permitía consultar la potencia de la señal óptica que estaba recibiendo.

Entró en el apartado de diagnóstico.

RX Power: -35 dBm.

—A ver qué coño eres tú...

Ramón frunció el ceño.

No sabía muy bien qué significaba aquello, pero tenía una herramienta fundamental a su disposición: Internet.

Bueno, no Internet en casa, evidentemente.

Utilizó los datos móviles del teléfono, que para algo servían además de para recibir vídeos de señoras bailando.

Buscó qué significaba una potencia óptica de -35 dBm.

Y entonces empezó a entender.

Con ese nivel de señal, lo raro no era que Internet hubiera dejado de funcionar. Lo raro era que hubiera funcionado.

Ramón volvió a mirar la pantalla.

-35 dBm.

—La madre que le parió...

Por primera vez en varios días tenía una pista.

Aquello no era el router. No era el ordenador. No era el Wi-Fi. No era Windows. No era que Ramón hubiera tocado algo.

Era la fibra. La muy hija de mil padres estaba perdiendo señal.

A la mañana siguiente, Internet volvió.

Ramón entró inmediatamente en el panel del router.

-26 dBm.

La señal había mejorado.

Y entonces hizo algo que hasta ese momento nadie parecía haber considerado necesario: empezó a apuntar los valores.

A las diez de la mañana: -26 dBm.

A las doce: -28 dBm.

A la una y media: -30 dBm.

A las tres: -32 dBm.

Ramón empezó a sospechar que estaba asistiendo a una especie de suicidio óptico.

A las tres y cuarenta y cinco: -33 dBm.

Y a las cuatro en punto...

Otra vez sin Internet.

Ramón se quedó mirando la pantalla. No era casualidad. No era una coincidencia. Era una rutina. La fibra no fallaba a las cuatro. La fibra fichaba a las cuatro.

Aquello empezaba a parecer una investigación policial, solo que en lugar de huellas dactilares tenía decibelios y en lugar de un cadáver había un router parpadeando.

Ramón llamó de nuevo al servicio técnico. Al día siguiente apareció otro técnico. Esta vez venía con una solución rápida: cambiar otra vez el router.

Ramón lo miró.

—El router no es.

—Bueno, vamos a probar...

—No.

El técnico levantó una ceja. Ramón abrió el panel de diagnóstico.

—Mire.

Le enseñó los registros.

-26.

-28.

-30.

-32.

-33.

Y, a continuación, la desaparición de Internet.

El técnico dejó de hablar.

Ramón había esperado varios días para vivir aquel momento. Por fin había conseguido que alguien mirase los datos antes de cambiar una pieza por otra.

Y además había tenido suerte. El técnico había llegado después de las cuatro. La PON estaba parpadeando. Internet no funcionaba. La señal óptica estaba por los suelos. La avería estaba allí, delante de sus ojos. 

No había que esperar. No había que reiniciar nada. No había que apagar y encender el router. No había que preguntarle a Ramón si estaba seguro de que no había tocado algo.

El técnico bajó al cuarto de telecomunicaciones. Ramón esperó. Unos minutos después volvió a subir.

—He cambiado el puerto.

Ramón entró de nuevo en el panel.

RX Power.

-15 dBm.

Se quedó mirando el número. Internet había vuelto. La PON estaba fija.

Ramón respiró.

Después volvió a mirar la pantalla.

-15 dBm.

De -35 a -15. Veinte decibelios. Una barbaridad. Habían encontrado el problema.

Ramón cerró el portátil.

Había pasado una semana persiguiendo una avería que aparecía todos los días a la misma hora.

Había hablado con técnicos. Había cambiado equipos. Había consultado foros. Había aprendido qué demonios eran los dBm. Había monitorizado la señal como si estuviera vigilando las constantes vitales de un enfermo terminal.

Y al final, lo que hacía falta era cambiar un cable de puerto.

Epílogo

Esa tarde, Ramón estaba en el rellano cuando apareció Maryan.

—¿Ya tienes Internet?

Ramón la miró.

—Sí.

—¿Y qué era?

Ramón sonrió.

—Un problema de señal.

Maryan asintió con esa expresión de quien no entiende absolutamente nada pero considera que debe emitir igualmente una opinión.

—Ya te dije yo que algo raro tenía que haber.

Ramón se ajustó las gafas.

—Sí. Pero no era la señal de Internet.

Maryan frunció el ceño.

—¿Entonces qué era?

—La cobertura.

—¿La cobertura?

—La tuya.

Maryan se quedó mirándolo.

—¿Qué pasa con mi cobertura?

Ramón se encogió de hombros.

—Nada. Es estupenda.

—¿Qué quieres decir?

—Que te enteras de todo. Cuándo llego, cuándo salgo, si tengo Internet, si Pedro me ha traído las verduras y hasta cuándo saco la basura.

Maryan lo miró ofendida.

—Tienes una cobertura que ya la quisiera yo para mi fibra.

Cerró la puerta.

Por primera vez en una semana, Ramón no miró la luz PON.

Seguía fija.

Desde el rellano se escuchó entonces la voz de Maryan:

—¡Ramón!

Él cerró los ojos.

—¿Qué?

—¿Pero entonces las verduras sí eran frescas?

Ramón apoyó la frente contra la puerta.

Quizá la fibra no era lo único que necesitaba un cambio de puerto.


Y se hizo la luz (i)

Las cuatro de la tarde. El router todavía funcionaba así que Ramón se sentó paciente delante de aquella cajita blanca con luces a esperar. 

No habían pasado ni tres minutos cuando sus temores se hicieron realidad. La luz PON empezó a parpadear.

—Hoy te has retrasado— espetó Ramón, como si la ONT pudiera oirle y así hacerla sentir avergonzada. 

La ONT no respondió, nunca lo hacía. Era la parte más humillante de la relación.

Ramón llevaba tres días con el mismo problema. Por la mañana la fibra funcionaba sin ningún problema: veloz, obediente, como una fibra decente. Pero a las cuatro de la tarde, sin motivo aparente, la muy miserable se apagaba dejando a Ramón desconectado, solo ante el mundo pero libre de ataduras virtuales.

El primer día pensó que era algo puntual. Reinició el router, miró los cables, comprobó que no había internet y siguió con su vida, como un hombre adulto y con la dignidad todavía intacta. El segundo día volvió a pasar, a la misma hora, y a Ramón se le puso la mosca detrás de la oreja. El tercer día dejó de ser avería para convertirse en cruzada personal.

—Va a ser que esto no es un fallo técnico —se dijo en voz alta—. Esto personal.

La llamada a la operadora

Ramón marcó el número de soporte técnico con la resignación de quien sabe exactamente cómo va a terminar aquello y aun así lo intenta, porque uno es tonto pero no vago.

Le atendió una voz de chico joven, entusiasta, con ese tonillo de guion aprendido que solo se consigue tras muchas horas de formación mal pagada.

-¿Ha reiniciado el router? -Sí. -¿Puede apagarlo y volver a encenderlo? -Sí. -¿Ha esperado unos segundos antes de encenderlo? -Sí. -¿Puede volver a hacerlo?

Ramón había anticipado todas sus preguntas. Le hubiera gustado explicarle al chaval que llevaba quince años trabajando con servidores, que sabía perfectamente lo que era un DNS, una VLAN y hasta un NAT, pero comprendió que para aquel guion él era simplemente un señor que quizá no había encontrado el botón de encendido. Colgó resignado, sin discutir. Discutir con el guion es como discutir con un contestador automático.

La espiral

Lo que vino después fue lo de siempre. Ping. Traceroute. Mirar los logs del router como si fueran a revelarle una epifanía. Volver a los cables. Volver a la ONT. Y volver, otra vez, a esa lucecita azul parpadeando con la tranquilidad insultante de quien sabe que va a ganar sin mover un dedo.

-Esto no es problema del router- afirmó Ramón en voz alta, para nadie.

Aquella frase significaba que Ramón se iba a tirar la tarde entera demostrando que tenía razón, sin cobrar nada por ello y sin que nadie se lo agradeciera después.

La vecina de la fibra

A todo esto se le sumó Maryan, la vecina del primero, que apareció en el rellano justo cuando Ramón salía con cara de pocos amigos a comprobar si el problema era de toda la escalera.

-¿Tampoco tienes internet tú?- preguntó Maryan con ese tono inquisidor propio de alcahuetas profesionales.

-Desde las cuatro en punto, como un reloj- respondió Ramón.

Lo sorprendente hubiera sido que ella tuviera internet y Ramón no. Ramón tenía un acuerdo con su marido Pedro: le compartía el wifi y, a cambio, Pedro le proveía de las verduras que cultivaba en su hortal.

—A ver si va a ser que Pedro no te está dando verduras frescas últimamente y el wifi ha decidido ponerse en huelga —soltó Maryan con malicia mientras se cerraba la bata a la altura de las tetas. 

Ramón la miró de arriba abajo, se subió las gafas y dijo con una sonrisa.

—No te preocupes por mis verduras que están de categoría. Lo que me preocupa es su antena, porque para estar tan pendiente de las vidas ajenas, es increíble la poca cobertura que tiene para enterarse de las suyas.

El final, que no es final

Esa noche, sin tocar nada, sin que Ramón hubiera cambiado ni una sola configuración, la luz PON se quedó fija otra vez. Internet volvió sin dar explicaciones.

Ramón no preguntó. No tocó nada. No respiró demasiado fuerte, no fuera a ser que la caja se lo tomara a mal. Si funciona, no lo toques.

A la mañana siguiente, la PON seguía fija. Ramón desconfiadamente.

-¿Te vas a porta bien?- le dijo como a un niño pequeño.

La luz, por supuesto, no contestó. Pero a las cuatro menos cinco de la tarde, Ramón ya estaba otra vez en el sofá, portátil en las rodillas, esperando.