Movimientos

 El teléfono del trabajo sonó pasadas las seis. Ramón no solía cogerlo a esas horas, pero ese día se encontraba saleroso así que descolgó por curiosidad más que por otra cosa.

—Buenas tardes.

—Buenas. Mire, que compré un permiso para el coto de Arguis la semana pasada y no tengo nada que enseñar si me para la Guardia Civil.

—Vale, vamos a verlo. ¿Qué día lo compró?

—Pues... la semana pasada.

—Ya. ¿Y su nombre?

—Enrique Fanlo Gutiérrez, para servirle a Dios y a usted.

A Ramón se le escapó la risa por la nariz. Tecleó el nombre en la base de ventas y no salió nada. Probó solo con el apellido, luego con el segundo, y tampoco.

—Don Enrique, a su nombre no me aparece ninguna compra. ¿Tiene usted el justificante del banco?

—¿Qué justificante?

—El del pago.

—¿Qué pago?

—El del permiso.

—¡Si lo compré por internet!

Ramón se quedó mirando la pantalla un rato.

—Ya, pero precisamente por eso. Mire en su banco a ver si le figura el cargo.

—¿Y eso cómo se hace?

Ramón empezó a explicárselo y a mitad de frase se dio cuenta de que aquello no iba a ningún lado. Abrió la tabla de transacciones incompletas, por probar, y ahí estaba: Enrique Fanlo Gutiérrez, pago iniciado, no completado.

—Aquí lo tengo. Se le quedó la compra a medias.

—¡Que no! Que yo le di a pagar y me puso que ya estaba.

—Pues en el TPV del banco no consta ningún cobro. Mire, vamos a comprobarlo en su banco. ¿Tiene la aplicación en el móvil?

—Tengo una.

—¿Del banco?

—Hombre, del banco, no del Corte Inglés.

—Pues ábrala.

—Ya está abierta.

—¿Y qué ve?

—Un número muy grande. Y en verde.

—Eso es su saldo. Deje eso. Busque donde ponga «Movimientos».

—Aquí pone «Posición global».

—Ese no.

—«Mis productos».

—Tampoco.

—«Mi nómina». Aquí me sale la nómina. ¿La quiere?

—No, no, la nómina no. Baje un poco. Una lista de líneas con fechas y cantidades.

—Ah, sí. Eso lo veo.

—Pues eso son los movimientos.

—¿Eso es un movimiento?

—Cada línea es uno.

—Pues yo creía que era cuando uno se movía de sitio.

Ramón se tapó la cara con la mano libre.

—No, Enrique. Un movimiento es cada vez que entra o sale dinero. ¿Ve alguno de hace una semana que ponga algo de la federación, o coto de pesca?

—Veo... la gasolina. La farmacia. Uno del Mercadona. Uno que pone «Motel club las sirenas ese ele».

—Ese no me interesa.

—A ti no, pero a mi mujer sí.

—Enrique.

—Perdone.

Llevaban diez minutos así. Ramón empezaba a calcular que le habría salido más barato regalarle el permiso cuando Enrique dijo:

—Mire, mejor se lo cuenta al Aurelio, que sabe más de esto.

—¿Qué Aurelio?

Pero el teléfono ya había cambiado de manos.

—Buenas tardes —dijo una voz más grave y muy segura de sí misma.

—Buenas tardes. Le decía a Enrique que mire en la aplicación del banco si le han cobrado el permiso.

—Eso está hecho. Tú tranquilo. A ver, Enrique, dame el móvil, que no lo estás haciendo bien.

Se oyó un forcejeo. Luego, silencio. Luego, un carraspeo largo.

—Oye, chaval.

—Dígame.

—¿Esto de los movimientos no será lo de deslizar con el dedo?

Ramón cerró los ojos.

—Es una lista, Aurelio. Se baja con el dedo.

—Ah, ya decía yo. Ahora lo miramos y te llamamos.

—¿Tienen el número?

—Sale en la pantalla, chaval, que no somos tontos.

Aurelio colgó. Ramón miró el reloj: casi media hora. Se puso con otras cosas y a los cinco minutos ya se había convencido de que el asunto estaba cerrado. Se equivocaba: a la hora justa volvió a sonar el mismo número.

—Dígame, Enrique.

Había decidido quitarle el don. Motivos tenía.

—Tenía usted razón. El banco no me había cobrado nada.

—Me alegro.

—Y ya sé lo que pasó. Que me pidió un código, que me lo mandaban al móvil.

—¿Y se lo llegó a mandar?

—Sí, pero es que el móvil ese no es el mío. Es el viejo, el de tapa, que lo tengo en la furgoneta. Y como yo estaba en casa, pues le di a cerrar y ya está.

—¿Y por qué le puso que estaba hecho?

—Eso lo dije yo, que me pareció que sí.

Ramón se quedó un segundo callado.

—Vale. Eso lo explica todo.

—Y entonces el Aurelio dijo que lo volviera a comprar, que él me dejaba la tarjeta suya y el móvil suyo, y ya está. Y lo hemos comprado.

—¿Con la tarjeta de Aurelio?

—Con la de él. Y con su teléfono, que sí lo tiene a mano.

Ramón abrió la base de datos. Esta vez sí: a nombre de Enrique Fanlo Gutiérrez, pago confirmado, permiso emitido.

—Pues ahora sí lo tiene comprado. Le habrá llegado al correo.

Silencio al otro lado.

—Uy.

—¿Qué pasa?

—Que el correo que pusimos era el del Aurelio.

—Ah.

—Pero él dice que ahora no se acuerda de la contraseña.

—Ya.

—Y yo no tengo correo.

—¿Ninguno?

—Tengo uno que me hizo mi nieto, pero no sé cuál es.

Ramón se echó hacia atrás en la silla y miró el techo.

—Déjelo, déjelo. Se lo mando yo por WhatsApp ahora mismo.

Le mandó el PDF. Enrique tardó menos de lo esperado en decir que ya le había llegado.

—¿Y esto cómo se ve?

—Pinche encima con el dedo.

—¿Con el dedo?

—Sí, en el documento.

—Ah.

Ramón oyó respirar a Enrique durante unos segundos. Al fondo, muy lejos, una voz que decía «¡Que se pincha, Enrique, que se pincha!».

—Se ha abierto —dijo por fin—. Ya lo veo. Dice que es del Aurelio.

—Es a su nombre, Enrique. Lo pagó con la tarjeta de Aurelio, pero el permiso es suyo.

—Oiga, y ya que estamos, ¿cuántas truchas se pueden sacar?

—Viene en el permiso.

—¿En el PDF?

—En el PDF.

—Pues mañana le llamo y me lo lee.

Ramón no contestó.

—Pues muchas gracias, chaval. Qué paciencia has tenido conmigo. Y el Aurelio también te da las gracias, que dice que ha aprendido mucho.

—No hay de qué.

—Y viva E...

Ramón esperó.

—...la Virgen del Pilar.

A esas alturas, Ramón contestó sin pensarlo:

—¡Viva!

Papelón

El concierto terminó con una salva de aplausos y el público en pie. Había sido un éxito.

Durante el concierto, Ramón había mirado varias veces hacia el público. No buscaba a nadie en particular. O eso se decía. Una pequeña reacción a un mensaje en el grupo del coro había bastado para alimentar una esperanza tan improbable como inevitable. Quizá ella apareciera.

No apareció.

Pero entre las cabezas encontró otros rostros conocidos, rostros que le devolvieron de golpe al presente. 

Bajó del altar y se acercó a saludar a quienes habían tenido el detalle de acudir a una misa-concierto un domingo a las ocho de la tarde. Aquello, en sí mismo, ya merecía un agradecimiento.

La primera en aparecer fue su antigua profesora de piano.

—Me ha gustado —le dijo.

Ramón sonrió. No era poca cosa. Su antigua profesora tenía la curiosa costumbre de reservar las grandes alabanzas para los conciertos que ella misma organizaba.

Mientras hablaban, apareció David, compañero de Ramón en otro coro.

—¡Enhorabuena, profe!

La antigua profesora torció el gesto.

Por un instante pareció no entender nada. La profe era ella. Al menos, eso creía.

Ramón, viendo el desconcierto, se apresuró a aclararlo.

—Cuando Leonor, nuestra dire, falla o no puede dar la clase, ahí estoy yo para hacer el papel.

—¡Y menudo papelón! —exclamó Carmen, que acababa de acercarse.

Esa complicidad, tan propia de sus compañeros en la otra formación coral, le llenó de orgullo. David y Carmen no escatimaban en halagos ante la mirada aún desconcertada de su vieja maestra.

La vieja maestra esbozó una media sonrisa, tibia, incapaz de competir contra un entusiasmo que ya no le pertenecía.

Chico para todo

 Ramón trabaja ahora en una federación deportiva.

Eso significa que puede pasar de preparar las equipaciones de un campeonato a hacer un módulo de contabilidad para el programa de gestión sin que nadie considere que haya nada extraño en ello.

Es el chico para todo.

Cada federación tiene su pequeño territorio: una especie de reino independiente separado de los demás por paredes de pladur. Bueno, por paredes de pladur y por una serie de pequeñas fronteras imaginarias que, de momento, Ramón procura no cruzar.

El problema es que las paredes no llegan hasta el techo.

Ramón no sabe muy bien qué federación tiene al lado, pero sabe perfectamente qué desayuna, quién se enfada con quién y qué problemas informáticos tienen. Por ejemplo, los de Pádel llevan varios días intentando entrar en el Marca porque, al parecer, alguien les ha dicho que tienen que cambiar los DNS.

Ramón escucha cómo uno lee en voz alta las instrucciones que le ha dado ChatGPT mientras el otro las ejecuta.

—Ahora ponemos ocho, ocho, ocho, ocho.

Silencio.

—¿Y abajo?

—Cuatro, cuatro, cuatro, cuatro.

Otro silencio.

—Pues no va.

Ramón podría arreglarlo en treinta segundos, probablemente en veinte.

Pero no dice nada.

Todavía no.

Ramón ha decidido que hay una edad laboral en la que uno debe aprender a distinguir entre puedo solucionar esto y me corresponde solucionar esto.

Y de momento está en la segunda fase.

Da los buenos días.

Eso sí.

Cuando llega por la mañana y hay gente alrededor de la máquina de café, Ramón dice buenos días, saca su café y vuelve a su cubículo.

No se queda, y no porque sea antipático: todavía no sabe si en esas conversaciones hay que participar o si existe algún examen previo que certifique que uno ya pertenece al grupo.

Observa y escucha. Escucha mucho.

También sabe que ocupa un lugar un poco incómodo: está sustituyendo a una persona que llevaba más de veinte años allí.

Veinte años.

En veinte años uno no solo consigue un puesto: consigue un status.

Una grapadora que todo el mundo sabe que es tuya.

Una taza que nadie toca.

Y, sobre todo, consigue que cuando entras en una habitación alguien diga:

—Ahí viene.

Ramón, en cambio, todavía provoca como mucho:

—¿Este es el nuevo?

Y él tampoco tiene muy claro qué contestar.

Por eso mantiene un perfil bajo: no quiere parecer el que ha venido a quitarle el puesto a nadie.

Aunque técnicamente sea exactamente eso.

Un día alguien cumple años, y Ramón se entera porque escucha movimiento en el office: platos, bolsas, risas.

Alguien ha llevado tortilla y otro ha comprado pasteles.

Ramón sigue trabajando.

Al cabo de un rato oye una voz en el despacho de al lado.

—¡Oye, que he traído unas cosas por mi cumpleaños!

Ramón mira la pantalla y sigue trabajando: no espera ninguna invitación.

Y efectivamente, nadie aparece.

La persona entra en el despacho de al lado, ofrece algo, vuelve al office y la vida continúa.

Ramón sonríe: no le molesta, de hecho casi le hacen un favor.

Porque el día que sea su cumpleaños no tendrá ninguna obligación moral de llevar una tortilla, comprar pasteles o aparecer con una bandeja de croquetas.

No por tacaño.

Es simplemente que, de momento, allí no tiene amigos.

Tiene compañeros.

Quizá con el tiempo cambie, o quizá no.

A Ramón tampoco le preocupa demasiado.

Mientras tanto ha descubierto que las paredes de pladur tienen una ventaja inesperada: uno puede estar completamente solo y, sin embargo, enterarse de todo.

Sabe cuándo alguien se ha enfadado con su jefe y cuándo alguien ha recibido una llamada que no quería recibir.

Cuándo llega el repartidor. Cuándo se acaba el papel de la impresora.

Y, sobre todo, sabe que en alguna parte del edificio hay una persona que lleva veinte minutos intentando cambiar los DNS para entrar en el Marca.

Ramón podría solucionarlo.

Pero todavía no.

Todavía es el chico nuevo.

El chico para todo.

El que prepara camisetas, arregla programas de contabilidad y, por ahora, contempla en silencio cómo la humanidad lucha contra un servidor DNS.

Desde su pequeño cubículo de pladur.

Como un monje.

Pero con Wi-Fi.

Cantos de sirena

Era una anodina tarde se sábado.

Ramón tenía mucho que hacer. Podría haber preparado algún presupuesto para un cliente, o haberse puesto con las partituras que tenía que cantar la semana siguiente. Pero no.

Ramón improvisó uno de esos planes que tanto le gusta improvisar.

Veinte minutos después llegó a Mozota, un pueblo pequeño que, tiempo atrás, había sido protagonista de muchas historias de este blog. Por eso el lugar significaba algo distinto para Ramón.

Las sillas estaban dispuestas en mitad de la única plaza del pueblo. No había escenario, aunque la disposición de las sillas y la P.A. dejaban claro que allí iba a pasar algo.

Todavía no había nadie sentado. Estaban todos en el bar, como manda la tradición en los pueblos y, probablemente, también en la organización de festivales de música.

Ramón dio una vuelta para hacer tiempo.

Cinco minutos antes de la hora se sentó en segunda fila. Sabía que nadie se sentaría delante de él: años de conciertos le habían enseñado dónde se sienta la gente que menos quiere ver.

El concierto empezó con un retraso tolerable.

Una violagambista y una bailarina de danza contemporánea.

Ramón no entendía los espasmódicos movimientos de aquel baile, pero tampoco se sentía moralmente autorizado para criticar algo que no sabía hacer. Él tampoco entendía algunas de sus propias decisiones vitales y no por eso dejaba de tomarlas.

La violagambista, sin embargo, tocaba con pasión. Tenía una voz y una mirada que atrapaban a Ramón, mientras ella y la bailarina parecían entrar poco a poco en trance. Las melodías, sugerentes y profundas, llenaban la pequeña plaza y transportaban a Ramón lejos de allí.

Aquellos cantos de sirena que atrapaban a Ramón le evocaron a ella. A cómo cantaba junto a él, con aquella misma pasión. Y durante unos segundos, Ramón dejó de estar en Mozota.

Durante un rato dejó de pensar en los presupuestos, en las partituras y en todo lo que había decidido que tenía que hacer aquella tarde.

Solo escuchaba.

Probablemente eso era lo que había ido a buscar sin saberlo.

Cuando terminó la última pieza, hubo unos segundos de silencio antes del aplauso. De esos silencios que forman parte del espectáculo.

Ramón aplaudió.

Había improvisado una tarde cualquiera y había terminado encontrando algo parecido a un pequeño paréntesis.

Aunque, pensándolo bien, tampoco había sido tan improvisado. Llevaba veinte minutos conduciendo para llegar hasta allí y todavía no sabía si había ido por la música, por Mozota o por esas otras cosas que uno no sabe bien por qué hace hasta que las hace.

Al llegar a la moto miró la hora.

—Bueno —pensó—. Ahora sí que puedo volver a casa y hacer todo lo que tenía que hacer.

No lo hizo.

Las excepciones

Ramón no podía hacer nada y eso le dolía.

Podía abrazarla, escucharla, decirle que no iba a juzgarla. Podía dejar una luz encendida al otro lado de la puerta y esperar. La decisión era suya. Había cosas que nadie podía decidir por otro.

Ella hablaba de sus principios como quien sostiene un mapa que ya no reconoce. Ramón pensaba que los principios no estaban hechos para ser inmutables: eran brújulas, y hasta las brújulas necesitan corregir el rumbo. Las reglas sirven para protegernos, para decirnos por dónde caminar cuando todo está claro, pero la vida llena de niebla los caminos importantes. Ahí aparecen las excepciones: situaciones que no estaban previstas cuando escribimos nuestras propias normas, momentos en que cumplir una regla hace más daño que romperla.

Ramón no sabía si lo que sentía ella era una excepción. Tampoco sabía si ella quería que lo fuera. Solo sabía que había encontrado algo que quería cuidar y que no podía tocar. Aprendió que querer a alguien también podía significar quedarse quieto, sin empujar ni pedir, sin intentar salvarla de una decisión que solo ella podía tomar.

Dejó la puerta abierta y esperó. No tenía la certeza de que ella fuera a cruzarla algún día. Pero algunas personas merecen encontrar su propio camino, aunque uno desee poder caminarlo por ellas.

El sol de verano caía implacable sobre la terraza de Ramón. Desde el primer instante en que ella pisó aquellas baldosas, lo tuvo claro: ahí hacían falta verdes, pétalos y vida. Días después llegó el mensaje, adornado con una ráfaga de iconos florales: ¡Quiero hacer un jardín en tu terraza!

La propuesta no dejaba lugar a dudas. Sin embargo, la mente de Ramón, siempre dispuesta a darle la vuelta, no pudo evitar una pícara sonrisa. Un caballero de los de antes guarda las formas y jamás verbaliza según qué ocurrencias, pero por un segundo se imaginó plantando la semilla en su huerto. Un pensamiento  picante y absurdo, tan propio de su imaginación calenturienta, que murió ahí mismo.

—¡Qué bonito es eso!— respondió. A pesar de su mente traviesa, Ramón había visto en aquél mensaje unas raíces mucho más profundas de lo que parecían.

Aquella terraza no era un simple rincón al sol. Era su vida, un espacio vacío donde ella empezaba a abrirse paso. Ramón sabía que ningún jardín nace en un instante, ni un jazmín regala su aroma al día siguiente de dejar caer la semilla. Construir ese espacio común exigiría tiempo, paciencia, mancharse las manos juntos, podar cuando vinieran mal dadas y un riego constante para que lo que apenas brotaba no se agostara.

Ella le proponía construir algo juntos, a fuego lento, con la paciencia de quien sabe que lo hermoso tarda. Si los dos cuidaban aquel proyecto, con la dosis justa de mimo, sol y atención, ese espacio desnudo terminaría dando las flores más vistosas y los frutos más dulces de sus vidas.

Casilla de salida

Esta tarde Ramón ha quedado con ella. En el mismo sitio que la primera no cita. Parece una vuelta a la casilla de salida pero esta vez las normas de la partida han cambiado. En su último mensaje ella lo dejaba claro. Pero Ramón prefería leer entrelineas. Veía sus dudas y se aferraba a ellas. Era como hacer rappel con hilo de pescar. De momento aguanta pero sabe que tarde o temprano se va romper. 

Ramón está nervioso. No sabe lo que va a pasar. Quizá un café sin prisa, un paseo sin destino, una conversación absurda, un agua con gas... 

Aunque la conclusión ya estaba dicha Ramón buscaba alguna razón que le hiciera comprender aquella decisión. 

Llegaron puntuales a la cita.

Ese abrazo de reencuentro sacó a Ramón de su catatonia veraniega. Otra vez su cuerpo, su olor, su energía. Una rápida puesta al día y, al momento, ya estaba Ramón tocando la fibra sensible.

Aquello no iba de estar con uno o con otro. Iba de su felicidad. De aquello que la hacía feliz y que, de alguna manera, estaba dejando atrás.

Así se lo hizo ver Ramón, sin ambages, directo a la herida. Le querían quitar aquello que amaba. La música e incluso la posibilidad de tener una amistad sincera con él. Ramón no lo concebía.

Por primera vez se había puesto un poco más serio con ella, exponiéndole todo aquello que llevaba un rato dando vueltas en su cabeza.

Ella le escuchaba atentamente. Su cabeza estaba a mil. No sabía qué hacer.

Aquello le parecía la decisión de Sofie.

Su mayor desafío era soltar aquella soga que la ataba a la orilla y dar el salto. El nudo de la soga estaba apretado, pero en el fondo sabía que no le iba a dar la libertad que necesitaba.

Por otra parte, le consumía la pena de todo lo bueno que había vivido con aquella persona.

—Voy a tener que hablar con él —dijo entre sollozos mientras se abrazaba a Ramón para que este no viera sus ojos envueltos en lágrimas.

Un instante después se incorporó.

Y en la penumbra de la noche, Ramón, como siempre hacía, la miró con admiración.

En ese momento descubrió su mirada puesta en el horizonte, con los ojos vidriosos, transmitiendo cierta sensación de calma.

Como diciendo:

Sé lo que tengo que hacer... a ver ahora cómo coño lo hago.