Las excepciones

Ramón no podía hacer nada y eso le dolía.

Podía abrazarla, escucharla, decirle que no iba a juzgarla. Podía dejar una luz encendida al otro lado de la puerta y esperar. La decisión era suya. Había cosas que nadie podía decidir por otro.

Ella hablaba de sus principios como quien sostiene un mapa que ya no reconoce. Ramón pensaba que los principios no estaban hechos para ser inmutables: eran brújulas, y hasta las brújulas necesitan corregir el rumbo. Las reglas sirven para protegernos, para decirnos por dónde caminar cuando todo está claro, pero la vida llena de niebla los caminos importantes. Ahí aparecen las excepciones: situaciones que no estaban previstas cuando escribimos nuestras propias normas, momentos en que cumplir una regla hace más daño que romperla.

Ramón no sabía si lo que sentía ella era una excepción. Tampoco sabía si ella quería que lo fuera. Solo sabía que había encontrado algo que quería cuidar y que no podía tocar. Aprendió que querer a alguien también podía significar quedarse quieto, sin empujar ni pedir, sin intentar salvarla de una decisión que solo ella podía tomar.

Dejó la puerta abierta y esperó. No tenía la certeza de que ella fuera a cruzarla algún día. Pero algunas personas merecen encontrar su propio camino, aunque uno desee poder caminarlo por ellas.

El sol de verano caía implacable sobre la terraza de Ramón. Desde el primer instante en que ella pisó aquellas baldosas, lo tuvo claro: ahí hacían falta verdes, pétalos y vida. Días después llegó el mensaje, adornado con una ráfaga de iconos florales: ¡Quiero hacer un jardín en tu terraza!

La propuesta no dejaba lugar a dudas. Sin embargo, la mente de Ramón, siempre dispuesta a darle la vuelta, no pudo evitar una pícara sonrisa. Un caballero de los de antes guarda las formas y jamás verbaliza según qué ocurrencias, pero por un segundo se imaginó plantando la semilla en su huerto. Un pensamiento  picante y absurdo, tan propio de su imaginación calenturienta, que murió ahí mismo.

—¡Qué bonito es eso!— respondió. A pesar de su mente traviesa, Ramón había visto en aquél mensaje unas raíces mucho más profundas de lo que parecían.

Aquella terraza no era un simple rincón al sol. Era su vida, un espacio vacío donde ella empezaba a abrirse paso. Ramón sabía que ningún jardín nace en un instante, ni un jazmín regala su aroma al día siguiente de dejar caer la semilla. Construir ese espacio común exigiría tiempo, paciencia, mancharse las manos juntos, podar cuando vinieran mal dadas y un riego constante para que lo que apenas brotaba no se agostara.

Ella le proponía construir algo juntos, a fuego lento, con la paciencia de quien sabe que lo hermoso tarda. Si los dos cuidaban aquel proyecto, con la dosis justa de mimo, sol y atención, ese espacio desnudo terminaría dando las flores más vistosas y los frutos más dulces de sus vidas.

Casilla de salida

Esta tarde Ramón ha quedado con ella. En el mismo sitio que la primera no cita. Parece una vuelta a la casilla de salida pero esta vez las normas de la partida han cambiado. En su último mensaje ella lo dejaba claro. Pero Ramón prefería leer entrelineas. Veía sus dudas y se aferraba a ellas. Era como hacer rappel con hilo de pescar. De momento aguanta pero sabe que tarde o temprano se va romper. 

Ramón está nervioso. No sabe lo que va a pasar. Quizá un café sin prisa, un paseo sin destino, una conversación absurda, un agua con gas... 

Aunque la conclusión ya estaba dicha Ramón buscaba alguna razón que le hiciera comprender aquella decisión. 

Llegaron puntuales a la cita.

Ese abrazo de reencuentro sacó a Ramón de su catatonia veraniega. Otra vez su cuerpo, su olor, su energía. Una rápida puesta al día y, al momento, ya estaba Ramón tocando la fibra sensible.

Aquello no iba de estar con uno o con otro. Iba de su felicidad. De aquello que la hacía feliz y que, de alguna manera, estaba dejando atrás.

Así se lo hizo ver Ramón, sin ambages, directo a la herida. Le querían quitar aquello que amaba. La música e incluso la posibilidad de tener una amistad sincera con él. Ramón no lo concebía.

Por primera vez se había puesto un poco más serio con ella, exponiéndole todo aquello que llevaba un rato dando vueltas en su cabeza.

Ella le escuchaba atentamente. Su cabeza estaba a mil. No sabía qué hacer.

Aquello le parecía la decisión de Sofie.

Su mayor desafío era soltar aquella soga que la ataba a la orilla y dar el salto. El nudo de la soga estaba apretado, pero en el fondo sabía que no le iba a dar la libertad que necesitaba.

Por otra parte, le consumía la pena de todo lo bueno que había vivido con aquella persona.

—Voy a tener que hablar con él —dijo entre sollozos mientras se abrazaba a Ramón para que este no viera sus ojos envueltos en lágrimas.

Un instante después se incorporó.

Y en la penumbra de la noche, Ramón, como siempre hacía, la miró con admiración.

En ese momento descubrió su mirada puesta en el horizonte, con los ojos vidriosos, transmitiendo cierta sensación de calma.

Como diciendo:

Sé lo que tengo que hacer... a ver ahora cómo coño lo hago.